miércoles, 27 de mayo de 2015

EL FIN DEL TERCER REICH















              


                Antony Beevor. Berlín. La caída. 1945. Barcelona. Crítica 2002.






                He leído las casi 700 páginas de este libro como lo que creo que es, un inmenso poema dramático-épico, porque, al igual que ocurre con sus otras grandes monografías, La Segunda Guerra mundial , La Guerra civil española y sobre todo con Stalingrado, --esta reseñada en su día en este blog--- muestra aquí el estupendo historiador británico tanto sus conocimientos de técnica y estrategia militar como sus dotes de analista político y su fino sentido de narrador, atento a las decisiones de los poderosos y a las estrategias de los Estados tanto como al  terrible destino de las multitudes anónimas, los soldados obligados a combatir, la población civil atrapada en una orgía de muerte y destrucción: conmueve esa patética y estremecedora escena de los niños berlineses que juegan (¿inocentemente?) a la guerra con espadas de madera en medio de las bombas y la destrucción. (pág. 481).






                Haciendo gala, como es habitual en él, de una apabullante documentación, índices, aparato de citas, mapas y fotografías, narra Beevor el último avatar de la gran conflagración de 1939-45, al menos en los frentes europeos, que no fue sino el avance del Ejército soviético desde el Este y de los aliados desde el oeste para, en un movimiento de pinza, coger a la Alemania nazi entre dos fuegos y precipitar, con la caída de la capital del Reich, el fin de la guerra. Una sola objeción podría, si acaso, hacérsele a Beevor, y es que demoniza en exceso a los dirigentes nazis y soviéticos por igual y se reserva demasiados parabienes y cauciones para con los jefes militares aliados, como si estos no hubiesen incurrido asimismo en desmanes y crueldades y como si la guerra ---esta u otra cualquiera--- no haya sido siempre igual para todos.






                 Al margen de la minuciosa descripción de las operaciones militares, que las hay en buena parte de los capítulos ---de un total de 28, desde el derrumbamiento del castillo de naipes del Grupo de ejércitos del Vístula hasta el fracaso nazi de la ofensiva del invierno del 44, el rápido avance de los soviéticos, que llegaron a marchar a un ritmo de 60 a 70 Km diarios, y los combates finales en Berlín en abril-mayo del 45---  me han interesado más aspectos como las contradicciones internas y luchas intestinas entre la élite nazi, con un Hitler cada vez más aislado e impotente en medio de una corte de generales serviles e ineptos, Speer,  Goering  y Bormann intentando sucederle en el poder  y  un Himmler que maniobraba en la sombra intentando un armisticio con los aliados, con el telón de fondo además de la desesperación de los pocos jefes competentes que, como Guderian, no sabían qué hacer ante las órdenes a menudo escandalosamente suicidas. O la tremebunda represión desencadenada contra las poblaciones de Prusia Oriental, Silesia y Pomerania, por lo menos tan bestial e indiscriminada como la practicada en Rusia por los alemanes tres años antes. Las catastróficas decisiones militares del Estado Mayor nazi, cada vez más mediatizado por las imposiciones del Führer y de Goebbels, del todo incompetentes en este terreno, lo fueron aún más por las reformas introducidas por Stalin en el Ejército Rojo que, si bien no atajaron del todo la caótica indisciplina (curioso dato este, en principio impensable en un estado totalitario), sí mejoraron el armamento pesado, el camuflaje y el dominio operacional. El trato que recibieron los refugiados alemanes de aquellas regiones ---los que pudieron escapar hacia el oeste--por parte de las autoridades nazis fue al parecer casi tan brutal como el otorgado a los recluidos en campos de concentración: los administradores locales del partido, los Kreisleiter, eludían toda responsabilidad y a menudo hacían se dejara a esos refugiados, sobre todo si eran enfermos o ancianos, abandonados a sus suerte en pleno campo, tras haberlos llevado durante días de un sitio para otro en vagones de ganado.





                  Si el hundimiento del poder nazi, con los suicidios finales de Hitler, Goebbels y otros y la desbandada y los intentos de fuga de la mayoría de los integrantes de la élite tiene el aire de una trágica opereta bufa, con el decorado además de las orgías y borracheras, las semanas que precedieron a la conquista, entre la camarilla  de la Cancillería, no menos llama la atención la mezcla de astucia,  mano izquierda y fanática y cruel paranoia de Stalin, que no solo supo explotar a su favor las envidias y celos entre sus generales, sino también inculcar en el pueblo ruso, mediante una perversa propaganda, el sentimiento de culpabilidad colectiva por haber permitido la invasión de 1941---que sin duda le exoneraba a él mismo de su muy evidente y bien documentada responsabilidad y ceguera en ese desastre---, al tiempo que insistía en la delirante y peregrina idea de que  los prisioneros rusos y las trabajadoras forzadas llevadas por los alemanes a su territorio ---maltratadas y violadas a menudo por los soldados del Ejército Rojo---se habían vendido a los nazis.




                 Pero lo más determinante a la postre fue que consiguió engañar casi sistemáticamente a Eisenhower, a Roosevelt y a Churchill sobre sus verdaderas intenciones en relación a Berlín y a Polonia. En Yalta hizo creer a los dirigentes occidentales que la capital del Reich no era para él un objetivo estratégico, cuando en verdad tenía por objetivo irrenunciable el que Berlín perteneciera a la Unión Soviética tanto por derecho de conquista como ser la potencia que más había sufrido.  En cuanto a Polonia, era para él una cuestión personal: pese a la desconfianza de Churchill, ocultó el plan que siempre acarició de que el territorio polaco tenía que caer en la postguerra bajo la influencia soviética por las mismas razones, ya que era la URSS la que lo iba a liberar y debería  para ello  sacrificar a muchos hombres, como si no hubieran sido ya  bastantes afrentas  la vergonzosa traición contra Polonia que supuso el pacto nazi-soviético de 1939 y la salvaje matanza perpetrada por Beria en Katyn. A fines de marzo del 45, mientras Stalin entretenía a los dirigentes occidentales con mentiras y maniobras dilatorias, la Stavka ya tenía ultimados en Moscú todos los detalles de la operación Berlín, pues el dirigente ruso no estaba dispuesto en absoluto a que nadie le arrebatase la gloria  de tomar la capital y el correspondiente botín material y moral.







                  Cuestión muy  delicada ---y debatida por los historiadores---han sido las violaciones masivas de mujeres alemanes por soldados soviéticos. Con muy pocas excepciones, esta actitud venía favorecida por la tolerancia o la tácita aquiescencia de los jefes. Además del hecho de la ingestión masiva de alcohol (incluso productos químicos peligrosos requisados a laboratorios), los rusos estaban poseídos por una sed de venganza, y siempre se habían tomado la relación con las mujeres de las poblaciones vencidas y ocupadas como un asunto de propiedad o botín, al que tenían derecho después de lo que los alemanes habían hecho antes. La brutalización y el salvajismo que comporta toda guerra se vio acentuada en esta ocasión por los efectos deshumanizadores de la propaganda y los impulsos atávicos y difíciles de reprimir en hombres ya de por sí marcados por el miedo, el sufrimiento y la constante tensión del combate. "La extrema violencia de los sistemas totalitarios---escribió Vasily Grossman en Vida y destino-- demostró ser capaz de paralizar el espíritu humano a través de continentes enteros".(cit por Beevor pág. 65). Las estimaciones del número de víctimas de violación son pavorosas: los cálculos elaborados por los dos hospitales más importantes de Berlín en las primeras semanas de postguerra oscilan de las 95.000 a las 130.000, solo en esa ciudad. De ellas, no menos de 15.000 murieron a raíz de la agresión o se suicidaron. En total, se cree que fueron forzadas al menos dos millones de mujeres alemanas, y una minoría sustancial fue sometida a violación múltiple. Se comprende que tan terribles hechos dejaran imborrables secuelas psicológicas: a muchas de ellas ya les resultó imposible en lo que les quedaba de vida mantener cualquier relación con un hombre, y en cuanto a estos, muchos se avergonzaban de su incapacidad y su impotencia a la hora de protegerlas. Hubo, no obstante, excepciones: la mayor parte de los fusileros de primera línea de combate demostraron ser más disciplinados y compasivos que las brigadas de tanques de la retaguardia, y de todos modos sorprende enterarse de que hubo bastantes testimonios de que oficiales judíos del Ejército Rojo hicieron todo lo posible para proteger a las mujeres y niñas alemanas (pág. 647). En fin, el mito más grotesco de todo este lastimoso asunto quizá sea el bulo consagrado por la propaganda soviética de que el servicio alemán de inteligencia había infectado de enfermedades venéreas a un buen número de berlinesas a fin de que contagiasen a los soldados rusos.





                   A medida que se acercaba la ofensiva final sobre la ciudad, empezó a estar claro que  Goebbels, máximo responsable entonces de la capital, al igual que hiciera Stalin al principio de la batalla se Stalingrado, no iba a evacuar a la población civil, con la esperanza de que así los soldados defenderían la ciudad con mayor desesperación. Tal decisión se impuso pese a la oposición de algunos generales, que querían evitar un sacrificio inútil. Aunque la resistencia resultó en ocasiones feroz, en general aquel objetivo no se cumplió: la gente estaba hastiada ya de la guerra y la propaganda soviética que insistía en la idea de que los desertores serían tratados con benevolencia no dejó surtir cierta efecto. Con todo, la suerte estaba echada, pues el potencial acumulado por las fuerzas soviéticas para la batalla contra Berlín resultaba abrumador: dos millones y medio de hombres, más de 40.000 cañones y piezas de artillería pesada y seis mil y pico tanques, además de cuatro ejércitos del Aire. "Nunca antes se había congregado tal potencia de fuego"(pág. 333).



                    La batalla fue terrible, tanto por el odio y la sed de venganza de los soviéticos como por el terror implantado por las SS y la Feldgendarmerie, que ejecutaban en el acto a todo el que, civil o militar,  intentase rendirse o desertar, así como también por la precipitación de los  soviéticos, que en sus ansias por culminar cuanto antes la operación propiciaron tal caos que se dio el caso de que unidades rusas se atacasen por error entre ellas. Hubo no obstante, algunos detalles que revelaban que aún quedaba un resto de humanidad en aquel indecible horror: Beevor cuenta el testimonio de un capitán soviético que vio cómo surgía de improviso, de las ruinas de un búnker, un muchacho de apenas catorce años: "Llevaba puestas una larga gabardina y una gorra. Hizo una ráfaga de disparos con su metralleta, pero al ver que yo no caía, dejó caer el arma y empezó a sollozar, haciendo lo posible por gritar Hitler kapputt, Stalin gut. Yo me eché a reír y le di un solo golpe en la cara. Pobres niños, me daban tanta pena"(Pág.377).





                 Los últimos capítulos se refieren al relato pormenorizado del suicidio de Hitler y a las maniobras del Kremlin cuando al fin se dio con el cuerpo, hecho que se mantuvo en secreto y que se ocultó incluso al mariscal Zhukov (pues la estrategia de Stalin consistía en asociar a Occidente con el nazismo al intentar hacer creer que los dirigentes occidentales estaban tratando de esconder al Führer), a la batalla en torno a la torre antiaérea del Zoo, a los intentos, en parte fallidos, de captación de material y científicos alemanes dedicados a la investigación atómica (otra de las obsesiones de Stalin), a la matanza de civiles en Chalottenbrücke, el puente sobre el Havel por el que se accedía a la vieja ciudad de Spandau, y a dar cuenta de los contradictorios sentimientos de los berlineses, pues si bien estaban resentidos por las violaciones y el pillaje, también se mostraban agradecidos y sorprendidos por los esfuerzos de los mandos del Ejército Rojo por alimentarlos (la propaganda nazi había insistido hasta la saciedad en que los rusos matarían a la población de hambre y de que llevarían a su país como esclavos a todos los individuos aptos para el trabajo).





                  La gran paradoja o curiosa moraleja de este episodio fundamental de la historia contemporánea lo constituye, en fin, la evidencia de que un régimen político que surgió con el objetivo declarado de destruir el bolchevismo acabara provocando todo lo contrario de lo que pretendía, esto es, extendiéndolo, durante décadas, por amplias regiones de Europa oriental y central. 

                     

                 


              

jueves, 7 de mayo de 2015

DOS POEMAS BREVES




                                  I

      (Leyendo Sobre la guerra, de Ferlosio)

Trofeos de la Historia.
Espiritada y fatua como un  espadachín,
nos cuenta sus hazañas:
la fanfarria sangrante
de patrias y de imperios,
al turbio flamear de las banderas,
su hedor a carne muerta,
al barro entumecido
en los descalzos pies de las trincheras
y a carne de cañón para sahumar la llama
votiva, el memorial
encomio entrecortado
en la voz aflautada de los próceres.

                              II


Si una blanca nevada de avefrías
mi cielo oscureciera,
y mi pálida cifra y mi guarismo vano
se hundieran para siempre
en el vasto arenal de los olvidos,
la rosa intacta quedaría entonces,
el mojón perdurable y el cómplice calor
de tu inviolada gracia.

Y así podría decirse
que la vida abrevó, que llegó al centro,
bebió la pura escarcha
del más recóndito de los veneros
y el alto sol que en su esplendor amasa
el oro enjaezado de los trigos
y que no todo fue de la ceniza.




DEL HOMBRE QUE HACÍA TEMBLAR






                                                          





Martin Amis. Koba el temible. La risa y los veinte millones.Barcelona. Anagrama. 2006.



                 Pese a que no pueda decirse que el libro que nos ocupa sea  ---ni tampoco lo pretende-- una investigación histórica rigurosa ni original, sí que está escrito con la suficiente pasión, falta de respeto por lo políticamente correcto e independencia de criterio como para que nos haya resultado de interesante lectura. Aunque Amis maneja sobre todo información de segunda mano  ---cita con profusión a Vassili Grossman, a Solzhenitsyn y los trabajos del historiador Robert Conquest, entre otros--- alcanza a exponer de manera ágil y con notable maestría narrativa  las calamidades perpetradas por el poder soviético. No es este asunto en sí algo que no se supiese y que otros han hecho mejor que él. Entendámonos: alguien puede tener la morbosa curiosidad de enterarse, por ejemplo, de cómo se torturó a Meyerhold, o escandalizarse de la alucinante salida del  PC francés ( los niños, en el socialismo, se hacen adultos muy aprisa) tratando de justificar el decreto soviético de abril de 1935 por el que los niños de doce años quedaban sometidos a todas las medidas penales, incluida la pena de muerte.


                  Pero es claro que ese no es el objetivo del libro,que constituye más  bien una crónica muy subjetiva, con constantes digresiones  autobiográficas, de cómo se ha enfrentado el autor, moralmente ( ¿habría otra manera de hacerlo?) a los espeluznantes horrores del estalinismo y , ante todo, un ajuste de cuentas personal, toda vez que lo ha hecho poniéndose brutalmente delante el fantasma de su padre, el escritor Kingsley  Amis, apasionado militante comunista y espía al servicio del KGB durante 15 años hasta que se le cayó la venda de los ojos y, con una salida que no tiene por qué ser necesariamente lógica, se convirtió en una acérrimo reaccionario. A él va dirigido una larga carta póstuma ---y otra a su viejo amigo Cristopher Hitchens, al que le reprocha el que siguiera siendo simpatizante trotskista hasta el fin de sus días--- que conforman ambas la tercera parte del libro, la más breve pero la más enjundiosa.


                Mucho se ha escrito acerca de la curiosa y para no pocos casi inexplicable fascinación que el bolchevismo leninista primero y el estalinismo después ejerció sobre tantos intelectuales occidentales, que es, ya se ha dicho, el principal ítem e interrogante sin respuesta que sobrevuela por este ensayo. La explicación de Amis es tanto  política como psíquica: por un lado había la diabólica eficacia del aparato de propaganda, del célebre agit-prop urdido por Müntzenberg y otros cerebros grises de la Kommintern, que hizo picar a tanto ingenuo, y por otro la necesidad de creer, una dispersa insatisfacción porque las cosas sean como son (pág.286). Pero ambas explicaciones me parecen no falsas, sino insuficientes: debe de haber otros mecanismos sicológicos ---que pueden variar de individuo a individuo--- que ayuden a hacerse cargo de, según los casos, la ingenuidad, el fanatismo o el autoengaño interesado o más o menos cínico.


               Hay en el ensayo no pocos momentos en que Amis comparece como polemista brillante y con gusto para la provocación intelectual, como cuando afirma, desarrollando una idea del historiador Orlando Figes  (pág. 98) que la Revolución Rusa y el bolchevismo vinieron a ser una realización perversa de los ideales de la Ilustración, puesto que hicieron cristalizar un experimento que la Humanidad estaba obligada a hacer para que en la tierra  se encarnase el mito imposible de la felicidad, la justicia social y la fraternidad universal, o cuando, jugando con lo hipotético y futurible, dice (pág. 220)  que si Stalin no se hubiese dedicado, arrastrado por su delirio criminal, a decapitar al ejército en los primeros años treinta, Rusia hubiera podido derrotar en la guerra a la Alemania nazi en cuestión de semanas, y así se habrían salvado no menos de cuarenta millones de vidas, incluidas casi todas las víctimas del Holocausto.

               
              Sí cabe reprocharle al novelista británico una cierta desmesura y egocentrismo en algunos de sus planteamientos, como cuando osa comparar el sufrimiento que le deparó la muerte de su hermana menor Sally ---a quien significativamente va dedicado el libro---con los padecimientos del pueblo ruso bajo Stalin. Por muy importante que aquel suceso fuese para él y por catastrófico que resultase para su vida personal ---que cualquiera comprende y respeta---la comparación se nos hace improcedente e incluso  algo obscena.

lunes, 13 de abril de 2015

AMORES QUE MATAN


Detalles del producto

Eduardo Gil Bera. Os quiero a todos. Valencia. Pre-textos. 1997.

              Me da por leer ahora esta atípica y un tanto extraña novela del escritor navarro, al que conocía ante todo como traductor (Hölderlin, Joseph Rorh, Séneca, Montaigne, Chamfort  y bastantes otros) y al que sé también autor, aunque no lo he leído, de un voluminosos libro, Baroja o el miedo, editado hace unos años por Península y que hizo en su día correr no poca tinta y reaccionar con indignación a la tribu literaria española, demasiado servil para con las ideas establecidas, toda vez que venía al parecer a demoler la imagen convencional que se tiene del carácter y perfil ideológico del gran escritor vasco. La novela que nos ocupa pertenece, creo, a esa tendencia que, al calor del desencanto que sucedió a los primeros años de la Transición inauguró Azúa  con su Historia de un idiota contada por él mismo, que tendría luego muchos imitadores.

               Se nos ofrece aquí, bajo el título gozosamente amenazador, por lo obviamente irónico, de Os quiero a todos, un relato en primera persona en el que se cuenta la peripecia vital de Antonio Garrido, una especie de antihéroe escéptico, cínico, amoral y rencoroso (mucho más que el personaje de Azúa). El primer capítulo parece bordado sobre el cañamazo o modelo estructural de la tradición picaresca, pues remite a un individuos de humildes y oscuros orígenes que se decide a abrirse paso en la vida a cualquier precio y que parece enseguida consciente de la perversión esencial del mundo y de los humanos, implemento que no me convence demasiado  por mucho que trate, con notable rigor lógico, de fundamentar la justeza de la máxima del homo homini lupus. Hay que decir que el personaje, como ocurre también con el héroe de la picaresca, consigue al final, junto a cierto acomodo material, también la truculenta y mísera satisfacción de ver vengadas sus presuntas afrentas, no sin haberse tragado algunos sapos en el camino y tener que haber pasado por no pocas humillaciones.

                Gil escribe, siempre en un tono de farsa desmadrada, con soltura y habilidad, y no carece de imaginación verbal, sobre todo para la sátira y la caricatura esperpéntica (del nacionalismo abertxale y del mundo etarra en primer lugar), y la trama está, lo que es de agradecer, plagada de quiebros y golpes de efecto, cosa que hace a la novela de lectura divertida casi siempre. Pero su relato queda un poco lastrado por los corsés ideológicos y lo demasiado obvio de la tesis, lo que hace que como artefacto literario funcione solo a medias, algo que se nota ante todo en la parte final, a partir del cap. XXV, pág. 167, donde el autor presenta a su héroe conviviendo en Alemania con una especie de comuna de feministas radicales, episodios que me resultan un tanto superfluos y como metidos con calzador, en el sentido de tan solo explicables por su deseo de burlarse del obsesivo y delirante dogmatismo de ese tipo de colectivos, algo que Gil lleva a cabo de manera demasiado facilona.

                  Lo mejor me han parecido algunos postulados del protagonista en el arranque del relato, que hacen gracia por su descarnado cinismo y por su nula concesión al sentimentalismo ni a la acrimonia: He visto triunfar a muchos conocidos, compañeros y profesores....Han llegado a consejeros, diputados, portavoces del gobierno, redactores jefes, artistas y sabios oficiales. Todos mintiendo, todos haciendo vilezas y trampas. Siendo imbéciles, inútiles, cínicos, cretinos, aviesos...en fin, como hay que ser. También los pasajes que se dedican a desmontar los clichés y mitos del izquierdismo universitario de los setenta y ochenta, sobre todo en los medios vascos, y el cap. XX, pp. 125-145, donde el autor presenta la erudita discusión entre dos personajes, ambos tasadores de autenticidades, Überzeugt ---quizá inspirado por la figura del filólogo, lingüista y vascólogo de origen alemán Federico Krutwig---y Erro, acerca de la presunta peculiaridad étnica y antropológica de los vascos, las posibilidades del nacionalismo independentista y el influjo y límites del eusquera.


martes, 7 de abril de 2015

DOS POEMAS ULTIMÍSIMOS

                      





Tanscribo aquí un par de poemas de estos últimos días, no sé si algo contaminados por el aire desmesuradamente fúnebre-festivo que se gastan en las celebraciones de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo allá mi tierra, en la que he estado (en la tierra, no en la Pasión, aunque bien mirado, pues también) estas semana pasada.

                      I

Te ha sido dado ya esperar a ver,
como al trasluz de un sol
caduco y preterido,
de qué modo la fiera
retícula de alambres
del cedazo penúltimo
dosifica la oblea de tus días.

Mellado por su usura, dice el vago,
pálido resonar
del agua estremecida de tu carne,
presa en la cuenta atrás
del ábaco infalible.

Y todo te recuerda, en la mirada oblicua
de esta especie de éxtasis al revés,
el hálito de ese eco
diferido que amplía
la prefiguración de las ultimidades,
el mudo reposar de la arenisca.

                      II
Con el denso matraz
de todas las memorias fermentadas,
con su híspido licor,
todavía seguimos.
                             Esperamos
el silbo solitario de la tarde,
entelerido y último.
Su trino infame informa
el rejo del arado de las horas, se hinca
en las lágrimas secas
y tiñe de un gris agrio y abortizo
las lunas estriadas de la piel,
la difusa y traidora,
acogotada  luz de los ocasos.

Y a la vuelta de tantos
detritus arrastrados por la lluvia,
seguimos todavía,
mas nos adelgazamos hasta un frío,
curvo desfiladero en donde se derrama
la ya cribada arena de las urnas,
en donde tañe en vano,
hinchada como un ahorcado obeso,
la afilada campana del silencio.


jueves, 26 de marzo de 2015

ESPLENDOR DE LA CRÓNICA

Resultado de imagen de JOSEPH ROTH IMAGENES



Joseph Roth. El juicio de la Historia. Escritos 1920-1939. Traducción, prólogo y notas de Eduardo Gil Bera.  Madrid.. Siglo XXI. 2009.

          Lo primero que uno admira en esta recopilación de crónicas y artículos periodísticos del gran escritor judío de lengua alemana, nacido en la Galitzia polaca, entonces provincia austrohúngara, en 1894, y muerto en prematuras y penosas circunstancias en el exilio parisino en 1939 en una alegal situación de hecho de apátrida, es la soberana libertad e independencia de criterio con que están escritos, algo que me atrevo a suponer no muy común en el periodismo de nuestro tiempo. Pese a algunas erratas, a que no siempre suena a buen español la versión de Gil Bera y a que no le conviene demasiado el algo pomposamente hueco título  ---no sé si debido a los editores o al compilador--de El juicio de la Historia, es lo cierto que aquí resplandece por igual tanto el Roth maestro de la sátira política, de la crítica de costumbres, de la reseña de eventos culturales tal la publicación de un libro o una exposición artística, de lo que hoy llamaríamos crónica parlamentaria, de las páginas de sucesos y del reportaje de trincheras, como el fino observador de tipos y actitudes sociales, siempre desde esa ironía ácida y demoledora que no excluye, antes al contrario, la simpatía y la piedad para con las gentes sencillas, las vidas oscuras que suelen ser las víctimas, en su época y en todas, de las turbulencias de la Historia, casi vale decir de los manejos de los poderes establecidos. Por lo demás, su consideración de los años de la República de Weimar parece adivinar oscuramente, como dibujada en hueco, la tragedia que se avecinaba.

            La primera y breve sección del libro (pp.3-27) va dedicada a cubrir para el Neue Berliner Zeitung la guerra ruso-- polaca de 1920. Dueño de una prosa ágil, nerviosa y acerada, Roth narra las peripecias y maniobras de los dos bandos con aparente objetividad y cierto distanciamiento irónico, aunque no puede disimular del todo alguna debilidad probolchevique, sobre todo cuando insiste en la buena acogida a las tropas soviéticas por parte de la población civil polaca, seguramente para contrarrestar las informaciones de la prensa conservadora que hacia hincapié en matanzas y ejecuciones masivas ---al parecer falsas--- por parte de los rusos. Parece comprobar siempre, en la medida de lo posible, sus fuentes (transcribe en bastardilla las informaciones recibidas de los mandos de uno u otro ejército, como para sugerir que se limita a transcribir literalmente lo que le dicen) y prefiere fiarse solo de lo que ve con sus propios ojos.

           El proceso por el asesinato de Rathenau en 1922 (pp. 23-40) es una memorable reconstrucción del ambiente que rodeó el juicio, celebrado en Leipzig, e incluye agudas descripciones, como en rápida filigrana,  del fiscal, los acusados, los abogados defensores y el público (sobre todo de éste: Me asombran cada día las seiscientas personas que no tienen nada que hacer y viven de escuchar. Su oficio es ser "opinión pública"), aunque Roth carga sobre todo contra la manipulación sensacionalista de la prensa nacional (léase derechista, antisemita o pronazi: Rathenau era judío), esa que a diario sirve mascadas sus sandeces a los entendimientos limitados,  la descarada parcialidad del fiscal y la osadía y seguridad en sí mismos que se desprende de los acusados: uno de ellos se gasta unas maneras y un pathos que para sí quisiera un cura castrense  y otro tiene carita redonda, cabello repeinado a raya, traje bien cosido y una expresión de bebé presumido en la mirada.
             Pero la parte más extensa y sustantiva del libro (pp.43-204), la agrupada bajo los marbetes de Reportajes berlineses y Álbum berlinés, se refiere a asuntos del muy variado tipo que hemos mencionado más arriba y aún de algunos otros. Así, cuando glosa la exposición de arte soviético en Berlín (p.61-2) en que, dice, se nota demasiado que la exposición no muestra de manera descriptiva; muestra lo que hay que describir y no le extraña mucho el hecho de que la ingenuidad virtuosa y santa que habla al alma de los campesinos rusos, ahora, bajo la nueva bandera, lo haga con el mismo paternalismo maniqueo con que le hablaban los zares. O cuando destroza (pp.134-6), con todo fundamento, un libro pretendidamente satírico y revelador, pero que no es en el fondo sino un compendio del más cerrado reaccionarismo y un centón de tópicos manidos, puesto que el burlador por oficio solo se diferencia del filisteo curil en la forma de expresión, del mismo modo que el bohemio se hace filisteo cuando convierte la falta de ley en rígida ley y el satírico se hace patético cuando eleva la burla a principio. La misma clarividente lucidez y brillantez expositiva se halla, pongo por caso, al denunciar el apoltronamiento  e inconsciente megalomanía de la clase política (pp.161-2) que los efectos perversos de la publicidad (p. 157) , la hipocresía burguesa (p.151-2) a propósito del encausamiento de dos jóvenes pintores acusados de  obscenidad , o el monstruo del nacionalismo a propósito de la brutal paliza propinada por un nazi a una mujer hindú en plena calle ante la mirada complaciente de los transeúntes (p.165. Roth apostilla Hubiera sido una fausta ocasión para cantar el Deutschland über alles). La diatriba satírica alcanza a veces cotas notorias de imaginación verbal: el ambiente berlinés de fines de los veinte ya presagiaba lo peor: el aire de la ciudad, escribe, tiene un tufo demencial, huele a viejas barbas germánicas socarradas y a gas venenoso, a remedios caseros hemorroidales y a betún de botas de los tarugos prusianos (p.179)

             Registros distintos, próximos a la fantasía lírica, los hay en Mundo muerto (pp. 116-7), a mi juicio uno de los más logrados fragmentos del libro, aquí con una imaginería vanguardista, vecina de la greguería ramoniana : describiendo el vestíbulo nocturno y desierto de la estación de tren, observa Roth que las taquillas reposan con cerrados párpados enigmáticos, o que el quiosco con su techo de madera simula un ataúd de periódicos difuntos. Imaginería que se ve asimismo en  el fragmento en que se describe la sensación psíquica de ir en avión (104-5). Pero la metaforización puede hallarse por doquier: El dorado del sol es fluido como purpurina derretida (p. 69); los perseguidos se acurrucaban en sus casas como animales en un rodal del bosque tras una batida (193); la chaqueta del tendero exhibía un lamparón de aceite oscuro como una lágrima pintada. Un cuento ejemplar, por la concreción de su anécdota y su bien dosificado desarrollo, lo constituye el relato del aburrimiento y de la sensación de soledad de los domingos vespertinos de la gran ciudad, al salir de los cines (pp. 257-60).

              Un tono diferente, en fin, y una muy disímil coloración política tienen los últimos textos de esta recopilación, los de los años del exilio (pp.280-307), con un Roth mucho menos sarcástico y festivo y como entregado a una especie de escéptica amargura desesperanzada: son los años de su conversión al catolicismo, el abandono del cosmopolitismo republicano, el distanciamiento de cualquier  forma de judaísmo y la cada vez más evidente añoranza del Imperio Austrohúngaro y de un régimen autoritario y centralizador. Sorprende en efecto que se lance a defender al Emperador que con tanto ingenio había zaherido poco antes y que considere al monarca superior y más respetable que un presidente republicano electo  con el peregrino argumento (p. 287) de que hay muchos sombreros de copa, pero solo una corona,  y de que el pueblo observa lo único y lo solitario.


miércoles, 25 de febrero de 2015

ALTA DIPLOMACIA



John Cornwell. El papa de Hitler. La verdadera historia de Pío XI. Barcelona. Planeta. 2006.
                Este libro del historiador británico ---católico, para más señas—John Cornwell viene a demostrar de modo bastante concluyente la ceguera culpable y el disimulo, en el mejor de los casos, y la connivencia, en el peor, entre buena parte de los altos dirigentes de la Iglesia Católica de los años 30 y 40 y el régimen nazi, ante todo en el de Eugenio Pacelli, Pío XII a partir de 1939. Grave injusticia sería, no obstante,  el no reconocer la oposición al nazismo de no pocos sacerdotes católicos ---alemanes y de otros sitios---y de centenares de miles de fieles de esa religión, tal como queda debidamente documentado en el libro que comentamos. Muestra en definitiva, cómo el Poder es sustancialmente uno y el mismo y cómo, por encima de las eventuales diferencias entre Poderes pretendidamente distintos y enfrentados, todos acaban actuando funcional y estructuralmente como si del mismo se tratara. Vaya por delante que por su excelente documentación y por lo razonable y ponderado de sus juicios es por lo que me parece que el libro merece su lectura.

       El texto, publicado originalmente en inglés en 1999, provocó en su día gran polémica e hizo correr mucha tinta no solo en los medios oficiales católicos ---máxime si se tiene en cuenta que por entonces aún estaba muy reciente el proceso de canonización de Pacelli---sino también entre algunas personalidades judías como Pinchas E. Lapide, cónsul israelí en Milán en los años setenta, que escribió un libro en el que trataba de demostrar la ayuda proporcionada por el Vaticano a los judíos durante la guerra. De la aportación de Lapide y de otros, así como del manejo selectivo de fuentes , y de su voluntaria ignorancia y ocultación por parte de apologistas y detractores de la figura de Pío XII, se da cumplida cuenta en el último capítulo del libro (pp. 569-588).

        Los primeros se dedican a narrar, someramente, la infancia y orígenes familiares de Pacelli---varias generaciones de abogados laicos al servicio del Papado---a la consideración de sus escritos de juventud y los rasgos de carácter que estos mismos revelan, ante todo su temprano y fanático antisemitismo  y, con bastante más detenimiento,a sus primeros pasos en la burocracia vaticana y su paulatino ascenso, a lo largo de más de treinta años, de la mano de Monseñor Pietro Gasparri, desde 1901 subsecretario de Asuntos Extraordinarios en la Secretaría de Estado vaticana  y futuro Secretario de Estado, al que Pacelli sustituiría en el cargo en 1930, cuando él mismo empezaba a estar convencido de que le faltaba muy poco para llegar a la silla de Pedro. Ya muy temprano mostró el joven Eugenio su personalidad fría, distante y calculadora, no incompatible con un relativo desprecio por los placeres y comodidades mundanas, y su aguda conciencia del poder y de la misión histórica de la Iglesia o, para decirlo en corto y por derecho, de que el reino de ésta también debe de ser de este mundo.

            Pacelli ya había sido, junto con el antecitado Gasparri, uno de los principales redactores del Código de Derecho Canónico, publicado bajo Pío X, documento que regulaba de modo exhaustivo el aparato administrativo y legal interno de la Iglesia, de cuyo funcionamiento el texto se consideraba unicus et authenticus fons y que entre otras cosas consagraba aún más el modelo piramidal de autoridad  en el Papa, cuya supremacía quedaba consagrada en el canon 218 como  la suprema y más completa jurisdicción, tanto en cuestiones de fe y de moral como en  lo que respecta a su disciplina y gobierno en todo el mundo. Muy pronto se convencería también Pacelli, en lo que coincidía con Pío X, de la inconveniencia de partidos políticos católicos, pues ambos pensaban que la mezcla de política y religión era especialmente peligrosa para la Iglesia (esto es, traducido: resultaba preferible que ésta hiciera su propia política, desde arriba y desconfiando de la iniciativa que pudieran tener las masas católicas, pues al fin y al cabo el rebaño estaba para obedecer ), lo que hizo que 20 años después, siendo ya Secretario de Estado, favoreciera una aquiescente y dócil colaboración con el partido nazi en lugar de apoyar al católico Zentrumspartei , pues este último suponía un nada despreciable obstáculo que Hitler debía eliminar en su camino hacia la dictadura. En otro orden de cosas, las circunstancias de la negociación del Concordato Serbio, en las que la diplomacia vaticana, con Pacelli a la cabeza, se dejó guiar, como no podía ser menos, por su particular política de Estado y por la ambición de querer controlar a los católicos eslavos, contribuyó no poco a agudizar las tensiones que desembocarían en la I Guerra Mundial.


        Los cap. 5 a 9, parte central y más sustantiva del libro, se dedican a historiar la actividad de Pacelli como nuncio en Múnich y en Berlín, en los años de la República de Weimar, donde se vino a   acentuar su visceral antibolchevismo  y su instintiva desconfianza hacia las democracias parlamentarias, y donde  conspiró para desmontar lo que en las leyes quedaba aún de la Kulturkampf bismarckiana (las medidas anticatólicas de ese canciller) y para tratar de imponer al canciller Brüning un concordato global para el Reich  ---que éste rechazó, pese a ser devoto católico, por considerarlo en exceso ventajoso para las escuelas católicas y perjudicial para las protestantes---.  Al mismo tiempo, presionaba al católico Partido del Centro, a través de Ludwig Kaas, cura, ex máximo dirigente de esa organización y colaborador y amigo de Pacelli desde hacía muchos años, para que aquel aceptara una coalición con el partido de Hitler. Hay que decir que por entonces Kaas publicaba un ensayo sobre el Tratado Lateranense en el que razonaba la conveniencia, también para Alemania, de un Concordato integral y sin fisuras, como se demostraba con el buen funcionamiento, beneficioso para ambos, del pacto entre Mussolini y la Iglesia vigente desde 1922. Literalmente: “Nadie podría comprender mejor la reclamación de una ley general, como la demandada por la Iglesia, que el dictador que en su propia esfera ha establecido un edificio fascista radicalmente jerárquico, incuestionado e incuestionable” (p. 207). Defenestrado Brüning y desactivada en gran parte la capacidad de respuesta del Partido del Centro, quedaba el camino allanado para la firma del Concordato. En un escrito al partido nazi de julio de 1933, pocos meses después de la toma del poder, el Führer confesaba que un tratado entre el Vaticano y la nueva Alemania significaría el reconocimiento del Estado Nacionalsindicalista por parte de la Iglesia Católica y que eso sin duda mostraría al mundo la falsedad de la creencia de que el régimen era hostil a la religión. En una reunión ministerial un poco posterior, con una clarividencia que resultaría aterradoramente profética, declaró: “ El concordato entre el Reich y la Santa Sede concede a Alemania una oportunidad para crear un ámbito de confianza que será especialmente significativo en la urgente lucha contra la judería internacional”. (p.208)

              A partir de ese momento, y pese a que la aplicación del concordato no significó el fin del acoso  gubernamental a las organizaciones católicas, allí donde se daba una resistencia al régimen o donde los nazis juzgaban que podría darse, los acontecimientos se precipitaron ya por un camino sin retorno, pues el concordato obligaba a la Iglesia a guardar silencio, por ejemplo, ante la aprobación y puesta en práctica de la llamada Ley para la prevención de nacimientos de individuos genéticamente enfermos,  de julio del 33, que ordenaba la esterilización, cuando no el asesinato, de los que padecían ciertas enfermedades mentales y cognitivas, incluidas la ceguera y la sordera, pese a que contradecía frontalmente  la inviolabilidad de la vida humana consagrada por Pío XI en su  encíclica  Casti connubii de 1930. En abril de aquel mismo año miles de sacerdotes se vieron obligados, por las buenas o por las malas, a implicarse en una investigación burocrática antisemita, pues debieron aportar detalles de pureza de sangre facilitando al régimen datos de bautizos y matrimonios. En suma, la colaboración, forzada o no, del clero católico con el régimen nazi seguiría, impuesta por la aplicación centralizada y exclusiva del Código de Derecho canónico y del Concordato,  por las que tanto batalló Pacelli,  hasta bien entrada la guerra y acabaría implicando a la Iglesia Católica, como en menor medida a las protestantes, en el exterminio y los campos de concentración. A cambio de generosas concesiones en el terreno de la enseñanza, la Iglesia se veía con las manos atadas y en medio de una trampa mortal: reacia a quejarse de manera pública por miedo a violar los términos del concordato y a ofender a Roma ---además de que así podría aumentarse la persecución o suprimirse  las prebendas concedidas por el régimen---la jerarquía, por lo menos la parte de ella no descaradamente pronazi, buscaba en Pacelli normas sobre cómo actuar, pero éste callaba y dejaba pudrirse la situación, cuya demora iba en beneficio  de los nazis, porque los inductores del terror oficial seguían manteniendo que actuaban contra organizaciones políticas y  éstas acababan disolviéndose una tras otra bajo la presión y la violencia.

       En los capítulos siguientes  se refiere el autor a asuntos como el  viaje de Pacelli, en su calidad de secretario del Vaticano, a Estados Unidos, donde consigue sustanciosas donaciones de los católicos ricos de ese país y arranca un principio de acuerdo diplomático con Roosevelt para que éste por fin accediera a nombrar un representante ante la Santa Sede a cambio de que aquél le ayudase  a acallar la voz de un cura ultra  que desde un programa de radio clamaba contra el New Deal. O también a la participación de Pacelli en la pérdida  de la encíclica Humanis generis unitas encargada por un ya moribundo Pío XI a tres jesuitas alemanes y donde se deploraba el tradicional antisemitismo católico. El original del texto en alemán nadie lo ha visto hasta ahora, pero sí el borrador en francés descubierto al parecer por unos investigadores belgas. La cuestión es importante porque era la única ocasión en que un texto papal manifiestaba una inequívoca preocupación por la suerte de los judíos. No hay pruebas de que Pío XI diera instrucciones para su publicación, pero se sabe con certeza que entre la muerte de este Papa y el cónclave, Pacelli, ya con un poder omnímodo en el Vaticano, lo ocultó.   

         Posteriormente se remite Cornwell a las circunstancias de la elección y a la ceremonia de coronación ---digna de la de un Emperador--- de Pío XII y  a su nunca del todo aclarada participación   --dadas los muy contradictorios testimonios de los testigos y supervivientes---en el intento de complot para deponer a Hitler en los primeros días de la Guerra. El plan consistía en que Pacelli consultara a Chamberlain, a través de Neville, embajador  británico ante el Vaticano, para pedirle garantías  de una paz honorable entre las democracias y Alemania, una vez dado el golpe, cuyos principales  dirigentes eran el general Ludwig Beck, antiguo jefe de Estado Mayor del ejército, y otros altos oficiales. Y a cuestiones no menos espinosas, como el poco disimulado apoyo que ya como Papa y en plena guerra prestó Pacelli al sanguinario régimen fascista de Croacia, al silencio que mantuvo sobre el Holocausto, pese a las presiones de los Aliados, y a sus ambigüedades y ocultaciones en la célebre carta de protesta, que acabó permitiendo que se remitiera a Berlín, contra la deportación de los judíos romanos. Carta que fue auspiciada hasta por los jefes militares alemanes en la Roma ocupada, que temían un levantamiento de la población si se seguía con las deportaciones.

        Los últimos tramos del libro hacen alusión a la adecuación o aggiornamento de la política vaticana tras la guerra, ya en el contexto de la nueva relación internacional de fuerzas, a su lucha contra el entonces poderoso comunismo italiano y, en fin,a la hipócrita campaña propagandística que le presentó como Papa de la Paz, en la apoteosis de su poder personal  absoluto y su prestigio  mundial y en el marco de la Iglesia triunfante de la segunda mitad de los cuarenta y durante los cincuenta, hasta su muerte en el 59.