lunes, 3 de noviembre de 2014

UNA DIGNA COHERENCIA



Hans Magnus Enzensberger. Hammerstein o el tesón. Barcelona. Anagrama. 2013.




      Como ya ocurriera en, por ejemplo, El corto verano de la anarquía, que leí con sumo interés hace años, nos entrega aquí Enzensberger un bien armado e imaginativo texto, que, como aquél, se sitúa entre el ensayo histórico-biográfico y el reportaje novelizado. Así como El corto verano... se centraba en la figura de Durruti, tan fascinante para algunos como odiosa para otros, el protagonista es ahora el general alemán barón Kurt von Hammerstein  (1878-1943). Figura excepcional de la resistencia antinazi, a este militar y a su familia le tocó vivir el periodo más dramático y turbulento de la historia contemporánea de su país, el que va de la República de Weimar a la ascensión de los nazis al poder, y lo hizo con admirable coraje y coherencia ética, bien anclado en los valores y exigencias de comportamiento que había heredado por educación y que tan bien casaban, por lo demás, con su carácter. Jamás llegó a ser tan fanático o estúpido como para no pensar que el nazismo iba a acarrear la ruina de su país-- y a ese principio se atuvo--- e intuyó enseguida, aunque no fuera hasta 1942 cuando se empezó a saber en los círculos de la oposición moderada de los asesinatos en masa de judíos y el genocidio de poblaciones enteras en el Este, que aquel sería un régimen perverso y criminal.


         Si bien el general no fue el único entre los de su casta que se opuso al nazismo, pues la nobleza militar, a la que pertenecía por nacimiento, estuvo muy lejos, al contrario de lo que podría creerse, de entregarse en bloque al régimen, el decurso vital del clan de los Hammerstein ofrece, de hecho, un ejemplo de cómo una familia puede romper las expectativas de comportamiento que se esperan a tenor de su origen, sin cortar del todo con él, y seguir caminos bien distintos, toda vez que aquí se informa con puntilloso detalle de la peripecia vital de los siete hijos de Kurt y de su esposa Maria. Por cierto, Kurt no se entrometió jamás, lo cual dice mucho de su comportamiento esencialmente liberal, en las vidas de sus hijos, que por consiguiente pudieron hacer siempre lo que les dio la gana.  Las tres hijas mayores, Maria Luise, Maria Therese y Helga, entraron ya antes de la guerra en los ambientes de izquierda revolucionaria, se relacionaron con judíos y militantes comunistas y militaron ellas mismas (Helga, que vivió hasta su muerte en Alemania Oriental, fue durante unos años amante de Leo Roth, judío y dirigente del Komintern que acabaría víctima de los purgas estalinianas en 1936),  dos de los hijos menores, Kunrat y Ludwig, militares ambos, desertaron mediada la guerra y vivieron escondidos y huyendo de la Gestapo hasta la liberación, y otro, Franz, acabaría de pastor protestante en Estados Unidos. El general, por su parte, se jubiló por edad poco después de la llegada de Hitler al poder y tras haber participado, aunque vigilado, en la mayoría de los conciliábulos conspiratorios antihitlerianos. Pero no en todos: no está claro si en 1938, cuando la Wehrmacht echó de nuevo mano de él, pese a estar jubilado, para mandar un cuerpo de ejército en Colonia, cargo en el que solo lo mantuvieron unas semanas, se pudiera de verdad de acuerdo con Witzleben y otros generales para intentar una arresto de Hitler, aunque en todo caso las concesiones que poco después, con el Tratado de Múnich, hicieron Chamberlain y Daladier al tirano  dejaba a los conspiradores sin justificación moral y política. Por fortuna para él, no vivió lo suficiente como para llegar al célebre complot fallido de julio del 44, que sí acarreó la detención y envío a un campo de concentración de su viuda y de una de las hijas menores, que fueron liberadas por los americanos. Solo en el otoño del 45 pudieron los miembros de la familia reunirse tras varios años de no saber nada unos de otros. 




       Valiéndose del estudio sistemático de una copiosa bibliografía, de  archivos y fuentes documentales (cartas, testimonios y entrevistas a personas  aún vivas que lo conocieron) a menudo contradictorias entre sí, y pese a saber con certeza que la memoria engaña, que cada testigo recuerda a su manera y que cada versión de los hechos y de la vida encierra posturas con frecuencia inconciliables y excluyentes, se las apaña  Enzensberger parra tejer con habilidad suma un intrincadísimo puzzle que viene a aunar  los encantos de la novela bien escrita y el rigor ético de la investigación histórica documentada y honesta. En el sucinto pero muy agudo posfacio (pp. 331-344) explica el autor por qué serie de casualidades y conocimientos, librescos y personales ,oyó por primera vez el nombre de Hammerstein y concibió , ya en su juventud, la idea de este libro. Enzensberger se vale además del recurso de la entrevista póstuma ,que le permite en cierto modo insuflar vida  al testigo ya desaparecido, dándole la palabra y la posibilidad de defenderse de las puntillosas y nada complacientes preguntas a que se le somete, pero liberándolo al tiempo de su condición de mero objeto mudo de las especulaciones de un narrador, pero se reserva las que llama glosas (siete fragmentos en total) para filtrar la la información recibida de los testigos y las fuentes e interpretarla según su personal criterio avanzando las hipótesis que juzga más verosímiles.


       De modo que lo que aquí se cuenta--- en este libro que en mi opinión vale la pena leerse--- en una prosa exacta y analítica, que sabe dejar de lado tanto el cargante espesor historicista como la digresión innecesaria, es un buen puñado de vidas ---alguna de ellas fascinante, como la de Ruth von Mayenburg, la aristócrata roja, que fue agente del Komintern utilizada por éste como contacto con la alta sociedad y que acabó, ya desencantada del comunismo, escapando por milagro de las purgas---con  frecuencia entrecruzadas, rotas o heridas las más por la vorágine de las circunstancias,  biografías a menudo de gentes valientes y de loable rigor ético, otras forzadas a una doble vida y otras, en fin, de espías, agentes dobles, conspiradores, delatores y  no pocos asesinos. Y todas ellas como decorado o contrapunto del clan de los Hammerstein, que si resultó atípico ---por ejemplo, al general jamás se le oyó, ni en privado, una palabra de desprecio hacia los judíos cuando lo normal en su clase era una antisemitismo natural y feroz---   lo fue porque hizo esfuerzos por salirse del cerrado círculo social al que pertenecía, aunque nunca lo consiguió del todo, pues ni siquiera las hijas del general, que manifestaron una curiosa preferencia por relacionarse con judíos y comunistas, lograron nunca liberarse por completo del estigma de su ascendencia. Las antiguas y pretendidas virtudes de casta, que según Enzensberger han sobrevivido largo tiempo en una sociedad democrática en la que la nobleza como clase ya no cuenta gran cosa, no pudieron inmunizar a sus miembros,  ya en los años 20 y 30,  contra los desastres y torbellinos que la historia les preparaba, pese a que, en una dictadura que instrumentalizó todas las tradiciones, tampoco se dejaran manipular con facilidad nociones como honor, patriotismo o fidelidad.    


     

    

    

jueves, 23 de octubre de 2014

FIN DE UNA FAMILIA





José Donoso. Coronación. Madrid. Alfaguara. 1995.


                   Vuelvo al escritor chileno ---que ya compareció en este blog hace unos meses con su El jardín de al lado---y a su peculiar mundo atormentado y un poco morboso, de criaturas rotas, psíquicamente inestables o decididamente enloquecidas, que me resulta, no sé por qué, bastante atractivo, quizá porque sigo pensando que el universo de la novela es por antonomasia el ideal para plasmar la variopintas caras de la desdicha humana y, en consecuencia, las novelas de aventuras --en el sentido que esta expresión adquiere en términos coloquiales--y las de final feliz tienden a decepcionarme o aburrirme. Coronación no representa excepción alguna respecto a lo dicho más arriba, pues que  el relato todo aparece inmerso en un clima sórdido, de miseria y degradación anímicos, en que todos --o casi todos-- los personajes arrastran alguna tara o desarreglo psíquico o en todo caso no suponen precisamente un modelo de edificación o conducta moral.


                 Coronación es cronológicamente la primera de las novelas del autor y eso quizá se note en la primera parte, algo dubitativa y vacilante, aunque el relato va ganando, a medida que avanza, en seguridad y ambición narrativa, hasta el punto de parecerme logradísima y espléndida en su segunda mitad, y por eso juzgo recomendable su lectura Se cuenta aquí el proceso de decadencia y final desintegración de una familia de la alta burguesía chilena, o mejor, de los dos últimos especímenes de ella, el cincuentón Andrés Ábalos, al que la prematura muerte de sus padres siendo él veinteañero ha dejado una considerable fortuna, solterón diletante y vacuo cuya vida se reduce a coleccionar bastones de lujo, a sus esporádicas conversaciones con su único amigo el médico Carlos Gros, a acudir al casino y a volver a su apartamento. Siente que  en el fondo se aburre como una ostra y es consciente de su inutilidad e insignificancia, aunque no está exento de cierta sensibilidad y cultura. Este redondo y acabado personaje de Andrés, en el que se practica una despiadada disección del alma burguesa, y el final relato de su neurosis alucinatoria, que lo lleva a refugiarse en una locura autoinducida en un vano intento de escapar del mundo y de sí mismo, puesto que no soporta a ninguno de los dos, se me antoja uno de los más felices logros de Coronación.   El otro sobreviviente es su abuela Misiá Elisita Grey de Ábalos, nonagenaria hipocondríaca, caprichosa y atrabiliaria, con accesos periódicos de locura y megalomanía pero también con algunos momentos de una especie de demoníaca y cruel inteligencia. Elisa vive --es un decir, porque apenas se mueve de la cama---en el viejo y señorial caserón familiar, atendida por dos sirvientas, Lourdes y Rosario, ya bastante metidas en años y a las que tiraniza, aunque ellas no desaprovechen ocasión para, a su manera, llevarle la corriente y  burlarse de la vieja. Andrés tiene por costumbre visitar una vez por semana a la anciana, pero decide establecerse en el caserón cuando descubre que, por mediación de Lourdes, tía de la muchacha, también ha empezado a vivir allí para trabajar como sirvienta, Estela, joven recién llegada del campo a Santiago y cuya agreste belleza encandila desde el primer momento a Andrés. La cosa se complica aún un poco más porque Estela conoce casualmente por la calle a un joven golfillo suburbial sin oficio ni beneficio del que se enamora, Mario,  que si bien es capaz de algún desprendimiento moral (siente algún cariño por ella y puntuales arrebatos de mala conciencia cuando se da cuenta de que la está utilizando de modo despiadado) resulta demasiado dependiente de los consejos y de la educación que trata de insuflarle su hermanastro René, brutalizado y amoral y tan muerto de hambre como él.


                 Estos son los palos con los que se va urdiendo la trama, con lo que ya estaría, como si
dijéramos, servido el planteamiento del conflicto, aunque el lector se engaña ---y en esto reside uno de los logros de la novela---si espera una solución de tipo melodramático convencional, que es lo que hubiera hecho acaso un escritor sin imaginación o sin el background y la sabiduría de la vida de Donoso. Porque tres cuartas partes de la novela, hasta el tercer y último movimiento, La coronación, pp.213-277, constituyen una sutil dosificación del tempo dramático hasta el clímax final (que dicho sea de paso, con las dos criadas borrachas colocando una corona de reina a la vieja, a la que han obligado previamente a beber, me ha recordado ciertas escenas de la Viridiana de Buñuel)  en dos aspectos que vienen a funcionar como las ruedas que mueven la andadura del relato. La primera atañe al paulatino proceso de desintegración mental de Carlos, operado por el doble efecto de su relación de amor-odio hacia su abuela, cuya muerte a la vez desea y teme, y del destructor y obsesivo deseo hacia la muchacha, proceso aquel  cuidadosamente registrado por su amigo Gros, en cierto modo contrafigura de Carlos en la medida en que simboliza la asunción aproblemática de la buena conciencia burguesa como norma natural  de comportamiento (la conversación entre ambos, pp. 198-203) sobre el miedo a la muerte y los falsos consuelos de la religión no tiene desperdicio). La segunda es la incursión, sibilina y por la puerta de atrás, como en un coto particular cuyo acceso hasta entonces le estaba prohibido, del pueblo (René y Mario, pero también Estela, que es el elemento que pone en contacto ambos ambientes) en el mundo de los señores. Andrés comete la imprudencia de, al enterarse de que la muchacha está embarazada por su novio, visitar la casucha donde éste vive con René, pues en su obcecación no sabe si así ganará puntos ante la joven o la lanzará definitivamente al arroyo  (en realidad pretende el aparente imposible lógico de las dos cosas a la vez).

          La novela, en orden al necesario decoro, está escrita en el español coloquial chileno ( el de los estái, querís,  leseras, cabro, huevón etc) cuando se trata de reproducir el habla de los personajes populares y en un español culto y normativo para reflejar la de los señores, y el autor muestra notable maestría tanto en la fabricación de  los abundantes y tormentosos monólogos interiores que pueblan la nebulosa mental  de Andrés como en las incursiones del narrador, a través del llamado estilo indirecto libre, en la mente de los personajes: avergonzado de haberse enamorado de Estela, a Andrés se le hace razonar de esta guisa :" (...) mientras sentado al borde de su cama se cortaba las uñas, se sorprendía en medio de una meditación que sondeaba el porqué del efecto dolorosísimo de la belleza de Estela en su espíritu. ¿Por qué esta terrible sensación de injusticia? ¿Por qué una dosis más crecida del pigmento de la piel , unos milímetros menos de nariz, cierta flexibilidad de movimiento y humedad en los ojos , poseían esa aterradora facultad de atormentar un espíritu como el suyo. por qué esas proporciones misteriosas sumaban algo que para él era belleza? (pp.160-161)   

miércoles, 15 de octubre de 2014

DEL CÁLIDO FERVOR DE LA MEMORIA





Félix Grande. Balada del abuelo Palancas. Barcelona. Círculo de Lectores. 2003.











             A caballo entre la autobiografía, la saga familiar y la memoria novelada, el no hace mucho desaparecido poeta, narrador y ensayista tomellosero ha urdido un libro lleno de poesía y humor, de pasión y de una unción casi religiosa, pero también de dignidad y de esa  honda sabiduría que sabe celebrar tanto la andadura de la vida como el hecho de que ésta se halla fatalmente incardinada en los omnímodos poderes de la muerte. Centrada en la figura idealizada, tutelar y casi totémica del abuelo paterno, Félix Grande Martínez, apodado, él y sus descendientes, Palancas  a raíz de una suculenta y prostibularia anécdota que se refiere al principio y se retoma al final, esta Balada  es probablemente algunas cosas más además de lo consignado más arriba: una pequeña antropología del campesinado manchego, una intrahistoria familiar que atraviesa tres generaciones de humildes menestrales manchegos desde fines del XIX hasta mediados del XX y una crónica, en tono menor y como en sotto voce , de la resistencia, silenciosa y acallada pero firme, de muchas gentes ante las imposiciones más sórdidas del franquismo.













               De manera que leyéndolo uno se entera no solo de la límpida humanidad, el coraje, el sentido común y la sabiduría del abuelo Palancas, el mismo que esperó tranquilamente la muerte  sin volver a salir de la cama a partir del día siguiente de que muriese su mujer, la Anselma, aunque, eso sí, comiendo lo mejor que podía y echándose a la andorga arrobas de vino, sino también de las penas y alegrías de su nuera Mary, la madre del narrador, que se vengó de las humillaciones de la postguerra pariendo hijos, o las de la antecitada  Anselma, que hizo lo propio trasegando vino, aunque éste le sentara peor que a su marido, y aún de las andanzas de otros personajes curiosos y entrañables, como Perico el Postinero, versificador popular y compañero de armas en el ejército republicano en los frentes extremeños, donde encontrará su fin, o las del ingenioso y socarrón Planilla el Cagón, cuya memorable salida, a voz en grito, dejando en ridículo a un político demagogo que mendigaba el voto a base de capciosas zalamerías, se refiere por lo menudo en pág. 192 y ss. También de en qué consiste el juego del tiragarrote y de cómo el Palancas venció en este peculiar deporte al forzudo Hombretón de la Solana (p. 30-37), algo que no impidió que fuesen entrañables amigos el resto de sus vidas.













           Algunos pasajes alcanzan, en fin, una rara felicidad: el largo elogio de las propiedades del vino(pp. 143-44) que Palancas hace ante su hijo adolescente --- pero ya peón en la bodega en la que trabaja también él-- y los otros jornaleros parece moldeado sobre la falsilla del discurso de D. Quijote a los cabreros; el dedicado al arte de limpiar tinajas (pp.163-69) recuerda por su puntillosidad y exactitud un buen poema didáctico; la sesuda conversación entre Ceferino el Botas y Palancas los primeros días de la Guerra Civil tiene asimismo resonancias cervantinas por su sensatez y claridad de juicio. Llama la atención, en fin, la morosa delectación con que se narran los escasísimos banquetes o por lo menos días de relativo buen comer que entonces se podían permitir los pobres, cuyo humilde orgullo --si se me permite el oxímoron--en otras actitudes y comportamientos de la vida aparece adornado con guiños machadianos y con ese ingenuo optimismo pedagógico e ilustrado que irradiara sobre buena parte de las clases populares en los albores republicanos. Y no menos la serena dulzura, exenta de patetismo y sensiblería, con que se cuentan las muertes de la familia, como las de los tres hermanos del narrador que murieron de niños o la de la abuela Anselma (pp. 341 y ss.) Y bien hallado me parece también la bella coda o capítulo final, Fantasía (pp. 359-71), en que el fantasma de nada menos que Bach comparece, invisible para los demás y atravesando paredes, en la alcoba de Palancas para tocar ante él las Variaciones Goldberg y endulzarle así las últimas horas. Menos creíble me han parecido, por el contrario, los intentos del narrador---adobados con un psicoanálisis de guardarropía--- ya hacia el final del libro, de ajustar cuentas con el carácter presuntamente autoritario del padre (que rompió una pared de un puñetazo porque no podía soportar que para Palancas el mayor manjar fueran las cáscaras de naranjas) y con el histerismo y los desarreglos psíquicos de la madre, que cada dos por tres chantajeaba a sus hijos amenazándoles con tirarse a un pozo.














          Y todo esto en una prosa de sintaxis amplia, plagada de correlaciones y paralelismos, de rica adjetivación, no menos rico vocabulario rural  y alto aliento poético en su espléndida, aunque a veces algo recargada y manierista, imaginería metafórica, que no invalida, empero, el valor literario y la notable maestría técnica de este libro. Valga una muestra, con la que acabo:   "qué tiempo el tiempo cuando me asomo al brocal desde donde se ven las aguas misteriosas de las generaciones, escritas en estos documentos remotos; hago descender el zaque hasta el fondo del pozo de la eternidad familiar, tiro de la maroma escuchando el gemido casi humano de la garrucha, asoma el zaque lleno en el brocal, vierto su contenido en el abrevadero de mi mesa, y contemplo la humedad germinal del tiempo vario de la historia de los Palancas en hojas de papel calladas y elocuentes...(p. 327-28).

miércoles, 8 de octubre de 2014

UNA BROMA ALEMANA

                                              

Günter Grass. Partos mentales o los alemanes se extinguen. Madrid. Alfaguara. 1983.




      Imaginemos por un momento que en vez de mil y pico millones de chinos hubiera en el mundo esa misma cantidad de alemanes. ¿Podría el mundo soportar mil millones de alemanes? O mejor, otra posibilidad  --desde luego más verosímil, habida cuenta del bajísima tasa de natalidad de los germanos---, la de que los alemanes se extingan. ¿Qué ocurriría entonces? Quizá para solucionar el tan cacareado problema alemán lo que debería hacerse, como sugiere un ya no tan ingenuo y más desengañado Harm, uno de los personajes de estos Partos mentales, sería prohibirles que se reproduzcan y así provocar su desaparición. Sobre la falsilla de estas dos disparatas hipótesis, dignas de la más atrevida política ficción, se monta este librito, urdido con soberana ironía e incluso  un punto de crueldad y autopunición, que he leído con interés y delectación, pese a que las alusiones políticas a la situación alemana del momento (el texto está escrito en 1979-80) hayan perdido hoy ya casi todo su sentido (¿quién se acuerda ahora de Franz Josef Srauss?). Matizo: habrán perdido su sentido pero no la lucidez con que para la época se formularon: Grass no pudo prever la reunificación de su país --entonces no la podía prever nadie--- pero no se priva de soltar de vez en cuando lo bien que le venía a cada uno de los Estados alemanes la existencia del otro para autojustificarse y fabricarse un enemigo políticamente muy rentable.




         El relato, en el típico estilo frío, seco y analítico de Grass, con pocas concesiones a las descripciones externas y a las florituras digresivas,  resulta en verdad casi inclasificable por su heterogeneidad, pues participa por igual, no obstante su brevedad, del libro de viajes, del ensayo, la sátira y la crónica políticas, la autobiografía intelectual y aun de la evocación dramático-lírica (en la discontinua crónica de los últimos días del escritor Nicolás Born, enfermo terminal de cáncer y amigo íntimo que fuera en su juventud del narrador).




          Tal narrador, que no es sino el mismo Grass, que comparece con su nombre y sin ninguna máscara ni convención al uso, cuenta el viaje que con su mujer Ute y en compañía del cineasta Volker Schlöndorf  y la mujer de éste hacen a algunos países del extremo Oriente como China, la India, Singapur y Thailandia. Con  tal  texto digamos que como referente primario, y a modo de contrapunto, se cuenta también el periplo que a los mismos lugares hacen poco después, junto a un grupo de turistas típicamente alemanes, Harm y Dörte Peters, joven pareja de profesores de instituto con la cabeza llena de prejuicios y de cierto exceso de información estadística y sociológica. Como en el momento de iniciar el viaje la pareja está debatiéndose con la cuestión de tener un hijo o no (uno de los motivos recurrentes en el libro, con las hilarantes disputas y cambios de pareceres que sobre el asunto mantienen Harm y Dörte), los dos jóvenes van a hallar ocasión de comprobar in situ los terribles efectos de la explosión demográfica en Asia, y esto no dejará de complicarles las cosas, pues, tanto a causa de lo que han visto como por las constantes incursiones y comentarios del narrador  ---siempre desmitificadoras e irónicas y a menudo cínicas---acaban su viaje con más perplejidades e inseguridades ideológicas que las que traían al principio.




       Particularmente hilarantes  son los pasajes en que Grass ( que por otra parte se muestra políticamente muy incorrecto, toda vez que no vacila en juzgar con sinceridad y dureza algunos episodios de su pasado, llegando a decir que si hubiese nacido diez años después lo más probable es que se hubiera convertido en un nazi convencido ) imagina, si él fuese dictador, el paquete de medidas que pondría en marcha para solucionar los problemas cotidianos de los alemanes, como el energético (con cortes nocturnos de luz y calefacción y la reintroducción obligatoria del gorro de dormir para combatir el consiguiente frío, con lo cual a lo mejor repuntaba la natalidad), la orgía de planes de estudio y la obsesión nacional por la pedagogía y la educación (para lo que se propone la abolición de la escolaridad obligatoria) y la hipertrofia de la burocracia ( que se solucionaría con la supresión del funcionariado). Y también los consagrados a los rocambolescos malentendidos con los los funcionarios y autoridades chinas a que da lugar el embutido ahumado que Harm lleva como regalo a su amigo Uwe, residente desde hace años en Shanghái, que aquél tiene que llevarse de vuelta a Alemania al no haber podido encontrar a éste.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

DOS VERSIONES LITERARIAS DE LOPE DE AGUIRRE

Miguel Otero Silva. Lope de Aguirre. Príncipe de la libertad. Barcelona. Seix barral, 1979.
Ramón J. Sender. La aventura equinoccial de Lope de Aguirre. Madrid. Novelas y Cuentos. 1982.






        Rara vez había yo encontrado, considerando  novelas que traten el mismo asunto( y no he olvidado tampoco la espléndida película de W. Herzog Lope de Aguirre, la cólera de Dios,que vi hace años con no poco provecho y deleite) dos que obtengan a mi juicio resultados tan disímiles y logros tan desiguales como las que acabo de leer. La del venezolano me ha gustado mucho y la del aragonés no me ha gustado casi nada. Lo de menos es que  haya  algunas diferencias en el decurso de la trama, puesto que Sender empieza su novela con Aguirre formando parte ya de la expedición del gobernador Pedro de Ursúa y Otero se demora en contarnos la infancia y los orígenes familiares del personaje, así como su accidentado viaje a Sevilla y su embarque para las Indias, amén de sus primeras peripecias allí y su establecimiento como comerciante. Pero en lo esencial ambas siguen de cerca los hechos que la información histórica disponible y las crónicas de la época han allegado del atrabiliario y alucinado conquistador vasco y ambas también hacen comparecer a los mismos personajes y comparsas (salvo la mujer de Aguirre, la india Cruspa, madre de su hija Elvira, que Otero incluye y Sender no) y ahí puede decirse que acaban las similitudes.






           El retrato que Sender traza resulta me temo que demasiado fiel a la leyenda negra urdida  en torno al personaje, toda vez que lo viene a pintar como una especie de monstruo asesino, un individuo carcomido por la avaricia y el rencor, carente de todo empaque mítico y épico, que mata con impasible frialdad y justifica, para más inri, después sus asesinatos con descarnado cinismo. El  Aguirre de Otero, en cambio, se diría urdido sobre la falsilla del protomártir de los independentismos hispanoamericanos ---al modo de un Tupac Amaru, por ejemplo---y aunque no obvia ni enmascara sus crímenes, sí que comparece revestido, por contradictorio que parezca, de una suerte de honradez y bonhomía naturales e incluso de pinceladas de ternura: siente piedad por los animales, que secretamente prefiere a los hombres, y trata a los negros y mestizos casi de igual a igual, no desde luego como los otros conquistadores.






          Pero más sustantiva es la cuestión del lenguaje,del planteamiento de la novela (en Otero concebida a la manera de un bien dosificado drama hasta el clímax postrero) y de sus virtudes  como artilugio verbal. El relato de Sender, escrito enteramente en tercera persona y a menudo en una prosa deslavazada y chata, carece de cualquier alarde técnico (salvo simples diálogos en estilo directo y el monólogo de Lope de las pp. 163-65, en el que éste evalúa su margen de maniobra para matar al capitán Juan Alonso de la bandera) y se presenta además con un fondo de folclorismo indigenista que se me antoja del todo impostado y como de relleno: hay aquí y allá notas o pinceladas de zoología animal y breves observaciones antropológicas ( del tipo de las costumbres de una subespecie de monos o los ritos funerarios de un pueblo amazónico). Quizá lo más salvable sea la carta que el héroe envía al rey Felipe II --pp.371-376--- en la que Sender alcanza por lo menos en parte a reproducir con cierta verosimilitud su prosa en los moldes del castellano clásico. El de Otero, por el contrario, cambia constantemente de punto de vista narrativo, incluye pasajes pródigos en recursos retóricos, desde arcaísmos sintácticos hasta enumeraciones en cascada y solemnes anáforas, densos monólogos interiores y diálogos dramáticos con ricas y certeras acotaciones que me atrevo a decir que no desmerecen demasiado ---unos y otras--del arte de Valle-Inclán (véase a este respecto, por ejemplo, la imprecación que Aguirre lanza al Amazonas, concebido como un dios a la vez benefactor y terrible, para recordarle sus orígenes míticos, pp.139-40, o la acotación sobre los ruidos de la selva, pp.159-60, que enmarca el diálogo entre los esclavos negros Juan Primero y Hernando Mandinga) y funciona en general pletórico de fuerza dramática y potencia metafórica, Prendas que hallan su digno colofón en el pasaje final, en el que Lope, ya en los infiernos, clama su venganza y jura que su nombre y memoria nunca se borrarán  en las Américas, donde será conocido como Príncipe de la Libertad.

martes, 9 de septiembre de 2014

ENSEÑANZAS DE LA EDAD





Antonio Martínez Sarrión. Poeta en diwan. Barcelona. Tusquets. 2004.

         De entre aquellos  llamados en su día novísimos es Sarrión uno de los pocos que ha seguido publicando versos con cierta regularidad (algunos, como Azúa, han dejado de cultivar la poesía, otros, como J.M. Álvarez, no hacen sino repetirse a sí mismos, y otros, como Panero y Vázquez Montalbán, han dejado ya este mundo) y ésta es,  que yo sepa, su última entrega. Al año siguiente, 2005, vio la luz una antología de su producción, que no  conozco, Última fe,con prólogo de Ángel Prieto de Paula. El poeta ha ido abandonando poco a poco, con claridad desde Horizonte desde la rada,1983, lo más caedizo y coyuntural de aquella estética  más o menos vanguardista y común a todos ellos (acumulación de imágenes ilógicas de matriz surreal, ausencia de signos de puntuación, fuentes principales de inspiración en los mitos de la cultura de masas, el cine, y el universo pop) y centrándose en lo más esencial y propio de su imaginación y su visión del mundo, que por lo demás ya apuntaba en sus primeras contribuciones.

           Este Poeta en Diwan prolonga y recapitula los modos de escritura que ya estaban presentes en Cordura, 1999, que apuntaban a una poesía de dicción seca, algo abrupta, de muy enraizado estoicismo, con mucho background moral y con mucha autoironía en el tratamiento del propio personaje poético y en donde las enseñanzas de la edad y los inevitables desengaños se transfiguran en un como poso o sedimento de resignada aceptación lúcida, acaso ese fondo de sentencioso sentido común de campesino manchego. Poesía intelectual, sí, que se desenvuelve con soltura e ironía en la historia de las ideas ---el poema Pruebas, p. 57 sería un buen ejemplo---  plena de sabiduría libresca y de la otra, pero no poesía de intelectual, no al modo del homme de lettres que hace versos, tipo Octavio Paz (mucho mejor ensayista que poeta) o, salvando las distancias, Álvarez o Carnero entre los de su generación, sino de poeta, por mucho que él, no sé si con algo de falsa modestia, la pretenda menor  y artesana, y esta idea del poeta como modesto artesano de la palabra aparece  como con sordina y un peu partout en estos versos y de modo más claro en composiciones como Alquimia del verbo (p. 101) .

             El poemario, de composiciones en su mayoría breves y cuyo título deriva evidentemente de Goethe, se distribuye en dos partes bien diferenciadas y si en la primera , Diwan de Occidente, los versos apuntan a las miserias e imposiciones, pero también las ventajas, de la senectud, y se debaten con la aleteante sombra de la muerte, en la segunda , Diwan de Oriente, trata de acercarse Sarrión a otras tradiciones, sobre todo la oriental, y reproducir, como él mismo dice en la Nota final, algo de su intensidad, tersura, misterio y trascendida concreción, intentando "que no se perdieran del todo en mis versos", objetivo que a mi juicio consigue  por ejemplo en los dos haikus de la p. 129 y en Cortejo y fuga de la 139.  Maneja Sarrión un castellano jugoso y riquísimo, así en sus inflexiones sintácticas como en sus reverberaciones léxicas, llenas a menudo ambas de resonancias clásicas, en el sentido de fieles a la tradición y al genio de la lengua (y véase a este propósito su espléndida trilogía memorialística, sobre todo las dos primeras entregas, para mí de lo mejor que se ha hecho en las últimas décadas en ese género).

      Virtudes que son asimismo bien perceptibles en esta poesía y que han sido las que me han hecho recomendable y placentera la relectura de este poemario, en la que se  opta mayormente por la silva blanca, la polimetría y la composición en heptasílabos en menor medida y en la que solo ocasionalmente echa mano de la asonancia, como en Enramada (p.75),  en la que se usan con igual maestría variedad de registros, tonos y motivos, desde el exabrupto (Vocaciones tardías, pp.71-72) hasta la autoironía (Confidencia, p.99),  la ácida autobiografía poética ( Juventud y confusiones, pp. 95-96) o la amable cotidianidad, de latente y refrenada ternura ( Duendes domésticos, pp.88-89) y donde se mezclan sin conflicto el ocasional lujo verbal y el estallido de la metáfora audaz y novedosa (" las banderas en llamas/ y los altos castillos estrellados y en vilo" que se dice del Surrealismo en p. 67, Medallones: René Crevel, o ese "nasal disparate de los grajos" de El mismo esplendor, p. 69) con el prosaísmo más neto ("Respecto al resultado/ el lector juzgará", p. 103)

        Pero creo que cuando Sarrión logra resultados más felices es en la evocación desmitificadora de los escenarios y sueños de la infancia y juventud, como ocurre de manera eminente en Pobres estrellas apagadas, pp.49-50, recuerdo de una tal Lolita Garrido que fuera reina --hoy no se acuerda de ella ni su padre--de la canción sentimental en los cuarenta y que al sujeto  poético le hace decir "Todavía me calientan los fulgores/y me pone esa voz/ en languidez prepúber y de pecado a solas" y en alguno de los  medallones aquí incluidos, como el dedicado a Gabriel Ferrater, pp.55-6, algo cruel y sin ningún tipo de concesiones, menos piadoso en todo caso que los que en su día dedicaron al suicida de Reus sus amigos Gil de Biedma y J:M: Valverde: "Echaba mano entonces/ al vaso de ginebra/ Y cosa comprensible,/se alargaban sus límites,/se alargaban las esclusas (y las reglas)/ pero huían las chicas". Un buen resumen del tono general del libro lo constituiría el breve poema final, que pese a basarse en un tópico creo que acierta con ese desprendimiento e impasibilidad propios de un convincente y sensato epitafio y que no me resisto, para acabar esta reseña, a copiar aquí: "Que devoren tus restos las aves carroñeras,/ te deshagas al fondo de una tumba/ o que tu cuerpo quemen en la pira,/¿no es igual de sensato y acordado?".


lunes, 8 de septiembre de 2014

ENCICLOPEDIA DE LOS HORRORES



Keith Lowe. Continente salvaje. Barcelona. Círculo de lectores.2012

      Quien se tome la molestia de leer esta espléndida monografía habrá aprendido, si no las sabía, por lo menos dos cosas: que la Segunda Guerra Mundial no acabó en 1945 y que es muy dudoso que Europa,como reza también la vulgata, haya sido alguna vez modelo de cultura y civilización.Pertrechado con un enorme arsenal de datos, estadísticas y bibliografía ( más de treinta páginas con mención de  ensayos y artículos en varias lenguas), índices onomástico y temático, una docena de mapas y unas treinta fotografías, algunas estremecedoras, el joven historiador británico ha conseguido urdir un estudio, si no exhaustivo, sí al  menos esclarecedor de la reciente historia de Europa.Y es que según él no había ningún libro disponible, en ningún idioma, ---aunque sí que haya una visión de conjunto del período, como Postguerra, una historia de Europa desde 1945, del prematuramente desaparecido  Tony Judt, al que el autor rinde tributo en la introducción---para los países del Oeste y los del Este, sobre las guerras civiles, procesos de limpieza étnica, deportaciones, masacres y todas las formas posibles de violencia política que asolaron el continente en 1945-49. Es muy de agradecer que haya tenido acceso a archivos hasta hace poco difícilmente accesibles, como los polacos, y que maneje y cribe los datos de que dispone con prudencia, poniéndolos en tela de juicio o matizándolos en mayor o menor grado si así lo aconseja el sentido común. Y no lo es menos que escriba en una prosa diáfana y elegante, literariamente eficaz y sin florituras innecesarias, aunque es de deplorar que en alguna ocasión se haga un poco pesado al recurrir a  demasiada recapitulación y anuncio de lo que va a tratar en el capítulo siguiente, pero en general no hay  digresiones superfluas que aparten de los asuntos esenciales, por otro lado perfectamente organizados y acotados.Advierto, por lo demás, que la lectura no siempre resulta grata porque hay pasajes que revuelven el estómago--y citaré como ejemplo alguno más abajo---

        Lowe parte del hecho del enorme estado de destrucción en que quedó el continente: cientos  de ciudades y miles de pueblos y aldeas fueron borrados del mapa, así como buena parte de las infraestructuras ferroviarias y de transporte por carretera, puentes, puertos fluviales y marítimos etc, amén de numerosísimos edificios de valor histórico o artístico (sobre todo en el Este). Y no menor resultó la destrucción espiritual:la diversidad cultural, en pueblos, costumbres y lenguas (otra vez mucho mayor en los países del Este) quedó gravemente dañada o desapareció para siempre luego de las múltiples deportaciones masivas y asesinatos por limpieza étnica, que acabaron con la memoria colectiva y la identidad anímica y cultural, y el consiguiente desarraigo, de millones de personas.


      Distribuido en cuatro partes con 28 capítulos, una introducción y una conclusión, (pp. 417-430), creo que ningún aspecto, por parcial o colateral que lo sea o parezca, escapa a la consideración de Lowe. La 1º parte se ocupa del legado de la guerra, sobre todo de las hambrunas, la destrucción moral, el caos casi generalizado y los intentos de reconstrucción por parte de los Aliados y algunas organizaciones internacionales como la Cruz Roja; la 2º, bajo el epígrafe de " Venganza", remite a la violencia contra mujeres y niños, la mano de obra esclava, los liberados de los campos, los prisioneros de guerra alemanes y los colaboracionistas ("El enemigo dentro", pp.179-198); la 3º  se refiere la limpieza étnica, que conoció formas pavorosas sobre todo en Ucrania, Polonia y Yugoslavia, la violenta expulsión de la población alemana ---los  Volkdeutsch---de territorios y comarcas que habían habitado durante siglos y la huída de los judíos sobrevivientes ---aquí paradójicamente  a menudo entorpecida y torpedeada por los Estados vencedores---a Palestina o América; la 4º, en fin, versa en general, sobre los muchos procesos de  violencia política al interior de países como Francia e Italia (ocupaciones de fincas en el Mezzogiorno, intentos de rebelión comunista ahogada enseguida por la moderación de los PC oficiales posterior restauración del orden de la derecha)  o las verdaderas guerras civiles que se dieron en Grecia, Rumanía o las naciones bálticas.

        De particular interés me parecen las partes que el autor dedica a la compleja casuística de la colaboración,en relación con el mito compensatorio de la unidad nacional ( todos los gobiernos pretendían aliviar las tensiones nacionales presentando a sus pueblos respectivos unidos contra los nazis, pp. 187 y ss.) que acabó llevando, por distintos motivos ---poco interés de las potencias aliadas vencedoras, mantenimiento del aparato judicial en manos conservadoras cuando no descaradamente fascistas, como en el Sur de Italia, o porque la inmensa mayoría de la población había colaborado con el Reich, como en Austria--- al fracaso de la depuración, con la posible excepción de Noruega, en toda Europa. Y también a matizar otros de los grandes lugares comunes de la postguerra europea, como el de la unidad antifascista, que brilló por  su ausencia en todas partes, porque ocultas en el conflicto principal había otras muchas guerras locales, étnicas o de banderías políticas, o la idea, mucho más enraizada y duradera porque era políticamente muy rentable, de que la culpa de lo que había pasado residía exclusivamente en los alemanes:" si solo fueron ellos los que cometieron atrocidades contra nosotros, entonces el resto de Europa quedaba liberado de toda responsabilidad por las injusticias que había cometido contra sí mismo"(p.194). Con la consecuencia de que, al tratarse de procesos muy imbricados entre sí, a medida que empezaba a afianzarse el mito de que la culpa era solo alemana, el trato a los colaboracionistas dejó de ser cada vez más un asunto de justicia para parecerse, con la hábil manipulación de la derecha, a una especie de matanza de inocentes.

       Como para muestra  ---en este caso de la bestialidad y el sadismo--- bien vale un botón (como éste se citan en el libro docenas de episodios, y muchas veces, admite Lowe cautamente, es imposible saber si ciertos en todos sus detalles),voy a transcribir aquí lo que al parecer ocurrió en el campo polaco de Lambinowice (Lamsdorf, para sus antiguos ocupantes alemanes). Este antiguo campo de prisioneros de guerra volvió a abrir en julio del 45 como campo de trabajos forzados para civiles alemanes antes de su expulsión de la nueva Polonia. Un grupo de mujeres alemanas del cercano pueblo de Grüben ---rebautizado como Grabin en polaco---fue obligado por los guardias polacos  a exhumar una fosa común con cadáveres de  cientos de soldados soviéticos que habían muerto en su campo de prisioneros. Las mujeres no tenían guantes ni ninguna otra protección y era verano. Según el relato de un testigo, "cuando los cadáveres estuvieron al descubierto, obligaron a las mujeres y a las niñas a tumbarse boca abajo encima de esos cuerpos viscosos y repugnantes. Los milicianos polacos empujaban con las culatas de sus fusiles las caras de sus víctimas dentro de la descomposición infernal. De este modo, los restos humanos se metían en sus bocas y narices. 66 mujeres y niñas murieron a consecuencia de esta hazaña polaca" (p.173)