jueves, 4 de septiembre de 2014

A VUELTAS CON EL 11-M






 Martin Amis. El segundo avión. Barcelona. Anagrama. Barcelona 2007.

          Esta compilación de artículos del novelista británico, que vieran la luz primero en publicaciones como The Guardian o The New Yorker y alguna otra y que se reúnen aquí en libro, me ha parecido  una contribución lúcida, aguda y sin demasiados prejuicios ni anteojeras ideológicas, al entendimiento de algunos de los problemas y desafíos políticos con los que eso que se llama Occidente --de hecho ya, como quien dice, el mundo entero--ha de enfrentarse en nuestra época. Tengo no obstante que hacer una matización a lo anterior: en los primeros párrafos de De viaje con Tony Blair me pareció que  Amis estaba tan impresionado e incluso atemorizado por la observación in situ del boato y los ritos de los poderosos que parecía haber perdido la claridad  de juicio de que hace gala en otras partes del libro, pero tal impresión se diluyó cuando Amos empieza a utilizar una sibilina ironía en la descripción del personaje ---al que llama familiarmente Tony,-- cuya aplastante vulgaridad  no se le escapa : tras una alusión a la probable conversión de Blair al catolicismo, pese a tener un temperamento más bien calvinista y por tanto creyente en la predestinación, añade Amis "En Irak Tony cruzó la pista de aterrizaje como un ser verdaderamente único: un salvado, un redimido, un elegido" (p.200), lo mismo que en el carácter irascible e infantiloide de Bush.

          Se trata de textos bastante heterogéneos: a la mayoría de ellos los  podríamos llamar teóricos (ensayos y reseñas),  dos son propiamente relatos fabulados o novelados de algunos aspectos colaterales del 11-S y algún otro cae más bien dentro del reportaje periodístico. El hilo central de la argumentación de los del primer tipo ( que trataré de resumir aquí y que ya he dicho que me parece bastante plausible) es la consideración de que los aviones que se estrellaron en las torres vienen a constituir la consecuencia, hasta cierto punto lógica, de dos medidas imperialistas tomadas por Occidente en los últimos decenios---por las potencias occidentales--- respecto al mundo islámico, que no hicieron sino aumentar la hostilidad entre musulmanes y no musulmanes: la partición de la India en 1947 tomando como base las fronteras religiosas y la creación del estado de Israel. Ambas decisiones iban a traer otras consecuencias posteriores, todas ellas graves errores geopolíticos, como la hostilidad entre musulmanes, sobre todo en Bangla Desh y en Gaza, el hecho de que en los 70 los regímenes árabes, con el apoyo de USA, atajaran toda disidencia política y lideraran la lucha contra el fundamentalismo islámico, y por último, ya en la década de los 80, el apoyo del gobierno americano a los guerrilleros afganos contra la Unión Soviética. A partir de entonces, hartos de lo que consideraban desprecio y explotación por parte de los estados occidentales, los movimientos radicales árabes se fijaron como objetivo los ataques directos, militares y terroristas, a Occidente. Amis ve con claridad que con semejantes premisas todo el asunto adquiere ya el aire de la pescadilla que se muerde la cola y vuelve las cosas punto me insolubles, toda vez que ese escenario beneficia a los neocon y a los sionistas cristianos, que hacen que en los USA impere el militarismo de los halcones mientras ellos preparan la ofensiva para hacerse con el petróleo islámico y la hegemonía asegurada de Israel en Oriente Próximo.

          Hay que tener mucho cuidado, piensa Amis, con elevar a lo absoluto la llamada tesis de la equivalencia moral ( "son todos iguales"), pero hay que reconocer que los terroristas islámicos se limitan a pagar con la misma moneda el trato que reciben del terrorismo de Estado de Estados Unidos y sus países aliados. Estamos cansados de verlo desde hace años, hoy mismo, en 2014: al bestial salvajismo de los guerrilleros del autodenominado Estado Islámico, que decapitan con un cuchillo a un periodista occidental prisionero y cuelgan el vídeo en internet suceden (o al revés, pues da lo mismo quién empezó primero) los brutales y masivos bombardeos de Israel sobre la población civil de Gaza. Pero esta aparente equivalencia no puede hacer olvidar que el contraargumento que se le suele oponer, a saber, que los islamistas radicales son fanáticos nihilistas que en su alocada búsqueda de la dominación del mundo han forjado un culto a la muerte, es cada vez más verdadero y ya no cabe censurarlo ---como hace la opinión progre y de izquierda---como calumnia antiorientalista o desprecio a los oprimidos: una cosa son las masas árabes, oprimidas, sí, por Occidente y a menudo por los regímenes que tienen que soportar en sus países, y otra los islamistas.  Para Amis, con todo, el origen del fanatismo radical islámico hay que buscarlo en algo difícilmente comprensible para un no creyente, y es el desprecio a la razón y a la lógica, que emparenta paradójicamente a estos movimientos con el culto a la muerte que caracterizó también al Bolchevismo y el Nazismo, pese a que estos se decían laicos o no religiosos: la exaltación de un líder divino o divinizado, la exigencia de sumisión total a la causa y entrega personal a ella, una especie de romanticismo autocompasivo ( bucle o figura psíquica que Amis  analiza  muy bien ---pp109-140-- en Los últimos días de Mohamed  Atta) , el odio a todo liberalismo o tolerancia, la obsesión por el sacrificio y el martirio y un paranoico antisemitismo, además de (esto ya me parece más vago y accidental) una inclinación pueril por la destrucción mezclada con una malsana rebeldía adolescente.
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      Pero en el fondo es casi imposible, como se he sugerido más arriba, comprender el fanatismo islamista desde los presupuestos de una mente laica y liberal. No se puede interpretar de verdad con los instrumentos de la razón un fenómeno que tan radicalmente está al margen de la razón y del lado de las emociones, de la religiosa en primer lugar, pero también de la vergüenza, la humillación, el odio, el dolor etc, todas las cuales se potenciaron al máximo con el establecimiento del Estado judío en 1948, al que los árabes se siguen refiriendo como Al Nakba, la catástrofe.

            Demografía (pp.171-177) es una reseña del libro de un tal Mark Steyn  America alone: the end of the world as we know it donde desmonta el nebuloso y catastrofista reaccionarismo de este autor, que se empeña en sostener maltusianamente que a Europa Occidental --y poco después a USA--- se la comerán los árabes por razones de demografía, aunque por debajo esté en realidad un programa político bien conocido que propugna una sociedad patriarcal, creyente y filoprocreadora.

      En el ya citado Los últimos días de Mohamed Atta reconstruye novelescamente las últimas horas del jefe del comando del 11-S antes de la hora fatídica y lo que pudo pasar por su mente en esos momentos: su infancia miserable, su temprano fanatismo islámico, demoledor odio hacia sí mismo y el mundo y su masoquista puritanismo patológico. El relato es magistral por su finura analítica y su perspicacia psicológica: siente el ardor, la fuerza del fanatismo, la determinación mental, que se acrece con la desconfianza que siente hacia sus compañeros de aventura, pero le falla el cuerpo: vomita antes de salir del hotel para el aeropuerto, le duelen la cabeza y las tripas, y al final sobreviene ya el tormento físico : además de sentir un cerval odio contra sí mismo y contra "eso que llaman el mundo" padece "un ataque de pánico en cada nervio, una rebelión de los átomos que acabaría cediendo ante una especie de frenesí, de ardor irreprimible", puesto que "matar era un deleite divino" (p.137 ), el suicidio una contribución voluntaria al orden de la muerte y, en fin, el gozo de matar, directamente proporcional a la magnitud de lo destruido.

       El texto más divertido del libro (porque incluye observaciones curiosas acerca de la parafernalia y aparato escenográfico desplegados por el Poder)  y también el menos grave o doctrinal es el reportaje que Amis escribió con ocasión de haber sido invitado a acompañar en algunos viajes al entonces primer ministro británico Blair. En la conversación que, un tanto forzosamente, intenta iniciar Amis, responde con vaguedades y lugares comunes y su comentarios son de una aplastante superficialidad: en un programa de TV en que coincide con unas modelos, solo se le ocurre decir que tienen unas "piernas larguísimas" y cuando habla de otros políticos adopta un tono como de compadreo. Preguntado por lo que iba a hacer cuando dejara de ser político responde, probablemente sin ironía alguna: "¿ Un ex político? No, Seré un ex famoso". Apenas dice nada sustantivo, y en ocasiones no dice literalmente nada: se calla. Cuando los periodistas insisten en qué dé detalles sobre la intervención militar en Irán se limita a repetir varias veces "Hicimos lo que teníamos que hacer". Respecto a Bush, se encoleriza cuando, en el despacho oval de la Casa Blanca, Amis y unos reporteros oyen un comentario que pretenden incluir en sus reportajes ("No he oído tantas gilipolleces en toda mi vida") y exige de malos modos, saltando del sofá que le den la cinta el comentario que el mandatario americano hace a su colega inglés". Un ejemplo final sobre el aparatoso montaje que pone en funcionamiento del Poder (p. 193): Cuando Blair hace algún viaje despliega un equipo de treinta asesores y cinco guardaespaldas, pero cuando el que viaja al extranjero es Bush, deja el asunto en manos de 800 personas (de ellos 100 guardaespaldas); si viaja a dos países, son ya 1600 personas y si lo hace a tres, 2400. Sin comentarios.

UN NIHILISTA VOLTERIANO


Fernando Vallejo. La puta de Babilonia. Barcelona. Seix Barral. 2009
Id. La virgen de los sicarios. Madrid. Punto de lectura. 2006.


          Leo ahora estos dos libros del escritor colombiano Fernando Vallejo, autor del que hasta ahora solo tenía vagas noticias. El primero de ellos es un ensayo, de un violento&sesgo panfletario y con mucha descarga de adrenalina, que inbtenta denunciar las muchas tropelías y desastres cometidos desde su origen en nombre del cristianismo como visión del mundo e ideología por lo que podríamos considerar su brazo político,esto es, por la Iglesia Católica. Aunque en verdad asistimos una negación in toto de las tres grandes religiones llamadas de salvación toda vez que no se libran de sus invectivas ni el Islam ni el Judaísmo, al que apostrofa como "religión de carniceros" (p.232).

         Se trata, digo, de un panfleto, me parece que muy inhabitual en nuestros días,tan apasionado como arbitrario,dogmático y soberanamente irreverente.Poseído además por ese ateísmo militante que quizá sea su mayor atractivo, de él no cabe esperar por consiguiente ---pese a lo poco que he podido leer de ella---la exposición sesuda y reposada de obras casi de obligada referencia sobre el asunto, como la monumental Historia criminal del cristianismo de Karlheinz Deschner, en 10 volúmenes( 1986-2013) editada entre nosotros por Martínez Roca. El libro se presenta sin división alguna en capítulos ni apartados, lo que parece reforzar aquel carácter de exabrupto o descarga emocional,y hay que empezar diciendo que lo primero que llama la atención ---en un texto casi siempre entretenido, nada pedantesco a menudo brillante---y lo más gracioso es que Vallejo participa y reproduce, como si él mismo se hubiera contaminado de lo que denuncia,el tono dogmático e intolerante que presume, ni que decir tiene que con razón, en esas religiones. Como es sabido, con la linda metáfora del título es como se referían los albigenses ---y no sé si también Lutero-- a la Iglesia de Roma, Vallejo no tiene inconveniente en escribir sistemáticamente la puta cuando alude a ella. Por lo demás, pese a su dogmatismo y arbitrariedad, el libro merece leerse.

        Haciendo gala de una notable erudición(puesto que se citan numerosos fragmentos en el original latín y griego, hemos de suponer que el autor puede leer esas lenguas)se pretende ante todo poner de manifiesto las múltiples contradicciones, textos corruptos, interpolaciones, lagunas y cambios de interpretación presentes (las más de las veces debidos a cuestiones de hegemonía o banderías políticas en el interior de la Iglesia o en relación con las estructuras de poder de los Estados)no solo en los exégetas cristiano antiguos, medievales y modernos,sino ya en el Antiguo Testamento mismo (cuyo valor literario pone en duda) y el Nuevo. Para Vallejo todos los exégetas cristianos han sido unos falsarios y falsificadores. Se burla de uno de los más antiguos y prestigiosos, como Orígenes, del que pone en solfa su peculiar teoría de la interpretación literal, que él llamaba "corporal", y la alegórica o simbólica de las Escrituras, que utilizaba naturalmente cuando le convenía: "Claro que hay imperfecciones en la Biblia, como son sus contradicciones, repeticiones y rompimientos en la continuidad de los relatos , pero todas ellas se truecan en perfecciones una vez que aceptamos la alegoría y el sentido espiritual "(cit. por Vallejo en p.157).A aquella luz de la busca de contradicciones, por solo citar unos ejemplos, se exploran las fuentes y presunta autenticidad de las epístolas de San Pablo (pp. 74 y ss.), el Libro de Daniel (pp.161 y ss.) y se contrastan y citan hábilmente textos de Porfirio, Celso, Eusebio, Flavio Josefo (sobre todo el llamado Testimonium Flavianum,interpolado por no se sabe quién en las Antigüedades Judaicas de este autor y que tanta polémica suscitara sobre la historicidad de Cristo---pp. 106-112---y de muchos otros. El dogma de la Inmaculada Concepción instaurado por Pío IX echaba por tierra la doctrina paulina de la crucifixión de Cristo entendida como expiación por el pecado original y contradecía a casi toda la patrística y a Santo Tomás (p.192-93). De la Biblia tomada en conjunto dice Vallejo que, salvo unos cuantos versículos de Job y del Eclesiastés, no deja de ser un revoltijo de mitos, leyendas, tradiciones orales, cuentos épicos, proverbios y biografías resuelto todo ello con harta inmoralidad e infamia ( p.164). De impecable lógica y gran agudeza se nos aparece la interpretación que Porfirio en su Contra los cristianos hace, y que Vallejo cita, de la célebre parábola evangélica del camello y el ojo de la aguja (p. 150-51).

           En alguna ocasión echa mano el autor, con demoledora ironía, del sistema de preguntas y respuestas prefabricadas de los catecismos tradicionales para mofarse de las verdades de la Iglesia (pp.202-3) y con no menor sorna se refiere a los tinglados mercantiles que hay tras los a la más disparatada ciencia ficción política:fue una vulgar patraña del cardenal Sedano, entonces Secretario de Estado, cuando dijo en 2000 que el llamado tercer misterio de Fátima era la predicción del atentado que Juan Pablo II había sufrido en 1981; lo que en verdad escondía según Vallejo el famoso misterio era la destrucción del Vaticano por el Estado de Israel con una bomba atómica (p.209).

        A veces resulta, por lo demás, muy difícil estar de acuerdo con él, como cuando, en su furor iconoclasta no salva ni a francisco de Asís, al que califica de hipócrita y falsario (p.250)porque consumía carne pese a llamar hermanos a los animales (esto de la defensa de los animales debe de ser una obsesión de Vallejo, porque lo saca a colación con cualquier pretexto.) De Mahoma dice, sin aportar mayores pruebas, que fue "uno de los seres más dañinos y viles que ha parido la tierra"(p. 171)y en otro lugar (p.229) niega tajantemente que los musulmanes hayan aportado algo (ni en la medicina, ni en la matemática ni en nada ) a la cultura y el saber universales. Ningún elemento de progreso espiritual ni de libertad de conciencia ve en la Reforma de Lutero (p 271 y ss), a quien pone también a parir por, entre otras cosas, haber traicionado a los campesinos que le siguieron al principio, excepción hecha de haber denunciado el escándalo de las indulgencias,aquel invento de Bonifacio VIII, y haber debilitado a la Iglesia dividiéndola en dos, sin lo cual, afirma sin pestañear, "no habrían sido posibles ni el Siglo de las Luces ni la Revolución Francesa ni cuantos movimientos libertarios vinieron después". Sin embargo, el santón hindú Mahavira (que vivió hacer 26 siglos)deviene para Vallejo nada menos que "la máxima luz moral de la humanidad",(p.301) infinitamente superior a todos los Cristos y Mahomas habidos y por haber,por el solo hecho de haber fundado el primer asilo, de que tengamos noticia, para animales viejos y enfermos.



          Si no se recata en poner de manifiesto algunas de las tristes hazañas de los Papas antiguos o del Renacimiento, tampoco lo hace en el caso de los modernos, como cuando pone de manifiesto la hipocresía y las maniobras de Pío IX ante el proceso de unificación de Italia (pp. 192 y ss.) o cómo el Banco Vaticano captó y usó, bajo Pío XII fondos de los ustachis croatas y de los nazis, además de aludir a la indiferencia, cuando no la secreta simpatía de éste último hacia el régimen hitleriano. El Vaticano sigue hoy inmerso en turbios asuntos financieros, como es bien conocido, y según una investigación del London Telegraph es el principal beneficiario del lavado de 55.000 millones de dólares de dinero sucio italiano, hecho que lo convierte en uno de los principales paraísos fiscales del mundo.

        La novela breve La virgen de los sicarios es una desolada y nada edificante visión de la Colombia (sobre todo Medellín) de las bandas de narcotraficantes, con el fondo de la corrupción rampante de los políticos, la violencia brutal, despiadada y casi constitutiva de esa sociedad y un pueblo aparentemente paralizado, humillado y embrutecido (casi todo el mundo parece pasarse el día ensordeciéndose con vallenatos y emisiones de partidos de fútbol), del que se diría que solo le queda asistir como espectador pasivo del tinglado. Digo que esto último solo en apariencia porque, como queda claro en la novela y se sabe por las crónicas políticas y hasta por las noticias de prensa, una parte de ese pueblo vive de los grandes cárteles de la droga y se beneficia también de ellos, lo que sin duda hace más complejo el problema. De hecho, Alexis solo accederá al peculiar contrato que le ofrece su protector, cuando se ha quedado en paro al desarbolar la policía el cártel de Pablo Escobar y ejecutar a éste.

            Un narrador, al principio innominado y del que se dan muy pocos detalles personales pero del que, avanzado el relato, el lector va enterándose de que es una muy transparente máscara del propio Vallejo, entra en relación con ese mundo a través del conocimiento casual de Alexis, un joven sicario del que se encapricha y al que usa, con el consentimiento del muchacho, como amante, mantenido e idolillo erótico. Intelectual ya metido en años, que ha escrito en su juventud algunos libros de lingüística, que ha vivido largos años en el extranjero y que regresa a su país porque quiere morir en su ciudad natal, solitario y misántropo, el narrador-protagonista no espera más de la vida que algunos ratos de placer comprado. Su visión del mundo se reduce  a una especie de nihilismo metafísico (el mundo es un absurdo matadero y el ser humano, en su estupidez y egoísmo, no tiene remedio) y de reaccionarismo cruel y fascistoide (los pobres lo que quieren es no trabajar y vivir del cuento y en el fondo merecen que se les trate, por lo menos en Latinoamérica, como es costumbre inveterada). Congruentemente con ello su discurso  abunda en formulaciones apodícticas y formularias, sea sobre la religión, la situación política, el paso del tiempo y otros asuntos, que por su impenitente radicalismo aparecen como impermeables a cualquier matización, como "La vejez es indigna, indecente, repulsiva, infame, asquerosa, y los viejos no tienen más derecho que el de la muerte"(p.92), o "no hay roña más grande sobre esta tierra que la religión católica"(p.69).

           Escrito en una prosa cortante, fría---bastante funcional a la sucinta trama-- de sintaxis breve,  ritmo muy rápido y sin concesiones apenas a la adjetivación ornamental y a la metáfora, el relato me ha gustado porque  es eficaz en la medida en que acierta a transmitir al lector una sensación de vida y cierta conciencia de la  inevitabilidad del destino, que le da al mundo narrado un aire de pequeña tragedia. Y es eficaz también en el bucle final, que el lector no se espera, cuando el narrador toma determinada decisión luego de enterarse del terrible secreto que relaciona a Alexis y a Wilmar, su segundo amante, una vez desaparecido el primero víctima de un asesinato callejero. Como no podría ser menos, la novelita abunda en colombianismos y en términos propios de la jerga del narcotráfico, y así es de agradecer que uno pueda enterarse de lo que quieren decir tombo, verraco, quebrar, fierro, basuco y muchos más términos, y acude  con alguna  frecuencia a  peculiaridades estilísticas del tipo de la elipsis, como la omisión del verbo principal delante del que anunciativo.

sábado, 30 de agosto de 2014

MÉNAGE À TROIS






José Antonio Gabriel y Galán. Muchos años después. Madrid. Alfaguara .1991

  




            No es, me parece, Muchos años después , no sé si una de las últimas novelas que alcanzara a publicar en vida el malogrado Gabriel y Galán, otra más entre las muchísimas de los ochenta y noventa (no hace falta citar títulos ni autores) que tomaron como referencia de fondo los últimos años del franquismo y los primeros de régimen democrático, en la medida en que no cae, o no cae del todo, en alguno de los vicios de muchos de aquellos textos: si bien acierta a soslayar las fáciles tentaciones de la nostalgia y el recurso a la complicidad autosatisfecha (interpretada, se entiende, en clave generacional: qué majos y luchadores éramos), sí pienso en cambio que se le va un poco la mano en cuanto a la caricaturización de situaciones y personajes (los tres principales acaban en tristes despojos)

             La novela, que tiene mucho al fin de fábula política, aparece  escrita con soberana ironía y en algunos pasajes con no poco sarcasmo ---con el límite que he mencionado más arriba—para con sus principales personajes ---y no solo para con ellos--  y hay que decir también(aunque le medio perdonemos la leve pedantería) que con cierto exceso de guiños literarios al lector, que acaban cansando. Algunos de los títulos de capítulos reproducen los de libros muy conocidos ( Adiós a todo eso, Fin de partida, La destrucción de la razón  y otros) y en muchos pasajes se perciben citas contrahechas o literales de muy variados autores( Garcilaso, p.324, Góngora, p.328, Cervantes, p.339, Neruda, p.399 y bastantes más ).Los fragmentos, por lo demás, dedicados a la descripción de  juegos como el del black Jack o la ruleta (pp. 301-321 y 326-35) son demasiado prolijos y técnicos y es difícil que interesen a un lector no aficionado,  además de no parecer funcionalmente necesarios  para la andadura de la trama.

           Se  distinguen  en esta Muchos años después varios planos o ejes temáticos: a) Una consideración crítica de los compadreos, secretos, pactos (a menudo vergonzantes) y soluciones en falso que marcaron  el proceso de la Transición democrática. b) Una burla caricaturesca de la jerga propia de la vulgata marxista y de las teorías de Althusser(que aparece como personaje, retratado no muy edificantemente) que no se le caía de la boca a gran parte de la juventud universitaria. c) Una caricatura ---esta especialmente cruel y desmandada –de otras teorías entonces en boga como las derivadas de un psicoanálisis radical (Deleuze y Guattari, de los que se podría decir lo mismo que de Althusser); d) Una crítica de los mitos de la resistencia antifranquista, tanto en los ambientes del para algunos dorado exilio parisino como en los de Madrid, los dos espacios en los que discurre la trama. Caricaturizados de un modo leve e incluso cariñoso, comparecen aquí lo que podríamos llamar en este contexto figuras colaterales, como, entre otras, García Calvo, pontificando en su tertulia de La Boule d´Or (p.73) y Fernando Arrabal, que se recupera de sus delirios en un sanatorio psiquiátrico (p.132). Peor papel hacen  algunos dirigentes comunistas, como Sánchez Montero (al que Silverio, que lo conoce en  los fragores de la lucha clandestina, empieza mitificando hasta la desmesura para al final odiarlo hasta el punto de que proyecta, en su delirio de desengaño, matarlo),o el que el narrador llama Rafael, del que sospecho que es una máscara de Federico Sámchez, esto es, de Semprún. A ambos se les retrata, ante la desesperación y el desconcierto de Silverio, como tipos de ramplona vulgaridad, pues desprecian y ningunean el que éste considera magno tratado  que les da a leer y prefieren asistir a un partido de fútbol y luego, tomándose unas cañas,  comentar las jugadas (288-273).   

              Y se me ocurre que al trío de personajes principales se les podría muy pertinentemente aplicar la tipología ferlosiana de personajes de destino o de tiempo acumulativo y personajes de carácter o de tiempo consuntivo, aunque con la peculiaridad de que dos de ellos cambien de modelo  al final de la novela, acaso por el acabado cumplimiento o realización del tipo o categoría del tercero, en el que aquellos dos se miran como en una especie de espejo invertido y en el que de alguna manera encontraban su razón de ser. Me explico: Silverio, que tiene como destino marcado el ser un intelectual orgánico (en el sentido con que Gramsci empleaba este motete de su invención) , acabará rompiendo con, digamos, su futuro escrito, cuando éste ya le empezaba a pesar como una losa en el momento en que, en un acto lleno de simbolismo, hace trizas el manuscrito teórico (que había sido poco menos que la justificación de su vida) que ha ido urdiendo a lo largo de los años, lo ha ido engordando hasta varios miles de folios y cambiándolo de título en función de lo que él juzga cambio de las circunstancias objetivas de la lucha. Julián, por su parte, que había puesto desde el principio su ideal de vida en escritor de éxito, mundano y diletante, empieza pronto a dinamitar ese proyecto en los pantanos del alcoholismo y la adicción al juego y recalará al fin, tras fracasar como escritor ---autor de una sola novela que no saldrá de los minoritario círculos de la resistencia antifranquista del París de los sesenta, no escribirá luego una línea más--- y arruinarse con el juego, en una  resignada aceptación , que él toma ambiguamente como decisión libre. En cuanto a Odile, personaje más plano, menos complejo y desarrollado, parece claro que ella sí iba a cumplir con su destino , bastante triste, por cierto.

           El trazado psicológico de Julián y Silverio(amigos inseparables que a veces se odian, es decir, real como la vida misma )parece casar a la perfección con la tipología anterior y podría entrecruzarse con ella. Julián es cínico, egoísta y amoral. Obsesionado con ascender en la escala social  hasta convertirse en un triunfador, es por ello quizá incapaz de querer de verdad a nadie que no sea él mismo .Trata con indiferencia, cuando no con soterrado sadismo, a su mujer Odile y no parece acusar demasiado la trágica muerte en accidente de la hijita de ambos, episodio que, dicho sea de paso, se me antoja un tanto forzado y melodramático y con el que acaba la primera de las tres partes de que consta  la novela, y por eso su despeñadero final conmueve menos al lector que el de su amigo y contrafigura Silverio. Este es un solitario sentimental e ingenuo, casi constitutivamente infeliz, de rasgos quijotescos, perdedor, mitómano y enamoradizo porque no puede menos. Se vuelca ---sin sacar mucho a cambio---con Odile, con la que va a vivir tras ser ésta a abandonada por Julián, que se larga a Estados Unidos sin dar muchas explicaciones, y se enamora asimismo sin correspondencia de Asun y luego de Isabel, compañeras de la militancia madrileña.

        Escrita íntegramente por un narrador en tercera persona, sabe muy bien también el autor, cuando le conviene, usar hábilmente el estilo indirecto libre (pp. 20-21, por ejemplo), el monólogo interior (p.310-11) y el desdoblamiento hacia la 3ª persona (p.402), y pese a que hace en general gala  de un castellano tan correcto como moderadamente jugoso en cuanto a vocabulario, no deja de deslizar algunos contados pequeños deslices que chirrían algo en los oídos de un lector sensible, como cuando se habla de realizar un refrigerio(p.299), tomar un taxi (p.301) o extraer un cigarro (p. 401). Hay pasajes especialmente felices y logrados, como el de las pp 486-90, casi al final del libro (para mí el mejor de la novela) en donde se ofrece la descripción vívida, verosímil y minuciosa, del mísero rincón callejero en que dos muchachas muy jóvenes se meten jaco y el relato del diálogo que se da entre ellas y Julián que, insomne y desesperado, no encuentra mejor forma de pasar el rato.

        Si la novela como género (la buena, claro), desde El Quijote a Madame Bovary y desde Guerra y Paz hasta La montaña mágica, tiene, como muchos han sugerido, la misión de contar las mil formas de la desgracia humana, entonces esta cumple modesta pero suficientemente con ello. Y sin duda vale la pena leerla.

       






viernes, 11 de julio de 2014

UNA VIDA PLENA








Arthur Koestler. Memorias. Barcelona. Lumen. 2012. 943 págs.

         Había yo leído hace tiempo un librito, el único de que yo disponía,  último de una serie de tres,
editado por Alianza en su colección de bolsillo en los años setenta, con el título de La escritura
invisible
 y subtitulado Euforia y Utopía, que correspondía a las dos primeras secciones—que en lo
esencial tienen como asunto el viaje del autor por la Unión Soviética durante casi un año en 1932---
del segundo bloque de las Memorias  de Arthur Koestler , aproximadamente una cuarta parte
---pp-378-563--- del volumen que ahora comentamos. Este aparece ordenado de otro modo,
con otra traducción y enriquecido con una Nota editorial bastante esclarecedora y un epílogo del
autor fechado en 1953, texto este último que creo recordar que no figuraba en la edición de Alianza,
pero no puedo asegurarlo porque no he conseguido encontrar el librito en cuestión. Poco o casi nada
sabía yo entonces de Koestler, salvo que había sido un reputado escritor( en tres lenguas: húngaro
en sus primeros intentos poéticos de la adolescencia, alemán en los escritos periodísticos de los años
treinta y de su primera novela, Días rojos, e inglés en todo lo que publicó a partir de 1940),  político
e intelectual judío húngaro que había abrazado la ideología comunista en los años treinta y de la que

había abjurado después, en un tiempo en que todavía parte de la intelectualidad occidental seguía
obnubilada con el mito de la Revolución y ciega, a sabiendas o no, para con lo que
de verdad ocurría
en la Unión Soviética. Aun cuando los pormenores de esta serie  de desengaños hasta la definitiva
pérdida de la fe no se relataran en aquel librito de Alianza ---y sí se cuentan aquí---,en cierto modo
se intuían, toda vez que Koestler parecía empezar a acusar allí el contraste entre lo que él creía
y el brutal desmentido que a eso le ofrecía lo que estaba viendo con sus ojos.

         Pese a que dan la impresión de haber sido escritas como a rachas y sin un plan ordenador
global –hecho que el  mismo Koestler admite de modo implícito en p. 679---,a las muchas
anticipaciones y saltos atrás, a  las inevitables repeticiones ,a las muy numerosas digresiones –no
todas necesarias, como
también el autor reconoce en el mismo lugar--- sobre los más variados
asuntos y a algún que otrofallo de bulto ---en las pp. 616 y ss., que es donde debiera hacerlo, Koestler
no explica por qué, tras haberle ordenado la Komintern abandonar Rusia e ir a París, se quedó en
Budapest casi un año, ni qué consecuencias le acarreó tal desobediencia--- , hay que aclarar que
estas Memorias, prolijas, minuciosas y laberínticas, resultan entretenidas ante todo porque lo cierto
es que  participan  de una muy saludable variedad de registros y asuntos.

         Y así el lector encontrará  desde la descripción de la tumba de Tamerlán en Samarcanda, pp. 548-
9, hasta  una muy lúcida teoría de la prostitución, acompañada de una deliciosa e irónica
descripción de las putas y los burdeles parisinos de los años treinta, pp. 234 y ss.; verdaderos trozos
de crítica literaria, a modo de pequeños ensayos (como en  las páginas 422-28, donde se traza una
acerada y durísima semblanza de Brecht, descarado plagiario, según Koestler, de Villon y de Kipling
en las baladas cantables de sus piezas dramáticas, al que no llegó a conocer personalmente pero que
no duda en  calificar de cínico e inhumano en el trato ,y una acerba crítica de su obra , sobre todo de
su pieza La toma de medidas, que tacha como la obra de arte más reveladora de toda la literatura
comunista
 y, de hecho, parábola política que sirve como justificación del pacto de 1927 Stalin-
Chiang Kai Shek---y de las siniestras purgas de Moscú de pocos años más tarde--- que llevó a una gran
matanza de comunistas chinos con la pasiva complicidad del primero, o en 597-605, en que se traza
una semblanza de su amigo el torturado poeta expresionista húngaro Attila József y se hace un
intento de explicación de algunos de sus poemas); pasajes de intención y textura lírica o poemática,
como en 215 y ss. referentes a la tristeza de Jerusalén (sus habitantes, a la vez sujetos y objetos de
una belleza trágica, están, se dice, envenenados de santidad y de fanatismo ) o en p. 506 , donde se
halla el relato de la despedida de su fugaz amante rusa Nadeshda en los muelles de Bakú cuando
ambos sabían que no iban a volverse a ver jamás; episodios que ilustran las paradojas, bajezas y
criminales crueldades del escenario político del siglo XX ,como en p. 623 y ss. dedicadas al juicio---
contado  en clave de una especie de farsa en que jugaron al gato y al ratón los representantes de
los dos regímenes políticos más sangrientos del siglo--- que se siguió por la quema del Reichstag por
los nazis y la inteligente contracampaña que montaron los dirigentes comunistas por la falsa
imputación a los suyos, sobre todo Willi  Münzenberg, uno de los personajes a los que Koestler más
elogia, o en p. 785,donde cuenta el autor cómo, comisionado por la Komintern para ir a España
para
encontrar y airear pruebas de la ayuda nazi al bando franquista, se ve una noche
obligado a invitar a copas a unos cuantos aristócratas españoles y portugueses, ni que decir tiene
que apasionados fascistas ,en el casino de Estoril, no sin dejar de reconocer sotto voce lo simpáticos
y educados que son y lo bien que se está con la gente bien; finos trazos y apuntes de descripción
física y moral  de personajes, admirados o no, por Koestler, por ejemplo, entre otros, en
pp.471 y ss. Oragvididisze, el culto, liberal de espíritu y juerguista ministro de Educación de
la República Socialistde Georgia (¡quién lo diría, con ese carguito¡), Alex Weissberg, p. 433 y ss.
el reputado físico austriaco,que acabaría, como tantos otros, ejecutado, con acusaciones falsas y
absurdas, en las purgas estalinianas, y en cuya casa de Jarkov viviría Koestler algunas temporadas
durante su estancia en la Unión Soviética, la aristocrática mecenas de escritores izquierdistas
pobres, a los que acogía temporadas en su casa, María Korpfer, pp. 744-62,  o los hermanos Freddy
y Theodor, pp. 653 y ss. ,contrafigura  uno del otro, primos del autor a quienes éste no había vuelto
a ver desde su infancia vienesa y que reaparecen después como empresarios chanchulleros y
estafadores.

       Y se puede encontrar también, para decirlo todo,  alguna picante curiosidad que uno no esperaría
hallar en un libro de esta naturaleza, como el modo en que tenía diseñado el vehículo oficial
D. Alejandro Lerroux (p.802-3).Es una anécdota por supuesto intrascendente, pero que tiene cierta
gracia y por eso no me resisto a la tentación de contarla aquí con detalle. Resulta que en su
segundo viaje al Madrid en guerra, comisionado por la Komintern, para probar la implicación nazi
en el bando franquista, el entonces ministro de Exteriores republicano, el procomunista Del
Vayo, encarga también a Koestler que investigue en los archivos del Ministerio, y allí se encuentra
entre otros materiales con el archivo personal de Lerroux a la vez que pone a su disposición el
que había sido coche oficial del insigne prócer. En el archivo se topa con numerosas cartas
de jovencitas admiradoras y en cuanto al coche, parece ser que iba equipado con cortinas color
lavanda en las ventanillas y con un cristal separador entre el conductor y los asientos de atrás y
poseía un panel con botones  en una de las puertas traseras, con los que se podían dar instrucciones
al chófer, del tipo de Más deprisa, Más despacio, Párese, etc. Cuando se apretaba otro botón, oculto
a la vista, se encendía una luz roja, cuyo significado para el conductor era que tenía que apagar el
motor, bajarse, abrir el capó, trajinar con el carburador  e informar después de que el coche se había
averiado y de que se veía obligado a ir a pie hasta el próximo pueblo, a diez kilómetros, para pedir
ayuda, aunque  por fortuna quedaba algo de champán para aliviar la espera de D. Alejandro y la
amable señorita que en esa ocasión le acompañaba. Sin comentarios.

        El libro viene servido, por lo demás, por  una prosa ágil, nítida, de sutil capacidad de observación,
sobre todo para la captación de ambientes y la presentación de los muchísimos personajes que aquí comparecen  y, por lo menos aparentemente, ceñida a los hechos, en la mejor tradición de la
historiografía y el autobiografismo anglosajones. Casi nunca decaen a mi juicio estas Memorias en
interés y amenidad para el lector , y hay que reconocer que conseguir esto a lo largo de casi mil
páginas no es moco de pavo. Me han resultado pesados, con todo, algunos pasajes, como  el capítulo
Maestro de escuela en Maison-Lafitte, pp. 663-672, demasiado lastrado por un fondo de
moralina de didactismo ejemplarizante que me resulta desagradable, y los párrafos dedicados a su
viaje en zeppelin, formando parte de una expedición científica al  Ártico, pp. 333-342, que no
consigue llegara la vibrante amenidad del relato de aventuras que pretende ser y que adolece
además de excesiva autocomplacencia.  

       Dos ítems de  me parecen esencialmente elogiables en este libro: a) en la época en que se
redactaron estas Memorias, 1951-52, muy pocos de los que lo sabían se atrevían a denunciar lo que
hoy sabe todo el mundo, por ejemplo hasta qué punto resultó cínica y criminal la política estalinista
respecto a los partidos de izquierda europeos o sus consecuencias para la Guerra civil española (cuya
duración, al igual que Franco por otros motivos, Stalin dosificó con la ayuda militar justa como para
que la República no sucumbiera desde el principio y para que le diera tiempo a él a tener a punto el
pacto nazi-soviético de 1938), o hasta dónde fueron responsables también las democracias
occidentales y la opinión liberal en general, por su ceguera y pusilanimidad, en el triunfo del
fascismo (en pág. 619 se cita una frase del editorial del Evening Standard del 31 de octubre de
1938: “es esta feliz convicción de fe en la sinceridad y honestidad de herr Hitler lo que constituye
la clave de la paz europea”) y b) la manera ambigua y contradictoria  con que el autor se enfrenta a su propio
personaje. En pp. 36 y ss, hablando de los dos modos en que en su opinión se puede abordar una
autobiografía, se refiere a lo que él llama “impulso del cronista” (en definitiva, dar cuenta de los
hechos externos con objetividad)  y al “motivo del ecce homo” (que vendría a ser la pretensión de
explicar, en la medida de lo posible,  todos los recovecos, aun los más desagradables o humillantes,
de la vida íntima o interior). Del hecho, cierto,  de que “muchos escritores de memorias tienen tanto
miedo de parecer vanidosos que se presentan a sí mismos como los hombres más insignificantes de
la tierra” (p. 39), de donde se deriva la falacia del hombre insignificante, se pregunta con razón
Koestler cómo es entonces posible que el autobiografiado suela aparecer siempre rodeado de
muchos amigos interesantes, acontecimientos importantes y sabrosas historias sentimentales. Pero
lo que no se pregunta y ni siquiera sugiere es la posibilidad de que la segunda manera no sea sino
una máscara de la primera, esto es, que la jeremiada y la autoconmiseración  venga a ser la otra cara,
oculta, de la egolatría.

            Y resultaría difícil dilucidar hasta qué punto conviene su teoría a su propio caso o en qué
medida bascula su libro entre ambos polos, pues si por un lado no evita ---Ecce homo--- consignar
sus miserias (repetidamente se refiere, por ejemplo, a su timidez y complejo de inferioridad, que
sufría sobre todo, como suele ocurrir, en las ocasiones más delicadas, los terrores y obsesiones
que lo atenazaban desde la infancia, debido en gran medida al tiránico trato que recibió, con la
aquiescencia de la madre, de la criada Bertha, p. 46 y ss,  el reconocimiento de su impostura y
exhibicionismo en las relaciones sociales, p. 95 o la especie de lacerante autoanálisis que se
hace en el cap. Retrato del autor a los 25 años, pp. 263-64), por otro parece poseído por demasiadas
dosis de narcisismo egolátrico(en 1946 se hizo una especie de horóscopo donde vino a darse
cuenta de que había nacido el mismo día de 1905 en que empezaron los disturbios de la primera
Revolución rusa en Bakú, en que se firmó el Tratado por el cual Japón emergía como potencia en el
mundo moderno y el mismo mes y año ---menos mal que aquí no coincidió también el día---en que
Einstein publicaba en Zurich sus primeros trabajos sobre la Relatividad). Cuando empecé a leer ese
pasaje me resistí  a creer que Koestler, un hombre inteligente e ilustrado, fuera capaz de caer en la
idiotez de creerse esto ad pedem litterae, aunque no supe ya qué pensar cuando, a modo de
conclusión leí: “ (…)pensé que mi horóscopo secular me había proporcionado una información sobre
el campo de fuerzas  de mi nacimiento como podían proporcionarme las estrellas, y también sobre las influencias que forjarían mi carácter y mi destino” (p.23).

          Koestler es ejemplo como pocos del drama del intelectual europeo de la primera mitad del XX,
  de Sartre a Merleau-Ponty, de Orwell a Dos Passos, seducido y en muchos casos fanatizado por el
mito de la Revolución y obligado después por la fuerza de los hechos a rectificar. En este sentido, el
arranque de la sección Euforia y Utopía no deja lugar a dudas: “Fui hacia el comunismo como quien
va a un manantial de agua fresca y abandoné el comunismo como quien sale arrastrándose de un río
emponzoñado por los despojos de ciudades inundadas y los cadáveres de los ahogados” (p. 389).
Algunos fueron fieles  toda su vida, con dosis variables de cinismo o mala conciencia, como Aragon
o Brecht, y otros meros comparsas o compañeros de viaje. Pero él no estuvo ni con los unos ni con
los otros: aunque con algunas dudas y desgarros íntimos, fue un par de años esforzado militante
comunista y varios más después  un servicial funcionario de la Komintern hasta que rompió
radicalmente con ese mundo en 1939. Se podría decir que alcanzó a vivir varias vidas, de tan
multiforme y azacaneada como fue la suya. Fue un niño solitario, asustadizo y estudioso en Budapest
y Viena a principios de siglo, luego ---tras abandonar abruptamente los estudios de ingeniería, que
ya estaba a punto de finalizar---apasionado sionista y vagabundo medio muerto de hambre en la
Palestina de los años veinte,  más o menos lo mismo en París poco después, respetable y
bien pagado periodista de la cadena Ullstein en el Berlín de la República de Weimar, militante
comunista semiclandestino, tras ser despedido de su trabajo, en la misma ciudad, apparatchik  en
Rusia y en París, preso condenado a muerte por los franquistas en Sevilla en 1937 ---experiencia sin
duda límite
y terrible para cualquiera, que le da pie  para una serie de consideraciones casi metafísicas ,pp.
828-836, acerca del miedo, la tentación de abandonarse a algún tipo de consuelo místico, sea la
conversión religiosa u otro tipo de asidero, el  autocontrol racional, muy difícil  en esas circunstancias,
y el conocido fenómeno psíquico del desdoblamiento de conciencia ---, víctima de  malos tratos y
 campos de concentración, llevó a cabo  un intento de suicidio ---en 1940, cuando tras conseguir
escapar de un campo de concentración en los Pirineos franceses tiene un fugaz reencuentro con
W. Benjamin, que le regala la mitad de las pastillas de un compuesto de morfina que llevaba
dispuestas por si se daba la ocasión de tener que utilizarlas. Koestler intentaría matarse con ellas
cuando en Lisboa le denegaron por segunda vez el visado para Inglaterra, justo por los mismos días
en que se enteraba del suicidio del alemán en Por-Bou. Nuestro autor  habría de tener que esperar a
fecha tan tardía como 1983 para, aquejado de una enfermedad incurable, tener el coraje de  quitarse
la vida junto con su segunda mujer, hecho que cuando supe de él me hizo más simpático y respetable
el personaje---.Y  fue asimismo autor sin lectores y desconocido y escritor de éxito, hasta dar en
publicista y novelista de cierta reputación en Londres a partir de 1950, ya con una existencia más
tranquila.  

       Se vio envuelto además  en los más turbulentos y determinantes acontecimientos históricos de
aquel periodo, pues vivió de niño la guerra del 14 en Viena, adonde sus padres se habían trasladado
poco antes desde su Budapest natal, la Comuna húngara en esta ciudad en 1918, tuvo también
experiencia directa de las traiciones, purgas y existencias al filo de la navaja que amargó la vida de
tantos comunistas ( Koestler vio morir en circunstancias violentas a buena parte de sus amigos y
conocidos: “puedo afirmar que de cada cuatro personas que conocí antes de los treinta años, tres
fueron posteriormente aniquiladas en España, torturadas hasta la muerte en Dachau, ejecutadas en
las cámaras de gas de Belsen , deportadas a Rusia o liquidadas en este país ; algunos se arrojaron
por la ventana en Viena y Budapest, otros fueron destruidos por la miseria y la falta de sentido del
exilio definitivo”, p. 122) y de la Guerra civil española, de donde estuvo a punto de no salir vivo y, en
fin, la Segunda Guerra Mundial, que pasó entre Francia e Inglaterra.

       Su vida ---y esta puede ser en definitiva una lección moral nada desdeñable--- constituyó en  en
cierto modo un lento y desesperado aprendizaje contra sí mismo : tiene la honradez de admitir que
algunas de sus novelas, incluso la tan celebrada El cero y el infinito (o como se tituló en la edición
original inglesa, Darkness at noon) resultan endebles por no haberse dado cuenta a tiempo de que
el conflicto entre arte y propaganda acaba siendo inconciliable y sin componendas: o lo uno o lo otro;
y tiene asimismo la honradez de reconocer que, frente a tanto individuo graciosamente iluminado
por las Musas como hay por ahí, escribir es, para la inmensa mayoría, si no todos, de los que lo hacen, una dura tarea y un arduo aprendizaje, hecho de insistencia, práctica y superación de errores. Copio un poco
por extenso el pasaje de la pág. 740 por su carácter harto ilustrativo: “ (…) podría dar la impresión
de que pertenezco a la envidiable categoría de gente que escribe con soltura y agilidad.
De hecho, es totalmente lo contrario. Escribo como habla un tartamudo. Sudo para escribir a mano
cada palabra de forma lenta y dolorosa, tachando y reescribiendo todo el tiempo, el
manuscrito mecanografiado que entrego a la imprenta es generalmente la tercera o cuarta versión”.
Pues eso.




 













   





 


martes, 24 de junio de 2014

LOS SUMIDEROS DE LA CONCIENCIA





Claude Simon. Historia. Barcelona. Seix Barral. 1986.

       Solo tenía de Simon ---ni siquiera conozco las consideradas sus obras mayores, La ruta de Flandes, 1960,y Las Geórgicas, 1981-- la muy vaga referencia de que la crítica lo incluyera en la escuela o moda literaria francesa que en los años sesenta del pasado siglo se llamó Nouveau Roman, tendencia en la que se solía considerar como abanderado a Alain-Robbe-Grillet y en la se alineaba también a autores como Nathalie Sarraute, Michel Butor, Marguerite Duras y otros.Se trataba de un movimiento que, al oponerse  a la novela realista, tradicional o decimonónica,  intentaba diluir las nociones de trama y personaje, optaba por el objetivismo en las descripciones, fueran estas de objetos o de personajes, como de cámara fotográfica (pero la más "objetiva " de las fotografías distará siempre mucho de serlo)--- y vaciando , se nos decía, lo descrito de su fondo psicológico y sus adherencias ideológicas---suponiendo que esto sea siquiera concebible, pues el mero hecho de que se usen semantemas, esto es, palabras con significado, supone ya alguna concepción del mundo o ideología--- La historia novelesca como tal ---coherente en su desarrollo y con clara dimensión espacio-temporal---había de tender  a desaparecer, suplantada por una especie de chorro verbal o flujo de conciencia, la perteneciente a un narrador oculto y cambiante.
     
        Pues bien, de estos rasgos de escuela o proclamas me parece que solo el último podría con cierta propiedad aplicarse a esta Historia (1967)---puesta en un más que aceptable castellano por J. Escué Porta--- que no es en rigor una novela ni, con buscada paradoja en el título, cuenta tampoco ninguna historia, sino, en sus poco más de 300 páginas,  un largo, denso y alambicado monólogo interior, un alucinado discurso donde se trae a colación una abigarrada turbamulta de fantasmas y obsesiones, distribuido en once capítulos o parágrafos sin numerar ni titular, en los que, en efecto, un narrador innominado, proteico, cambiante y resbaladizo, convoca, podríamos decir que hace subir al presente de su conciencia, que es, claro, el de la narración,  todo un abigarrado cúmulo de un fondo de recuerdos, sensaciones, objetos, olores, ruidos, caras, anécdotas, lugares, episodios bélicos (un peu partout pueden encontrarse recuerdos o evocaciones de la Guerra del 14, a través de la figura del padre del narrador, y sobre todo de la Guerra Civil en Barcelona, donde Simon estuvo algunos meses en 1936-37 y fue simpatizante de los anarquistas, aunque hay que notar que ni sus evocaciones son en ningún caso edificantes ni heroicas ni trata nada bien, todo lo contrario, a sus antiguos correligionarios: en p. 140 hay una descripción, tan feroz como grotesca, de un miliciano cenetista ), titulares de periódicos, copias de textos de enciclopedia, sobre todo geológicos o geográficos, cartas familiares o de otro tipo, sueños y pesadillas de muerte, aniquilación o violento erotismo, en fin, todo tipo de material espiritual que permanecía almacenado en el más recóndito de los armarios del subconsciente. Eius uerbis: "una combinación, un sombrío y fulgurante revuelo de luces y líneas en que los elementos rotos disociados vuelven a agruparse obedeciendo al tumultuosos y estricto desorden de la memoria" (pág.207).  Todo lo que sabemos del narrador, de su  identidad ---y para ello hay que leer con mucha atención, pues estos detalles se dan con un mínimo de palabras y como sepultados o semiocultos en textos más extensos y de otra naturaleza, como ocurre por ej. en pp. 68 ó 130---es que es un hombre ya de edad, de rica y linajuda familia, y que se ha retirado a un caserón rural a vivir lo que le quede, se me ocurre que como reza el célebre poema de Gil de Biedma como un noble arruinado/ entre las ruinas de mi inteligencia.Y poco más se sabe de algunos otros personajes con él relacionados, que sin embargo aparecen recurrentemente en el relato: la abuela, que vigilaba sus juegos infantiles en la playa, el tío Carlos,  atrabiliario industrial viticultor que torturaba al narrador en su adolescencia preguntándole las lecciones de latín, la prima Corina, permanente objeto de sus deliquios y obsesiones eróticas, el compañero de estudios de liceo Bernard Lambert y algunos otros.

          Hay en el libro, como no podía ser menos, toda la panoplia de modos y prácticas vanguardistas tan en boga en los años en que se escribió (y no solo: algunos pasajes me han recordado, por su léxico sombrío y su fraseo entrecortado y a veces trunco o con anacolutos buscados y su mareante proliferación de gerundios, algunas tiradas de las Residencias nerudianas; y otros, por el erotismo alucinado y no menos sombrío, al Cela de Oficio de Tinieblas : repárese, pág.56 :" pensando en algún monstruo que estuviera agazapado en algún rincón oculto al final de los pasillos de mármol quizá en los sótanos como la caldera de la calefacción : una especie de rumiante impotente y obeso pero sin los cuernos con rizos en la frente y brazos de asesino más bien como el calorífero con tubos y pies de barro colado pensando que si irrumpiera Teseo ahora sería con trazas de jovencito repipi (...)". Aquí se puede encontrar, además de supresión de todo signo ortográfico en muchas partes, textos montados sobre otros, pasajes truncos, puzzles, largas enumeraciones caóticas, reproducción en estilo directo de frases truncas con eco, reproducciones de trozos de conversaciones oídas por las calles etc. Los motivos y temas, en un nada despreciable alarde de imaginación verbal,  se suceden sin transiciones claras ni solución de continuidad, de modo que se opera mediante una libre y aparentemente caótica asociación de ideas, que por una especie de contaminación o arrastre metafórico va llevando de unos a otros, como ocurre --y de hecho en todo el libro-- en pp. 69-70 donde de la descripción de la decoración y los muebles del despacho de un dentista  se salta a a un tractor que está labrando la tierra, al polvo y suciedad que esta tarea provoca y a las cabezas de venerables príncipes de la Iglesia y cardenales que en su día se pudrieron en esa misma tierra, o en 171-172, donde se amalgama la imagen de la Virgen de Lourdes, los harapientos negros de Madagascar, el fanatismo de las peregrinaciones religiosas de los tullidos y enfermos, el recuerdo del ceremonial de un entierro, una pesadilla con mosquitos comedores de carne humana, una evocación terrorífica de una nube de pájaros de cantos chirriantes y los sombreros de piqué blanco que llevaban las damas elegantes en los tiempos en que el narrador era joven y aún algunas cosas más.

       Que era  Simon hombre de vasta y bien asimilada cultura parece claro tras la lectura del libro, sobre todo en los campos de la Arqueología e Historia Antigua y la Historia de la Pintura y la Fotografía (empezó de pintor y fotógrafo antes que de escritor y al parecer no llegó a abandonar nunca estas actividades). En las pp. 210-213 hay un admirable estudio cromático, objetual y de personajes de un taller de pintor a través de la fotografía de éste, del taller, no del pintor, ---que reaparece más adelante---en el que las referencias al holandés de la pipa  hacen pensar en Van Gogh, y los movimientos y evoluciones de los personajes, a la vez, en la composición de figuras en Las meninas y en los cuadros o también figuras pornográficas de las novelas de Sade, que concluye con la parrafada que comienza.: "(...) la bandeja con las tazas y el plato, agregándose simplemente (y entonces la mujer-hombre se habría levantado sencillamente para traer otra taza ) al número de los ya presentes (o sea el pintor, la modelo desnuda, la mujer y el hombre barbudo sentado detrás del taburete mientras que la mujer ocupaba otro taburete parecido al que sirve de mesa, vuelta de espaldas a la estufa y casi pegada a ella. el grupo de los tres bebedores de té llenaba así (...)"

         Pero no sé muy bien qué sentido tendría hoy un, digamos, experimento de escritura como éste. Quizá lo tuviera en su tiempo. No pocos fragmentos tienen un tono verdaderamente poemático, otros son meros desahogos o exabruptos, como por lo demás conviene a la mostración de una conciencia devastada y en disolución, que es el asunto central del libro, cuya mayor virtud, amén de la citada espléndida imaginación verbal que demuestra es que exige del lector una constante atención y tensión intelectual, porque si no corre el riesgo de perder el hilo casi de continuo.

miércoles, 11 de junio de 2014

OCIOS DE RICOS

                 José M. Caballero Bonald. En la casa del padre. Barcelona. Plaza y Janés. 1988.

                Ha venido a querer la casualidad que uno haya leído ---puesto que lee, salvo excepciones muy puntuales en que lo hace por obligación, movido por la curiosidad y el placer y no en pos de ningún motivo temático o estética o lenguaje particular---estos últimos días dos novelas que bien se podría decir que son como la contrafigura y antítesis la una de la otra, así por el mundo que pretenden contar como por la lengua literaria que implementan para ello. Del Caballero como prosista solo conocía yo Dos días de setiembre (1962),acaso una de las mejores novelas que rindió el llamado Realismo social de los sesenta y que me dejó un buenísimo sabor de boca, y sus dos volúmenes de memorias Tiempo de guerras perdidas (1995) y La costumbre de vivir (2001, ejemplos ambos de tan excelente y requintada prosa y de valor histórico-generacional como sobrados ---sobre todo el segundo---anécdotas chocarreras y demasiados juicios sumarísimos sobre algunos personajes y actitudes. Pero ya se sabe que casi nadie incumple la norma general consistente en poner por las nubes a los amigos y a parir a los no amigos (ambas cosas en una escala muy variada, claro está).No creo que esta En la casa del padre, que me empezó a resultar un tanto reiterativa y pesada solo en laparte última, donde hay algunos pasajes que juzgo que están de más y que más abajo citaré (pienso de hecho que le sobran las últimas 30 ó 40 páginas) llegue al nivel de excelencia de la novela antecitada, y si la acabé es porque siempre me ha resultado muy violento dejar un libro hacia el final.

          Pero la novela resulta, con todo,divertida en sus mayores partes, pues que está escrita con plausibles dosis de sentido del humor y alguna que otra pincelada esperpénticas ---así en la p. 107, cuando la matriarca Adelaida sorprende a su hija Carola en un forcejeo erótico con Juan de Juanes, gañán ascendido a capataz por Alfonso María, ante el que, como es natural,caerá en desgracia a raíz de este episodio, "no llegó a desmayarse, solo notó un velillo acuoso que le empañaba la visión. Se quedó un punto indecisa, pero reaccionó de inmediato, componiendo sin decir palabra un solemne además tribunicio: señaló con el brazo extendido en dirección a la calle, el índice temblando de locuacidad y la mirada clavada en ese índice. Estatua imperiosa, solo le faltaba para ser ecuestre la comparecencia del potro asesinado", en las pp. 156-58, donde se nos da cuenta de que Ignacio, el hermano de Socorro, la mujer del prócer Alfonso María, es una especie de deficiente mental y sátiro que padece de satiriasis hiperestésica y se pasa el tiempo en su cuarto dando berridos, de modo que el cuñado tiene que llevarlo a un burdel para que se desfogue, al principio una vez por semana y luego cada dos o tres días porque al desdichadose le reproducía el ciclo frenético del celo. Y se adorna, por lo demás, con un muy rico vocabulario,notoriamente en las regiones semánticas que tienen que ver con la agricultura de las comarcas bajoandaluzas,la industria de transformación del vino,los coches y la crianza de caballos y las artes de la navegación (en el pasaje en que tres de los nietos del patriarca acompañados de una criada juegan a volver a hacer funcionar un viejo alambique --pp. 163-166--quien no lo sepa puede enterarse de qué son, por ejemplo, una damajuana, un serpentín o un lebrillo,en el de las pp. 55-56,la escota, el foque,trasluchar o la botavara, o en la p.100, hablando de las modalidades de enganche en los coches de caballos, limonera, tronco, trasillo, cuarta potencia, o en la p.63 crujías, duelas, describiendo el interior de una bodega). Hace asimismo gala de una sintaxis de andadura amplia y de resonancias clásicas ( el episodio del león ---pág. 202-204--- parece de evidentes resonancias cervantinas: "y se le iban los ojos del proveedor al león, del león al tabernero, del tabernero otra vez al proveedor", y es de notar el empleo bastante sistemático del imperfecto de subjuntivo en contextos donde el español moderno prefiere los pasados de indicativo, o los giros, entre otros, de hasta edad de sin ser notado, con mucha pedrería metafórica en las por lo demás muy meticulosas descripciones de personajes y situaciones. Lástima que una prosa tan culta caiga a veces en descuidos como el suprimir la preposición de en contextos como estar convencido de, tener la certeza de (tal como ocurre en las pp. 53, 88, 116 y 248, por ejemplo).


              El relato principia con el accidente doméstico del capellán de la casa, Don Ismael: "Tropezó tal vez con el mamperlán de un escalón, o tropezó con algo más insidioso que llevaba en la cabeza , y se fue incorregiblemente de espaldas , la sotana a guisa de pañolón y las magras piernas sometidas a una gimanasia estrambótica. No lo ayudó ni el ángel custodio ni el alivio superfluo de las risas de los primos ni la última jaculatoria que musitaría en vida, porque su nuca chocó de mala manera con uno de los angelotes del altar" (pág 12),una caída que le deja medio tonto para los restos, pues pierde el habla (mucho más adelante sabremos que está fingiendo) y tras una estancia en el hospital vuelve en una silla de ruedas con la que se dedica a darse paseos por toda la casa y meterse a curiosear donde no lo llaman. Este Don Ismael esconde un terrible secreto que lo ha atormentado toda su vida y que el lector solo descubrirá al final, cuando el cura ya ha muerto y se vean los papeles que ha dejado escondidos en un cofrecillo bajo llave que ha confiado al cuidado de una vieja criada. Tal cofre y su contenido, sobre todo la especie de confesión o desnudamiento de su alma que se transcribe en las pp. 133-35, habrá de convertirse, en la imaginación del narrador en 1ª persona, que solo más que mediada la novela nos enteramos de que es José Daniel, uno de los cuatro nietos del patriarca Sebastián,en un motivo recurrente y acaso símbolo al final de la inevitable decadencia de la estirpe. Un narrador- testigo, como se lo suele llamar, que acierta a contar las peripecias de la familia a veces con una suerte de distanciamiento irónico y otras con un indisimulado orgullo de casta.

             Se narra aquí la saga familiar-empresarial de los Romero -Bárcena, grandes propietarios de fincas y magnates de la industria vitivinícola de la Baja Andalucía, épica familiar cuyo ascenso, consolidación y principios de decadencia vienen coincide en el tiempo, grosso modo, con el decurso del siglo XX. Y así es desde el que podríamos llamar primer eslabón, al que solo se alude de pasada,el oscuro tendero Valeriano Romero, que a base de trabajo y privaciones primero y gracias a un buen matrimonio con la riquilla santanderina Purificación Bárcena después, consigue hacerse con algunas propiedades y dejar paso al hijo único de ambos, Sebastián, el verdadero patriarca y no menos verdadero espécimen de emprendedor y creador de riqueza,de quien se nos cuenta en las primeras páginas cómo tras una estancia en Londres vuelve a su tierra con los suficientes arrestos y visión del negocio como para comprar una bodega de almacenado, una fábrica de destilación y rectificación de alcohol vínico y una tonelería, cómo casó enseguida con la rica heredera Adelaida Conticinio, que aportó al matrimonio sus buenas hectáreas de viñedo y dehesas corcheras, su buen lote de yeguas de silla y otros dividendos en bodegas de crianza y fincas rústicas, cómo consiguió el ennoblecimiento con el rimbombante título de Conde de Malcorta y cómo se hizo construir una enorme mansión inspirada en unos viejos grabados de un palacio genovés que encontró por casualidad arrumbados en una bodega, cosa que encargó a un arquitecto inglés de prestigio, quien hubo de apañárselas para levantar algo solo moderadamente kitsch sobre los dibujos de fachadas, paramentos, balconajes y otros elementos que Sebastián le mostró. Sebastián es de natural apacible, paternalista y un tanto excéntrico---excentricidad que se acentuará con los años y llegará a su máxima expresión en sus postrimerías, ya casi ido al igual que su mujer Adelaida, lo que no le impedirá en absoluto ejercer la autoridad sobre los inferiores cuando éstos traspasan alguna de las líneas rojas, por emplear una resobada metáfora hoy muy en boga en boca de los políticos, ni cultivar las relaciones que le convienen: es amigo de Sanjurjo, a quien había visitado más de una vez en compañía del conde de Rodezno (pp.78-79), y al estar como su hijo Alfonso María ---si bien éste de modo más acorde con los ardores de la juventud---convencido de que sus intereses políticos se anclarían siempre en "un orden fervorosamente vinculado al prestigio social y a la fe verdadera" (p.79);y por tanto empieza a conspirar contra la República desde el mismo 31.

               A partir de ahí ---más o menos los cap.8-9 de los 27 en los que se divide el libro---la narración se centra básicamente en la figura de Alfonso María,hijo mayor de Sebastián y Adelaida, (y en menor mediada sobre sus hermanas Carola y María Patricia y sus cónyuges), enamorado de la caza (de la de las mujeres y de la propiamente cinegética), soberbio, con permanente derecho de pernada sobre alguna que otra criada u obrera de buen ver,orgulloso de su casta y con no pocos repujos de brutalidad, que sabrá tanto acrecentar el ya cuantioso patrimonio familiar como estar a la altura de las circunstancias en la hora suprema del Alzamiento del 36. Los padres, ya muy ancianos, y las hermanas sopesan la posibilidad de huir a Londres aunque finalmente desechan la idea,mientras que él se afilia en hora temprana a Falange, moviliza y organiza a las fuerzas vivas de la zona y tras la victoria ejerce el cacicato, con mano de hierro, en la comarca. Muertos los padres, Alfonso María se convierte en cabeza del clan y jefe de la familia, por cuyos intereses velará.

                El mayor contratiempo (pp.122-27), amén de la aparición de un caballo pura sangre asesinado por unos braceros descontentos, lo que acrecienta en él la paranoia de que se trata de la barbarie vengativa de los de abajo, empeñados en "demoler el santo edificio de la dignidad restaurada. (pág. 103), es que su hermana Carola, contra el criterio de la familia, que lo considera socialmente inferior y que para mayor escándalo está connotado como rojo por los informantes de Sebastián y Alfonso María, entra en relaciones con tal un Juan Claudio Vallon, modesto químico de origen francés empleado en una bodega, con el que se fuga y se casa en secreto. Antes Alfonso María ha de tragar la humillación de tener que retirarse ---tras un encuentro casual con Vellon en una venta, en el que éste se halla muy bien acompañado---y no poder descerrajarle al francés un tiro allí mismo como hubiera sido su deseo. Desaparecido Vellon en circunstancias que no se especifican, en la contienda civil, y tras un par de años de vana espera ---la pareja no ha tenido descendencia---Carola regresa al redil familiar y solo a duras penas recupera el afecto de los suyos, puesto que la familia se había conjurado, a su fuga, para ni siquiera volver a pronunciar su nombre. Pero su hermano Alfonso María, aunque tolera su presencia, jamás la perdona de verdad.

                  Poco a poco esta Carola irá convirtiendo al sobrino José Daniel, el narrador, (que establece al final de la novela sus fidelidades sentimentales, entre su atracción por la tía Carola y la ambigua relación de amor-odio con su primo Aurelio, al tiempo que levanta acta del desmantelamiento de la casa familiar, en el que no deja de ver---p. 252---"el reverso de la sombra de unos años vivificantes y contradictorios, de un tiempo que consistía de súbito en la circulación simultánea de muchas imágenes divergentes") en su preferido y objeto central de sus atenciones, correspondidas y deseadas por éste, hasta el extremo de que tía y sobrino llegan a tener un breve pero apasionado escarceo erótico (pp. 234-35), pasaje por lo demás un tanto forzado y adventicio, amén de muy sobado y como dejà vu( ¿dónde he leído yo algo parecido?. El calor húmedo e insoportable, como de los Trópicos, la lluvia, las mosquiteras .... ¿en Vargas Llosa?, ¿en García Márquez?, y no menos improcedente se me antoja la comparecencia, poco antes y como por arte de magia, de dos nuevos personajes en la casa, los hermanos, chica y chico, Dulcenombre y Quinín, a los que supone el narrador que va a utilizar el ya talludito prócer Alfonso María para sus solaces de voyeur p. 230).