domingo, 30 de octubre de 2011

EL ABRECARTAS

Molina Foix, Vicente. El abrecartas. Barcelona. Anagrama.2006

Lo primero que llama la atención en esta extensa --más de 400 páginas--- y muy celebrada novela ---en 2007 se le concedió el Premio Nacional de Narrativa, aunque esto no tiene por qué constituir garantía de calidad alguna--- es lo original de su disposición estructural y la notable habilidad con que Molina ha sabido desarrollarla hasta hacerla literariamente creíble: formada a base del intercambio de docenas de cartas entre una serie de personajes ligados con maña y sutileza unos a otros en un cañamazo de voces narrativas, colocadas a modo de piezas de un mecanismo relojero cuya urdimbre ha de ir el lector descubriendo poco a poco, a medida que avanza la lectura, hasta que al final se ilumina todo el puzzle. Nada importa que algunos de esos personajes, como Lorca, Aleixandre, Miguel Hernández, Eugenio D'Ors y un extenso etcétera sean, tal como se dice, "históricos", y que otros vengan de la inventiva del autor: unos y otros funcionan aquí o intentan hacerlo como entes narrativos, soportes de voces que apuntan cada uno a su particular mundo evocado, a su estatuto subjetivo y a su trayectoria vital. En este sentido El abrecartas no es una novela histórica (y este me parece uno de los méritos, y no de los menores, del libro, el haber sabido evitar el peligro, siempre latente en una novela de este tipo, de convertirse en una galería de fantasmas), por mucho que todo un periodo de la historia de España, el que va de los años veinte del pasado siglo hasta ahora mismo, comparezca como fondo del tapiz, sino una novela sobre un puñado de vidas truncadas y abocadas a un destino trágico.

Las primeras cartas son las que Rafael González Sanahuja, niño pobre compañero de escuela de primeras letras de Lorca, envía a éste desde la admiración distante y un tanto conmovedoramente ingenua que le generan sus propios y semisecretos anhelos de convertirse en escritor. Este Rafael viene a ser el primer eslabón de la cadena que abrirá paso, como digo, a una larga sucesión de corresponsales, en primer lugar dos que resultan ser de los más proteicos y de más enjundia, espesor y firme trazado del libro, hasta el punto de que bien puede decirse que viven en él varias vidas diferentes: la prima de aquel, Sefetilla, humilde maestra en los años republicanos, después locutora radiofónica de novelones sentimentales y al final insospechada escritora de éxito, y Alfonso Enríquez, profesor universitario de izquierdas desde su primera juventud, luego represaliado por el franquismo, liberado gracias a una casualidad, exiliado de lujo en una universidad suiza---lo que da pie a la entrada en liza de otro personaje conmovedor, Angelico--- hasta concluir, desengañado y desligado de cualquier vínculo con la cultura, dando tumbos por el norte de Africa y por Latinoamérica. Ambos personajes acabarán además resolviendo algunas de las claves cifradas o detalles semiocultos de la novela, así el destino de una pieza teatral, presuntamente desaparecida, de Cernuda, o el papel escrito que cierta esposa deja a su marido cuando decide abandonarlo, y forman, junto a la actriz Manuela Riera ---personaje sin embargo mucho más desdibujado---un extraño triángulo amoroso que es uno de los ejes vertebradores del relato.


Pero el mayor hallazgo del libro, en cuanto a creación lingüística, verosimilitud y decoro de la voz narrativa, me parece el personaje del censor y policía político Trinidad López Douce --- Ramiro Fonseca en los puntillosos informes que envía a sus superiores--- desgarrado por el rencor y la mala conciencia y condenado a una existencia esquizofrénica que acabará aniquilándolo. Fonseca es el pretexto para que el autor, además de hacerlo reaparecer, en un final golpe de efecto, a la conclusión del relato, no solo lleve a cabo una muy eficaz parodia de la prosa plúmbea y amazacotada del lenguaje policíaco-administrativa, que da a menudo en efectos desopilantes ---"Se ha podido igualmente averiguar que estando la casa propiedad del Sr. D'Ors (...) adosada a una antigua ermita, el Obispado de Barcelona intervino hace unos meses ordenando tapiar la ventna interior que comunicaba directamente el dormitorio de Don Eugenio con la capilla de la ermita, en prevención de que, hallándose expuesto el Altísimo en el altar, hubiese simultáneamente una ocupación concupiscente del lecho, dado que, aun en su acvanzada edad, el escritor mantiene relaciones venéreas con varias de las señoras a él devotas" (p. 94)---, sino para que también demuestre su habilidad para el cambio de registro congruente con la transformación del personaje, como se demuestra en la larga misiva (pp. 375-390) que el policía arrepentido dirige, a modo de desnudamiento o autoanálisis, a sus antiguas víctimas, a las que tenía que vigilar y delatar " (...) a todos, mis perseguidos y odiados, mis envidiados, mis perjudicados, mis perjudicadores, mis encartados, a vosotros os cuento, ahora que ya no sirve, mi verdad, lo poco o nada de Trinidad López Douce que hubo en Ramiro Fonseca, ese espantajo que yo creé, no para sobrevivir trampeando, que es lo que podría parecer, sino para matar al que dentro de mí se odiaba a sí mismo" (p. 377).




El hecho de que entre los aspectos más flojos o menos felices de El abrecartas cabría citar el que no de todos los personajes podría decirse lo mismo que de los antecitados, toda vez que algunos se me antojan forzados por demasiado planos o previsibles, así los jóvenes conspiradores antifranquistas (pp.227-272) de los sesenta y setenta, mundo que Molina ya había tratado en una anterior entrega, La quincena soviética, o el ambiente de la intelectualidad republicana en torno a figurantes como Alberti o María Teresa León, o de que el autor se haya dejado llevar un tanto por el cotilleo de mundillo literario en el relato pormenorizado del affaire amoroso entre Vicente Aleixandre y Andrés Acero (pp. 123-146), aun cuando el retrato del poeta sea fiel a la fama de humanidad y bonhomía que todos le han atribuido, no obsta para considerar el libro que comentamos como un título mayor de la novelística española de estos últimos años y un más que logrado experimento narrativo.



jueves, 20 de octubre de 2011

UNA VIDA CENTENARIA


Broggi, Moisés. Memòries d'un cirurgià. (1908-1945). Barcelona. Edicions 62. 2002.



Pese a que de mi ya vieja frecuentación del género tengo la muy arraigada sospecha de que, de un modo u otro y en mayor o menor grado, todos los libros de recuerdos personales son, en rigor, falsos por las inevitables trampas, anfractuosidades y falsificaciones de la memoria y por los propios mecanismos psíquicos de la fabricación de la máscara-persona, hay algo que me ha hecho transitar con sumo placer por las más de cuatrocientas páginas de este texto.Y es ello que no obstante lo dicho me ha parecido que de esta prosa sencilla y eficaz, lejos de la excelencia literaria por ejemplo de la de las Memòries de Sagarra, pero mucho más legible que las de Fabián Estapé, pongo por caso, se traduce una especie de verdad , una modestia y naturalidad del personaje, un coraje moral y un agradecimiento al hecho mismo de la vida, que aquí se evoca sin atisbo de rencor ni amargura, que lo hace singularmente atractivo y lo aleja de la autocomplacencia y el narcisismo de otros.

Hay una versión castellana en Península del mismo año que la castellana y en 2008, con ocasión de los cien años del autor, Edicions 62 publicó en un solo volumen sus dos libros autobiográficos, éste que nos ocupa y su continuación, Anys de plenitud, que aún no he leído pero que algún día espero leer. Acabo de enterarme de que hace solo unos días Broggi ha aceptado --!a sus 103 años¡ ---encabezar las listas de ERC al Senado en las elecciones del 20 de noviembre.


La infancia de Broggi fue la quizá normal en un retoño de la burguesía media catalana de principios del siglo pasado. La emigración a Cataluña, esde el norte de Italia, de uno de los bisabuelos, a quien debe el apellido, inauguró unas generaciones de individuos emprendedores y de espíritu innovador, que hubieron de pasar por altibajos de fortuna pero que se mantuvieron siempre en el orbe social que va de una honrada menestralía al pequeño empresariado. En los primeros capítulos se rememoran, junto a los antecedentes familiares, los idílicos veraneos en L'Escala en casa de la tía Lola ---al descubrimiento del mar le acompañó una extraña pesadilla que habría de aparecer recurrentemente: unas mujeres vaciaban, garrafa a garrafa, el Mediterráneo hasta dejarlo convertido en un inmenso yermo,de modo que se comprende y es casi inevitable que Broggi escriba: "Que diferent és aquest mar que ara contemplem ¡. Aquells munts d'algues s`han acabat, convertits en fastigosos plastics i escombraries, i aquella vida tan exuberant que pertot bullia s'està apagant visiblement" (p.63) ---También los compañeros de juegos, las apasionadas lecturas infantiles de Verne y Stevenson, la admiración y la ternura que le provocaban las visitas del viejo y bondadoso médico de familia que le visitaba en sus entonces frecuentes problemas de salud, la escuela, los estudios de bachilletato, la impresión que le produjo, en los primeros años veinte, la aparición de la navegación a motor que desplazó enseguida a "l'entranyable vela latina" (p-69) o los vehículos con motor de explosión que sustituyeron a los carros y las tartanas.

Y aún más le sorprendería ---con esta anécdota entra Broggi en el capítulo que titula Conflictes socials i opinions polítiques--- a él, que habría de ver tantos ,la visión del primer cadáver, en 1918, un esquirol acribillado a balazos por los faístas en una calle de Barcelona: "No oblidaré mai aquell espectacle, la gent apinyada al voltant del cos inert d'aquell infeliç i l'oncle Juli, que ens va fer anar a casa a buscar un llençol per cobrir-lo mentre s'esperava l'arribada del jutge" (p. 84). Se extiende acto seguido en la orientación política y el ambiente cultural de su familia. El padre, conservador moderado, se movía en el posibilismo de la Lliga, aunque no estaba afiliado a ninguna organización, mientras que la familia materna tenía una orientación nacionalista más radical y algunos de sus parientes acabarían siendo miembros destacados de Esquerra Republicana o de Estat Català. Describe asimismo con viveza el ambiente político de aquellos años, los del llamado pistolerismo callejero, la huelga de la Canadiense y la epidemia de gripe de 1918. Los asesinatos de patronos y sindicalistas no podían menos que escandalizar en su medio, naturalmente de orden, aunque deploraran también la brutal represión desencadenada por Martínez Anido y su Ley de fugas. En su familia se alaba el hecho de que, con solo la muy reducida autonomía vigente con la Mancomunidad de Diputaciones, se consiguieran levantar, en poco tiempo, La Escuela del Trabajo, El Instituto de Estudios Catalanes o La Escuela de Bibliotecarios.

Las páginas 101-165 se dedican a contar por lo menudo el inicio de sus estudios universitarios y sus primeras experiencias dramáticas "d'afrontament de la medician contra la mort prematura" (p.116) como aprendiz de cirujano al lado de los hermanos Trías i Pujol --- a los que siempre considerará , sobre todo a Antoni, como sus maestros--, al estado de la cirugía en aquel tiempo y a los avances que entonces estaban teniendo lugar, a su práctica de médico interno en la Clínica Fargas, al relato del movimiento de renovación universitaria que acabará culminando en la creación, ya con la República, de la efímera pero según todos los testimonios justamente añorada Universidad Autónoma de Barcelona en la que tuvo un empeño especial su maestro Antoni Trías en tanto que miembro del Patronato y a su propia labor médica en el nuevo Servicio de Urgencias del Hospital Clínico, modélico en punto a sus dotaciones técnicas y profesionales --alli se empezaron a implantar por primera vez en España las nuevas técnicas de tracción esquelética y de inmovilización precoz de Böhler--- Rememora Broggi también con entusiasmo la renovación pedagógica y organizativa del medio universitario de aquellos tiempos, la creación y rápido ascendiente que tuvo la Revista de cirugia de Barcelona y la ejemplar liberalidad y amplitud de miras con que entonces no pocos doctores practicaban la medicina, por ejemplo en el uso terapéutico de la heroína y otras drogas, del que él mismo fue pionero: "Malauradament, les legislacions actuals, amb l'intenció mal entesa d'evitar l'adicció, no fan més que posar obstacles a l'hora d'aplicar-les i amb aixó són molts el pacients que moren amb sofriments facilment evitables"(p.165)


En esa época de interno en el Clínico es cuando le coge el estallido de la guerra civil, eventualidad que no le sorprende demasiado toda vez que al recordar los acontecimientos de octubre del 34 ya dice ver en ellos un negro augurio de lo que vendrá después. La interpretación de lo ocurrido en las primeras semanas de guerra--- Broggi no es un político ni un historiador--- no difiere mucho de lo tantas veces expuesto por la historiografía hoy más comúnmente admitida y por multiples testimonios de todo tipo, aunque tiene sin duda la viveza y la frescura de lo visto de primera mano y sobre el terreno: de cómo la tarde misma del 18 de julio un médico, compañero del hospital al que solo conocía de vista, trató de convencerlo para que acudiera a prestar sus servicios al convento de las Carmelitas de la Diagonal, donde, le dijo,esa noche pasaría algo importante y se le podría necesitar, y de cómo el desconfiar y no aceptar el ofrecimiento le sirvió para no haber estado en grave peligro de muerte tres días después, cuando los milicianos consiguieron desalojar el Convento, que resultó ser uno de los sitios de concentración de los conspiradores y falangistas; de cómo se le llamó a practicar curas al cuartel de los Guardias de Asalto en la Barceloneta, donde se evacuó a muchos heridos de los combates de las Atarazanas; de cómo hubo de trabajar sin descanso, varios días seguidos, atendiendo a centenares de heridos en el Cínico (todos los hospitales de Barcelona quedaron desbordados), y al fin de cómo se le movilizó después para ayudar a crear pequeños hospitales de sangre en los frentes de Barbastro y Sariñena. En el Clínico él y algunos otros médicos se atrevieron a proteger a los heridos provenienbtes del bando rebelde, escondiéndolos en los sótanos o falsificando el nombre, para así librarlos de la furias de los milicianos. Inequívocamente republicano y opuesto a los golpistas, Broggi elogia la firmeza y el sentido común de Escofet, al frente de la Comisaría General de Orden Público de la Generalitat, esencial para contener a los sublevados, pero no puede menos que deplorar el daltabaix generalizado y sentir algo de antipatía por los dirigentes anarquistas y los milicianos, a los que se refiere como "grups de gent armada" (...) que "es dedicaren al saqueig i al assassinat"(p. 185) y es así como se refiere en las páginas siguientes al terror en la retaguardia llevado a cabo más que nada por los anarquistas, y a la desbandada de muchas gentes barcelonesas, tanto partidarias de Franco como familias de clase media, republicanas y catalanistas ---no pocas de ellas conocidas de él o de su familia---, pero temerosas de las arbitrariedades de algunos grupos de milicianos.


A fines de 1936 recibe el aviso del Consejo de Guerra de la Generalitar de incorporarse a las Brigadas Internacionales, en cuyos servicios médicos permanecerá más de un año y recorrerá varios frentes, de Navacerrada a Guadalajara y de Brunete a Teruel, y que habrá de constituir su verdadera experiencia de guerra, apasionante para él ---tuvo la oportunidad de practicar la cirugía traumática y probar los avances e innovaciones en su profesión, que le fascinaba--- pese a los horrores que hubo de presenciar. Va ilusionado al frente, aun convencido en lo más íntimo de la inevitabilidad de la derrota de los suyos (es muy consciente del contexto internacional, de la falta de una dirección centralizada y de las inconciliables disensiones internas en el bando republicano), pero insiste en el ambiente de camaradería y libertad de movimientos que había entre los sanitarios --españoles y extranjeros-- de las Brigadas y en la carencia de cualquier adoctrinamiento y control políticos, a pesar de lo mucho que se ha escrito en sentido contrario. Por supuesto, no era tan ingenuo o tan ciego como para ignorar que allí los comunistas llevaban la voz cantante: había que tener cierta prudencia con lo que se hablaba ---en conversaciones privadas, algunos de los médicos españoles de su equipo no tenían inconveniente de confesarle su simpatía por el bando franquista y de hecho unos cuantos se pasarían al otro lado, aprovechando la confusión de una retirada desorganizada en el frente de Aragón---. Las innovaciones técnicas, el excelente material sanitario y quirúrgico ---fue la primera vez en una guerra en que se utilizaron quirófanos móviles o Auto-Chir-- y la competencia de los profesionales permitieron reducir la mortandad entre los combatientes y aumentar la calidad de las curas y de los postoperatorios. Evoca Broggi con emoción y nostalgia a muchos compañeros de aquellos días, sobre todo a las enfermeras americanas Esther y Thora, voluntarias cuáqueras, a Timoteo, campesino manchego que servía como excelente ayudante en el quirófano y en cualquier otra tarea y a Bob Webster, el chófer del camión-quirófano, norteamericano del American Medical Bureau, que acabaría muriendo decapitado por una bomba y en cuyo enterramiento siente el médico cómo las lágrimas le bajan por las mejillas: "En aquells moments se'm barrejava, juntament amb la mort del amic, el penós ambient de derrota que ens envoltava. Em va fer l'efecte que, amb el cos de Bob, estava enterrant tot aquell món al.lucinant que fins aleshores m'havia envoltat" (p. 31o).

Desmovilizado por enfermedad cuando su unidad se hallaba en el frente de Gandesa, a principios del 38, retorna a Barcelona y tras recuperarse sigue trabajando en el línico y en el entonces nuevo Hospital de Vallcarca. Sabe que la guerra está perdida y por doquier es bien perceptible el ambiente de derrotismo. Hace balance de lo que ha supuesto la Guerra Civil, en medio de tanta destrucción y horrores, para el progreso de la sanidad militar: los hospitales móviles, los bancos de sangre y la sistematización en el tratamiento de las heridas, que ha sido posible, dice, y de modo sorprendente , en el bando republicano, precisamente por la falta de disciplina y de organización, esto es, la relajación de las jerarquías castrenses : "Els assaigs, les innovacions i l'adquisició de material adequat hauria estat dificilment acceptat per part d'uns jerarques generalment lligats a mètods antics i poc inclinats a canvis" (p. 321).


Las últimas páginas del libro, fácilmente se entiende que las más amargas y melancólicas, se dedican a contar, hasta 1944-45, las circunstancias de l'ocupació, el destino de los sobrevivientes (los hermanos Trias y otros conocidos, amigos o colegas huyeron a Francia o a Latinoamérica), la paz de los vencedores, con la instauración del nuevo orden, los juicios sumarísimos y las depuraciones. Broggi pudo haber salido del país pero no lo hizo porque pensó que era su deber quedarse con sus padres. Por una pura casualidad no se le sometió a juicio --- un médico falangista, amigo desde los años de formación en el hospital, intercedió por él---pero, con todo, se le expulsó del Clínico y se le prohibió toda la labor en la salud pública. Tuvo que dedicarse desde el 39, con no pocos apuros y dificultades, y en un ambiente de ostracismo y casi semiclandestinidad, al ejercicio privado de la medicina, al principio con una modesta clientela de vecinos de su barrio, en un despacho que montó en casa de sus padres, hasta que fue mejorando poco a poco su posición apoyándose en médicos amigos. Lo que vino después lo cuenta Broggi en la segunda parte de sus recuerdos.

miércoles, 5 de octubre de 2011

DE LA LIMPIEZA DEL TESTIMONIO




Levi, Primo. La tregua. Barcelona. El Aleph. 2002.


Tengo para mí que de la ingente balumba de escritos más o menos literarios que han provocado el universo concentracionario de los Lager nazis destaca, por muy buenas razones, la estremecedora trilogía que a ellos dedicó el gran escritor judío italiano, y sobresale, además de por sus virtudes literarias, por otra que podríamos llamar moral, y es que, a diferencia de la inmensa mayoría de aquella literatura, no se halle aquí el consabido maniqueísmo simplón y acusatorio ni se pueda encontrar el menor aire de proclama o adoctrinamiento, por cuanto acierta a situarse al margen tanto de cualquier tono imprecatorio como del deseo de venganza, de insulto o de rencor, de la delectación morbosa y masoquista en el dolor ---con ser este casi inconcebible--- y del menor atisbo de capitalización política a posteriori, como si el narrador protagonista Levi, al haber acometido esa terrible mirada retrospectiva, esa memoria del horror, con tal voluntad de objetivación y de distanciamiento, haya alcanzado a brindar al lector este relato tan limpio, sin digresiones, sobrecarga psicologicista ni prédica política. En el momento de la libertad, siente el narrador cómo le fluye por las venas, junto a la sangre extenuada, "el veneno de Auschwitz" y el tiempo de peregrinaje hasta llegar a casa se le imponía como "una tregua, un paréntesis de ilimitada disponibilidad, un don providencial pero irrepetible del destino" (p. 345)


Levi había nacido en Turín en 1917 y en la postguerra se dedicó a su profesión de químico al tiempo que levantaba una obra ---él, que siempre se tuvo por un escritor aficionado-- no demasiado extensa aunque sí de extraordinaria hondura y rigor, hasta su nunca del todo aclarado suicidio en 1987. Es posible que, al igual que Paul Celan o Jean Améry, no llegara a superar la carga del sheerit, de la conciencia de culpa del sobreviviente.


En vano buscar en La tregua insistencia alguna en anécdotas o episodios nauseabundos o repulsivos; lo que impera es esa fría mirada analítica y como distante, no exenta de un humor en absoluto ácido o amargado ---el pasaje , pp.283 y ss., que refiere el teatrillo o revista de variedades que montan los expedicionarios, más que nada para matar la ansiedad y los tiempos de espera, resulta memorable por lo irónico y suavemente esperpéntico--- , que incluso sabe ver destellos de ternura y humanidad hasta en el fondo de la inmundicia y de la degradación moral generalizadas, pero que jamás dejó de aprehender, lúcidamente y hasta el fondo, la experiencia del mal absoluto que significó el nazismo, cuyo legado y consecuencias no dejan de sonar, como con sordina, a lo largo de estas páginas. También dignos de recordarse se me aparecen, por ejemplo, la puntillosa descripción de la Starije Doroghi o Casa roja, viejo acuartelamiento ucraniano del ejército ruso que sirve de residencia durante unos días a los viajeros (pp.227 y ss.), la fulguración nada ocasional del verdadero hallazgo verbal ---de las letrinas de unos de los muchos campos de refugiados por los que pasan en su periplo se dice que "lo único que había era un pavimento de tablas sueltas y cien agujeros cuadrados, de diez en diez, como una gigantesca y rabelesiana tabla pitagórica"(pág. 207)---, o la visión del regreso a su patria, en caótico desorden, de las unidades del Ejército Rojo, "espectáculo a un tiempo épico y solemne, como una migración bíblica, y agitanado y variopinto como un viaje de saltimbanquis" (pág. 126)


Al final del primero de sus tres relatos autobiográficos, Si esto es un hombre (1958) escribía Levi que había intentado ---y sin duda dejaba caer implícitamente que lo seguiría haciendo en obras posteriores--- narrar su atroz experiencia con el "lenguaje sobrio y mesurado del testigo". Me parece que ha cumplido a la perfección tal objetivo. Al citado libro habrían de seguirle La tregua (1963) y Los hundidos y los salvados (1986). Se ha dicho que Levi debe tales sobriedad y mesura a su formación científica ---a sus conocimientos químicos debió en parte el salvar el pellejo en Auschwitz---pero el argumento no me parece de demasiado peso. Si en aquel primero se centraba en los once meses que hubo de pasar en Auschwitz y el último, publicado solo un año antes de su muerte, insistía en la función cauterizadora y purificadora de la memoria para todos, tanto para los sobrevivientes y las víctimas como para los verdugos, en este que comentamos se cuenta la larga odisea del viaje de regreso a su país, entre enero y octubre del 45, a través de media Europa y en desvencijados trenes de mercancías,, con hambre, frío y ocasionales maltratos, de mil y pico ex-prisioneros italianos.


Hay en el libro una larga serie de admirables retratos de tipos inolvidables, captados con tanta comprensión y verismo como con mano maestra: Thylle, el viejo militante comunista alemán convertido de buen grado en uno de los kappos del campo hasta que, en el momento de la liberación, estalla en un llanto compulsivo e inconsolable tras una breve conversación con el narrador; Hurbinek, el hijo de la muerte, un niño de tres años, paralítico y mudo, con una mirada "salvaje y humana a la vez, una mirada madura que nos juzgaba y que ninguno de nosotros se atrevía a afrontar, de tan cargada como estaba de fuerza y dolor" (pág. 31); Henek, el muchacho húngaro, apenas un adolescente, que se encargaba de cuidarlo con piedad y entrega; Frau Vita, una joven viuda que se esforzaba hasta la extenuación atendiendo a los demás presos, sobre to do a los enfermos y a los niños, y que se pasaba la noche, incapaz de soportar la soledad, canturreando y bailando en el pasillo del barracón mientras apretaba contra su pecho a un hombre imaginario; el coronel Rovi, un atrabiliario e histriónico bufón que se autoatribuye el mando de los expedicionarios; Ferrari, que "leía" todo periódico o libro, en cualquier lengua, que cayera en sus manos, aun cuando no entendía nada y se limitaba a deletrear y reconstruir trabajosamente cada palabra, cuyo significado por lo demás no le interesaba; el fiel compañero y amigo Cesare; Galina, la esforzada enfermera rusa agregada a la Komandantur del Ejército Rojo a la que el narrador admira e idealiza en secreto, y sobre todo Mordo Nahun, el griego, personaje que se diría sacado de la novela picaresca, especie de hábil buscavidas que se les ingenia para progresar con trueques y trapicheos, y muchos más.

Pero la huella del Lager es indeleble, invade los sueños , fija los gestos y los reflejos, marca el alma para siempre. Ya casi al final del viaje, tras haber superado la estación postrera de su viacrucis y como accediendo a una especie de purificación o exorcismo, la contemplación de una Viena destruida le provoca "no compasión, sino una pena más profunda que se confundía con nuestra propia miseria, con la sensación pesada, inmimente, de un mal irreparable y definitivo, omnipresente, anidado como una gangrena en las vísceras de Europa" (p. 337). La breve parada del convoy en Múnich, mientras sentía el número tatuado en el brazo "gritar como una herida", le permite comprobar hasta qué punto los alemanes derrotados no les miraban a los ojos a los ex deportados, sus recientes víctimas: "eran sordos, ciegos y mudos, pertrechados en sus ruinas como en un reducto de voluntaria ignorancia"(p. 342). Al llegar a Turín, una terrible pesadilla puebla sus noches, un sueño lleno de espanto anida dentro de aquel otro de paz y felicidad acariciado tanto tiempo: "estoy otra vez en el Lager y nada de lo que había fuera del Lager era verdad. El resto era una vacación breve, un engaño de los sentidos " (p.347)

sábado, 1 de octubre de 2011

SANTA DERIVA

Cursiva



Gallego, Vicente. Santa deriva. Madrid. Visor. 2002.



Si los tres primeros libros de Vicente Gallego, La luz, de otra manera (1988), Los ojos de extraño (1990) y La plata de los días (1996) , en parte reescritos y no poco cribados en la recopilación posterior El sueño verdadero, permanecían aún en la órbita de eso que la crítica, a falta seguramente de un remoquete mejor, llamó poesía de la experiencia, este poemario, que leí en el momento de su aparición, cuando se le otorgó el prestigioso Loewe, y que releo ahora, me parece que supone una casi plena maduración en la trayectoria del autor y un apartamiento, por lo menos parcial, de lo más caedizo y reiterativo de la retórica de aquella escuela: demasiada explicitud y sobreexplicación de la anécdota que suele servir de desencadenante del poema, concepción y montaje de este a modo de acertijo cuya solución al final además se revela o sugiere, cierta confusión y oscuridad sintácticas, puntuales recaídas en la trivialidad y, en fin, ese aire de jerga de tribu y de dejà vu. Por lo demás, con posterioridad a esta Santa deriva Gallego ha dado otras dos entregas, Cantar de ciego (2005) y Si temierais morir (2008), que no conozco.

Con unos resortes métricos que vienen a ser los mismos en lo esencial que los desplegados en su producción anterior ---los endecasílabos, heptasílabos y alejandrinos blancos, con la eventual inclusión de algunos versos más cortos---demuestra aquí el poeta una saludable capacidad fabulatoria y un poder metaforizador que sirven de vehículo al desgarrón existencial y al sombrío espesor melancólico que recorre todo el libro. Poesía tan hímnica--- la idea, recurrente en el poemario, de que hay una música consoladora y una dulzura implícita aun en medio de la desolación y la barbarie del mundo---como noblemente elegíaca, que acierta a menudo a cristalizar, con una certera tersura en la dicción, en imágenes logradas y creíbles, así en el cierre de un poema, La razón ebria, de asunto tan no poco arriesgado como los presuntos paraísos artificiales que facilitarían ciertas drogas: "Y solo hay salvación en este empeño/ de ser como la rama que, feliz, / florece ante un barranco sin pensar/ que su fruto ha de ser para el abismo". Poesía, también, tan consciente de la desposesión y del vacío, de la herida misma del vivir y de la certidumbre ---"Futuros galeotes/ de este secreto engañoso(...)"--- de nuestra desoladora condición, que da a menudo en una tremebunda alegorización del mal supremo, como en Equivalencias, una de las composiciones a mi juicio mejor concebidas del libro, donde "Un intenso desorden/ de pedrería rota sangra el cielo" y acaba proyectándose en el mismo barro que tenemos aquí abajo, que no hace sino reflejar lo de arriba, "las altas luces mudas/de la ardiente capilla en la que nace/ el maltratado cuerpo de este sueño".

La sostenida simbolización, el cerco al objeto mediante una serie de metáforas dispuestas como en círculos concénctricos, se resuelve felizmente en composiciones como Cántaro, un poema que al igual que otros del libro debe mucho, tanto en la disposición y el fraseo como en la mirada celebratoria ante las cosas del mundo,a la manera de operar de Claudio Rodríguez ---uno de los maestros reconocidos de Gallego---, Fetichismo, que consigue sugerir un halo de erotismo fúnebre, tanto más conmovedor cuanto más seguro el sujeto poético de su sombría y necesaria resignación: "Seda negra en tu cuerpo/ para abrigar el alma,/ y en la margen del río que nos lleva/el oasis remoto donde el instinto busca/claro cauce en su noche", o Delicuescencia, la excelente pieza que abre el libro, particularmente diestra en el arte de pensar en imágenes y en la sugestión y acotamiento del símbolo, esas " altas nubes de junio", cuya fungibilidad y aérea inconsistencia funcionan bien como verosímiles trasuntos de la vida.



Excelentes poemas son asimismo aquellos que se sitúan, como Descabalada ciencia, con tan doliente sapiencia como resignado estoicismo, ante la certeza de lo vano e imposible del deseo loco de vencer a lo inevitable, aunque acaso quede en la última duermevela el pobre consuelo de ese " amortiguado eco/ lejano y cadencioso de nosotros", incapaz no obstante de retener algún destello de las luces de la vida: " Firmamento irisado de los días felices/ quién pudiera salvarte/ como imagen cumplida del trayecto,/en la hueca retina del no ser,/ o siquiera preñar el negativo/estricto de la nada que seremos/ con el polen de luz de esta alegría". No son pocas las ocasiones, en fin, en que se llega a remozar imágenes ya muy usadas, como en La mañana del mundo, donde, si el sol es una lanza que se clava en la espalda del mar, este resulta ser un "cadáver metálico", o también en El sueño verdadero, donde se consigue insuflar nueva vida al senequista y quevediano quotidie morimur mediante el expediente de, aceptando su verdad incontrovertible, darle la vuelta desde dentro " Todo vive muriendo y, sin embargo,/ qué arraigado saberse cierto y hondo/ en la misma raíz del desarraigo,/ qué mirada a cubierto en la brusca intemperie,/ qué verdad este sueño/ cristalino de agosto", y ,todavía, en El olivo, en que al enfrentarse el poeta a un motivo, como es el de este caso, ya muy manoseado desde la tradición machadiana y sus epígonos , resultaba ya difícil decir algo novedoso ", pese a ello se canta ese árbol en estos términos: "encallecida mano codiciosa/ cuyos dedos se tuercen arrancándole al aire/un pellizco de vuelo". Relativamente airoso sale también Gallego cuando se sitúa ante un tema ---así en Homo sapiens, (pág. 53-54)--- tan ambicioso, abstracto y resbaladizo como sin duda es el sentido de la existencia a partir de la memoria filogenética de la humanidad, que resuelve, en el crescendo de su tensión dramática, con buen oficio y tino.



Ya se entiende que, como no podría ser casi de otra manera, ni todos los poemas llegan al mismo grado de honrosa maestría e incluso de excelencia, ni siempre da el poeta con la expresión feliz: abusa un tanto gratuitamente del hipérbaton, que muy a menudo desnaturaliza y acartona la andadura misma del verso :" y el ala va segando/ del pájaro que cruza/ la estacional espiga/ de lo que brota y pasa" (pág. 16) o ---y este ni siquiera justificable, como podría ocurrir con el ejemplo anterior, por las constricciones métricas--- "a este grave licor que a la más descarnada/ vigilia nos somete de la carne" (pág.19); y abusa asimismo de las antítesis, que no solo suenan en ocasiones demasiado tópicas : "su solemne silencio atronador" (pág.44), sino que incluso alguna vez da la impresión de que el poema entero está montado sobre ellas, así en El barro del prodigio (pp. 79-80), intento fallido y poco convincente de ensalzar la pretendida verdad de la carne y de poner en tela de juicio la antinomia cuerpo-alma: "agónico estertor sin agonía/ cuerpo puro/ del alma". Pese a que hay poemas flojos y apagados, como La condición severa (pág. 64), empedrado de imágenes bastante triviales y previsibles, u Ofrecimiento ( pág. 25), imprecación al amor por sus servidumbres y miserias, que no consigue en mi opinión desmarcarse de lo mil veces repetido, algún pequeño lío con la sintaxis ( me pregunto qué demonios quiere decir " Contemplado del hombre, siendo solo/ por nosostros que somos solamente una sombra", pág. 77) y alguna que otra recaída en la sensiblería, como ese "rocío del mirar enamorado" (pág. 63), no puede decirse que Santa deriva no se afirme como un libro casi siempre respetable y en algunos momentos mucho más que eso, y como tal de lectura del todo recomendable.
























lunes, 26 de septiembre de 2011

EL ESPACIO DEL MAL




Fonollosa, J.M. Ciudad del hombre: Nueva York. Barcelona. Quaderns Crema. 1996.



He de empezar reconociendo que la lectura de este singular y origínalísimo poemario, bastante insólito en el panorama de la lírica española de las últimas décadas, no ha dejado de provocarme algún desconcierto y desazón. En el breve pero sustantivo prólogo de Gimferrer que precede a esta edición, y puestos a buscar parecidos, se emparenta a esta poesía con las de Ferrater y Blas de Otero. Si algo hay, en efecto, en el fraseo y en el tono narrativo, ya que no en la soterrada ternura, que puede vincular a Fonollosa con el primero, la relación con el segundo me parece más traída por los pelos.





Fonollosa (1922-1991) fue un poeta semisecreto y solitario que hubo de esperar hasta sus años finales para adquirir algo de notoriedad en los medios literarios, tras su regreso a Barcelona luego de una larga estancia en Cuba y Nueva York. Aun cuando el nombre de esta ciudad aparezca en el título y aunque los de algunos de sus calles y plazas hayan servido para titular los poemas, lo cierto es que la referencia o la analogía ---salvo una alusión al jazz y a los negros norteamericanos en West 52 Street (pp. 97-98)---no van mucho más allá, en el sentido de que la viñeta narrativa o la anécdota que encierran cada una de estas composiciones podrían haberse dado en cualquier otra metrópoli moderna. El libro constituye sin duda un avatar más en la larga línea que desde Poe y Baudelaire ha focalizado la voz poética en la gran urbe de la modernidad, línea que ha tenido ilustres continuadores en, entre otros muchos, el París de Balzac, el Berlín de Benjamin, la Lisboa de Pessoa o el Nueva York de Lorca, cuyo aire y cuyo espíritu, aunque en absoluto en este caso su lenguaje e imaginería, es casi inevitable que resuenen no obstante en la memoria del lector.



Nueva York se toma evidentemente aquí como símbolo y epítome de eso en lo que ha venido a parar la civilización moderna en este desdichado reino de los hombres. La disgregación , el vacío y la deriva del hombre contemporáneo es sin duda el tema de estos versos, y en este sentido la metrópoli resulta ser una creación humana, demasiado humana. Al fondo comparecen siempre la violencia y la agresividad latente en el medio urbano, las prisas de los transeúntes, el patético arañazo de la soledad entre las multitudes, la neurosis --- y la ambigua atracción-- del neón, de los callejones sombríos y malolientes y del ruido enloquecedor de los coches en las grandes avenidas.



Todos los poemas van en endecasílabos blancos, el verso que en la tradición castellana parece adecuarse más a una intención didáctica y expositiva, salvo el poema de la página 81, asonantado en los pares, y el soneto de la 89, urdido para burlarse, si bien con no demasiada gracia, de las constricciones que impone esta forma estrófica. El tono de prosaísmo coloquialista se compensa con un uso bastante sistemático del encabalgamiento y de la disposición paralelística de no pocas composiciones, y no deja de sorprender también el recurso de vez en cuando al hipérbaton (" Que no estoy preparado eso demuestra", pág. 106, "como su fruto suelta generoso", pág. 117) en estos versos, por lo demás, como digo, casi desnudos de cualquier aderezo metafórico ( tan solo en el poema de las pág. 104-105 se intenta un tipo de imaginería hermética y surreal). Pese a que hay, en otro orden de cosas, imperfecciones menores, del tipo de algún que otro verso mal ritmado ( " no pude siquiera encogerme de hombros", pág. 25, con acento en quinta), o hipermétrico( salvo que sea una errata ,"se esconden con sus bienes más apreciados", pág. 117, tiene doce sílabas), además de una molesta utilización de los posesivos en contextos, como los que hacen referencia a las partes del cuerpo, que el español no tolera, aquellas no llegan a afectar a la ambivalente fascinación que el libro provoca.



Un pesimismo desconsolado, radical y casi metafísico atraviesa todo el poemario, que se basa en una dicción seca y gélida y en un tono diríase que apodíctico, como de dicho fulminante y definitivo, pero las voces que en estos versos hablan resultan ser plurales y en ocasiones incluso contradictorias. Si a menudo revelan la impávida amoralidad de un héroe sadiano, que no solo pone en la picota los valores morales considerados sacrosantos por el orden social, sino que también parece consagrar toda una estetización del crimen y de la transgresión, otras veces se hace un lugar al matiz y a la comprensión (así, por ejemplo, si el poema de la página 53, Mercer Street, se acoge al prejuicio antifemista más resobado y casposo, en el de las 56-57, Prince Street, se reconoce honradamente la tradicional opresión de las mujeres y la prepotencia y las miserias del sexo dominador). Predominan no obstante los casos en que se celebra y justifica el maltrato sexual, la crueldad gratuita, el rencor, la venganza, la idolatría del dinero o el ansia de notoriedad a cualquier precio, de modo que hacen acto de presencia aquí el proxeneta, el matón, el asesino por diversión, por hastío o, lo que es aún peor, por una especie de convicción o postulado filosófico. Una lectura, en suma, si no demasiado edificante, sí recomendable.







jueves, 15 de septiembre de 2011

LA CERA QUE ARDE





Martínez Sarrión, A. La cera que arde. Albacete. Ediciones de la Diputación.




Escritos con esa erudición que sabe situarse en los antípodas de lo plúmbeo y lo meramente libresco, con encomiable sentido del humor y en ocasiones con alguna mala leche, amén de con voluntad de estilo y acierto con la metáfora --- Balzac y Hugo fueron "dos galeotes atiborrados de tesoros" (p. 32), la vida de Musset se resumió "en dar tumbos de los amores contrariados a los mostradores de la absenta" (p- 53)---, no me parece que estos ensayos del poeta, memorialista y traductor Martínez Sarrión hayan perdido, pese al tiempo transcurrido desde su publicación, un ápice de su frecura y valía, más que nada porque se trata de un ejemplo de crítica subjetiva en el mejor sentido de la palabra, esto es, propia de un lector informado e inteligente que aplica sus propios criterios, sin rémora ni anteojeras de escuela alguna. No deja de ser una lástima que la edición, por lo demás muy hermosa en cuanto a diseño, venga afeada por algunas erratas y por la a veces caprichosa puntuación del autor.




Los textos, casi todos ellos ya publicados antes como prólogos o artículos de revista, aparecen fechados entre 1962 y 1990, se han agrupado en cinco apartados y son de muy variada extensión. La primera de las secciones, Letras extranjeras, se abre con el breve, lírico y celebratorio Réquiem para William Faulkner, una pequeña pieza maestra de concreción poética y capacidad de síntesis redactada con ocasión de la muerte del novelista norteamericano, uno de los maestros confesos de Sarrión, que condensa el mundo de Faulkner ( la conciencia de culpa como indeleble mancha en el alma y la desintegración y la ruina como único destino en los blancos del Sur) en una bella y sugerente imagen: acaba evocando, tras afirmar haber pasado la noche "oyendo alucinado, mágicámente lejano, el rumor del viento solano en las plantaciones de algodón, bajo una pantalla de luz fuerte y rodeado de insectos", los tristes y fatalistas cánticos de los braceros negros, agobiados por la tristeza y la conformidad, a las puertas de la cárcel del condado de Jefferson, donde un compañero de raza espera la hora de su ejecución.




Baudelaire: textos confesionales en prosa abunda, tras un rápido apunte biográfico centrado en el cerrado reaccionarismo político --- "Hermosa conspiración que podría organizarse para el exterminio de la raza judía", "Los japoneses son simios" etc. ---y los complejos edípicos del poeta, en lo fecundo y prefigurador de algunos de los fragmentos del francés, frente a otros intrascendentes y triviales. Ejemplo de aquellos serían la ecuación Belleza=Desgracia o "Todo lo que no es ligeramente disforme tiene un aire insensible", que para Sarrión anticipa la estética de las vanguardias expresionistas y deja muy atrás las proclamas del Romanticismo galo más ramplón, previsible y declamatorio del XIX. Aprovecha también Sarrión para ridiculizar la beatería de cierta crítica literaria empeñada en justificar lo injustificable en cuanto a las posiciones ideológicas del autor estudiado, y así cita los trabajos de A. Crespo sobre Pessoa o el de Vallejo-Nájera sobre Yukio Mishima.




La poesía de Jean Genet trasluce bien a las claras la poca simpatía que le merece el autor, por entonces muy popular en ciertos medios, al que adjetiva de " hospiciano, ladrón, homosexual y suntuoso histrión" (p. 23) y al que reprocha haber intentado, sin conseguirlo nunca, transformar lo más sórdido y obsceno en litúrgico y ceremonioso. Por lo demás su poesía, que bebe en Villon y en Rimbaud y que trata de imitar de éste el estilo alusivo y elíptico, adolece de demasiado desorden y descuido formales.




Si Sobre Michel Leiris ensalza la tetralogía Edad de Hombre y hace un recorrido por las estéticas y fidelidades políticas del poeta y novelista francés, del Surrealismo a las simpatías últimas por el Mayo del 68, para concluir que su prosa más tersa y perdurable es sin duda la contenida en aquella obra, el breve ensayo sobre Musset se centra más bien en reconstruir, con notable retranca, los amoríos de éste y de la novelista George Sand, enfatizando la inmadurez anímica del poeta. En las Confesiones de un hijo del siglo, libro que puede considerarse clásico por el vigor de su prosa y la maestría en el tempo narrativo, se notan con claridad sus desventuras amorosas, según Sarrión, pues no es difícil ver en el personaje de Brigitte la filigrana de George Sand y en el de Octave los rasgos del propio Musset. Al final de la lectura, como ocurre quizá con toda obra literaria que valga la pena, tras "prendernos en la historia como mariposas en la llama y concluir insinuando un inteligente guiño burlón (...) la fantasmagoría estalla como pompa de jabón depositándonos en las playas de esta ahora nuestra, como entonces suya, miseria cotidiana".




El ensayo sobre Chamfort (pp.37-51) remite al principio al trágico destino del moralista francés, devorado, como otros, por el monstruo de la Revolución, destaca su componente ético y su saludable escepticismo respecto a toda creencia en la perfectibilidad del hombre y se extiende un poco al final acerca de las virtudes de su estilo, seco, acerado, oblicuo, en la mejor tradición de los moralistas del paísvecino, y del influjo que sin duda ha tenido en escritores posteriores. Chamfortianos ilustres han sido Nietzsche y Camus, Beckett y Cioran y, entre nosotros, Baroja y Pla. Este solía citar una pretendida frase de Chamfort que, si no aparece en ninguna de sus obras desde luego merecería hacerlo: "Soy tan imbécil que ni siquiera he conseguido suicidarme". Victor Hugo y los veladores sugiere la necesidad de una poda y antologización profundas en la obra del francés, sobre todo en La leyenda de los siglos, esa " síntesis lírico- pedagógico-religiosa de espesa, indigesta y del todo prescindible elocuencia" (p. 54) para rescatar lo de verdad clásico y cercano a la sensibilidad actual, según Sarrión algunas composiciones de Las contemplaciones y Las orientales.




La segunda sección, Letras españolas, se inicia con Revisiones del 98 : Madrid y Azorín, donde se atiende a las razones, no solo acomodaticias porque afectaban a la fijación definitiva de su estilo y la peculiaridad de su escritura, del abandono del célebre radicalismo juvenil del alicantino. Continúa con La piedra en la charca, uno de los textos más literaturizados, personales e irónicos de la complilación, donde se reconstruye con no poco distanciamiento desmitificador y retranca el ambiente intelectual madrileño de la primera postguerra, la mala conciencia de muchos de los falangistas triunfadores en la contienda y el acomodatismo de otros como Eugenio D´Ors, las tribulaciones y ruptura de Ridruejo, la eclosión de los "celestiales" de García Nieto y compañía y --- lo mejor del texto--- las melancólicas ensoñaciones de Dámaso Alonso refugiado en su cátedra mientras añora en secreto a sus amigos exiliados. La poesía de Alejandro Carriedo reivindica con buenas razones la valía de este poeta, que supuso un cierto aire fresco en su tiempo y que hoy está bastante olvidado. La poesía, un género fantasmal es el más extenso (pp- 103-150) de los textos incluidos en el volumen y constituye una bien ponderada síntesis de las tendencias de la poesía hecha en España entre 1939 y 1990, pese a no apartarse apenas de los cánones y taxonomía habituales. Lo más reseñable aquí es la radicalidad con que se enfatiza lo que de epocal, fungible y caedizo ---sin obviar la dimensión de pura maniobra editorial--- tuvo la estética "novísima" y el prestar alguna atención a poetas como García Calvo o Gamoneda que a la altura de 1990 no solían aparecer ni siquiera citados en este tipo de textos.




De los tres fragmentos incluidos en la sección Lugares y músicas ( 165-185) el primero es una evocación de los pueblos, ciudades y parajes de su tierra natal que, como Atienza o Sigüenza, dejaron huella en su alma y su sensibilidad , a través de " recuerdos de lecturas, posos de niñez y adolescencia, puro y descolorido impresionismo." Destacan los párrafos que dedica a Toledo, pródigos en cascadas metafóricas, que no es propiamente una ciudad ( tiene detras de sí demasiado mito y literatura, como Sarrión reconoce) sino " un mito universal, un ensueño de estrelleros girovagantes, un emblema cabalístico, una carcasa ocre e insepulta, soldada más que empinada a ese cerro de igual tono, al que circunda hoy un río ominosamente podrido" (p. 172). A la Mancha hay que viajar en las estaciones intermedias, "cuando los ababoles de la primavera y en el fasto de los pámpanos ferruginosos de la otoñada". Los otros dos dan cuenta de su pasión por el jazz , que sigue en parte conservando de su juventud aunque mantiene sus reservas frente a su posible desnaturalización por la moda, ya visible en los años ochenta, de las experiencias de fusión.




Los tres textos agrupados bajo la rúbrica Poética en nueve novísimos revelan algunos secretos y modos de su taller de poeta, de las fuentes de su inspiración y ante todo de los límites que pone a la aplicación práctica de la llamada escritura automática y muestra a la vez cómo, en su caso, funcionan las adherencias culturalistas. Le gustaría evitar siempre tanto el rebuscamiento y hermetismo gratuitos ---de los que se le ha acusado--- como la sequedad y mineralización sentimentales, y lo que más le molesta en mucha de la poesía de los más jóvenes es el mimetismo torpe e infantiloide, ese "género de esmeril, tallado con los más infralorquianos espejitos y entredoses, cuya ridiculez y trivialidad no obsta para que una legión de jóvenes y delicuescentes poetitas" se apliquen a ello. Acaba concluyendo que ni siquiera " la peor poesía social llegó jamás a tales grados de inepcia y camelo" (p.202).




Los tres textos últimos, en fin, son la republicación de otras tantas entrevistas que en su día se le hicieron en algunas publicaciones. En ellas, sobre todo en la primera, la que concedió a Federico Campbell para su muy celebrado libro Infame turba, se explaya de manera muy lúcida Sarrión sobre sus lecturas y aficiones intelectuales, sus humores y pareceres políticos y sobre cómo se toma el oficio y la práctica de la poesía.


lunes, 12 de septiembre de 2011

EL PESO DE LOS INSTINTOS


Gabriel y Galán, José Antonio. La memoria cautiva. Madrid. Alfaguara Bolsillo. 1997 . 2ª ed.




Aunque por el título y la fecha de publicación ---la primera edición data de 1981---cabría quizá pensar en un relato más acerca de la Transición y de eso que se motejó como recuperación de la memoria secuestrada por el franquismo, lo cierto es que esta novela breve trata de otra cosa bien distinta. Nada hay aquí, en primer lugar, de memoria colectiva y nada tiene que ver tampoco con fábula o alegoría política de ningún género. La memoria a que se alude resulta ser exclusivamente individual y los fantasmas que se convocan arraigan en fondos de muy otra índole, sin duda mucho más turbia e inquietante y sin concesión alguna, más bien todo lo contrario, a la edificación moral y a la conciencia ética. El relato planteará, por lo demás, a algunos lectores demasiado escrupulosos el viejo problema --- moral, no literario--- de si se puede hacer buena literatura con materiales tan poco recomendables, pero bien mirado la cuestión se responde por sí sola y hay, desde La Ilíada hasta Santuario de Faulkner para abajo, sobrados ejemplos al respecto. Si lo que de sustantivo juega ---¿qué si no?-- en la literatura es la manipulación y el tratamiento lingüístico, vaya por delante, pues, que a mi juicio vale la pena leer esta Memoria cautiva, así por la excelencia de su lenguaje como por lo relativamente insólito de su asunto.

A la manera de Tiempo de silencio o de algunas novelas de Juan Benet, el texto se estructura en 22 fragmentos sin puntos y aparte y sin numerar, separados por dobles espacios en blanco, y consiste en un largo, fluctuante y sinuoso monólogo interior en que un anciano innominado, en el espacio de unas pocas horas de un 31 de diciembre, al borde ya de la extinción y aquejado de múltiples males, entre los que no figura como el menor una dolorosa y humillante cojera en la pierna derecha, levanta acta de su existencia o, para decirlo con sus palabras y con una metáfora que no da lugar a equívocos, abre "el absceso de la vejez irremediable" (pág.17)

El monólogo parece adaptarse además a la perfección en cuanto la materia narrada, por cuanto incluye bien meditados cambios de ritmo sintáctico en función de aquella, y así se vuelca de modo más rápido y sincopado, como para resaltar el nerviosismo y el peligro, con frase corta y ausencia de nexos, en las partes en que la voz y el sujeto que ahí hablan parecen sentirse más inseguros o agredidos por las circunstancias externas --- pp- 60-61, donde se cuentan las bromas crueles y las sevicias a que somete al narrador un grupo de jovenzuelos borrachos--- y de manera más lenta, con el tono más abstracto y raciocinante que brinda la abundancia de cláusulas subordinadas, en aquellos fragmentos en que el anciano se diría que intenta justificar sus obsesiones --- pp. 30-31, donde describe con pormenor el rito matutino de la defecación, las consoladoras ensoñaciones que para él lleva aparejadas y el placer que le provoca el olor de las propias heces---. Hay varios motivos que comparecen de manera recurrente, el agudo llanto de niño que el narrador siente casi de continuo y que le rompe las meninges, la metáfora de la vida como una partida de ajedrez en la que se pierde o se gana ---"el tablero de ajedrez está ya sentenciado" (pág.110)--- y la visión del mundo como mentira necesaria, que el narrador compara repetidas veces con los relatos de los descubrimientos africanos de Stanley y Livingstone.

Con la frialdad analítica de un héroe sadiano y con un profuso recurso a la escatología y el humor negro, el viejo evoca las psicopatías, perversiones y desarreglos que han constituido su vida, desde las torturas y maltratos que ha infligido a su mujer (a la que, por supuesto, dice querer apasionadamente), a la que ha mantenido encerrada en casa largas temporadas, la sombra tiránica de la madre, que le impidió ser un niño normal y le ha hecho odiar a todas las mujeres, su voyeurismo exhibicionista (espía a los vecinos, sobre todo al notario que vive enfrente y que resulta no ser tampoco moralmente ejemplar) y su cultivo, sin importarle la situación y los convencionalismos sociales, de lo que califica de "pequeños placeres de la vida" (pág. 26) como meterse el dedo en la nariz o tirarse pedos, "pequeños goces que en bloque no eran en absoluto despreciables y que llegaron a obsesionarme como la más sublime manifestación de la libertad" (ibid.) . Nada deja al margen de su rencor y su misantropía, como si con este "ejercicio de vagabundeo senil" (pág. 83), este "feto que flota en mi cabeza" (pág. 98) devolviera al mundo el horror y la miseria que, paradójica y ambiguamente, y esto es lo que más sorprende , esta olímpica gratuidad en la catadura del personaje, reconoce y no reconoceno haber recibido él: hay "un orden carcelario que me avasalla", hay también "un pánico que avanza como una división Panzer" , sí, pero "yo jamás sufrí persecución por la justicia ni por la injusticia" (pág. 31).