miércoles, 21 de mayo de 2014

DE METÁFORAS Y ENFERMEDADES








 Susan Sontag. La enfermedad y sus metáforas. El Sida y sus metáforas. Barcelona. DeBolsillo. 2013
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       De la gran ensayista neoyorkina conocíamos tan solo su celebrado e influyente libro, muy comentado y criticado en su día, 1973, y reeditado una vez más en español hace tres años, Sobre la fotografía, y la extensa recopilación de ensayos que en 2002 publicó entre nosotros Punto de Lectura con el título de Estilos radicales. Sontag escribió el primero de los dos ensayos, que aquí nos ocupan y que ahora se reeditan juntos, en los ya lejanos fines de los setenta, cuando ella andaba por los cincuentaytantos, y lo escribió a matacaballo, al habérsele diagnosticado un cáncer al que los médicos que la atendían y ella misma estaban convencidos de que no iba a sobrevivir. Pero entonces se curó, dejando así en evidencia los sombríos pronósticos de los expertos, aunque años después la enfermedad se reprodujera y acabara matándola en 2003. El segundo---que se plantea como continuación orgánica del otro--- se redactó una década más tarde, cuando estaba en todo su apogeo el entonces reciente descubrimiento del SIDA ---más propiamente su fabricación -- ,cuando parecía que la pandemia, cual mortífero y vengativo rayo de Dios, iba a acabar con todo bicho viviente y, según ella aclara, cuando en los ambientes informados de todo el mundo, de Nueva York a París  lo mismo que de Singapur a Buenos Aires, cundía el pánico y no se hablaba de otra cosa.

        Hay que empezar consignando que estos dos escritos, tan concisos como brillantes, no admitirían, como cabría esperar y como de los títulos mismos se desprende, en modo  alguno el motete de ensayos médico-biológicos ---ni tampoco lo pretenden---,  aunque la autora sí maneja y se apoya en datos e informaciones clínicas y epidemológicas cuando así le conviene. Ni siquiera utilizan un punto de vista histórico o sociológico, por mucho que se manejen también datos de ese tipo, ni se trata en rigor de ensayos literarios ni filológicos, toda vez  que no se basan en el estudio sistemático de textos. Se trata de lo que podríamos llamar , con ciertas prevenciones, pensamiento metafórico, aun a sabiendas de que ella no era poeta. La Sontag  creo que pertenece a esa estela de pensadores y ensayistas de la trascendencia y la talla de un Cioran o de un W. Benjamin ---dos escritores por cierto muy dilectos y admirados para ella: al segundo lo cita profusamente en su ya mencionado libro sobre el invento fotográfico, de hecho parte en su análisis de las fulgurantes y tempranas intuiciones del alemán, y consagró al segundo un estupendo ensayo incluído en su otro anticitado libro---que, al reclamarse  de un modo de pensar que erige la metáfora en don máximo del lenguaje, parece sugerir que es este mecanismo el que posibilita los medios por los que se efectúa poéticamente ---y se comprende--- la unidad del mundo. Tal transferencia lingüística permite dar, en cierto modo, forma material a lo aparentemente invisible o, en otros términos, posibilitaría,si no aprehender, por lo menos atisbar las, como las llamaría  Baudelaire, correspondencias secretas  de las cosas. Me atrevo a sugerir que este estilo de pensar llega a menudo más allá ---y estos textos me parecen un ejemplo---de lo que llegaría un modo de pensar digamos lógico-sistemático o filosófico u otro inductivo-analítico o científico. Ambos, por lo demás, sobre todo el primero, son un precioso venero de citas, referencias y pasajes literarios cuya mayor parte me era desconocida. Como no podría ser  de otro modo, la propia experiencia de la autora como enferma de cáncer se integra naturalmente, un peu partout y como con sordina, en la andadura argumentativa de estos dos lúcidos ensayos: "(...) lo que más me enfurecía ---y me distraía de mi propio terror y desesperación(...) era ver hasta qué punto la propia reputación de la enfermedad aumentaba el sufrimiento de los que la padecían" (pp.113-114)


       La enfermedad es el lado oscuro de la vida, causa y objeto de nuestros terrores y obsesiones, y en este sentido ha venido ocupando desde los orígenes de la cultura un lugar central, así en el saber médico como en la tradición antropológica, el folklore y el imaginario popular. La tuberculosis y la sífilis en el siglo XIX--- aunque en verdad ya también desde la Antigüedad y el Medievo, donde los lugares estelares estaban reservados sin embargo para el cólera y la peste---, el cáncer en el XX y el sida desde fines de esa centuria han arrastrado enorme cantidad de asimilaciones metafóricas, discursos, intuiciones, proclamas y discursos médico-profilácticos, higienistas y político-reformadores, y han fecundado sobremanera la imaginación  y la tradición literarias. Desde la Antigüedad hasta hace relativamente poco, tuberculosis --- del latín tuberculum, diminutivo de tuber, bulto, hinchazón ---y cáncer --- griego karkínos  y latín cáncer, cangrejo: el nombre se adoptó, como es sabido, por el parecido entre las venas hinchadas de un tumor externo y las patas de un cangrejo---,venían a valer como casi equivalentes no tanto en la imaginación popular como en la clasificación científica: para ésta tipológicamente ambas dolencias eran la misma. La concepción moderna de las dos enfermedades no pudo quedar sentada hasta la aparición de la patología celular. El rasgo diferencial del cáncer, un tipo de actividad celular, y el hecho de que no siempre aparezca en la forma de un tumor externo ni palpable, pudo verse solo con el perfeccionamiento del microscopio y de hecho nadie había hasta mediados del XIX podido identificar la leucemia como una forma de cáncer.


     Fueron los románticos los que inauguraron una larga tradición, para la tuberculosis, de espiritualización de la enfermedad y sentimentalización de sus horrores. Se pensaba que la tuberculosis producía rachas de euforia, aumento del apetito y un deseo sexual exacerbado (así, en La montaña mágica los enfermos devoran cada mañana un segundo desayuno), el cáncer, en cambio, arruina la vitalidad, estropea el apetito y apaga el deseo. La tuberculosis se veía como una desintegración, significaba ante todo fiebre, consunción, era una enfermedad de líquidos; el cáncer en cambio era degeneración, los tejidos del cuerpo se volvían duros: un año antes de morir de la enfermedad, en 1892, Alice James se refería en su diario a " esa impía sustancia de granito que llevo en mi pecho" (p. 23). Se imaginaba al cáncer como una especie de feto vivo, con su propia voluntad: en 1798 Novalis ´lo definía en su proyectada Enciclopedia como "parásitos acabados, crecen, son engendrados, engendran, tienen su estructura, secretan, comen". El cáncer era visto como una suerte de gravidez demoníaca. La tuberculosis es una enfermedad de tempo lento, acelera la vida, la pone de relieve, la espiriualiza; el cáncer no evoluciona de forma progresiva, sino que avanza por etapas y llega eventualmente a su fase terminal. Todas las caracterizaciones del cáncer lo describen como lento y así se usó primeramente como metáfora: en fecha tan temprana como 1382 ya escribió Wycliff, traduciendo un pasaje de Mateo, 22, 17, "Su palabra se extenderá como un cáncer". Se creía asimismo que en tanto la tuberculosis era relativamente indolora, el cáncer producía espantoso dolor. Metafóricamente, además, la tuberculosis, como enfermedad de los pulmones es una enfermedad del alma , mientras que el cáncer, que puede afectar a cualquier órgano, incluso los más groseros, lo es del cuerpo. Los románticos ---y los escritores posteriores a los que se puede adscribir a ese pathos o sensibilidad, como Thomas Mann o Gide--- moralizaron la muerte de un nuevo modo: la tuberculosis disolvía el cuerpo, estigmatizado como grosero, volvía etérea la personalidad, dignificaba y ensanchaba la conciencia. Thoreau, que tenía tuberculosis, llegó a escribir en 1852: "la muerte y la enfermedad suelen ser hermosas, como la fiebre tísica de la consunción"(p.29-30). Mitologías tales permanecen aún hoy bastante arraigados en la mentalidad popular: se pensaba que la tuberculosis provenía de un exceso de pasión que afectaba ante todo a los temerarios y sensuales, a los especialmente sensibles, a los artistas, mientras que los cánceres se atribuyen a los tristes, los reprimidos sexuales, tímidos, inhibidos y poco espontáneos, incapaces de cólera: en El inmoralista de Gide el héroe contrae la tuberculosis cuando reprime su verdadera orientación sexual, cuando llega a aceptarla y vivirla, se cura (pág. 34). Pero los testimonios literarios no siempre coinciden: para los Goncourt, la muerte por tuberculosis de su amigo Murger se debe a que a éste le faltaba "la vitlalidad necesaria para soportar el sufrimiento" y en el magistral relato de Joyce Los muertos, el que cierra Dublineses, Michael Furey, el amante de juventud de Greta, muere porque "era muy  delicado", según explica ella a su marido, que es en cambio hombre"fornido, más bien alto, viril" (35-36). Se celebra así pues la tuberculosis como de la víctima nacida para víctima, propia de gente sensible y pasiva, sin la bastante fuerza para la lucha por la supervivencia; a este respecto escribe Sontag: " lo que las somnolientas y casi evanescentes beldades de la pintura prerrafaelista llegan apenas a sugerir se vuelve explícito en las demacradas niñas tuberculosas de ojos hundidos pintadas por Edvard Munch " (pág. 36).




         Sin duda muchas figuraciones eróticas y literarias llamadas de agonía romántica se han generado en la tuberculosis y en sus transformaciones metafóricas. La agonía se volvió romántica, por ejemplo,  en la descripción estilizada de los síntomas preliminares de la enfermedad, la debilidad se torna languidez: escribe T. Gautier: "cuando joven, no habría aceptado como poeta lírico a nadie que pesara menos de cuarenta y cinco kilos. (p.40). Poco a poco, el aspecto tuberculoso, símbolo de una vulnerabilidad atrayente, fue convirtiéndose en el aspecto ideal de la mujer. Y aún más: la enfermedad era un modo de volver interesantes a las personas, que parecía venir  a ser por otra parte la definición original de romántico: Schlegel, en su ensayo de 1795 Sobre el estudio de la poesía griega, propone "lo interesante" como ideal de la poesía moderna, y Novalis escribía en 1799  "el ideal de la salud perfecta solo es interesante científicamente". El tratamiento romántico de la muerte ---y el irrefrenable narcisismo del sedicente artista llega al extremo en la siguiente anécdota de Byron (cit en pág. 41-42): le dijo un día, mirándose en el espejo, a su amigo tuberculoso Tom Moore, que lo visitó en Atenas en 1810 "estoy pálido, me gustaría morir de consunción. ¿Por qué ---preguntó el otro--- porque todas las damas dirían mirad al pobre Byron, qué interesante parece al morir". No obstante, ya se ha dicho más arriba que la visión metaforizada de la enfermedad es a veces contradictoria, aun en el mismo autor. En La muerte en Venecia es la pasión o su exceso lo que provoca el derrumbe de Aschenbach, es decir, lo que en él había de timidez, inhibición, melindrería. En La montaña mágica la tuberculosis promociona  y espiritualiza a Hans Cartop, se hará más singular e inteligente. En el primer caso el cólera es la penalización de un amor secreto, simplifica un yo complejo, en el segundo la tuberculosis  singulariza y eleva al héroe, que de rico y panzudo burgués que era casi queda convertido, al haber contraído la enfermedad, en artista.

   
Tanto en el cáncer como en la tuberculosis, a veces la mente traiciona al cuerpo ("Mi cabeza y mis pulmones se han puesto de acuerdo a mis espaldas", decía Kafka a Max Brod en una carta de setiembre de 1917 --cit. p.52---), otras veces es al revés, es el cuerpo el que traiciona los propios sentimientos  ( en El cisne negro, una de las últimas novelas de Mann, la heroína, enamorada como una colegiala, pese a su edad, de un muchacho mucho más joven, toma como reaparición de la regla, que ella atribuye naturalmente a su enamoramiento, lo que no es sino la hemorragia, síntoma de un cáncer que la está devorando). Pero  donde las diferencias en la percepción de cáncer y tuberculosis es más nítida es cuando se considera el caso de los llamados grandes hombres. El tuberculoso podía ser un proscrito o un marginado ---pero no siempre, como se ha visto--- el canceroso, en cambio es siempre un perdedor. El cáncer del que murió Napoleón, como el de Ulysses Grant o el de Robert Taft habría sido la consecuencia ante las ambiciones truncadas y la final derrota política. Más dudoso parece el caso de Freud o de Wittgenstein, a quienes difícilmente se podría tildar de perdedores: aquí se trataría más bien del horrible castigo por haber reprimido sus instintos toda la vida. El caso de otra larga lista de celebridades muertas de cáncer (Keats, Poe, Chejov, Simone Weil, Emily Brontë y otras  puede saldarse tanto como una apoteosis o como el justo castigo o punición de un fracaso (p. 61) dependiendo evidentemente de lo que se piense de esas personalidades.




        Hoy en día, quizá porque la depresión ---sin duda uno de los grandes ítems de la vida moderna, todo el mundo está deprimido, la depresión se está convirtiendo en una gran industria, como la moda o la cosmética dirigida a los homosexuales--- resulte tan poco romántica y haya desplazado la idea romántica de la melancolía, ya casi no se puede imaginar un tipo romántico depresivo. Más exactamente: la depresión sería una especie de melancolía sin encanto, sin halo romántico alguno. Hay toda una literatura y una ingente masa de investigaciones destinadas a fundamentar o por lo menos apoyar una teoría de las causas emocionales del cáncer. El establishment médico norteamericano no deja de bombardear, por ejemplo, con estudios e investigaciones que demuestran la correlación entre cáncer y algún tipo e dolor o desgracia: un alto porcentaje de enfermos dicen estar deprimidos o insatisfechos por haber perdido a un padre, un esposo, un amante o un amigo íntimo; viene entonces ese lenguaje tan  fácil de la obsesión y la queja por la soledad, la falta de afecto o las relaciones nunca del todo satisfactorias. En el siglo XIX se pensaba que los pacientes de cáncer lo habían contraído luego de una vida sobrecargada de trabajo e hipertensa; hoy, en cambio, parece creerse que afecta mayormente a gentes solitarias, pusilánimes o socialmente no muy activas. Otras opiniones decimonónicas minan más que apoyan las ideas más recientes del siglo XX, puesto que parecen perfilar como enfermo ´de cáncer al tipo maníaco o maníaco-depresivo: el médico ingles Astley Cooper decía en 1845 que "la aflicción y el ansia", cit. p. 66, "estaban entre las primeras causas del cáncer de pecho". Tal base emocional parecía valer también para la tuberculosis: en 1920, cuatro décadas después de que Koch descubriera el bacilo que causa la enfermedad, Kafka escribía a Milena: "Estoy mentalmente enfermo". La enfermedad de mis pulmones no es más que el desbordamiento de mi enfermedad mental" (p. 67). Semejante proceso no ha hecho más que acentuarse en nuestra época, en gran parte por la popularidad, la fuerza persuasiva y la colonización de otras zonas del saber por la Psicología, a lo que se añade el hecho de que la negación y ocultamiento de la muerte, típicos de nuestra cultura, esté provocando una ampliación de la categoría de la enfermedad misma: hoy a cualquier desviación de la conducta social normal ya se la puede considerar una patología y además toda patología se puede enfocar psicológicamente.




     Los cap. 8 y 9 (pp. 71-103) los dos últimos del libro correlacionan y rastrean la figura de la concepción punitiva de la enfermedad  y la percepción de ésta como contagio de lo ajeno, de lo otro, de lo que viene de fuera, en la tuberculosis y cáncer en comparación con la sífilis, la lepra y la peste, sobre todo en las visiones que se tenían de esas enfermedades en el XIX y primer tercio del XX, aunque sin desdeñar referencias a épocas más pretéritas. Cualquier enfermedad importante, de orígenes oscuros y curación difícil, puede ser objeto, en la imaginación popular y a menudo también en las opiniones consideradas autorizadas, de las más delirantes visiones y teorías y, por supuesto, deviene una cuestión crudamente política y moral: en inglés pestilence (peste bubónica) dio pestilente (apestado), cuyo sentido figurado según el Oxford English Dictionary es "ofensivo para la religión, la moral o la paz pública, y pestilential, que vale por "moralmente nefasto o pernicioso". (p. 72). La comparación entre enfermedad y desorden civil se remonta por lo menos a Maquiavelo y a  Hobbes (pp. 91-93) y encuentra sus últimas y más violentas manifestaciones en Trotsky o en Hitler (pp- 96-97) : el primero escribía en 1938 a su correligionario Ravh :" Ciertas medidas son necesarias para luchar contra los errores teóricos y otras para luchar contra una epidemia de cólera. Stalin está inmensamente más cerca del cólera que  de error teórico. La lucha ha de ser intensa, truculenta, despiadad(...) "esa sífilis del estalinismo, ese cáncer que hay que cauterizar  con un hierro candente en el movimiento obrero"(cit. en nota en p. 96), y Hitler clamaba ya en sus más tempranos mítines contra los judíos al acusarlos de producir "una tuberculosis racial entre las naciones", de modo que el uso de la imaginería patológica en la retórica política resulta masivo en nuestra época moderna. Los ejemplos constituirían una lista inacabable, y la autora se refiere a otros casos posteriores a los citados,  donde esa imaginería se utiliza como arma arrojadiza y método de combate: la Banda de los cuatro en la China de los setenta, el caso Watergate o las guerras árabe-israelíes de las últimas décadas.  Todas aquellas enfermedades,así pues, de causas supuestamente múltiples, ofrecen por supuesto abundantes  posibilidades para usarse como metáforas de lo que se considera el mal. Y si durante el último siglo y medio, la tuberculosis fue salvo excepciones el equivalente metafórico de la delicadeza, la sensibilidad, la tristeza, la melancolía, connotativamente también del espíritu artístico, en  tanto que el cáncer lo fue de lo brutal, implacable, rapaz, no es menos cierto que  aquélla  era al mismo tiempo la enfermedad del yo enfermo, mientras que éste es la enfermedad de lo Otro. Perfectamente congruente y funcional a lo anterior se nos aparecen así las metáforas de origen militar, que ya cristalizaron  en Medicina hacia 1880, cuando se identificaron las bacterias como agentes patógenos. Estas invadían el cuerpo, se infiltraban en él, que convertido en fortaleza tenía que resistir el asedio de aquéllas. La utilización de imaginería metafórica, en particular de la militar,  aplicada al mundo de la enfermedad cesará, concluye la autora, acaso un tanto voluntarística o ingenuamente, cuando "gracias al avance del lenguaje terapéutico" (p. 101) se conozcan mejor las causas racionales de las enfermedades , y entonces "el cáncer como metáfora caerá en desuso".



       Se echa de menos, en fin, y ello es a mi juicio una lástima, que Sontag no haya insistido lo suficiente ---o haya pasado como de puntillas---en los a menudo perversos y mortíferos efectos colaterales de sufrimiento y dolor gratuitos (que ya tienen bastante de por sí) que provoca en los enfermos de modo dictatorial el poder médico instituido, con todo su aparato tecnológico y profiláctico. Y no me refiero solo al llamado, en este caso nada metafóricamente encarnizamiento, aunque esto tampoco resta mucho al libro ni le priva de sus extraordinarios lucidez y valor.



       La aparición del sida a mediados de los ochenta vino a reeditar y a aumentar si cabe el uso de la imaginería metafórica, de raíz militar o no, como en las otras enfermedades consideradas, y a exasperar los miedos y demonios de las llamadas sociedades industriales avanzadas. Hay no obstante algunas peculiaridades: el sida tiene una genealogía metafórica dual: en tanto que microproceso, se lo describe igual que el cáncer, es una invasión, pero al hablar de su transmisión se echa mano de una metáfora más antigua, que tiene reminiscencias de la sífilis: la polución, puesto que se transmite a través de fluidos sanguíneos o sexuales de los individuos infectados. Sontag reproduce (p. 120) un fragmento de un artículo de Time de agosto del 86, un ejemplo perfecto de paranoia política en una oscura jerga biológico-guerrera con atrezzo de guerra de las galaxias, donde se describe la infección como si fuera una especie de guerra para la que nos están preparando los fantasiosos delirios de algunos de los líderes y comunicadores y el lenguaje de los videojuegos. Y es que el uso político del sida resulta aún más descarnado y desnudo que en el complejo entramado metafórico aplicado a la sífilis, la tuberculosis o el cáncer. Como la sífilis, conocida por generaciones de médicos como la gran máscara, el sida es una construcción clínica, una inferencia implementada por los discursos médicos que solo adquiere identidad a partir de una larga lista de síntomas que significan que lo que el paciente tiene es precisamente esa enfermedad. Hay tanta confusión y oscuridad en el asunto que parece que la construcción de la enfermedad se funda en la invención no solo del sida sino en una especie de pre-sida llamado complejo relacionado con el sida (CRS), etiqueta que se cuelga a los que muestran síntomas "precoces" y a menudo intermitentes de un déficit inmunológico, como fiebres, pérdida de peso, hinchazón de las glándulas linfáticas etc. Pero lo específico del sida es su secuencia temporal: al contrario que el cáncer, por ejemplo, que avanza por el cuerpo, viaja o migra, es decir, es una enfermedad de la geografía del cuerpo, el sida, como la sífilis, depende de una secuencia temporal, avanza digamos por etapas. La sífilis, por cierto, de la que se dice que logró adquirir un significado paradójicamente positivo en Europa a fines del XIX y principios del XX, al relacionársela con una especie de "sobreactividad mental": En Doktor Faustus, de Mann, el héroe, compositor,   es víctima de una sífilis voluntaria al haber acordado con el diablo que éste se la incruste en el sistema nervioso central, obtiene así en pago veinticuatro años de maravillosa inspiración y creatividad, y Cioran recuerda cómo en la Rumanía de principios de los años veinte, la sífilis formaba parte de sus ensoñaciones adolescentes de gloria literaria: si contraía la sífilis, disfrutaría de algunos años de genialidad hasta hundirse en la locura (p.126). Pero ni el sida ni el cáncer dejan el menor resquicio para la romantización ni la sentimentalización,  lo más probable porque se hallan demasiado brutalmente asociados a la idea y al horror de la muerte. El sida, y no por casualidad, se presta muy bien, como cualquier enfermedad infecciosa con tacha sexual, al miedo al contagio fácil y provoca curiosas y delirantes fantasías de transmisión, y como toda enfermedad epidémica asociada a lo sexual genera una distinción, harto preocupante y sospechosa, entre los grupos de riesgo o portadores putativos de la enfermedad (sobre todo negros y homosexuales varones)  y la población sana o población en general (connotativamente  de orden o de vida saludable) según normas dadas por los propagandistas de la corrección política y por burócratas e ideólogos en general.

      Con la proliferación de test biomédicos, a consecuencia de la histeria general, se está llegando a crear una nueva clase de parias vitalicios, una especie de enfermos del futuro, puesto que el sida, que hace que las personas sean consideradas enfermas antes de estarlo, que produce lo que parece ser una serie inacabable de síntomas de enfermedad para los que solo hay paliativos, provoca en definitiva una muerte social antes de la muerte física. El sida es más vergonzante que cualquiera de las enfermedades anteriores, pues si las familias solían esconder al paciente un diagnóstico de cáncer, ahora es el paciente mismo quien esconde a su familia el diagnóstico del sida. En pp 143-151 compara Sontag, con finura e incluso con notable sentido del humor, las fábulas, truculentas y aterradoras, que ahora adornan al sida con las que se aplicaron a enfermedades anteriores (sig. XVIII y XIX en tiempos en parte posteriores a los descubrimientos de Pasteur y de Koch),  igualmente terroríficas, como la rabia (particularmente en Francia), la lepra y la polio, unificadas las tres a partir del mito de las atmósferas patógenas  y de las miasmas. El sida, por el contrario, es ante todo metaforizado como una peste, y de manera curiosa, por efecto del sida, la errónea identificación del cáncer con una epidemia parece irse evaporando: el sida ha banalizado el cáncer, pero ha infundido nuevo vigor a la viejísima idea de la enfermedad como un castigo, que ya se halla en Paracelso: refiriéndose a la sífilis ---cuya transmisión sexual ya se había entonces  descubierto--- se refiere a ella como "esa inmunda enfermedad que había invadido la humanidad(...) que lo inundó todo y que en castigo por la licenciosidad general inflingió Dios" (p155) Al igual que las pestes y las sífilis, el sida viene de fuera: se dice que nació en el   continente negro, que de ahí pasó a Haití , luego a Estados Unidos y de ahí al mundo entero, pero algunos gobiernos africanos s han vengado de tal afrenta propalando el bulo de que el sida fue fabricado clandestinamente en los laboratorios de la CIA, enviado al continente africano y devuelto a los USA por misioneros estadounidenses homosexuales (159).

        Las pestes ( en general, en el sentido de enfermedades pandémicas) siempre se han considerados como juicios a la sociedad, la paradoja, pero quizá solo aparente, es que el sida ha venido a desplazar la explotación moralizadora de la enfermedad desde la sociedad al individuo (pero no del todo, hay, claro, grupos de riesgo) en una época, la nuestra, en que se había vuelto ya muy difícil moralizar sobre las epidemias, salvo quizá las de transmisión sexual. El sida, en suma, conviene como mito, como objeto de manejo político a todas las ideologías políticas autoritarias: un ministro sudafricano de uno de los últimos gobiernos del Apartheid declaró campanudamente" Los terroristas nos llegan ahora con un arma mucho más terrible que el marxismo: el sida" (p 171) El sida se usa pues, y desaforadamente, como metáfora, aunque tenga un potencial metafórico diferente del  que tiene el cáncer, su potencial como metáfora radica, más que en la latencia, en la contaminación y en la mutación, y de ambas cosas cita Sontag ejemplos en prohombres del establishment norteamericano y de líderes árabes y judíos (pp. 177-179), además de dar nuevas alas al reaccionarismo moral americano de la era Reagan y su preconización de la vuelta a los valores tradicionales. Pero aún hay más, y puede que esto sea lo más peligroso en términos políticos: puede que el sida este difundiendo la propensión a  que la gente se deje influir por visiones de destrucción general o de apocalipsis, que tanto convienen a los poderosos de este mundo, y que ya se dieron en parte en los años cincuenta, en lo más álgido de la guerra fría y la proliferación de armas nucleares.
    

jueves, 15 de mayo de 2014

GENOCIDIO, JUSTICIA Y RAZÓN DE ESTADO







Hannah Arenddt. Eichmann y el Holocausto. Madrid. Taurus. Colección Great Ideas. 2012.
      Cayó en mis manos hace unos días este librito ( al muy módico precio de 1 euro, gracias a que un muchacho gitano, casi un adolescente, lo tenía a la venta en una de las entradas del Retiro junto a una docena de libros más, todos ellos morralla prescindible, alguno incluso de ésos que llaman de autoayuda) y tras ojearlo un momento me entero de que no es sino una especie de antología o selección de largos extractos del mismo que en su día,1963,se publicara con el título de Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, del que mucho se ha escrito y del que ya había oído hablar desde hace años, pero que no había tenido ocasión de leer. Puesto que el texto digamos original, al que aquí se ha cambiado el título, resulta ser no mucho más extenso, es lógico suponer que uno puede darse por satisfecho con lo  ahora republicado, que verosímilmente vendrá a constituir lo esencial de aquél . La curiosidad se me hizo irrefrenable porque se da el caso, además, de haber visto hace unos meses la que me pareció excelente película de Margarethe Von Trotta Hannah Arendt, cuyo guión se basa en el libro. Y la verdad éste vale la pena y no tiene desperdicio. La filósofa judía, que como se sabe tuvo de jovencita, cuando era estudiante, una tormentosa liaison, de la que se da cumplida ilustración en la película de Von Trotta, con su entonces maestro directo Heidegger ---que como es no menos sabido se convertiría al poco en defensor y propagandista del nazismo---tuvo no pocos problemas nada más publicado el texto. Hubo de soportar toda una campaña de calumnias y difamaciones, de la que se ofrece lúcida noticia en el Postscriptum que ocupa las páginas finales (127-153), desde los medios del judaísmo oficial, al que se le hacían harto incómodas y  molestas algunas de las tesis y aseveraciones del libro (notablemente el asunto, bien documentado al menos desde la monumental investigación de Raúl Hilberg  La destrucción de los judíos europeos, del colaboracionismo de la mayor parte de los dirigentes de las organizaciones judías, y la no menos espinosa cuestión de las oscuras razones de Estado, del de Israel y del de la RFA, que de algún modo exigían la fabricación del tranquilizador mecanismo del chivo expiatorio).
       Estamos ante una prosa  límpida, tersa, acerada, podría decirse que perfectamente funcional a lo bien montado  de sus mecanismos razonadores, a su pasión por la verdad y a lo sólido y muy difícil de desmontar de su potencial argumentativo. Para combatir  la fantasiosa tesis----fabricada desde el principio por el tribunal israelí que juzgó a Eichmann, tribunal que no tuvo ningún empacho en acudir incluso a falsos testimonios--- de la "total responsabilidad de Adolf Eichmann" y de que "una mente estaba detrás de todo", reconstruye la autora tanto los inicios de la carrera política de aquél en las SS, marcados por su obsesión por ascender en el escalafón---declaró en el juicio que la mayor amargura de su vida había sido no haber podido pasar de Standartenführer o coronel de las SS-- como el perfil y los rasgos básicos de su personalidad, un hombre taciturno y gris cuya única preocupación parecía ser el cumplimiento del deber  o, lo que viene a ser lo mismo,  la  máxima eficacia en la realización de las tareas que como funcionario del partido se le encomendaban. Aunque se trataba pues de una mente y un espíritu puramente funcionarial o burocrático, de modo que hubiese desempeñado con igual eficacia cualquier otro trabajo distinto al de organizar la deportación masiva, lo cierto es que Eichmann , cuando su primer jefe, un tal Von Mildestein, le ordenó ocuparse de la cuestión judía, llevó su puntillosidad al extremo de leer  la obra clásica del sionismo, Der Judenstaat, de Theodor Herzl (muy probablemente el único libro que alcanzó a leer en toda su vida, puntualiza Arendt) e incluso de aprender un poco de hebreo, lo que le permitió seguir, siquiera fuese a medias, los periódicos en yiddish.  Desde entonces parece fuera de toda duda  que Eichmann quedara fascinado por el mundo judío y se convirtiera, de hecho, en un sionista. Esto último pudiera acaso parecer algo escandaloso, aunque bien mirado no lo es tanto: al igual que los judíos sionistas (no así, obviamente, los asimilacionistas), pensaba que la judía era una civilización aparte, inasimilable a ninguna otra, y que como tal debía vivir sin mezclarse con otras culturas o sociedades. De ahí la insistencia de Herzl mismo en la necesidad del regreso a Palestina y la relativa aquiescencia que algunos dirigentes judíos mostraron años después para con la posibilidad ---que algunos jerarcas nazis  barajaron antes de optar por la solución final en el célebre cónclave de Wandsee de 1941, al que Eichmann asistió, emocionado porque al fin podía ver con sus propios ojos a los jefes supremos, los Heydrich, los Ribbendropp, los Müller y compañía, esto es, la vieja y amada por él burocracia del partido--- de una deportación masiva a Madagascar para fundar allí un  Estado Judío.



       Como carecía de sentido moral, no se planteaba las consecuencias de lo que hacía, éstas se le aparecían como indiferentes, y en este sentido es en el que habla Arendt, lo que tanta incomprensión le acarreó, de banalización del mal. Entendámonos: Eichmann fue evidentemente un criminal repulsivo como todos los demás jerarcas nazis ( no pocos de ellos mucho más inteligentes y perversos que él),  pero eso no excluye el matiz ni la relativización, que es siempre el estadio más próximo a la verdad. No en vano afirma Arendt que el texto alemán del interrogatorio, grabado por la policía, con sus páginas corregidas y aprobadas por Eichmann "constituye una verdadera mina para un psicólogo, a condición  de que sea lo bastante sensato para comprender que lo horrible puede ser no solo grotesco sino completamente cómico" (pág. 25), comicidad acentuada por el leve tartamudeo que padecía el acusado, que confundía con frecuencia palabras y frases hechas , y que incluso en su época escolar había sido tratado al parecer de una moderada afasia. Arendt subraya en varios pasajes el acentuado contraste entre la relativa insignificancia del personaje, con sus continuas contradicciones, sus muecas, entre tremebundas, patéticas e infantiloides, sus sobradas muestras de pocas luces e inteligencia y sus esporádicos ataques de cólera (sobre todo cuando un testigo proclamó que lo había visto asesinar a palos a un muchacho judío, cosa que tiene todo el aspecto de falso testimonio dado el carácter de Eichmann, muy preocupado siempre de no mancharse las manos personalmente) y el escenográfico aparato propagandístico que rodeó el juicio. En fin : "A pesar de los esfuerzos del fiscal, cualquiera podía darse cuenta de que aquel hombre no era ningún monstruo, pero en realidad se hizo difícil no sospechar que no fuera un payaso (p. 34)". Eichmann no tenía, así pues, problemas de conciencia, quizá porque su psique ordenancista y volcada hacia la despersonalización  burocrática le había provocado  una  especie de insensibilización brutal, quizá porque la poquedad de su inteligencia no le daba para llegar a tenerlos o quizá por ambas cosas. Quien, no es que los tuviera, sino que sabía cómo solucionarlos cuando aparecían, era por ejemplo Himmler ---acaso, con Speer, el más diabólico y manipulador de los dirigentes nazis--- que en sus célebres soflamas a los comandantes de los Einsarzgruppen y a los altos jefes de las SS y de la policía solía inventar eslóganes que acababan haciendo fortuna. Decía cosas como (cit. pág 54) "La orden de solucionar el problema judío es la más terrible orden que una organización podía jamás recibir. Sabemos muy bien que lo que de vosotros esperamos es algo sobrehumano, esperamos que seáis sobrehumanamente inhumanos". Por cierto, el único de estos eslóganes que Eichmann parecía recordar (y que repitió muchas veces, como si fuera un mantra, durante el juicio , ante la exasperación de los jueces, era "Estas son batallas que las futuras generaciones no tendrán que librar", refiriéndose obviamente, además de al exterminio de los judíos, al peculiar método nazi de solucionar el problema de los gitanos, de los niños enfermos, de los viejos y demás bocas improductivas. El problema de la conciencia, es decir, el de eliminar la piedad meramente instintiva que todo ser humano normal suponemos que experimenta ante el espectáculo del sufrimiento ajeno, lo solucionaban los nazis --- y en realidad cualquier aparato o sistema de poder de no importa qué tipo--- con el mecanismo, simple pero probablemente muy eficaz, de invertir la dirección de aquellos instintos, en fabricarse una especie de perversa piedad de sí mismo, de modo que el asesino en masa se diría algo como "Qué sacrificado soy, qué horribles espectáculos me veo obligado a contemplar en el sagrado cumplimiento del deber, qué dura es mi misión etc".




      Para ilustrar hasta qué punto la inmensa mayoría del pueblo alemán estaba entregada en cuerpo y alma al delirio nazi ( y por eso hay que tomarse con mucha prudencia el alcance de la famosa y fallida conspiración de julio del 44l liderada por el conde Von Stauffenberg , para asesinar a Hitler y negociar una paz con los aliados, que Arendt analiza agudamente en las pp. 45-51) cuenta Arendt, apoyándose en el testimonio del novelista  Reck-Malleczewen, que acabaría muriendo en un campo de exterminio, que en 1944, cuando Alemania ya tenía sobradamente perdida la guerra, una dirigente nazi acudió a unas cuantas aldeas bávaras para pronunciar unas charlas que elevaran la moral de los campesinos. La tal señora no gastó mucho tiempo en alabar las armas milagrosas que les darían al final la victoria, sino que se enfrentó directamente con la perspectiva de la derrota, posibilidad que no debería inquietar a nadie porque "el Führer, en su gran bondad, tiene ya preparada para todo el pueblo alemán una muerte sin dolor, mediante gases" (p. 63). En vez de tirarla al río o apedrearla, que hubiera sido lo humanamente esperable, aquellos campesinos regresaron a sus casos meneando la cabeza. Y es que ese y no otro parece ser según algunos el verdadero problema, no la responsabilidad personal de Eichmann o de cualquier otro, sino la de todo un pueblo. Y si grande y casi inexpiable es la responsabilidad del alemán, ¿qué decir de aquellos judíos que colaboraron con más o menos entusiasmo en su propia destrucción ? No pocos dirigentes judíos, por egoísmo, ambición, pusilanimidad o por una errónea noción del humanitarismo, colaboraron en algún grado con los nazis, así (p. 76 y ss) Chaim Rumkovski, decano de los rabinos de Lodz, que se hacía llamar Chaim I, emitía moneda con su firma y sellos de correos con su efigie y  se paseaba por las calles en un coche de caballos, o Leo Baeck, ex rabino mayor de Berlín, que ocultó la verdad a sus hermanos de raza porque "vivir en la espera de la cámara de gas hubiera sido aún más terrible", o Adam Czerniakov, presidente del Consejo Judío de Varsovia, que terminaría suicidándose sin duda acuciado por sus problemas de conciencia, o los dirigentes de menor nivel que en las comunidades de Budapest, Ámsterdam, Varsovia y de todos los sitios colaboraban facilitando a los nazis listas de personas con expresión de sus bienes, obtenían dinero de los condenados a la deportación, llevaban un registro de las viviendas vacías etc, para no hablar de los que toleraron de buen gusto el entrar a ocuparse de tareas administrativas y policíacas (como quedó debidamente documentado en el juicio y han demostrado investigaciones como la citada de Hilberg,, las últimas cacerías de judíos en Berlin, por ejemplo, fueron obra exclusivamente de la policía judía). Es pues evidente que para los judíos el papel que desempeñaron sus dirigentes en la destrucción de su propio pueblo constituye uno de los capítulos más tenebrosos e incómodos de su historia, y no lo es menos que, en el juicio a Eichmann, "la postura de la acusación hubiera quedado debilitada si se hubiera visto obligada a reconocer que la determinación de los individuos que debían ser enviados a la muerte era salvo escasas excepciones tarea de la administración judía" (p. 78) y, aún más, que la actuación de los jueces tendió en todo momento a evitar --aunque como se ha visto no lo consiguió del todo---que estos hechos salieran a la luz, lo que hubiera puesto en un brete a la Administración Adenauer. La comparecencia en el juicio de testigos que participaron, por el contrario, en la resistencia judía---que también la hubo, afortunadamente--- dejó claro que la tarea material de matar (fueron comandos judíos quienes trabajaron en las cámaras de gas y en los crematorios, quienes arrancaban a los cadáveres los dientes de oro, cavaban las tumbas y las volvían a abrir para no dejar rastro de los asesinatos masivos y técnicos judíos quienes construyeron las cámaras en Theresienstadt, por ejemplo, donde la autonomía de los judíos llegó a ser tal que incluso el verdugo encargado de la horca lo era) quedó en manos de los judíos y, como escribe Arendt (p.82-83) "contribuyó a disipar el triste espectro de cooperación universal, la sofocante y emponzoñada atmósfera que rodeó la Solución Final".


      La pena a muerte para Eichmann era, en fin, lo que casi todo el mundo esperaba y lo que satisfizo a casi todos, aunque a última hora --el procedimiento de apelación duró solo una semana--- parte de la prensa israelí y algunos altos funcionarios del Estado hebreo propusieran otras soluciones como la condena a Eichmann, de por vida, a trabajos forzados en el desierto del Neguev. Martin Buber calificó la ejecución (cit p. 104) de "error de proporciones históricas" por cuanto "serviría para que muchos jóvenes alemanes expíen sus sentimientos de culpabilidad", aunque, como argumenta en este caso no sé si muy convincentemente Arendt (pp. 105 y ss)  esos sentimientos de culpabilidad resulten no pocas veces más que dudosos, al tratarse  de un refugio en un sentimentalismo barato ante la presión de otros problemas más acuciantes y actuales para ellos,como la preocupación por el éxito en sus trabajos y carreras, por ejemplo. Digo que no sé si muy convincentemente porque no es desde luego ésa la impresión que yo he tenido en el trato con algunos no ya hijos, sino nietos de los verdugos: el sentimiento de culpa y vergüenza por lo que hicieron sus ascendientes me pareció sincero. En todo caso, las interpretaciones según las cuales el acusado simbolizaba el pueblo alemán en general, el antisemitismo en todas sus formas tal como se ha dado en el mundo contemporáneo y, aún más, la naturaleza humana e incluso el pecado original suponen salirse por la tangente, obvian la cuestión esencial y resultan un tanto delirantes; se diría incluso, como anota con agudeza Arendt, que parecen diseñadas a la medida de aquéllos que están obsesionados por descubrir "un Adolf Eichmann en el interior de cada uno de nosotros"(p.134).


        Digo que orillan la cuestión esencial y no favorecen el entendimiento racional del asunto, a lo que sí contribuye, en cambio, este libro. Entendimiento que no es otro sino el de comprender lo que dio de sí al cabo el tan sobado fantasma inventado por Hitler y por Goebbels ( y, lo que es peor, creído por millones de personas) de "la batalla del destino del pueblo alemán" ( der Schicksalskampf des deutschen Volkes). Y es que el antecitado libro de Hilberg, éste que comentamos y otros demuestran sin lugar a dudas cómo la explicación de la Shoah sigue siendo una cuestión abierta aún hoy y cómo una abigarrada conjunción de políticas, iniciativas y comportamientos --en gran parte planificados cuidadosamente desde arriba --- posibilitaron la destrucción de una fracción considerable de la población europea apelando a su carácter étnico o cultural inasimilable, y cómo en ese proceso de destrucción concurrieron las prácticas, los saberes y las técnicas de las sociedades europeas (sobre todo de sus clases dirigentes, fascinadas por la ideología y la mística de un Estado criminal y depredador como el nazi, y de qué manera, pues si no sería difícilmente explicable el éxito del experimento, participaron con entusiasmo la mayor parte de las capas y estratos sociales y sus grupos profesionales.

   

lunes, 24 de marzo de 2014

DESCENSO A LOS INFIERNOS

                             



José Donoso. El jardín de al lado. Barcelona. Seix Barral. 1981.

       Fuera de El obsceno pájaro de la noche (1970), indudablemente su obra maestra, la más lograda y ambiciosa de las suyas, que medio leí hace muchos años ---mal, quizá era yo entonces demasiado joven, y de la que apenas recuerdo gran cosa pero sí, y muy bien, que me perdí un tanto en su selva verbal y en su espesura metafísica y simbólica, y que algún día acaso no muy lejano pienso intentar leer de verdad --- y del muy agudo y entretenido ensayo o reportaje sociológico-literario, que ya vi hace relativamente poco,  Historia personal del boom (1972), no le había dado a uno por  echarse al coleto ningún otro texto del gran escritor chileno, del que puedo decir que, pese a lo poco que lo he frecuentado, me parece uno de los más grandes narradores de aquella tan cacareada pléyade de latinoamericanos, muchos de los cuales, como es sabido, aterrizaron ---sus obras y en no pocas ocasiones también sus personas, como es este caso--- en España, fundamentalmente al calor y de la mano de Seix Barral y de su propietario y animador Carlos Barral, personaje que como muchos otros de aquella época y milieu aparecen oportuna y a menudo irónicamente retratados en el antecitado ensayo.

       Recuerdo haber leído una vez en Ferlosio algo así como que todo escritor de ficción escribe siempre, de un modo u otro, su propia vida ---¿qué va a escribir si no? y precisamente porque este dictamen haya que tomárselo lo más lejos posible de toda matriz biográfico-positivista o, si se quiere, aún peor, psicoanalítica, no soy de ésos muy dados a establecer alegremente puentes y analogías entre la presunta vida real del escritor y las circunstancias y determinaciones de sus ficciones. Pero quizá no esté en este caso del todo de más anotar que la novela que trato se publicó, como reza la referencia de la entrada, en el 81 y está fechada el verano del año anterior,  dos años antes del regreso definitivo de Donoso a su tierra, en donde acabaría muriendo en 1996, y que se escribió en Calaceite, pueblo turolense casi fronterizo con Cataluña donde Donoso y su mujer se retiraron para  pasar los más de los años en que estuvieron instalados aquí (1967-1982). Doy este detalle, meramente externo y anecdótico, porque es evidente que hay en El jardín... múltiples claves y elementos autobiográficos y bien puede decirse que el Sitges de los años setenta donde transcurre parte de la acción bien podría reducirse en lo esencial, pese a lo aparentemente disparatado de la traslación, al pueblecillo bajoaragonés, y eso para no hablar de los paralelismos entre la personalidad del principal personaje de la novela, el escritor chileno exiliado en España Julio Méndez (del que bien podría señalarse, si se me permite una broma demasiado fácil, que goza de la más requintada panoplia de virtudes y parabienes: cincuentón de endeble salud, neurasténico, hipocondríaco, alcohólico y para más inri doliente homosexual larvado) que, amén de hallarse  viviendo un bache creativo y un infernal proceso de derelicción neurótica y autodestructiva, ve devastada su existencia, además, a causa de su dolorosísima e infernalmente conflictiva relación con su sensible e inteligente mujer Gloria y del choque con un hijo adolescente que lo desprecia e ignora. Pero no se juzga ninguna novela, o no debe juzgarse, a partir de esos patrones, aunque solo sea porque los demonios y/o miserias personales del escritor, cuando los hay, están ahí, en la vida del tal escritor, y los de los personajes de ficción donde les corresponde, en el espacio simbólico-verbal de la novela (en este caso, pero lo mismo reza para el poema, la comedia dramática, el cuento y si me apuran hasta para determinados tipos de ensayo o escritos teóricos).

      El relato es a todas luces modélico en cuanto al orden de composición y a la disposición estructural de los elementos, ya en el trazado de los personajes (Mario mismo, Gloria, el hijo de ambos, el tornadizo, narcisista e inmaduro adolescente Pato, y sobre todo otros  dos personajes, obviamente secundarios respecto a la pareja de protagonistas pero que resultan esencialísimos para el desenvolvimiento de la trama: el amigo de éste último, autoapodado Bijou porque el correspondiente español Joya le parece algo que huele a macarra, vulgar , barriobajero y sudaca, el muchacho hijo de un matrimonio chileno bien ---diplomáticos-- que vive exiliado en París y  al que Julio se refiere siempre, en sus monólogos y ensoñaciones en las que fantasea arrebatado por una oscura pulsión homosexual que en el fondo le aterra, martiriza y humilla, como el angelo musicante ---el pasaje de la cabina telefónica, en la que ambos deben pasar encerrados un buen rato, es sencillamente magistral en su cruel ironía y su acidísimo rencor---, y la llamada en el texto Núria Monclús, que cualquiera puede ver que no es sino transparente máscara de la al parecer tiránica y todopoderosa agente literaria barcelonesa Carmen Balcells; no se me ocurre en cambio quién puede ocultarse tras el personaje de Marcelo Chiridoga, el más exitoso de los novelistas del boom, personaje pintado aquí como fatuo, falsario e insoportable, al que Julio detesta sobre todo porque el tal es íntimo de la Monclús, la que no quiere publicar la gran novela sobre el exilio intelectual chileno en Europa tras el pinochetazo que Mario está escribiendo ), como también y sobre todo en el estupendo tour de force que supone el muy sutil cambio de voz narrativa cuarenta páginas antes del final, introducido tan hábilmente y tan en el momento en que la novela lo pide desde dentro, que incluso un lector avezado tarda en darse cuenta: solo tras la lectura de unos cuantos párrafos se empieza a sospechar ---y con ello el sentido del inesperado y soberbio quiebro final--- que el que habla ya no es Mario, sino Gloria. Dicho sea de paso, ahora que escribo juntos los nombres de los dos cónyuges: entre otras cosas con las que este relato no se anda con demasiados paños calientes , está la institución familiar: aquí queda abierta en canal, y además con cuchillo dentado y oxidado.

        La novela resulta toda ella lancinante y dolorosa, verdadera y eficaz (estilística y también conceptualmente ) crónica de una brutal neurosis autodestructiva, casi cruel, de una atmósfera sutil y ubicuamente opresiva, atmósfera que precisamente los pasajes humorísticos o irónicos ---pero de una ironía en los antípodas de lo que pudiéramos llamar amable, antes bien acre y demoledora--- contribuyen a la vez a desdramatizar y al mismo tiempo a recalcar, como pienso que ocurre en algunos relatos de algunos grandes anglosajones como George Eliot o Henry James. La referencia no es gratuita, toda vez que Donoso conoce como pocos escritores hispanohablantes la literatura inglesa (materia que enseñó durante varios años, antes de venir a España, en Princeton,), y en todo caso oportunísima juzgo la inclusión en el texto de una docena de versos del T. S. Eliot de Four Quartets ( aquellos, tan inconsolablemente tristes,  que empiezan wait whitout hope... en inglés en el original y con excelente traducción a pie de página, supongo que del propio Donoso, porque no se especifica), justo al final del capítulo dos y antes de empezar el tres, unas líneas después de que Mario, podrido de mala conciencia y humillado porque se pasa la tarde--- en la lujosa  casa que le ha dejado, gratis y todo un verano, un amigo rico en pleno barrio de Salamanca--- en vez de escribiendo, espiando a un grupo de jovencitos y jovencitas pijos que se están emborrachando y bañándose en pelotas en la piscina del palacete contiguo, diga  ( pág 109) Duele. Duele. Vuelvo a mi máquina. La miro con repugnancia: un placebo, un sucedáneo de la exaltación insubliminable  que me hace permanecer tieso y como embalsamado en mi silla frente a mi trabajo inútil, la mente confusa, el corazón destrozado.
       Más tangencialmente, pero no con menos furor y determinación se ponen aquí en la picota cosas como los mitos de la resistencia de la clase intelectual a las dictaduras latinoamericanas de los setenta (Mario alardea de que pasó detenido seis días por haber tenido escondido a un primo activista del MIR, solo seis días porque lo soltaron en seguida por las influencias de la familia y el peso del apellido, poca cosa,  pero otros ni siquiera tienen eso para pavonearse) y correlativamente, los modos de vida , a menudo impostados, vacuos y miserables, de la turbamulta de artistas latinoamericanos que, sobre todo en los pueblos de la costa cercanos a Barcelona, haraganeaban y mayormente se emborrachaban y trataban de ligar con el pico y la verborrea del intelectual revolucionario exiliado.
    
       Por todo lo dicho, ya se ve que absolutamente recomendable.

viernes, 28 de febrero de 2014

DE CANALLERÍAS E IMPOSTURAS







Jon Juaristi. La caza salvaje.  Planeta, Barcelona 2011.







          Acabo de leer esta novela de Juaristi, al que hace años que sigo como poeta (o quizá más bien como muy hábil y docto versificador, con magistral manejo de la ironía, de la cita entreverada y el retruécano---aunque tendiendo un tanto al abuso, a veces hasta en los títulos-- y representante entre nosotros, ya desde su primer libro, Diario de un poeta recién cansado,1985, de un tipo de poesía digamos moral, civil  o comprometida ---de alguna manera hay que decirlo, pese a lo notoriamente prostituido de estos marbetes--- que uno echaba un tanto de menos, aunque solo sea para que sirviera de contrapeso a la oleada dominante, en estas últimas dos o tres décadas, de tanto venecianismo rezagado y de tanto poeta de la experiencia ), y como ensayista (su agudo El linaje de Aitor, 1983, y los no menos excelentes, eruditos y documentados El bosque originario. Genealogías míticas de los pueblos de Europa, 2000, y el en su día muy leído y exitoso El bucle melancólico, 1987, entre otros, ensayo desde el que por cierto podría rastrearse todo un sistema de referencias y ecos, a modo de vasos comunicantes, con la novela que vamos a comentar, y no solo porque más de un personaje de ésta es el mismo que alguno de los reales o históricos de los estudiados en El bucle, sino porque las tesis básicas e hipótesis críticas que lo movían son al fin y al cabo las mismas que operan en el relato.

          Texto así pues a mitad de camino entre la roman à clef  (muchos de los personajes comparecen y actúan con su nombre en la llamada  vida real ,desde, entre un largo etcétera,  Julio Caro Baroja, el cura falangista Fermín Yzurdiaga, director de la revista Jerarquía en la Pamplona de los primeros meses de la Guerra Civil, Eugenio D´Ors, Unamuno, Txillardegui (Álvarez Enparanza), Pilar Primo de Rivera, hasta Hitler, Tito, Franco y el mismo Juaristi al final, del que me atrevo a suponer que hay algo de  piadosa autocaricatura en el personaje de Paddy, el hijo de los Mercier, la familia de diplomáticos irlandeses retirada en Bayona que acoge como preceptor privado a Martín Abadía en sus primeros meses de exiliado, ese Paddy adolescente, apasionado estudioso de lenguas muertas y con la cabeza poblada de delirantes visiones filofascistas, que acabará asesinado, irónicamente, por los nazis a los que tanto admira, tras haber cometido él mismo un crimen abominable, y otros son transparentes máscaras de personajes de relieve en la vida civil y cultural española de las última décadas, así, por ejemplo, Astilla del Fresno es Castilla del Pino, Pepe Ausente corresponde a José Aumente, Valentín Ibarguchi es Ibarrola o Gabriel Errasti  es Aresti entre también otros muchos), y la novela de tesis ( desde sus orígenes mismos, los pequeños nacionalismos irredentos ---y muy notoriamente el vasco---, a resultas de sus bandazos políticos y sus delirios ideológicos, han venido a dar, en la Europa contemporánea, en movimientos fascistoides o parafascistas e incluso en algunos casos en el más sangriento terrorismo), La caza salvaje se deja leer toda ella con interés y a grandes trechos también con sumo deleite, toda vez que la andadura de la trama aparece aderezada con múltiples golpes de efecto e ingenio, algunos personajes desaparecen para reaparecer luego en otro contexto o situación, unos llevan a otros en espesa malla de relaciones, un poco al modo cervantino y a modo también de gran comedia bufa, y porque ---asunto éste importante y que es aquí muy de agradecer---la mucha erudición antropológica, etnográfica y lingüística y la multitud de citas entreveradas o trufadas que pueblan el texto casi nunca llegan felizmente a estrangular la marcha del relato mismo (solo se me han hecho algo pesadas las pp. 267-291, donde  el personaje principal, el proteico Martín Abadía, y otros, intelectuales serbios y croatas, se enzarzan, en un café de Belgrado a fines de los años cuarenta, en una larga y tediosa discusión sobre los nacionalismos enfrentados y los odios étnicos y religiosos en  la antigua Yugoslavia).


           El leiv motiv  de la novela es el cazador salvaje, viejo elemento etnológico y mítico común al parecer a la mayoría de las tradiciones folclóricas de las viejas culturas europeas, que en el País Vasco es un cura muy aficionado a la caza ( a la de los animales y a la femenina), que deja la misa a medias para correr en pos de un ciervo o un jabalí y que recibe también los nombres, además del principal de Martín Abadea, de Mateo Chistu o Rey Salomón, que traduce el mitema del cazador (porque ha renegado del nombre de Cristo, en buena parte de las tradiciones eslavas y francesa) eternamente condenado a perseguir, sin alcanzarlas nunca, a las fieras del bosque y a desesperarse, por tanto, en pos de un ideal ilusorio e irrealizable. Cazador que aquí encarna Martín Abadía, joven jesuita vizcaíno que ha ampliado estudios en Múnich y nacionalista vasco que en los amenes de la Guerra Civil se pasa a los franquistas, para poco después fugarse a Francia, entrar a conspirar de inmediato en los medios nacionalistas del País vascofrancés mintiendo sobre su pasado e iniciar una larguísima serie de traiciones, crímenes e imposturas que le llevan a codearse con los jerarcas nazis en el Berlín del 42-44, escapar de esa  ratonera, ante la llegada de los rusos, en el 45, convertirse en asesor  para asuntos religiosos del mariscal Tito, regresar a España a principios de los cincuenta convertido en franquista, aterrizar en Córdoba, desterrado por su obispo, que conoce el nacionalismo de sus años jóvenes, mangonear cínicamente a varias bandas, entre la oposición antifranquista y la carcundia  político-clerical de la ciudad y regresar al País Vasco años después para infiltrarse en el nacionalismo radical que acabaría cristalizando en ETA  para acabar muriendo al fin, ya viejo y carcomido por un nihilismo atroz y desengañado, el día mismo del golpe de Tejero, fulminado por un oportuno rayo divino ante la cueva de Altamira, el mismo lugar donde empieza la novela un  día de 1931, cuando el Maestro (al avanzar la lectura nos enteramos de que era Unamuno) alecciona al joven Martín acerca del bisonte, animal totémico de la raza española.

        No pocos son los pasajes que me han resultado especialmente felices.Así, el relato, muy al principio de la novela (pp.25-32), de una comida, pocas semanas después de haber acabado la Guerra del 36-39, en casa de una marquesa pamplonica, beata, ridícula y carlistona, a la que asisten, junto a otras señoras de la alta aristocracia y algún que otro comparsa, el Padre Yzurdiaga, D'Ors, el escritor Iribarren, ex-secretario de Mola, y Martín, en la que la conversación, que no tiene desperdicio, versa mayormente acerca de Baroja (al que la señora marquesa llama anticristo ante la cólera de Yzurdiaga, que dice que él no permite que se injurie a Baroja en su presencia y al que moteja de  padre del fascismo español), de las necesarias y recientes limpias de rojos y ateos y del sentido civilizador de la recién acabada Cruzada, conversación animada además de vez en cuando por las veladas alusiones a la debilidades de Martin para con el sexo débil, que todos conocen, y en la que lo más interesante es el contraste ente el sombrío y obtuso fanatismo de los curas y las gaseosas, olímpicas y proverbialmente cínicas ironías de D'Ors. O también la excursión, narrada pocas páginas después, capitaneada por el ultramontano capitán castrense Blas Ciordia, a las cuevas de Zugarramurdi, a la que asisten un par de frailes, Álvaro D'Ors, hijo mayor del escritor que ha hecho la guerra como requeté en el frente de Madrid, Martín Abadía y un Julio Caro Baroja que resulta ser compañero de bachillerato de Álvaro. Tras visitar la cueva, Julito Caro no tiene más remedio que exhibir, un poco a regañadientes, su erudición para atajar las vitriólicas y envenenadas alusiones del cura Ciordia, comen acto seguido una enorme tortilla de patata, que sale algo seca, se ponen  hasta el culo de vino  ---todos menos D'Ors y Caro--- y por fin, ante la insistencia de Ciordia, van a girar una visita a Itzea, en la cercana Vera de Bidasoa, pero aquí todo acaba como el rosario de la aurora, porque, aprovechando que Ciordia está haciendo la pelota a Doña Carmen Baroja ---que por su parte no se molesta demasiado en ocultar su repugnancia ante la mala bestia del capellán-- y sobando la mejilla del niño Pío, hijo menor de aquélla y hermano de Julio, Abadía se larga corriendo monte a través hasta alcanzar la raya de Francia , ante lo cual Ciordia, encolerizado, requiere el trabuco y alcanza a darle un tiro en la pierna, no sin insultar y amenazar con un Consejo de Guerra a los demás. O, todavía, el pasaje de la visita de Franco y su mujer a Córdoba en los primeros cincuenta (pp. 344-353), en el que sorprende y divierte oír ---precisamente por su más que forzada inverosimilitud--- al tirano, no solo perorar con citas trufadas del Romancero Gitano, sino también, para justificar y regodearse él mismo en su sadismo gratuito (acaba de enviar a la Legión a un pobre muchacho del servicio del palacio en el que se aloja) ver cómo se despacha con un verbo soez y machista: A Doroteo Anaya, como no se espabile, los moritos de Ifni me lo van a devolver a Écija con el agujero del culo como el pantano que voy a inaugurar  mañana. O, aún, la salida de Hitler (pp. 244-45) al final de la recepción que concede en la Cancillería a Abadía ---que ya es nada menos que  todo un Hauptsturmführer de las SS---y a su camarada Ezquerra, un hedillista medio tronado que ha sido divisionario azul. Resulta que ambos pretenden formar un batallón de españoles ---pero mayoritariamente vascos, a poder ser--- encuadrado en las Waffen SS, para la defensa de Berlín contra el Ejército Rojo, petición que el Führer , que no anda a esas alturas muy sobrado de soldados, además de colgarles una condecoración y otorgarles a ambos la nacionalidad alemana, acepta encantado, para montar poco después  en cólera y estallar cuando se atreven a preguntarle, tras el insistente cuchicheo de Ezquerra , que no habla alemán, al oído de Abadía, si pueden conservar al mismo tiempo la vasca(y perdóneseme lo largo de la cita): "No. Verboten. Si su camarada quiere seguir siendo algo tan ridículo como vasco, que se olvide de la nacionalidad alemana. Y no me toquen ustedes las pelotas, que no estoy de buen humor. Vascos, puaf! Ya me acuerdo de ustedes y del coñazo que tuve que soportar cuando les borramos del mapa aquella aldea, ¿cómo se llamaba? Ah, sí Gornica. Parece un nombre eslavo, ¿no cree? En mi opinión, son ustedes una braña de judíos que se perdieron por esas montañitas en tiempo inmemorial. Tan judíos como el cabrón de Franco, que me hizo esperarle varias horas en aquella estación de mierda, Hendaya, creo que se llamaba. Y allí, el cretino de Bouda explicándome lo de la lengua vasca y todas esas chorradas, y enseñándome desde el tren las casitas y las playitas y los campitos de golf donde los samuelitos de media Europa se lo pasaban en grande follándose a las institutrices alemanas de sus hijos. Uno quiere ser amable con ustedes y así se lo agradecen. Pues nada. Ni cruces de caballero ni salchichas de Frankfurt. Que les den por culo." Y no menos felices y conseguidos se me hacen algunos de los personajes, como --y este es puramente de ficción---Marga Núñez,  la joven viuda cordobesa que se convierte en  amante de Martín nada más llegar éste a la ciudad andaluza, mujer de atormentado pasado a la que el Régimen franquista ha hecho creer una miserable mentira y una vil calumnia en el asunto de la muerte de su marido, militar de los servicios secretos al que se despacha a Berlín con la misión, (fracasada, puesto que lo liquidan a él), decidida por Lequerica, ministro franquista de Exteriores, de asesinar a Abadía y frustrar así su empeño de formar en el Ejército nazi una unidad de españoles, por cuanto al Estado franquista le convenía ya desmarcarse del Reich.
        Una breve nota final, que no atañe ya al escritor Juaristi, que ha conseguido urdir una novela brillante y divertida, que como lector le agradezco sobremanera, sino al ciudadano Juaristi, y es que sorprende el que haya en los últimos años escorado sus simpatías políticas hacia el PP, del que aceptó en su día varios altos cargos, se haya hecho amigo al parecer hasta de personajes como Aznar y, en suma, no haya dicho nada ---él, un hombre sin duda extremadamente culto e inteligente, del que nadie puede creerse que no sepa con quién se juega los cuartos---acerca de otro nacionalismo, éste si bastante más peligroso que el vasco, como ha demostrado de sobra: el nacionalismo español, el más deleznable, cutre, analfabeto y seborreico de todos. Pero en fin, supongo que sus razones (más o menos inconfesables) debe de tener. Así es la vida, como decía el otro. Les recomiendo la novela.


lunes, 10 de febrero de 2014

VIRGINIBUS PUERISQUE





Luciano G. Egido. El corazón inmóvil. Tusquets. Barcelona, 1995

      Me llega, de las manos  y de la fervorosa recomendación de mi buen amigo y colega Manuel Villalba, la presente novela, de la que no tenía hasta hace unos días la menor noticia, aunque sí, pero poca, de su autor, el escritor salmantino Luciano Egido, al que sabía autor de una bastante celebrada especie de biografía novelada de los últimos años de Don Miguel de Unamuno, publicada hace no mucho bajo el sello, creo, de esta misma editorial, Agonizar en Salamanca, que no he tenido ocasión de leer. Me entero, tras haber leído este El corazón inmóvil, de que el texto recibió aquel año, 1995, de su primera publicación ---no sé si habrá reediciones----el Premio de la Crítica, acaso el menos prostituido, por lo menos en teoría, de la turbamulta de los premios literarios concedidos en España cada año, aunque solo sea por el hecho de que carece de dotación económica alguna, aunque, como diría el otro, el dinero no lo es todo y, quizá más a menudo de lo que suele creer, ni siquiera a veces lo más importante.


         Pues bien, hete aquí que lo primero que a uno le viene a la cabeza al abordar esta novela, cuya lectura ya avanzo que me ha hecho pasar algunos espléndidos ratos, es la relativa originalidad tanto de su asunto ---así a bote pronto solo recuerdo ahora otra historia, en las letras españolas recientes, de monjas enamoradas obligadas a vivir en un ambiente de helada tiranía concentracionaria, Extramuros, que el ya desaparecido Fernández Santos hiciera allá por mediados de los ochenta, sin que importe mucho ni nada que ésta se ambientara en pleno siglo XVI y la que nos ocupa lo haga en la pueblerina, adocenada y levítica Salamanca de principios del pasado siglo----como, lo que acaso suele tener mayor interés, de su planteamiento y disposición estructurales.


         La novela se distribuye en dos largos tramos iniciales, de unas ciento cincuenta páginas cada uno, y un a modo de cierre o epílogo  ---no puedo resistir la tentación de escribir también allegro final--- de no más de una docena, donde el personaje principal, libre ya del caudaloso  --y tan atroz como placentero---infierno del que acaba de salir pero inevitablemente marcado a fuego ya para siempre por él, desnuda su alma, filtra y evalúa la propia experiencia vital, agrandada y cauterizada por el dolor y, en la medida en que nos es dado a cada uno de nosotros, elige. En la primera parte se nos cuentan, coral y perspectivísticamente , los hechos (en esencia: en el marco de un Hospital para indigentes y desgraciados terminales regentado por las Hermanas de la Caridad ---lugar donde transcurre toda la novela--- el asesinato en su puesto de trabajo, en plena noche y por envenenamiento, de un joven médico con fama de seductor y mujeriego impenitente y casado por el sistema del braguetazo con una pálida e insignificante señorita provinciana a la que desprecia y ningunea, y la posterior localización, apresamiento y ejecución mediante garrote vil ---la transcripción del discurso del Juez en el juicio, pp. 129-136, no tiene desperdicio porque pone casi los pelos de punta--- del presunto asesino, una especie de criado para todo al que las buenas madres han acogido desde niño, mudo y medio lelo, al que en el momento de su detención, presa del pánico, no se le ocurre mejor cosa que intentar meter fuego a todo el edificio, lo cual como es lógico no viene sino a señalarlo como reo del crimen a los ojos de todos). En la segunda, mediante una panoplia de bien dosificados  y meditados flash back, se nos descubre a los lectores la verdad, que no era desde luego la que al principio parecía.


          En esta parte segunda se complica asimismo bastante más el concierto de voces narrativas, pues si en la primera hablan sobre todo el lerdo, fascistoide y un tanto grotesco inspector de policía encargado de la investigación, otro joven médico (al que el policía detesta, aunque seguramente no por los motivos que él cree), amigo íntimo del asesinado y en cierto modo lograda contrafigura de éste, que además atesora un par de terribles secretos, de los que uno  ni siquiera se atreve a confesárselo a sí mismo, la tremebunda y fanática Madre Superiora, aplicada de hoz y coz, como no podría ser menos, a la necesaria restauración del Orden, la viuda del facultativo finado, aunque ésta vista en gran parte desde los ojos del policía, que narra  en tercera persona, con indisimulada brutalidad e incomprensión, lo que la mujer va haciendo desde la muerte de su marido y con qué gentes habla, y por fin la principal de las monjas enamoradas (primero de otra Hermana en Dios y después, sucesivamente, de dos hombres) Y es en la segunda parte donde este último personaje va adquiriendo poco a poco el papel determinante, en compañía de bastantes otras monjas, unidas todas ellas por un espesísimo entramado de relaciones sentimentales que van de la amistad y la admiración al odio, las ansias de venganza, el desprecio o los celos, quedando ya algo oscurecidos alguno de los antecitados personajes estructuralmente actuantes y productivos de la parte primera, sobre todo el policía, que en este segundo tramo ya ni siquiera vuelve a aparecer. Hay que decir que la novela va a todas luces creciendo y ganando en maestría narrativa y fuerza constructiva a medida que avanza, hasta desembocar en las últimas cien páginas, que me atrevo a calificar sin hipérbole alguna como de soberbias.


       Habría que reprochar a Egido --- además de la inclusión de alguna digresión yo creo que gratuita y postiza, como la que en las pp. 231-34 se dedica a los orígenes del celibato eclesiástico y al estatuto del sexo en algunos cultos mistéricos de las religiones antiguas, y el aditamento de algún pasaje folletinesco, como la historia de la adolescente que se desangra tras un brutal intento de aborto y que ha sido embarazada por su propio padre, p. 283-85--- un cierto abuso o regodeo en el aguafuerte de tipo solanesco, la nota esperpentizante y la descripción de estricta matriz naturalista, pues la verdad es que llega a cansar un tanto la insistencia en presentar, repetidas veces, esos cuerpos llagados, lacerantes y purulentos de los pobres diablos que agonizan en el Hospital, aunque en honor a la verdad también hay que decir cómo en numerosísimos pasajes alcanza el autor, sin salir en lo esencial de esa estética, felices ---y no pocas veces hilarantes---logros, aun con lenguaje bronco o de tono subido, en la presentación de un personaje o en la coloración moral de un ambiente o una situación; así, el alguacil encargado de leer la sentencia al desdichado reo  era un tipo "seco y avinagrado, con cuatro pelos en la coronilla que un soplo invisible agitaba como un plumero" (...) tenía" una barba lacia y caprina que se le meneaba al hablar, como al borde de un raso desflecado y se le quedaba mustia con dejadez de badajo lanar cuando hablaba entre párrafo y párrafo de considerandos e ítems" (pp. 146-7); o también en una de las cartas que una de las monjitas enamoradas pasa a su ya casi ex-amante, que anda ya loco por caer en otros brazos, en la que, examinando con no poco rencor las posibles beneficiarias de los cuernos, se pasa revista a las Hermanas que podrían estar en el ajo; de una, Sor María Anunciación de la Virgen, mujer obesa, dice la despechada"es zafia y lenta, y hasta llegar a su cara inesperadamente angelical, hay que atravesar las arrobas de su cuerpo(...) que parecerá una salsa cortada (...) en la cama debe ser ferozmente grosera y podría confundirte con un postre dominical" (p.181); en otra carta de la misma a la misma "¿Corrías hacia él? ¿Te daba vergüenza que te lo notara en la cara? (...) Corres igual que una mujerzuela que perdiera el culo por las calles de su barrio para engañar a su marido, como una perra caliente con la vagina fuera" (p. 200); y hay también, algunos pequeños fallos de poca monta, que en nada desmerecen, por lo demás, la precisión compositiva y la fuerza metafórica de esta novela (de la potencia de las imágenes se podrían citar ejemplos hasta aburrir): me refiero por ejemplo a la falta de decoro que supone poner en boca de una monja española de hace un siglo cosas como( pág.173) "sales de tus orgasmos inmaculada, con la misma generosidad y con el mismo deseo con que entraste" cuando por aquellas calendas es casi seguro que ni el mismo Freud habría aún puesto en circulación tal palabro; o el error léxico (pág.205) de emplear "albéitar" con el valor de peluquero o barbero cuando significa veterinario.

         Una breve observación sobre el lenguaje amatorio-amoroso, que aquí se recrea, y profusamente, con fascinante maestría, para dar cuenta de al menos cuatro historias de amor, para más inri entrecruzadas, las cuatro contadas con mortal abandono y arrebatadora pasión: baste como ejemplo la carta de despedida que una de las monjas, antes de lo que no queda claro si es un intento de suicidio o un suicidio consumado, deja para su ex-amante (pp.254-55) de estremecedora belleza y hondura dramática, o el pasaje aquel en que otra monja, inmediatamente después de pecar, y por ello machacada por el remordimiento, observando de reojo el cuerpo de un joven obrero al que han llevado malherido al hospital tras caerse de un andamio, establece un agudo y atormentado paralelismo entre el accidentado (" las heridas (...) sobre aquella piel de transparencia infantil y de una tersura incontaminada de veinte años "(...) y la pasión misma de Cristo: "cuando al cabo de un rato de contemplación y de agonía, pidió agua y llamó a su madre, la visión de Cristo se me hizo más evidente y pensé que iba a asistir a su agonía" (p.243).

       Ya se comprende que naturalmente no voy a revelar aquí ni una pista del desenlace final de la trama, ni en qué queda al fin la cosa, ni quién es el verdadero asesino. Al fin y al cabo, como es sabido, eso viene a ser lo de menos. En todo caso, quien tenga curiosidad, que la lea: se la recomiendo encarecidamente.

lunes, 20 de enero de 2014

DE VITA BEATA

George Steiner. Errata. El examen de una vida.  Trad. de Catalina Martínez. Madrid. Siruela. 2001.

        Si bien este espléndido y enjundioso ensayo corresponde bastante bien a lo que tradicionalmente se venía entendiendo por autobiografía intelectual, lo cierto es que el resultado va muchísimo más allá, en brillantez y radicalidad, de lo que suele ser normal en el género. Así, a bote pronto, solo se me ocurre ahora otro que podría parangonársele, el no menos espléndido Les mots  de Sartre, que publicara Gallimard allá por 1964 y tradujera años después para Alianza, yo creo que con harta competencia, Aurora Bernárdez. Así como el texto de Sartre era más íntimo, más, digamos para entendernos, freudiano (recuerdo el hincapié que hacía en las determinaciones de su medio familiar y la huella indeleble que dejaron en él la seca rigidez y el árido puritanismo  del protestantismo alsaciano de sus padres, y también el peso de sus traumas y complejos infantiles, ese niño feo y bizco del que todo el mundo parecía burlarse, y cómo insistía de modo casi obsesivo en la idea, que le poseyó desde muy niño, de que el ansia de leer y escribir iba destinada a vengarse de su existencia), este que nos ocupa está, por lo menos en apariencia, más  abierto y volcado a las incitaciones del mundo, es a la vez más ambicioso y más modesto, más en cierto modo convencional ---pero más rico---  que el de Sartre y también menos lacerante y más pudoroso, aunque no podamos saber si lo que oculta lo hace porque no lo considera relevante o porque cree no tener nada que ocultar, claro que ¿qué  hombre, o por lo menos qué hombre prominente no tiene nada que ocultar?
      En Steiner parecen darse unidas ---y permítaseme el fácil juego de palabras--- la pasión de la inteligencia y la inteligencia de la pasión , hasta tal punto resultan obvias el ansia  de rigor y profundidad en el tratamiento de cualquier problema o cuestión y la huida de la apariencia y la banalidad, por cuanto éstas  vienen a ser el mayor pecado del escritor: la descortesía, la ofensa al entendimiento del lector. Errata está presidido y atravesado por dos certezas, primera,  la de que la cultura judía centroeuropea, de los judíos laicos y emancipados, que va desde la liberación de los guetos por la revolución Francesa y Napoleón hasta la llegada de los nazis, de aproximadamente 1800 hasta 1930, desde Heine a Wittgenstein pasando por Marx, Freud, Mahler, Einstein, Schönberg, Kafka, Adorno, Lévi-Strauss o Benjamin entre otros, constituye el cénit de lo más alto, digno y requintado de la cultura occidental moderna y segunda, la de que no solo esa misma alta y excelsa cultura es en rigor inseparable de la barbarie y el horror con los que convivió y que acabarían por devorarla, sino que los restos, ya maltrechos y averiados, de aquella, que a duras penas consiguieron llegar a la última Modernidad, no muestran más que su patética impotencia ante la nueva ola de barbarie y degradación, no tan vistosas como la de los nazis pero no menos devastadoras, que se abrió con las ruinas, humeantes aún, de la Segunda Guerra Mundial.
            Steiner es, desde luego, un sabio en la erudición humanística y filológica ---acaso uno de los últimos que queden --- aunque demuestra tener muchísima información de primera mano en el campo de las ciencias, y demasiado admirado en unos medios y no tanto en otros, y su vida ---este libro se publicó en inglés en 1997, cuando su autor estaba a punto de cumplir los 70---parece haber sido en  lo esencial la de sus trabajos, estudios y publicaciones, pero me llama gratamente la atención que no se haya quedado ahí; quiero decir que aquellos trabajos e investigaciones no le hayan cegado ,como se demuestra en el libro, hasta el punto de descuidar  la vigilante atención para con los desastres del mundo, si bien en absoluto a la manera de los intelectuales comprometidos  de antaño , y acaso no estaría de más consignar aquí que  no deja de ser curioso que el actual desprestigio de tal marbete haya venido en estos últimos tiempos a correr paralelo con el de su pretendida contrafigura, la de los exquisitos o encerrados en su torre de marfil.

       
Estructurado en once capítulos o movimientos de parecida extensión y organizada la materia narrativa en gran parte no de modo visiblemente continuo mediante el hilo cronológico ni en virtud de ningún otro (el cap. sexto entero se dedica, por ejemplo, a argumentar acerca de la intraducibilidad  de la música, de la imposibilidad de reducirla o cualquier otro lenguaje) y  aparece sometida además a grandes elipsis o saltos, llevada al papel a modo como de fogonazos o reverberaciones,  Errata  arranca con la evocación del ruido de la lluvia en los oídos infantiles--- así empiezan también las memorias de Neruda, Confieso que he vivido---, en este caso en la aldea del Tirol, a mediados de los años treinta, donde sus padres, judíos vieneses recién emigrados a París la década anterior, pasaban las vacaciones; en un país, Austria, en el que, como se dice de inmediato, ya se percibía en el ambiente el inminente destino de tierra ocupada: la  Anchluss  o anexión por la Alemania nazi estaba al caer.
          De modo que el niño cree intuir algo oscuro o levemente siniestro , aunque no puede entender nada,  que se desprende de las conversaciones entre su padre, judío liberal no sionista, y su tío gentil, pero, único crío entre cuatro adultos, se refugia, para mayormente matar el hastío, en la lectura compulsiva. De álbumes, de compendios de geografía, de historias fantásticas de viajes y , sobre todo, de una guía ilustrada de los escudos de armas de las familias principescas y arzobispales de Salzburgo, a través de la cual se da cuenta de que ninguna enciclopedia infantil, ningún libro de género alguno podía llegar a ser exhaustivo, y de ahí la mise en abyme de vislumbrar la casi inconmensurable variedad del mundo: siempre podía quedar un detalle, por insignificante que fuese, que escapara a la total catalogación, a la pretensión de agotar una descripción de esto o de aquello, de lo que fuera. Pero pasada la primera fascinación, caótica y espontánea, las lecturas son ya guiadas: el padre, que al igual que el hijo es perfectamente trilingüe en inglés, francés y alemán, le obliga a  leer en voz alta primero y aprender de memoria después fragmentos de muchos autores, de Sthendal a Blake,  de Kafka a Shakespeare, y le inició desde muy temprano en el estudio del griego y el latín: este culto y esta idolatría por la palabra escrita serán ya desde el comienzo su humus, su fuente nutricia y la raíz de su ser. Pese a su condición de no creyentes, los padres se sentían judíos:" el orgulloso judaísmo de mi padre estaba, como el de Freud o Einstein, teñido de agnosticismo mesiánico. Destilaba racionalidad, promesa de ilustración y tolerancia" (pág. 22-23). Ya aquellos años los vivían con temor, y para conjurarlo se aferraban a lo que más querían; en el judaísmo emancipado y  más o menos asimilado  del XIX, sobre todo en el ejemplo de Heine, y por extensión en lo mejor de la cultura austroalemana, veían ellos o creían ver el espejo profético del judaísmo europeo moderno, puesto que "en virtud de lo que acabaría por convertirse en insostenible paradoja, este judaísmo de esperanza laica buscaba en la filosofía, la literatura, la erudición y la música alemanas sus garantías talismánicas".
            El padre vivía de su más que suficiente sueldo de alto funcionario de un Banco, pero las inversiones bancarias le interesaban en el fondo muy poco, en todo caso mucho menos que sus lecturas y sus curiosidades lingüísticas (cuand o murió, ya en os años sesenta, estaba estudiando ruso), de manera que se impuso la tarea de que el hijo se ganara la vida con algo totalmente distinto y de que nunca supiera nada del  oficio de su padre: sería profesor. Cuando, años después, en el internado estudiantil de La Universidad de Chicago en el que vive (p.67), lee y comenta en voz alta  a unos compañeros el último párrafo de Los muertos, de Joyce, y observa cómo las lágrimas ruedan por los párpados de uno de ellos, el considerado más rudo e insensible, sabrá ya inequívocamente cuál habría de ser su destino O quizá incluso antes, cuando hacía el bachillerato, que se centraba entonces en el estudio sistemático de la lengua y la explication de texte, en el Liceo francés de Nueva York, recién llegado a América con sus padres ---institución de cuyo ambiente a principios de los cuarenta se hace aquí (págs. 43 y ss.) una vívida y estupenda evocación---: "algunos profesores tenían una excelente cualificación (...) otros eran  mediocres vestigios del pasado y daban muestras de decrepitud personal o profesional (...)". El Director "era un personaje vagamente elegante, espectral, fascinado por clásicos literarios menores, como Pierre Loti y poco convencido de la inocencia de Dreyfus" Casi todos eran descarados colaboracionistas o filonazis, aunque no pocos cambiaron oportunamente de chaqueta a partir de 1944. Allí también, cuando oye de no recuerda quién el verso de Eluard le dur désir de durer y lo relaciona de inmediato con lo que le pasa, conoce el enamoramiento: siente una irreprimible adoración por una chica de origen ruso, pelo negro azabache, que sigue un curso superior al suyo, pero  no tarda en pasársele,  ante el orgullosos desdén de ella, y siente vergüenza de su "estúpida veneración", no sin cerrar el relato de la anécdota de esta guisa: " Derrotado por la madurez, ¿vuelve uno a estar tan completamente enamorado?" .
           La Universidad de Chicago a fines de los cuarenta era un hervidero: Una ciudad que nunca dormía, una ciudad en donde la brutalidad en la política, en el arte, en el jazz, en la música clásica, en la ciencia atómica, el comercio y las tensiones raciales resultaban palpables y se dejaban sentir como una descarga. una megalópolis de intensidad pura" (p.57) Allí el joven tímido y estudioso perderá, en todos los sentidos de la palabra, la virginidad: palpará el racismo, el antisemitismo, la violencia policíaca, las diferencias de clase; allí su compañero de habitación, un brutal ex paracaidista llamado Alfie, que empieza por preguntarle si él era muy listo y del que se hará de inmediato inseparable amigo, le lleva una noche a un burdel donde tendrá lugar "una iniciación tan concienzuda como bondadosa". A los ojos de su amigo el paracaidista ya era, así pues, un hombre. Steiner le devolverá el favor invitándole a cenar langosta y ensalada César. Ya se mencionó mas arriba el episodio de la lectura de Los muertos. Sí: sería profesor.
      El cap. 5 del libro (pp.69-85) viene a ser una brillante y apasionada, pero inevitablemente polémica, exposición-fundamentación del ser judío, aunque al final reconoce honradamente que la cuestión le parece, por lo menos en parte, insoluble. Si, por un lado, como gusta de imaginar la ortodoxia sionista, la cuestión judía o, mejor aún, la condición judía, su mera existencia, "representa lo que los físicos modernos llamarían la singularidad, un hecho o suceso al margen de las normas, ajeno a la probabilidad y a los dictados del sentido común. El judaísmo irradia energía como un agujero negro en la galaxia histórica" (p.69) no es menos cierto por otro que sin embargo, como todo, el judaísmo no deja de ser una cuestión relativa, cultural, sujeta a las circunstancias históricas, y en este sentido un judío laico, liberal e inequívocamente Weltburger , ciudadano del mundo, tendría que pensar que el asunto de los judíos, su extraña supervivencia después de dos mil años de persecución y opresión no son un misterio ontoteológico. Han sobrevivido, pero podrían haber podido perfectamente no haberlo hecho. Para Steiner su larga historia, como la de los chinos, es el resultado de una peculiar interacción de aislamiento y presiones externas. Es más: tiene que consolarse pensando que, incluso después del accidente nazi, los indicadores demográficos demostrarían " al menos en el Occidente liberal y laico, que la asimilación y el olvido de uno mismo en un clima de creciente tolerancia e indiferencia pueden conducir la crónica del judaísmo a una conclusión indolora. Solo determinadas comunidades ortodoxas, incluso dentro del Israel laico, conservarán una identidad auténtica (p.72) Cierto. Podría ser. Pero no les dejan. Además, está el hecho consumado de la existencia del Estado de Israel, y el hecho, no menos indiscutible e históricamente documentado, de que ya antes del Holocausto hubo múltiples intentos--- las matanzas medievales en Renania, la expulsión por la Inquisición, los progromos de Europa del Este durante el XIX--- de erradicar a los judíos, no en lo esencial por razones económicas, políticas o de otro tipo, aunque ésta tuvieran su importancia, sino para literalmente hacer lo que dice el verbo, arrancarlos de raíz: "la intención abiertamente declarada por el nazismo era ontológica. Era la desaparición definitiva de la identidad judía de la faz de la tierra (...) porque ser judío es, para los que odian, el pecado original" " (p.73).Luego la razón de ser del judío es, en el fondo, también para él, religiosa y está en la Biblia :"Para bien o para mal, Roma y la Meca son hijas (¿matricidas?) de Jerusalén" (p.74). El judío sería, según la certera expresión de Karl Barth, krank  an Gott,  enfermo de Dios. Y es, por naturaleza, errante ( Luftmenschen,  criaturas del aire, sin raíces ni patria, " y por ende, aptas para ser convertidas en ceniza", apostilla Steiner). Quizá, pero como dije más arriba, está el hecho del Estado de Israel y no sé si habrá que suponer que éste sea también obra divina, naturalmente se su Dios ( el Israel de hoy sobrevuela como un fantasma, probablemente algo incómodo, todo el texto; se diría que Steiner deplora sotto voce su existencia a la vez que no deja de sentirse fascinado por la proeza de su fabricación y por sus pretendidos logros: en alguna ocasión lo llama milagro triste). Reconoce que "es un defecto lógico del sionismo, un movimiento laico-político, invocar una mística teológico -escritural que en honor a la verdad no puede suscribir." Y no lo puede suscribir, añado yo, sin traicionar sus orígenes y su sentido primigenio. "Sería, creo, algo escandaloso (...) que los milenios de revelación, de llamamientos al sufrimiento, que la agonía  de Abraham y de Isaac, del monte Moriah y de Auschwitz tuviesen como resultado final la creación de un estado-nación armado hasta los dientes, de una tierra para especuladores y mafiosos como todas las demás. Esta normalidad sería para los judíos otra vía de desaparición" (76) ¿Dónde radica, en fin, el secular y universal odio a los judíos? Para Steiner no en la supuesta acusación de deicidio, en la supuesta complicidad de los judíos en la muerte de Cristo, sino en algo anterior y más hondo : sin duda el odio al judío se acrecentó por el cristianismo paulino y de otros padres de la Iglesia, pero es previo a esas fatalidades: "no es el sacrificio de Dios en al persona de su hijo, al margen de lo que este macabro fantasma pueda llegar a significar, el núcleo fundamental (....) , es la creación, la invención, la definición y reevaluación de Dios que hay en el monoteísmo judío y en su ética. Lo que no se le perdona al judío no es el que sea el asesino de Dios, sino el hecho de ser su descendiente" (p.80) Lo que en definitiva estaría en la raíz del judaísmo es lo peculiar  del mandato ( según interpreta nuestro autor la célebre tautología de Éxodo, 3, 14 Soy/El que Soy)  del Dios de Moisés y de Amós: "Deja de ser lo que eres(...) Conviértete, aun a costa de un terrible precio de abnegación, en lo que podrías ser" (p. 81) Si esto es así, habría que concluir que, por una macabra paradoja, Hitler tenía razón al proclamar lapidariamente "El judío ha inventado la conciencia".
           Reevaluar, interpretar , traducir y explicar sin fin el mito y la maldición de Babel, la maravilla de las lenguas  del mundo ( Después de Babel. aspectos del Lenguaje y de la Traducción, se llama la gran monografía que publicó en 1975 y que es sin duda el más ambicioso y rico de sus libros) viene a ser al fin y al cabo la tarea más idónea para un erudito trilingüe, y a ello se consagra el cap. 7 (pp. 105-122). Junto a ciertas observaciones sobre los límites de la llamada traducción simultánea y otras,  muy cautas y razonables, acerca de la posible existencia de los universales chomskianos ( puede ser que haya "ciertas estructuras profundas de tenor formal y metamatemático  con reglas y limitaciones válidas para todas las lenguas"), se prodigan aquí ataques a ese  multilingüismo que, desde una cierta corrección política o sentido común --según los cuales la mente del niño, segmentada entre lenguas distintas, se desorganiza y desarticula hasta el extremo de que luego de adulto le sea imposible integrarse eficazmente en un grupo social o comunidad---no deja de parecerle a Steiner, con razón, que bordea, pura y simplemente, la estupidez más crasa, se hallan aquí lúcidas diatribas contra por ejemplo las turbias especulaciones acerca de un presunto esperanto adánico o lingua franca mundial, que por lo demás hoy no podría ser otro, a remolque de la tan cacareada globalización, que el inglés americano. Y es que el mito de Babel, tomado en cierto sentido y aunque se exponga de la manera más atractiva ("Allí donde la creación divina tejiera una prenda perfecta de expresión de la verdad, la catástrofe de Babel no dejó más que retales: una colcha confeccionada con los retazos de aproximaciones, malentendidos, mentiras y provincianismo"--p.111--) resulta demasiado simple y consolador como para convencer a un espíritu despierto: no hay que deshacer ---antes al contrario-- la maldición de Babel: es maravilloso que haya muchas lenguas, cuantas más mejor, aun cuando sea tan evidente que los tiempos no vayan por ahí. Conviene asimismo, correlativamente, desmontar todo chovinismo lingüístico, toda creencia y lucha por la pureza  incontaminada de una lengua ( idea en sí misma ya sospechosa) basada en la espuria pretensión de que solo el monóglata o individuo enraizado en su propia lengua materna podría tener acceso pleno a los matices, meandros y profundidad de ésta, y que el políglota, aunque sensible al matiz y la especificidad, nunca poseerá esa sensación, idea tan radicalmente falsa como desmentida, en la realidad y la historia, por comunidades enteras (buena parte de los judíos europeos de entreguerras como él mismo) y grandes escritores como Beckett, Conrad o Nabokov.
            Dije al principio de esta reseña que Steiner no estaba ciego ---más bien todo lo contrario---para con los desastres del mundo contemporáneo ( y entre ellos vuelve una y otra vez, obsesivamente, al Holocausto), que ilustra y cataloga en no pocos párrafos de los últimos capítulos, y a aquellos no tiene otra cosa que oponer que el coraje y el ejemplo ético--- pese a que, como él mismo reconoce en muchos pasajes,  haya dado ya sobradas muestras de impotencia--- del humanismo : "Una manida aunque justificable retórica insiste en la brevedad, la animalidad, la fealdad o el aburrimiento fundamental de la amplia mayoría de las vidas(...) un realismo irrefutable valida el postulado griego arcaico según el cual lo mejor es no nacer y lo segundo morir joven, siendo la vejez, con escasas excepciones, un  hediondo desperdicio "---p.112-- y sin embargo...hay motivos para la luz, para un mínimo destello de esperanza (¿ fleco o resabio de ese mesianismo que es al parecer consustancial al alma judía?), incluso en un mundo donde cada día se inventan y reactualizan formas sin fin de brutalidad, de terror y de opresión, incluso en un mundo quizá ya irremediablemente convertido en gigantesco depósito de residuos tóxicos, en un mundo ---éste solo el de los países ricos-- que se va convirtiendo en un gigantesco asilo de ancianos, una gerontocracia enferma,  y hay esperanza por la sola razón de que somos animales lingüísticos, y es este atributo el que vuelve soportable y, por increíble que parezca, fructífera nuestra efímera condición de humanos.
        Casi todo el cap. 9 se consagra a honrar la memoria de los que considera sus maestros(los que conoció y trató en vida, no los muertos de los libros), que no fueron según parece precisamente pocos. De cada uno de ellos da unas pocas pinceladas en las que la a menudo punzante ironía no alcanza a vedar  del todo un agua subterránea de admiración y cariño. Un par de muestras: de Jean Boorsch, su viejo profesor de Griego Antiguo en el instituto de Manhattan, escribe que "tenía una mirada mesmérica y mostraba un rictus de cáustica tristeza ante nuestros esfuerzos"; de Allen Tate, de la Universidad de Chicago, dice que lo que más le fascinó fue " el acento y la expresión ante bellum , exquisitamente elegantes, ciertamente distinguidos y cargados con una chispa de veneno, de fingida consternación, de condescendencia"; de un tal R. P. Blackmur, de la misma institución que el anterior, se dice que estaba obsesionado por T.S. Elliot, por el éxito y prestigio entre los alumnos de su colega y rival Tate y que "el alcohol dominaba cada vez más su modo de vida a un tiempo gregario y solitario"; de Alexis Philonenko, su colega en la Universidad de Ginebra, se consigna que depende del humor que tuviera ese día, su compañía podía ser "deslumbrante, seductora," o por el contrario "puede encerrarse en su infatigable flujo mental, en un monólogo solo en parte audible, dirigido hacia adentro y rodeado por el halo opaco del fumador empedernido". Pero la consideración más hermosa sin duda es ésta: "La mayor recompensa para un maestro es lograr el compromiso de aquellos alumnos a los que considera más capaces que él mismo, aquellos cuyas capacidades generarán, deberían generar en el futuro logros mayores que los del propio maestro" (p. 176).      
         Así empieza el cap. penúltimo con el que medio concluye este libro admirable, capítulo que es un repertorio de los lugares y parajes queridos, en primer lugar una alabanza del silencio (" a medida que mi capacidad auditiva se debilita, el martilleo de la música de rock en el taxi en Manhattan, la cháchara de los teléfonos móviles me resultan más insoportables"), el que se disfruta en  la casa de pueblo o campo que él y su mujer poseen en una aldea perdida y apartada del Franco Condado, que se pinta en términos idílicos, entreverados ---por contraste--- con el enjambre de voces y transeúntes de todas las lenguas en la calle 47 de Nueva York, los comerciantes judíos de diamantes en particular (que sin embargo le parece no menos fascinante), la luz del atardecer un día de verano en el desierto del Neguev, el call de Gerona, tres ciudades y tres ríos --- los ríos son "alegorías del tiempo" ( Zúrich y el Limmat, Florencia y el Arno, Basilea y el Rhin, tres  breves joyas descriptivas de geografía emocional.