jueves, 21 de abril de 2011

NOTAS DE LECTURA: LUIS ROSALES

Rosales, Luis. Porque la muerte no interrumpe nada.(Antología) Selección y prólogo de Félix Grande. Madrid. Sibilina y Fundación BBVA. 2009.





Pese a que la que sea seguramente su mejor obra, La casa encendida (1949),haya quedado excluída ---y por las buenas razones esgrimidas por el antólogo, ya que el poema tiene tal lógica unitaria que en una reproducción parcial no podría menos que resultar desnaturalizado--- de la presente antología, lo cierto es que Porque la muerte no interrumpe nada ofrece una muestra suficientemente representativa de la lírica de un autor esencial y muy a tener en cuenta en la poesía española de las últimas décadas, sobre todo por su inventiva verbal y, en sus mejores momentos, su asunción de lo mejor de los logros de las vanguardias de los años treinta . Digo "autor esencial" pero no hasta el extremo de lo que pretende el entusiasta prologuista, para quien Rosales constituye poco menos que una señera cumbre del siglo XX.




Las dos primeras secciones de la compilación, Segundo abril y Retablo de navidad ofrecen relativamente poco interés. Aquella incluye algunas composiciones, silvas y sonetos la mayoría, llenos de resonancias garcilasistas y gongorinas("Venus del aire y mayoral del grano/luna cándida en vilo/tranquilo siempre y con razón tranquilo") que, si muy correctas técnicamente, resultan las más en exceso frías y académicas, amén de, como casi no podría ser de otra manera, demasiado pegadas a la retórica religiosa de la época (" y Dios que es una llaga en el costado/un dulce bien pequeño/un sueño donde al fin se acaba el sueño"). Hay, con todo, algún poema que me parece excelente por su fuerza elegíaca y su sentido del paisaje, como la Egloga de la soledad, que principia "Todo naciendo está, vuelan palomas,/viento largo, tirante, marinero". Esta de Retablo ..., muy breve, la integran textos que se adecuan a la forma de la cuarteta octosilábica aconsonantada o asonantada, el romance y el soneto, que tiene todos el aire de piezas de circunstancias, toda vez que el autor fue componiendo el poemario a lo largo de los años con un poema que hacía por Navidad y con una composición de ese motivo, que aun quizá con más razón, es también, leída hoy, excesivamente deudora de aquella retórica religiosa que mencionábamos antes: "La nieve borra los caminos, ella/ nos llevará hasta Ti que nunca duermes,/su luz alumbrará los pies inermes,/su resplandor nos servirá de estrella".




Otra cosa muy distinta puede decirse de Rimas, de lectura mucho más productiva y placentera. Aquí el autor,aunque no abandona la versificación tradicional-- todavía recurre a ella en las silvas asonantadas de las pág. 50, 55, 58 y 61, en los alejandrinos asonantados de la pág 52, en algún soneto como el de la pág. 53 o en el romancillo hexasilábico de la 59-- hace uso en bastantes piezas del versículo de estirpe vanguardista, que le permite, con su libertad sintáctica, abrirse a una imaginería más moderna y liberarse al menos hasta cierto punto de unas adherencias que le suponían una rémora. En algunos versículos, cuya andadura y sucesión tienden a coincidir con el segmento sintáctico ---operan básicamente por la acumulación de comparaciones en serie y de coordinadas con "y"-- no es difícil hallar ecos del Neruda de las Residencias, como el uso de la sarta de subordinadas sin principal explícita o las comparaciones de las que no se expresa el segundo término de la comparación, así en El secreto, que empieza "Como el niño que se ha quedado solo/desde aquel día en que, temblando entre lo oscuro". Por lo demás, el espléndido poema que inaugura la sección, Autobiografía ( "Como el náufrago metódico que contase las olas que le faltan para morir/ y las contase, y las volviese a contar, para evitar errores...) ya prefigura en su color e imaginería el tono temático que predomina en estas composiciones y en realidad en todas las de las demás secciones salvo quizá en las de la titulada Canciones: algo como un resignado estoicismo, como una doliente conformidad que, sobre el cañamazo de la interiorización del dolor, va punteando la experiencia del vivir. A este respecto, resulta por ejemplo estremecedora la tierna humanidad con que acaba el poema La casa está más junta que una lágrima: hablando de la casa familiar de La Coruña, le pide a Dios que se la conserve en todas sus habitaciones, "hasta la pequeñita/ donde le dabas pan a aquellos gorriones/ que acompañaron a tu abuelo en su entierro".






El contenido del corazón adopta pura y simplemente la prosa, pero con las especialísimas modulaciones rítmicas que le dan su sintaxis de andadura amplia y llena de repeticiones y la precisión de las descripciones, que llega a recordar por su peculiar temblor lírico algunos fragmentos de las prosas de Juan Ramón Jiménez. La imagen recurrente es la de las lágrimas como símbolo y sedimento del dolor: " Aun el ver de mis ojos y el gustar de mis labios son una tradición ininterrumpida que yo rezo de nuevo, y el llanto es una acción de gracias de todos los que me antecedieron en el conocimiento del dolor"(p.72), " Vamos creciendo hacia los muertos. Ellos son la cadena de nieve, y la cadena de nieve que a ellos nos une es nuestro propia crecimiento" (p.102). El libro viene a constituir una especie de alegoría de la ubicuidad de la muerte y su esencial indistinción de la vida, una serie de divagaciones recordatorias, evaluadoras de la experiencia del vivir --a través de la evocación (de la vieja criada, del hijo Luis Cristóbal, del hermano Gerardo, de la madre, de los espacios y juegos de la infancia) o del diálogo (con la esposa sobre todo)--- y una declaración de amor, que se tematiza como entrega y vitalicia complicidad: "Y queda, en fin, tu imagen, como un hueco en los ojos, como un hueco que va agrandándose cada vez más. pero no importa. La muerte tiene un límite y algo deja tras ella. Ya nada puede separarnos. Ni siquiera nosotros mismos" (p. 110). Notoria resulta, por lo demás, la habilidad del poeta para la adjetivación insólita y el símil inesperado: "una luz lenta y colegiala"(p-87), "Amelia tenía las piernas súbitas como un pronunciamiento militar" (p. 89) "era delgada, cránea, definitiva", "era bendecidísima y candeal" (p.88).



Las Canciones participan de ese inequívoco aire sentencioso y gnómico que inauguraron en la poesía castellana moderna los Proverbios de Machado y proviene en los más de los casos del enunciado de una imposibilidad lógica o de una contradicción insoluble: "Hay dos palabritas/ que me hacen sufrir/la palabra no, la palabra sí./ Al contestarlas/ o te mientes o te engañas" (p.117). No todas resultan igualmente logradas, como es natural, pero a veces se da de pleno con el feliz acierto satírico: "Se desmorona hablando/ se desmorona/ medrará porque tiene/ lengua de alfombra" (p. 126).






Diario de una resurrección está compuesto casi en su totalidad en el antecitado versículo de origen vanguardista y acentúa notoriamente la tendencia a la imagen hermética o ilógica ("Así he visto tu piel de azúcar distraída/ tu tic parpadeante/ tu delgadez aprendiendo a escribir",p.162), y a la adjetivación insólita: "un pequeño jadeo desvertebrado y horadante" (p.149), "esta emoción pávida y terminal"(p.163). Las palabras más repetidas en el libro son las del espejo ( pues la identidad solo la garantiza y otorga la mirada reflejada de y en otro ser) y la del luto ( pues la pena y el dolor parecen en esta poesía, lo mismo quizá que en la cultura popular de todos los tiempos y lugares y en el subconsciente colectivo, coextensivas de la existencia misma.)






La última sección de la antología, La carta entera, acentúa acaso el aparente prosaísmo y las expresiones feístas pero sabe arrancar a las palabras en no pocas ocasiones una resonancia novedosa o sugerir una connotación metafórica relativamente insospechada, y perfecciona la habilidad y la gracia para el hallazgo verbal ( "decía las palabras de costado/ simultáneas y acalambradas, p. 185, ) e incluso para el neologismo y la creación léxica desde las posibilidades morfológicas del español ( "sintigo", p.220, "despreguntación", p. 198, " inmémore", p.199 y muchos más ejemplos que se podrían aducir). Usa también Rosales con cierta profusión esos "Ahora bien", esos conectores concesivos --quizá otra resonancia nerudiana-- tan naturaalmente funcionales al ritmo del versículos y a a la andadura lógica del poema. Temáticamente, las composiciones insisten sobre todo en la pérdida de la infancia como antesala de la conciencia de la muerte, en la certidumbre de que vivir es esperar, en la cárcel de la soledad, la muerte prorrogada pero siempre ubicua. En este sentido me resultan memorables composiciones como Testamento de errores, exposición sobre la nadería, casi kafkiana, y la insignificancia del hombre moderno o Al parecer todos estamos predestinados a que nos hagan la puñeta, donde, partiendo de que la mentira es consustancial a este desdichado mundo de los hombres, se urde una andanada contra la hipocresía y la maldad de los humanos, o las imágenes de la desolación y de la ruina, del extrañamiento, que se incluyen en un poema como El mundo sideral es la esperanza (p 215) :" el exilio se convierte en diluvio/ las aguas se acecientan de hora en hora/y arrastran los ganados,/ las casas/ los enseres/ penetran por los ojos de los vivos y desentierran a los muertos/ y todo el mundo huye porque no sabe dónde ir/ mientras sigue lloviendo,/ mientras llueve continuamente porque el exilio se ha convertido en el nuevo diluvio universal".

jueves, 14 de abril de 2011



NOTAS DE LECTURA: CHAVES NOGALES




Chaves Nogales, Manuel. La agonía de Francia. Barcelona, Libros del asteroide, 2010.




Es difícil escribir acerca de un libro que ha concitado tan unánimes elogios y ditirambos, me temo que en parte porque se ha visto al autor como una especie de adelantado, en una época en que hay que reconocer que esto no dejaba de tener su valor, de la hoy casi universal religión de la Democracia.




Compuesto en 1940, en los difíciles momentos en que el autor se las apañaba para conseguir escapar de la Gestapo, cosa que conseguiría al instalarse en Inglaterra, en donde moriría poco después, se editó en Montevideo en 1941 y no se reeditó hasta el año pasado, aunque ya un poco antes tanto el autor como sus obras --perfectamente desconocidos durante todas esas décadas por bien sabidas razones -- habían sido reivindicados primero por Andrés Trapiello en Las armas y las letras y luego por otros.


Se trata de un vibrante y apasionado reportaje, en una prosa ágil y precisa que no condesciende nunca al adorno preciosista y a eso que su paisano Cernuda llamaba con retranca bonitura en el decir, no tanto sobre la sorprendentemente rápida capitulación de Francia ante la Alemania hitleriana en los inicios de la Segunda Guerra Mundial, sino más bien sobre la crisis moral , el hundimiento de la nación y de la civilización francesas, para Chaves quintaesencia del liberalismo, el progreso cultural y los valores democráticos, ante los embates del totalitarismo fascista.




Dos son las ideas directrices, verdaderos leitmotiv que guían toda su exposición y que se repiten un tanto machaconamente a lo largo del libro: la de que la democracia y el liberalismo no fueron los causantes de la derrota y la decadencia de Francia sino más bien al revés, que fue precisamente el déficit de la una y el otro en los momentos decisivos lo que provocó la ruina, y la de la incuestionable superioridad moral y espiritual de la democracia frente a las dictaduras, ideas harto razonables cuya pertinencia Chaves se esfuerza en demostrar desde múltiples puntos de vista y todo indica que manejando información fiable y conocimiento de los hechos.




En la disección de esta derrota de Francia no deja Chaves prácticamente títere con cabeza, pues tan entregada --viene a concluir--estaba una gran parte de su sociedad, lo mismo sus capas dirigentes que los sectores populares, a la inercia y la decadencia morales, al derrotismo y a la secreta admiración por los nazis, que en verdad hacían aquella inevitable. Describe, así, la cobardía y la doblez de la mayor parte de la clase política, la trahison des clercs perpetrada por no pocos intelectuales, que los llevó a "negar su propia esencia y repetir con pavorosa inconsciencia los gritos de guerra del hitlerismo" (pág. 89), la corrupción del aparato militar, inoperante, caótico y sin moral de combate, el egoísmo y rapacidad del gran capital financiero, la inercia y frivolidad de la aristocracia y el entreguismo y la desidia de la mayoría de las masas populares, en las que hacía fácil mella la propaganda hitleriana. Sorprende, sin embargo, el elogio que hace de la grandeza y la honradez de algunos políticos, sobre todo Daladier y De Gaulle, y de la capacidad de sacrificio y la disciplina del proletariado, sobre todo de sus cuadros y militancia comunista, porque aceptó el aumento de jornada laboral decretado por el gobierno, aunque tampoco se priva, y con razón, de ponerlos de vuelta y media en otros pasajes (estaba muy fresco y presente el nefasto pacto Molotov-Ribbendropp) por su política catastrófica y sectaria.


Me parece que Chaves ve con excepcional lucidez, por ejemplo, el juego de las diplomacias y precarias alianzas que saltaría luego hecho pedazos por el pacto entre Hitler y Stalin y también la culpa que tuvo el proverbial nacionalismo francés, el fondo chovinista y patriotero tan enraizado en la patria de las libertades civiles, en la permeabilidad a la propaganda nazi y en el surgimiento en el imaginario popular de un inconfesable automatismo proalemán.


Hay varios puntos que me han llamado especialmente la atención, tras la lectura del libro, escrito sin duda con coraje y no poca honestidad intelectual. Uno es la inquebrantable fe del autor en la democracia parlamentaria, que llega a ser casi un poco conmovedora--- y no estoy muy seguro de si se puede medio comprender, habida cuenta de las excepcionales circunstancias que vivió tan de cerca, la Guerra Civil ante todo--- . Otro, el eco inequívocamente orteguiano de algunos de sus razonamientos---tampoco era tan ingenuo Chaves como para no desconfiar de las masas---- así en la pág. 62:" (...) la única verdad de la decadencia de las democracias radica en el hecho indudable de la rebelión de las masas, el gran fenómeno de nuestro tiempo, provocado no por un afán de superación multitudinario, sino por un desencadenamiento diabólico de los más bajos instintos". Y otro, en fin, el hecho de que Chaves parezca creer a veces en algo como las virtudes terapéuticas y purificadoras de la guerra (una idea particularmente siniestra); así, el la pág 120, criticando el a su juicio exceso de celo del mando militar francés por ahorrar vidas ( que es, reconoce inmediatamente antes, "una de las virtudes principales de los jefes") dice:" en las circunstancias en que la guerra se planteaba este sistema había de ser fatal porque solo el baño de sangre inevitable y terrible que la guerra exigía hubiera limpiado a Francia de la podredumbre ideológica que la consumía".




Lo mejor que se puede decir de este libro, en fin, es que, pese a su fe y su insistencia un poco cansina en las grandes palabras (Democracia, Liberalismo, Civilización) nunca perdió de vista dónde estaban los dictadores. Y no es poco.










lunes, 11 de abril de 2011

NOTAS DE LECTURA:ANTONIO OREJUDO

Orejudo, Antonio. Un momento de descanso. Barcelona, Tusquets, 2011.

Aunque ya algunos lectores o críticos se han apresurado a señalar parentescos --y de verdad los hay, sobre todo temáticos: el narrador-protagonista es un español profesor en una universidad norteamericana en la que no se siente muy a gusto-- con Todas las almas, de Javier Marías (que es de mediados de los ochenta) y con La velocidad de la luz, de Javier Cercas( que es bastante posterior), la verdad es que las concomitancias no van mucho más allá y que la lectura deja, al menos a mí, un relativo buen sabor de boca y una impresión nada desagradable, pese a que están de más las fotos que se incluyen, que distraen innecesariamente al lector y pese a que Orejudo, al que sobran inventiva y capacidad narrativa, abusa un tanto de la acumulación de detalles de humor grueso. Se trata de la cuarta novela del autor (no conozco las tres anteriores) y hay que decir que aquí se mezclan con notable habilidad núcleos temáticos e ingredientes heterogéneos (la novela de campus, la formación del escritor, la condición de intelectual, la ruina probablemente ya irreversible de los estudios humanísticos, la institución familiar como generadora de todo tipo de neurosis y algunos más).


La novela, escrita en una prosa de sintaxis corta y nerviosa, que el autor acierta, a modo de balanceo o contrapunto, a alternar con algunos pasajes de fraseo más amplio y ritmo lento, quiere ser un discurso sobre la verdad y la mentitra, las falsas apariencias( cada personaje duda de lo que los otros le han contado), la impostación y la falsedad morales y la final e irónica claudicación ante la podredumbre del personaje que parecía más incorruptible.


El relato se presenta estructurado en tres partes o capítulos. En el primero se cuenta el reencuentro, buscado por el segundo, entre el narrador y su viejo amigo Arturo Cifuentes, que llevan 17 años sin verse, desde que ambos estuvieron juntos en USA, y casi sin saber nada el uno del otro. La intención de Cifuentes, que se irá conociendo a lo largo de la novela, no es sino pedir ayuda al narrador para escribir un libro que ayude a desmitificar la memoria de Augusto Desmoines, que había sido, ya de mayor, maestro de ambos en la Universidad y presunto prohombre del mundo académico republicano represaliado por el franquismo. Pero por lo pronto le pone al corriente de lo que ha sido la peripecia de su vida en ese tiempo: entre otras, cosas su mudanza de Nueva York a Missouri, la crisis y la separación matrimonial de su esposa Lib, de la que siente unos terribles celos, los problemas con su hijo adolescente, enfermo, el desentendimiento afectivo entre ambos y consiguientemente las dificultades para encauzar su educación, la galería de tipos excéntricos y ridículos que pueblan el Departamento de Español donde ha trabajado (una de las profesoras,especialista nada menos que en el feminismo aplicado a la épica medieval, tiene la afición de fotografiar penes de escritores célebres) y, acaso lo más importante y lo que ha motivado su regreso a España, el auto de fe que le montan en su trabajo por haber discriminado y humillado en público a una alumna negra cuando la sorprendió durmiendo en clase, aunque lo cierto es que se limitó a soltar una amable ironía.


En el segundo, de carácter extremadamente autoparódico (Cómo me hice escritor se titula) relata el narrador sus andanzas en el período inmediatamente anterior a su partida a América(con la inclusión, un tanto forzada y gratuita en aras de lo hilarante y esperpéntico, del pasaje de las manchas de semen en el códice del Mio Cid que se guarda en la Biblioteca Nacional) y las ulteriores vicisitudes de su estadía norteamericana (que incluye excelentes reproduccionnes burlescas del inglés americano hablado por hispanos y el pasaje, creo que más pertinente y funcional a la trama, de los experimentos farmacológicos a los que se somete por dinero y que le provocan extrañas alucinaciones que le posibilitan adivinar la vida pasada y futura de cuantas personas encuentra por la calle, capacidad adivinatoria que le permiten asimismo inventarse citas y bibliografía falsas, lo que exasperará a sus colegas, que se movilizan hasta lograr su expulsión.




La tercera parte desvela, en fin, las claves de verdad y falsedad de los personajes y es una demoledora crítica de la postración moral y la indigencia intelectual de la actual Universidad española. Me parece, en conjunto, lo más logrado de la novela y gira, ya con el regreso del narrador a España, en torno al conocimiento que va teniendo este, ayudado por Cifuentes y por un nuevo personaje, Castillejo hijo, cuyo padre había sido traicionado en el pasado por Desmoines, de la leyenda que el prócer ha fabricado de su propia vida y de las corruptelas y rampante miseria del milieu universitario, cuyo capo máximo resulta ser el rector Virgilio, hijo de Desmoines. Hay un episodio, prolijo y un tanto rocambolesco pero desternillante, donde se narran las maniobras mafiosas del rector en un tribunal de oposiciones para colocar a su protegido, y otro, el final del relato,que funciona a modo de moraleja quizá un tanto obvia, cuando Cifuentes ha conseguido por fin, gracias a Virgilio Desmoines, lo que tanto ansiaba, donde aquel declara al narrador su determinación de no renunciar a la "felicidad de los simples" y de no volver a ser más "un islote de honradez" en el "mar de vileza" que se supone que es el mundo.


viernes, 8 de abril de 2011

UN POEMA FERROVIARIO














Pese a bien fundadas prevenciones frente a los premios literarios, he decidido enviar esta composición al concurso convocado por la Fundación de Ferrocarriles Españoles, cuyas bases especifican que ha de tratarse de una composición de entre 100 y 320 versos y tener al tren como motivo principal.




DEL TREN




Te mueves tú, tren,


y tú te arrancas


desperezándote lento,


a tu ritmo tan solo


y tu medida,


dulce chirrïante


por tu ferrovía,


tú, justo invento, ingenio puro


y benévola máquina tranquila


cuajada en recias,


nobles tracerías,


tú, buen monstruo de metal


y ásperos plásticos


y émbolos y ferralla y cables


en feliz acometida,


y grapas a miles y clavos


que al sellar, herméticas,


tus múltiples galerías


les dan un poso de útero cálido,


cómo, --y cómo, tras tanto verlas,


nos rinden tus maravillas—


te alzas y creces y no te cansas


y en tu hercúleo esfuerzo


te embebes y porfías


fuerte y seguro


de, fiel a la pauta que tu balanceo


gobierna y guía,


seguir marcando el terso


diapasón exacto,


y vía adelante, vía


arriba te vas, que nunca acaba,


que nunca alcanza,


feliz, a desastrar la sutil


gracia de la partida


ni la ficción ideal


del movimiento:


es un blanco ensalmo, una finta


de ambiguos guiños,


que cines y trampantojos,


de tanto imitarte, cifran:


ir como un sueño y volar,


volar no más,


y ni solo ni


tampoco en compañía.





Pues por eso sigues tú, tren,


y más y más, vía arriba


y ves que a ti todo


se te remueve,


como cendal etéreo que te encandila


y al fin te deja quieto


---quieto moviéndose—


bajo del cielo


la claraboya altísima,


y ves que a envolverse en un negro


capullo se da la conciencia


y a su copo te hila



dorada jaula


--según ante el ojo pasan,


y al pasar se medioesquinan,


unas tras otras,


como al son de una esquila


prestidigitadora,


ellas, las cosas,


bajo de una luz amoratada,


alunada y esquiva:


allá unos maíces


se comban entre ocres y lilas,


allá una ladera boscosa


con su fuentecilla,


o por aquella campa de paseo


entre dengues y risas,


muchachitas quinceañeras


en risueña pandilla,



más allá tiernas vacas paciendo


meditativas,


o al fondo de aquel sendero


la aseada verja


de una casita---;



jaula dorada


de ásperas lanas


de palabrerías,


que, cuanto más a ti te apuntan,


más se hacen como cosas


en concierto infinitas


y más, al tiempo,


rehuyéndote y deshaciéndose


más se desflecan y más chirrían.





Pero tú, tren, sigues,


afable y benigno monstruo,


emboscándote en tus vías:


arrancas de los suburbios


de la urbe grande


---justo donde la urbe se perdía---


por pura tierra de nadie,


allá en donde los sitios


hasta de sus nombres se olvidan


y vas serpenteando


de morralla en vertedero,


ante tapias enladrilladas


de autovías,


entre las que han por doquier plantado


hoscos almacenes


y lo que llaman naves


de muros plastificados


y turbias cristalerías;



que dejas muy pronto no obstante,


pues que ¿ves? nunca


han de acabarse tus vías,


porque se está abriendo ya,


ya se te abría


el gran lienzo azul de la Mancha


de los aspados molinos


y la verdeante y ceñida,


desparramada cenefa


prieta y verdeamarilla


de pámpanos al tresbolillo,


mágico tapiz en donde


la gran llanada,


bajo del globo de oro


ardía y ardía;



y hasta el manso contrafuerte


de seguido te bajabas,


a los perfiles y a las líneas


de agreste Sierra Morena,


vasto vasar y cuenco


de adelfos y clavellinas,


oscura Sierra Morena,


tan pespunteada de olivas,


montaraces arroyuelos


y guirnaldas de amapolas


y buganvillas,


si así tú, vestida de fiesta,


vieja matrona pareces


y al tiempo niña;



crestas tras las que se esconde


---y al revelarse


ya se escondía---


el valle, el tuyo, gran río,


Betis inmemorïal,


que cruza las dos ciudades


mayores, venenosas perlas


de un mercado antiguo


--tabernas, patios y celosías---,


y ay de las dos, Córdoba de mil,


treinta mil flores,


pérfida Sevilla,


venenosas perlas


de la Andalucía,


tan lindas, sí,


para ante todo añoraros


en la lejanía,


ay, si al pasar


por ellas, apenas,


apenas se os veía;



mientras que tú seguías, tren,


abajo, al Sur,


al hondo y profundo Sur,


y ay de ti, extrema punta


del Sur extremo,


que agavillas


verdes veredas


y te orlas de salitrosos,


aguanosos esteros


y ácida luz ahíta


de las marismas,


tú, Sur cercano y tan remoto,


donde enloquecen los vientos


y no abrasan las gargantas, no,


que las arrastran


y las rehilan


flechas silbantes


de coplas asesinas,


llagas de pena negra


y del amor


desastre y ruina;



pero ya allí mismo, ante ti,


¿era el fin?; al fin la orilla


riba del mar,


costa de la luz ebria,


costa encendida


de amoríos fantasïosos,


nítido y exacto álabe


de la bahía.





Y entonces tú y el tren


---dínoslo ya,


tú, tren, que desde siempre


bien lo sabías---


veis que todo


era un ensueño,


tu ensueño, tren, que manso mece


sólo, ay, esas frías


y cálidas espumas,


con que, al reinventarla,


rememorándola,


a ella, a la vida


y sus emblemas, signos del mundo


y sus mercaderías,


así te la edulcoran


y te la agrían;


signos del mundo, sí,


velados por ese aura


pïadosa e indistinta


que a duras penas nos oculta


y nos revela


una doliente corona


de tan míseras como miríficas


pedrerías,


en las que, irremediablemente,


vas desnudándote


----pues tú, al cabo,


dime tú de dónde y a dónde,


dime tú, alma,


¿a dónde ibas?,


¿por qué derroteros


creías ir a perderte


y fabulabas que te perdías?---,


mas acaso siga el corazón,


acaso, quizá,


torcidas vías,


vías del amor, ay,


si tan frecuentadas de antaño,


nunca marcadas


y nunca extintas,


ibas solo desnudándote


de lo que vivías;


mientras sigue y sigue el tren


arriba, de arriba abajo


y más arriba


y la alta tarde se te arquea


y se repliega, dormida,


en túmulos de escarlata


---dulce ocaso de sangre,


cómo tus ascuas


enternecidas


asaetan el alma,


al bies la cruzan


de cárdenas melancolías---


que señorean


la augusta e ígnea perspectiva


verdeazulosa y radiante,


marina,


que se irisa de alfileres


de rocío y neblina,


mientras que tú ibas desnudándote,


ibas así deshaciéndote,


así como el tren,


sin querer casi,


sin trabajos ni cuitas,


desnudándote al fin


de ideas malas


y fantasías.

jueves, 31 de marzo de 2011

NOTAS DE LECTURA



Littell, Jonathan. Lo seco y lo húmedo. Barcelona. RBA. 2009.


Lo primero que hay que decir de este breve pero estupendo ensayo-- al que acompañan no menos impagables fotografías---del autor de la celebrada novela Las benévolas es que aparece lleno de incitaciones y sugerencias, de bien razonadas dudas sobre bastantes lugares comunes, de que hace pensar, en el mejor de los sentidos de la expresión, toda vez que viene a plantear una muy novedosa y original teoría acerca del fascismo, más en concreto acerca de la estructura y configuración psico-simbólica del hombre fascista.


Fruto de un cruce entre el estudio de los materiales publicados por el filósofo alemán Klaus Theweleit en su libro de 1977 Männerphantasien, cuyas tesis, aunque poniéndoles algunos peros, en gran parte Littell adopta, y el análisis de La campagne de Russie, el libro autojustificatorio que a mediados de los años cuarenta publicara el dirigente fascista belga Leon Degrelle -- que por cierto acabó, tras la derrota de su causa y como muchos de los de su cuerda, plácidamente sus días, ya en los ochenta, en España, después de haberse dedicado a los chanchullos inmobiliarios gracias a sus contactos con las autoridades franquistas--el texto rebosa, me parece, inteligencia y no poca finura interpretativa.


Theweleit estudió un corpus de más de doscientas novelas, escritos autobiográficos y diarios de los veteranos de los Freikorps alemanes entre 1918 y 1923 y llegó a la conclusión de que, aprovechando pero también superando las categorías clásicas del freudismo, las del psicoanálisis de la infancia y las de la psicosis, y usando para sus fines conceptos de Deleuze y Guattari (El Antiedipo), el fascista es el que-aún-no-ha-acabado-de-nacer, pues nunca ha acabado del todo de separarse de la madre ni se ha creado un yo en el sentido freudiano del término. Por el contrario, se ha fabricado un yo externo que adopta la forma de un caparazón, que para defenderse y sobrevivir, para evitar la "disolución de los límites personales" tiene que segregar el miedo y el odio a lo que lo amenaza, que adquiere sobre todo dos formas: lo femenino y lo líquido, lo húmedo, en definitiva "todo cuanto fluye". Como no obstante no puede anular del todo la figura de la mujer, la ha bifurcado en dos vertientes antitéticas: la enfermera blanca ( que naturalmente es también virgen, madre y mártir) y la enfermera roja (y, connotativamente, puta) a la que proyecta en el bolchevismo y en la imagen recurrente de la marea roja, pululante y ubicua, contra la que alza el valladar de sus armas y de su cuerpo, duro, seco y adiestrado.


Algo del mayor interés es que, según Littell y antes Theweleit, para el fascista la metáfora dista de ser solo una metáfora, de alguna manera la encarna y la vive, la siente como parte de lo real: cuando se refiere a la República de Weimar como ciénaga "lo que siente es en verdad algo viscoso y pastoso"; casi literalmente puede decirse que la incorpora: cuando Degrelle alude a que si los soviéticos llegaran a derrotar al Reich sería como si Stalin se arrojara sobre el cuerpo de una Europa sin fuerza para resistir y resignada a que la violen, no es solo que imagine el dolor de las mujeres alemanas, ocurre también que "el ano que nota que se contrae convulsivamente es el suyo" (Littell, p.32)


En la consideración exhaustiva del vocabulario usado por Degrelle halla Littell que el imaginario fascista se encuentra siempre obligado por lo que él llama "mecanismos de la conservación del yo", que operarían mediante una serie de categorías: seco/húmedo, rígido/informe, duro/blando, quieto/pululante, limpio/sucio etc. en las que sustenta sus valores y su identidad. Lo rígido, lo erecto, por ejemplo, lo simbolizan, en el imaginario de Degrelle, las torres de las iglesias y catedrales europeas, resistiendo frente al viscoso y hormigueante pulular de la "avalancha soviética", que , puesto que al enemigo se le supone un carácter polimorfo y polisémico, no es solo esto sino también asiático, mogol, rojo, cosaco , siberiano. Así, en las fantasías de Degrelle, que se correspondían aquí punto por punto con las tesis oficiales del mando nazi, sobre la colonización a que el Reich sometería a Rusia tras la victoria, todo el lodazal del Este se convertiría en un gigantesco campo de experimentación para los alemanes, en la tierra planificada, ordenada y limpia que iba ya prefigurando el radiante avance de las tropas nazis, y lo de menos es que esto estuviera solo en la imaginación de Degrelle y que para nada se compadecía con la verdad histórica, que por lo demás él conocía de primera mano.


La oposición fundamental es la de seco/húmedo, que es la que vertebra toda la exposición de Littell. A ella se aplican, en el relato de Degrelle, los antecitados "mecanismos de conservación del yo": el enemigo por antonomasia, en la campaña de Rusia, es el barro, ese que todo lo invade y al que parecen acostumbrados e inmunes los soldados soviéticos.Centenares de veces utiliza Degrelle en su libro esa palabra u otras expresiones del campo semántico de lo húmedo y desde luego con un lujo metafórico que no podemos menos que agradecerle: más temible y espantoso que el enemigo en sí, era el "barro tremendo, el espantoso barro ruso, denso como caucho derretido", aunque no deja de incluir en esa condición de lo viscoso, de lo húmedo, también a los adversarios de carne y hueso: "unos rusos se escurrían entre nosotros, unos monstruos de los pantanos que chorreaban cieno, hirsutos, de pómulos chatos y rojos, riendo con dientes amarillos", y también: " ya se estaban colando en las isbas unos rusos, auténticos reptiles de barro y noche (...)". Frente a ellos, los fascistan oponían la verticalidad y lo seco : "Nuestros soldados estaban hincados como estacas en aquellos charcos (...) Mis soldados se habían apostado entre los taludes y el trigo, callados y tiesos como leña seca".


Pero el miedo a lo líquido es también miedo a la muerte, a la licuefacción corporal, puesto que nuestro cuerpo lo forman fundamentalmente líquidos (sangre, pus, excrementos) y de ahí que Degrelle proyecte ese miedo en los cadáveres de los enemigos bolcheviques, cuya putrefacción no vacila en describir, dada su debilidad por las metáforas, con todo lujo de detalles ( " Mogoles y tártaros yacían por los caminos, a montones, en plena putrefacción, y soltaban por todos los agujeros miles de larvas amarillentas"); aunque, coherentemente con su imaginario, se refiera a los propios muertos (el fascista, incluso muerto, permanece seco) con palabras pertenecientes a un campo semántico muy distinto: rojo-carne-cortado-quebrado-blanco-desgarrado frente a , para los enemigos, verde-amarillo-podrido-grasa-derretido-desintegrado. De todos modos, pese a todas las racionalizaciones, la imagen de lo húmedo vuelve, cada vez con más fuerza, que es como funciona, en la ortodoxia freudiana, el retorno de lo reprimido,y más en la amarga hora de la retirada, cuando Degrelle usa y abusa de la imagen de la rana y del sapo ("los rusos pululaban como sapos por esos lodos oscuros") o ve agua por todas partes: " No veíamos ya más allá de un metro. El aire no era ya sino una masa de agua. El suelo era un río en el que nos hundíamos hasta la rodilla". De hecho, opinaba, frente a otros ideólogos nazis, que el dominio soviético condenaría a Europa no a una "estepización", sino a una "pantanización". No deja de ser gracioso, por lo demás, que Degrelle llegara a España, tras una accidentada huída vía Noruega, pilotando un avión que hubo de hacer un aterrizaje forzoso en la playa de San Sebastián y adentrándose un poco en el agua.


El epílogo de Theweleit explica, en fin, los paralelismos de su libro de 1977 con el ensayo de Littell de 2007 y de qué modo llegó a su visión de la pulsión del hombre soldado como conformación inconsciente de la ideología del fascista político, del fascismo como estado corporal, como forma de vida que exige para su supervivencia el sacrificio y la desaparición de otras, para lo cual estudió también los mecanismos psíquicos que operan en los torturadores de las dictaduras latinoamericanas. Aquí , en la fascinación por el crimen y el dolor infligido es donde radica la convicción subconsciente en el torturador de que el cuerpo que maltratan y aniquilan les permite hacer más poderoso ese otro cuerpo, el del Poder, que crece mientras mata. Si la custión judía es algo que Degrelle no toca es porque cuando escribió su libro en 1944 consideraba ya que se había resuelto: Europa entera ya estaba, o eso creía él, judenrein. A este respecto no deja de resultar tan sugerente como funcional a la exposición de Littell la interpetación de Theweleit según la cual los nazis llevaron a cabo el genocidio judío se apropiaban de la energía del pueblo elegido para utilizarla en la fabricación del super ego ario alemán en su futuro dominio del mundo. Odiaban a los judíos por envidia, por su estatuto de especiales, que sin duda los nazis deseaban para sí.

sábado, 26 de marzo de 2011

NOTAS DE LECTURA



Juaristi, Jon. Diario de un poeta recién cansado. Pamplona. Pamiela.1985
Juaristi, Jon. Suma de varia intención. Pamplona. Pamiela. 1987.
Juaristi, Jon. Arte de marear. Madrid. Hiperión. 1988.
Juaristi, Jon. Los paisajes domésticos. Sevilla. Renaciemiento 1992.
Juaristi, Jon. Tiempo desapacible. Granada, Comares. 1996.


Lo primero que debo decir a propósito de la relectura de estos libros de versos (no tengo ahora a mano los dos o tres últimos de su autor) es lo mejor que podría decirse de cualquier libro (de poesía o de cualquier otra cosa) y es que ayuda, siquiera sea un poco, a vivir, esto es, a espantar o sobrellevar mejor un rato de tristeza o de angustia, de abandono o de depresión, y esto me parece que lo cumplen a la perfección los poemarios a los que me refiero.
A estas alturas, lo que uno más aprecia en la poesía (además, claro está, de la habilidad o pericia técnica con que esté urdida) es que pueda encontrar en ella una fantasía, un bucle emocional o un figura psíquica donde de algún modo pueda reconocerse, una suerte de espejo en que yo como lector me proyecte o refleje, aun a sabiendas de que se trata de una mentira, quiero decir, de que se sabe que la poesía es, como todos, un género de ficción y que el personaje que habla en el verso constituye o finge una voz, un fantasma que en absoluto tiene por qué coincidir --de hecho casi nunca coincide-- con la persona real del poeta.
Escribe Juaristi un español urbano y culto, lleno de referencias literarias, aunque no elude en ocasiones el giro castizo, la fraseología popular e incluso el refranero, algo a lo que me referiré más adelante.

Algunos críticos que se han ocupado de la poesía española de las ultimas décadas (así García Posada y otros) han calificado de civil la de Juaristi, marbete que tampoco significa mucho aun cuando, como probablemente ocurra, se haya puesto en circulación pensando en aquellas zonas de su poesía que al menos en apariencia se refieren a las circunstancias políticas del País Vasco. Otros lo han incluído en esa especie de cajón de sastre de poesía de la experiencia, pero esto de la experiencia es denominación demasiado vaga y equívoca porque por una parte parece referirse a la experiencia cotidiana, a los banales acontecimientos de cada día, y eso evidentemente no es necesario para escribir poesía, y por otro puede referirse también a la experiencia del oficio, de la capacidad técnica --que ya es otra cosa-- o a la experiencia de la edad, que se supone que solo se adquiere con los años vividos pero que tampoco --en esta tercera acepción-- tiene por qué desembocar necesariamente en una visión desencantada y melancólica del mundo, aunque así puede que ocurra en gran parte en esta poesía.
La lírica de Juaristi me gusta, incluso la de tonos más admonitorios, sobre todo, porque ha sabido crear un personaje en sus versos que desde luego vive una vida moral y en el que no me resulta difícil proyectarme, en el sentido que apuntaba más arriba. Y ese personaje fabricado comparece en muy variados registros sentimentales, que van del cinismo descarnado ( véase por ejemplo Agradecidas señas, el poema que abre Tiempo desapacible ) a la melancolía y al irrefrenable sumidero de la nostalgia que trasudan composiciones --ambas del mismo libro-- como la hermosa rememoración de la infancia con la figura de la madre en MCMLIV o la estupenda evocación elegíaca de Il compagno, sobre Pavese y su suicidio, para no hablar de la fiereza (que acaso no sea sino la otra cara de la ternura) de los poemas dedicados a Bilbao --que él moteja felizmente como Vinogrado- y el desopilante humor de los consagrados a ilustrar aspectos de las fantasías ideológicas u obsesiones del nacionalismo vasco, así por ejemplo la larga Epístola a los vascones, de Arte de marear, que sería una silva a la manera castellana clásica si no fuera por algún alejandrino o algún verso sin rimar.
Me gusta también porque, lejos de todo experimentalismo -- que a menudo queda en vaporosos sinsentidos o en una logomaquia ininteligible-- se atiene a la competencia versificatoria, esto es, que sabe urdir, por ejemplo, buenos endecasílabos o alejandrinos o sonetos o cuartetas heptasilábicas y que parte siempre del control racional del poema, de su valor lingüístico como caso especial de lenguaje o, si se quiere, apartamiento de la norma y, por tanto, entre otras cosas, de la selección medianamente rigurosa del léxico. Sería medianamente legítimo, así pues, calificarse a esta poesía de realista o de base realista, teniendo en cuenta desde luego la falta de un adjetivo mejor o menos inepto.
Me da la impresión de que Juaristi, en fin, suple en su producción los posibles fallos de la imaginación --reconocidos por él mismo--- con un espléndido ingenio verbal, y por eso pienso que cabría aplicar a muchos de estos versos el dictamen de Auden de discurso memorable ("Good poetry is memorable speech"). Por lo demás, si es cierto que la poesía es incapaz de rescatar, en cualquier sujeto, el resplandor o el deslumbramiento de un instante o un día del pasado ya devastado por el correr del tiempo o por las falsificaciones de la memoria, sí puede en cambio, en el espacio de ficción del poema, inventar experiencias análogas refiriéndolas a un personaje impostado con el que tanto el poeta como el lector podrían tener vagamente algo que ver.
Maneja con igual maestría este escritor lo mismo los encabalgamientos y rimas internas, de las que creo no obstante que abusa un poco, que toda toda la demás panoplia de figuras retóricas ( y podrían citarse docenas de ejemplos a este respecto), desde la paronomasia: "Nuestro maestro en estro, Jaume el Conqueridor" , En torno al casticismo, de Arte de marear", "Esta tierra feroz, feraz en curas", Patria mía, de Suma de varia intención, a la rima interna "Siempre lo dije y fui --creo--sincero", Il miglior fabbro, también de Suma ...hasta la metáfora más o menos insólita. Pero donde me parece más feliz y afortunado es en la ruptura o contrafactura de una frase hecha o de un refrán, con la consiguiente quiebra de las expectativas del lector ("No es cierto que por mucho madrugar/ amanezca el huerto en el secano", Intento formular mi experiencia de la poesía civil, de Los paisajes domésticos) y en la cita contrahecha o el guiño culturalista (ya desde el mismo título de algunos libros y poemas), y así podrían espigarse numerosas alusiones en estos versos, más o menos enmascaradas, a no pocos poetas, desde Garcilaso a Miguel Hernández, de Gabriel Aresti a Antonio Machado, de Blas de Otero a Eliott. No es menos típico de este escritor el llamado final anticlimático del poema, expresión que creo recordar que se empezó a usar por Dámaso Alonso a propósito de Manuel Machado, consistente en descargar la tensión dramática que se supone en una dicción noble o elevada cerrando la composición con un giro de humor inesperado : "Y en las contadas horas en que con otros cuerpos/desisto de mí mismo /un poco de erotismo", Material de derribo, de Diario...
Y hablando de humor, last but not least, de lo más encomiable resulta el sentido que de tal cosa tiene Juaristi , y que informa no pocas de sus composiciones. Un par de muestras: el soneto en versos blancos Elegía del Pazo de Meirás y no me volverás, de Suma ... en el que se las ingenia para mezclar la referencia malévola a los reyes españoles ( "Lo que la brisa se llevó sin prisa/ dinastías de bourbons y Parmas") con el fundador del Opus Dei, el fin del franquismo, el régimen de Primo de Rivera y la alusión a una célebre actriz del cine clásico, todo ello sobre el cañamazo de la letra del Cara al sol , y del ya citado poema En torno al casticismo:" Aunque Rodrigo Díaz el de Vivar debía/fablar un castellano más recio que una aldaba./Oíanlo los moros al pie de la alcazaba/ y no les alcanzaba al cuerpo la chilaba." Pues eso.




NOTAS DE LECTURA



Roth,Joseph. La leyenda del santo bebedor. Barcelona. Anagrama. 2001


Roth, Joseph. Judíos errantes. Barcelona. El Acantilado. 2008









Este admirable y breve apólogo cuenta la tan patética como conmovedora historia del clochard Andreas Kartak, a quien, mientras vagabundea alcoholizado por las calles de París, un misterioso desconocido (no se sabe si un duende del azar, un enviado del cielo o el mismísimo demonio) ofrece una cantidad de dinero a condición de que lo restituya al cepillo de la iglesia de Sainte Marie des Bastignoles, donde se venera la imagen de Santa Teresa de Lisieux. Tras una duda inicial, y a sabiendas de que va a ser difícil que pueda devolverlo, lo acepta.
Andreas, un ser ya derrotado,que había cogido inquina a los espejos porque le mostraban el progreso de su degradación y que decide alegremente convertir el día mismo en que recibe el dinero en el de su cumpleaños para gastárselo sin demasiada mala conciencia, reúne sin duda algunos de los atributos del antihéroe romántico, tan perdedor casi por naturaleza o maldición divina que no vacila, por ejemplo, en matar por amor, como marginado consciente de sí mismo, abúlico y acomodaticio.
Como bien dice Carlos Barral en su muy ajustado prólogo (aunque, et pour cause! llevando un poco las aguas a su molino), los mimbres con que se urde la fábula no son los presuntos milagros y paraísos artificiales que proporciona el alcohol, sino el carácter sagrado del mismo vino. Lo que ya no me parece tan de recibo es la creencia de que, como allí se dice, "la embriaguez alcohólica, controlada hasta donde sea posible, es un método de conocimiento cultural y de interpretación del mundo absolutamente imprescindible".
Los demonios del azar o de la mala --o buena--- suerte se conjuran para que siempre Andreas se encuentre con viejos conocidos, una antigua amante de la que en un tiempo estuvo enamorado y a cuyo marido asesinó, o nuevos conocimientos femeninos que, indefectiblemente, acaban timándolo o robándole parte de o todo su pecunio.
El cuento todo está montado sobre la determinación y la voluntad de Andreas (solo teórica y de imposible cumplimiento) de restituir el dinero a la santa y sus constantes recaídas, por lo que se ha dicho, en la senda del vicio
Así, cuando, decidido ya por fin a saldar la deuda, se encamina a la iglesia, se da cuenta de que apenas le queda dinero porque se lo ha birlado Gabby, una extraña muchacha con la que ha pasado un par de días. Vuelve entonces a entrar en la taberna que hay al lado y se encuentra de nuevo con Woitech, un antiguo compañero de trabajo de sus años de minero que le aporta el dinero que previamente el protagonista le había prestado, pero aquel vuelve a engañarlo diciéndole que tiene una deuda urgente y se lo gasta con el mismo Andreas en alcohol y chicas.
En estas condiciones, no es difícil imaginar el fin de nuestro héroe, muerto en la sacristía de la iglesia, adonde le han llevado víctima de una crisis alcohólica. Como tampoco resulta complicado descubrir en Andreas el dibujo que de sí mismo y de su pobre y azacaneada vida como refugiado en París llevó a fines de los treinta el propio Roth. El pasaje en que el clochard se da cuenta de que carece de documentos que acrediten su residencia legal en un país extranjero recuerda los apuros por los que hubieron de pasar muchos refugiados y fugitivos judíos en aquella época.
Por lo demás la fábula, quizá engañosamente sencilla por su economía de medios expresivos, no deja de contener una vívida y transparente poesía en su sintaxis seca, corta y como sincopada y en la maestría y sensación de verdad que transmiten sus diálogos en estilo directo.
La última frase del relato tiene sin duda mucho de plegaria y de hermosísimo colofón: Gebe Gott uns allen, uns Trinkern, einen so leichten und schönen Tod. Denos Dios a todos nosotros, bebedores, una muerte tan suave y hermosa.


Escrito desde el desvalimiento, la añoranza y la aguda conciencia de la derrota y atravesado de punta a punta por una especie de amarga ironía, Judíos errantes me parece que puede constituirse en uno de los más originales y agudos ensayos acerca del antisemitismo en los tiempos modernos y los avatares y desgracias del así llamado pueblo elegido. Se diría que Roth estaba convencido, por encima de todo, de la ubicuidad y del carácter probablemente insoluble de la pasión y de las ideologías antisemitas , en las que según él no han tenido poco que ver los propios judíos.
Reserva en efecto el autor los más acerados de sus dardos a sus compañeros de raza, en primer lugar a los judíos occidentales, por su incalificable ceguera y en no pocos casos su ingenuidad y cobardía anrte el nazismo y al sentimiento de superioridad y de desprecio que siempre albergaron hacia los apestados Ostjude (el mismo Roth lo era).
Sostiene Roth, por ejemplo, cómo en su deseo de integrarse , y cayendo en lo que él llama pienso que con feliz acierto "superstición del progreso", la mayoría de los judíos occidentales, sobre todo los alemanes, "tuvieron a menudo, por desgracia, la tentación de hacer responsables de las exteriorizaciones de los instintos antisemitas a los judíos orientales emigrados a Alemania," con lo que, como poco después se vería con claridad, vinieron a hacer el juego al monstruo que se acercaba amenazador con sus camisas pardas y con su parafernalia racista del Imperio de los mil años y toda la mitología nazi. La gran trampa fue su fe en lo que Roth moteja como "el ídolo del patriotismo civilizador", es decir, mordieron el anzuelo del papel civilizador de Alemania y cambiaron la fe en Dios de sus padres por este trampantojo al fin y al cabo no menos peligroso.
No menos lúcidos y apasionados son sus ataques al mundo judío por su aceptación, teñida de abulia y servilismo, de su condición de pueblo inferior que les impuso el nazismo (en todo el libro de modo un tanto implícito y más claramente en el prólogo de 1937 a una proyectada y nunca llevada a cabo segunda edición del texto) y su denuncia de la hipocresía de la Iglesia Católica y y la farsa de la Comunidad de Estados cristalizada en la impotente e inútil Sociedad de Naciones.
Pero lo más interesante e innovador del ensayo es a mi juicio que pone en tela de juicio la idea misma de patria, sin duda causante a fin de cuentas de tantos desastres: "ciertamente, el sentido del mundo no es estar compuesto de naciones y patrias que, aun cuando solo quisieran realmente preservar su idiosincrasia cultural, no por ello tendrían derecho a sacrificar ni tan siquiera la vida de un solo ser humano" . Roth da aún un paso más al sugerir que la idea de patria no es más que la racionalización de la búsqueda de víctimas en aras de turbios interese materiales, como bien demuestran todas las guerras habidas y por haber, y al declarar apodícticamente (pág. 38) que "en toda la milenaria aflicción que viven los judíos no han tenido más que un único consuelo, a saber, el de no poseer una de tales patrias".
Hay, por lo demás, en el judío, y particularmente en el judío creyente, una casi inevitable interiorización de la contextura psíquica del fanático (que era lo que más interesaba de este pueblo a un escritor como Cioran, para quien los judíos se habían erigido en los "grandes tentadores del abismo"), una pulsión masoquista y una especie de orgullo teológico de casta que incluso le lleva a abominar del proyecto sionista y a despreciar al gentil aún más de lo que lo desprecian a él, hasta tal punto ha creído "cultural" su pretendida condición de pueblo elegido que hace todo lo posible por diferenciarse de los otros , puesto que solo parece ser útil para servir a Dios.
La parte central del libro, que abarca el extenso capítulo tercero , es menos teorética y más narrativa, pero no por ello reviste menos interés, toda vez que está escrita en un tono más ágil y ligero, casi como un reportaje, y viene a resultar una especie de estupendo compendio de antropología de las costumbres y el mundo judío.
Memorable en todo caso resulta la descripción o retrato del típico rabí, obsesionado con su fe, que proyecta tanto en las cosas importantes de la existencia (desde la comida a las mujeres) hasta los detalles más insignificantes de la vida cotidiana y para el que todo en el mundo es señal inequívoca del poder de su Dios: la comida no es tanto el hecho de nutrirse como "una acción de gracias al Creador por el milagro de los alimentos", y congruentemente con la tradición de que las mujeres estén desde siempre proscritas de su entorno, el rabino y el judío ortodoxo están convencidos de que el goce sexual --entiéndase en el sentido del uso de la esposa " es para él un deber sagrado y solo es un placer porque es un deber. Tiene que engendrar hijos para que el pueblo de Israel se multiplique como la arena en el mar y como las estrellas en el cielo". Un poco más adelante, el narrador contempla estupefacto los bailes de la celebración de la Torá, que le parecen, sin embargo, poco menos que un derroche sensual: "No era la danza de un raza degenerada. Aquella fuerza no era solo la de una fe fanática. Era, con certeza, una salud cuya eclosión provenía de lo religioso ". Mas sombríos y amenazadores son los tonos con los que se pinta una celebración del Yom Kippur, despedida por una horas "de todo lo mundano", en que los fieles entran en una suerte de éxtasis delirante y masoquista, en medio del vértigo que les hace tambalearse y donde "cada pequeño tendero es un superhombre, puesto que hoy ha de llegar a Dios". Pero Roth no es insensible a las manifestaciones de la verdadera alegría judía, como cuando se demora en la consideración, no exenta de secreta simpatía, de algunas tradiciones judeoorientales, como las bandas de músicos ambulantes, las actividades y los ritos atinentes a los recitadores de plegarias o jasán o del batlen, una especie de bufón contador de historias que ameniza las bodas y los bautizos y recorre las aldeas entreteniendo las largas noches de invierno de las familias humildes.
Aunque tampoco deja de haber en el libro, particularmente en los últimos capítulos, una no sé si demasiado encomiable y bien fundada sagacidad psicológica que le permite al autor entrar en los recovecos del alma judía, que parece enorgullecerse de conocer a la perfección: dice por ejemplo, contra el mito,ciertamente muy extendido entre las burguesías europeas de entreguerras, del judío bolchevique, que el judío pobre " es el más conservador de todos los pobres del mundo. Es ni más ni menos que una garantía para la conservación del viejo orden social. En su inmensa mayoría los judíos son una clase burguesa con características raciales, nacionales y religiosas propias", afirmación un tanto exagerada o por lo menos dudosa habida cuenta de que muchos judíos, en el Este y en el Oeste, se encuadraron en partidos y organizaciones de izquierda.
Los breves tres últimos capítulos se consagran al análisis de la emigración judía a los países occidentales y, así, se describen vívidamene la judería de Viena, con el hormigueo de judíos orientales pobres luchando por sobrevivir y que tienen que arrostrar el desprecio a que los someten sus compañeros de raza ya instalados, o la Berlín, aún más ninguneada y marginal, donde el autor se deleita un tanto morbosamente en contar las peripecias de un mísero cabaret-teatro de pobres actores sin brillo o ilustrando al lector acerca de las peculiaridades de las melodías judías del este, esa música según él tan arrebatadoramente dolorosa "que sonríe entre lágrimas". Se habla también de los modos de sobrevivencia e integración de los judíos en Italia y en los USA (y aquí Roth se despacha a placer con el mito del sueño americano, del tío de América, pues en ese país , apunta con sorna, los judíos al menos tienen la ventaja de que viven rodeados de judíos más judíos que ellos :los negros. Puestos en cuarentena en el puerto de Nueva York, imgina Roth al emigrante hebreo viendo desde los barrotes la estatua de la libertad "y no sabe si es él o la libertad quien está prisionera".
Los últimos párrafos de texto versan, en fin, acerca de los judíos en la entonces Unión Soviética, donde, si es cierto que se prohibió el antisemitismo por decreto y se trató de convertirlos en una minoría nacional más entre el conglomerado de nacionalidades de la URSS,(y de paso, sugiere el autor irónicamente, liquidar el sionismo mismo) no por ello se iban a acabar de un día para otro sus penalidades. Roth de todos modos reconoce en el epílogo que cuando escribió el libro no tenía información lo suficientemente fidedigna de Rusia y, en todo caso, no alcanzó a vivir bastante como para ver las purgas y razzias antijudías de la época de Stalin