domingo, 8 de febrero de 2015

TÍTERES CON CABEZA

Portadas del libro El cura y los mandarines




Gregorio Morán. El cura y los mandarines. Historia no oficial del bosque de los letrados. Cultura y política en España 1962-1996. Madrid. Akal. 2014.


            Hay que agradecer a ese francotirador que es Gregorio Morán el que, al igual que ocurriera con sus El maestro en el erial  o con Miseria y grandeza del Partido Comunista de España, donde puso en tela de juicio algunos de los tópicos más por lo común admitidos sobre, respectivamente, Ortega y la militancia comunista bajo la Dictadura, con este desigual y extenso libro (800 páginas de texto más las otras 30 que albergan el copiosísimo índice onomástico, que me atrevo a suponer que son las que algunos lectores se hayan apresurado antes de nada  a consultar)  nos haya ayudado ahora a comprender, quizá  bastante mejor de lo que lo pudiera hacer un ensayo de factura más académica, las relaciones, por lo habitual perversas o non sanctas, entre el aparato de poder y el estamento intelectual en la España de las últimas décadas. Libro que, sobre exitoso ---va por la tercera edición en menos de dos meses, pues que además ha sabido encontrar el autor un título y subtítulo con el suficiente arrastre mediático, por mucho que reconozca haberlos tomado  del de una novela china del XVIII, de un llamado Wu Jingzi, y del célebre ensayo de Simone de Beauvoir ---no ha de poder menos también que, et pour cause, levantar muchas ronchas y herir algunas sensibilidades, como se suele decir de las  imágenes escabrosas y de la pornografía. No ha hecho más que  añadir morbo al asunto la circunstancia de que Planeta rompiera el precontrato de edición cuando el autor se negó, en un gesto que ni que decir tiene que le honra, a retirar las últimas 11 páginas del libro, según exigía la editorial al pensar que lo que en ellas se decía podría perjudicar sus relaciones económicas con la RAE.



            Califiqué antes el texto de desigual, pero se hace de todo punto recomendable. Aunque esté escrito con mucha mala baba y quizá por ello caiga de vez en cuando en cierta frívola  cotillería  y en más de un desmesurado  ataque ad hominem (los aficionados al anecdotario más o menos vitriólico hallarán aquí un fructífero vivero, y algunas de las citas que Morán trae a cuento, salidas de la boca o de la pluma de ciertos personajes, van de lo canallesco a  lo alucinante),  amén de que, en otro orden de cosas, a veces se olvide de los pronombres y del pertinente régimen preposicional --- (...) ahí todos coinciden, más o menos, en ese recordatorio cruel de la Guerra Civil que solo el franquismo se niega a pasar página, p. 221;  (....) el Opus triunfará creando su propia universidad en Navarra a partir de 1960, en dos etapas que ahora no merece la pena detenerse, p. 317; (...) ni los secretarios generales de los partidos dudarían en lo acertadas de estas palabras, igual que en su inanidad, p. 560---, no es menos  cierto que  maneja con criterio, habilidad y nervio narrativo una ingente información que acierta a ilustrar la tesis de fondo del ensayo, la de cómo una parte de la clase intelectual que había hecho carrera bajo el franquismo se convirtió en liberal al acercarse la Transición y cómo otra, que había hecho gala del más desaforado radicalismo gauchiste en el tardofranquismo, se mudó a un cómodo mandarinato bien instalado en las instituciones y las estructuras de poder, sobre todo a partir del triunfo electoral de los socialistas. En este sentido el libro  no va a dejar indiferente a nadie y se entiende que  resulte demoledor, en lo que atañe a ciertas carreras y prestigios, al revelar aspectos del pasado oculto o interesadamente olvidado de numerosos personajes, desde oscuros jefecillos y prominentes jerarcas del régimen hasta franquistas arrepentidos y brillantes intelectuales de la oposición. No hay operación política de camarilla, fundación de revista de importancia , campaña de propaganda oficial o cenáculo conspirador que Morán no demuestre conocer a fondo, tanto en las alcantarillas del franquismo como en la oposición democrática. Por aquí desfilan, es claro que cada uno con su radio de influencia  e interés, desde Arias Salgado, Robles Piquer o Fernández de la Mora hasta Laín Entralgo, Aranguren, Ridruejo, Cela, Juan Benet, Javier Pradera y un larguísimo etcétera.


             Morán se sitúa en el año 1962, el del contubernio de Múnich, las huelgas mineras de Asturias, la ejecución de Grimau y la llegada al poder de los Fraga, López Bravo et alii, por considerarlo significativo tanto de un cambio de tendencia u orientación en la evolución del Régimen como de un giro tímidamente modernizador y revitalizante, dentro de lo que cabía entonces, en el erial cultural del dilatado periodo franquista. Y a partir de ahí considera, para atrás y sobre todo para adelante, tanto las estrategias, movimientos y campañas de propaganda del franquismo como, tal en un orquestado baile de figurantes, la trayectoria de una variadísima gama de  políticos y escritores,  en la que coloca como hilo conductor y maestro de ceremonias a la figura de Jesús Aguirre, el cura, el que siempre, hasta su oscurecimiento final, sabría estar en el momento justo y en la ocasión adecuada, camaleónico e inefable personaje elevado aquí a la categoría de metáfora por antonomasia de mandarín, cuya vida y milagros se reconstruyen pormenorizadamente nada menos que en cinco calas ---una en cada parte de las cinco en que se divide el libro--- y con el que, como digo,  vienen a confluir o interconectar las peripecias de muchos de aquellos.

              Algunos de los 34 capítulos del libro destacan por su agudeza, profundidad de análisis y ecuanimidad. Así por ejemplo La intensa brevedad de Luis Martín Santos, pp.165-199, donde se reconstruye la brillante y exitosa, aunque cortada en plena madurez, trayectoria vital del escritor y la importancia que para la narrativa española tuvo Tiempo de silencio, mucho mayor a juicio de Morán que la que pudo tener la obra anterior de Cela, que se aborda, lo mismo que su peculiar personaje, en pp. 329-353, o la posterior de Benet , pp. 749-760. En Max Aub. Una anomalía pp. 427-455, al hilo de las circunstancias de la redacción de La gallina ciega y del cruel desengaño que le provocó su estancia en España en 1969, se rinde homenaje al gran escritor del exilio, poco leído y peor comprendido, cuya altura literaria e integridad moral son convenientemente resaltadas. Parecida justicia y reparación se lleva a cabo  en  La doble derrota de Manuel Sacristán, pp. 679-709, en que se argumenta convincentemente acerca de la altura de la obra, la honradez intelectual y la atormentada vida del filósofo barcelonés, sin duda el más grande pensador marxista español y uno de los grandes perdedores y olvidados de la cultura española reciente. En El País como parodia del intelectual colectivo pp. 541-585 cuestiona Morán, con bastante razón y considerando las luchas internas en el periódico y el tipo de vinculación con el poder político del momento, el mito de este diario como continuador de la tradición liberal de preguerra, habida cuenta sobre todo de su temprana y muy interesada canonización de la Transición y su no menos interesado olvido  del Régimen del 18 de julio.

jueves, 29 de enero de 2015

TRES POEMAS








           
























                  


              

            Copio aquí tres muestras de un libro de versos que doy casi ya por concluido, Ángulos muertos, y que supone según creo algún cambio, respecto tanto  a la carpintería del verso mismo como a la imaginería que lo sustenta. Ya me gustaría a mí que se acercaran, siquiera fuera un ápice, a ese ideal inalcanzable, o solo al alcance de unos pocos, de que en los versos hable la lengua misma y no las fantasías y los sentimientos del poeta, objetivo que, como digo, parece inasequible en esto tan gratificante, pero al tiempo desesperado e imposible, de la poesía. En fin, ahí van, valgan lo que valieren.

                      I

Mirasteis fascinados:
colgaban como harapos,
como murciélagos de capa blanca,
de moreras enanas.

Tristes, petrificadas y ateridas
en los finos barrotes de una cárcel de nácar,
sus hilos suspendidos en el aire,
como una red patética y vacía,
las telarañas muertas
por la negra rociada,
como malsano aborto de la noche,
más tenebrosa aún cuanto más clara.

Hermosas y siniestras
como la profecía apocalíptica,
como la alegoría
de la muerte por agua.

                 II
¿De dónde vino el barro
que de tan blanda y maleable cera
nos urdió?. ¿De qué umbría
crisálida nocturna, que jirones
desgarrados de un mundo primigenio
nos vino este amasijo
de humores y de nervios,
acuosa linfa y sangre?
¿Qué molde te forjó,
de qué aluvial acopio de melazas,
briznas de polvo astral?.

Hay un vibrar torcido,
hay un espeso resbalar de heridas
en ti, que inmóvil te retraes y te vuelves
hacia tu alba invertida,
divino por mortal,
cuerpo que gritas sordo, que en el fuego
amoroso te abismas y condenas,
cuerpo amigo, crisol, pálpito terco
que cruje encadenado en su angostura.

                      III
En medio de una umbría,
entre hermanos que se alzan
aún y te protegen
bajo el regazo fresco de su fronda,
ahí el despreocupado
caminante te topa,
como carcasa de bestia temible
---húmero de mamut, lomo de diplodocus---
de traza prehistórica,
tú,  muertaviva huella de la materia madre,
astilloso muñón
de torturadas formas,
víctima muda y cifra
fehaciente de cómo el tiempo astroso
sobre la faz de la tierra somete
y ciñe todo a su horma,
cada vez que invernizos
carámbanos y abriles venturosos
van cambiando sus tornas.

Y así, porque la masa
que roble altivo antaño se nombrara,
hoy tan solo cenizas, polvo y sombra,
metáfora de la vida y la muerte
al unísono, déjame
que te cante y acoja.




jueves, 15 de enero de 2015

LA "CRÈME "PARDA





Ferrán Gallego. Todos los hombres del Führer. La élite del nacionalsocialismo (1919-1945) DeBolsillo. Barcelona. 2008




                Tras haber consultado una profusa bibliografía, en inglés y alemán sobre todo, nos brinda el historiador de la Autónoma de Barcelona esta monografía acerca del significado, origen y plasmación del Estado nazi, que tiene el acierto metodológico de integrar en un todo coherente e interrelacionado las perspectivas sociológico-histórica, ideológica y también psicológica del fenómeno, con la gracia además de una prosa literariamente cuidada y nada farragosa ni recargada de citas. El libro, muy lejos de las simplificaciones al uso, bien planeado y documentado, escrito desde el sentido común y la capacidad racional de análisis, se hace en mi opinión de muy entretenida  lectura. Se  trata de un conjunto de doce  ensayos biográficos sobre otros tantos prohombres del régimen, y ni qué decir tiene que no hacía falta dedicar un apartado especial al jefe máximo de la banda, toda vez que aquí  éste se halla un peu partout,  a la manera ---y espero que se me perdone la metáfora--- de un astro central en torno al que brillan los doce satélites. Gallego ha tenido también la ocurrencia de colocar como título de cada uno de los ensayos el de una célebre película, con cuya trama habrá de tener  a su juicio  algo que ver algún rasgo de la psiquismo del personaje estudiado.     
 
                 Ya explica el autor que ha debido hacer una selección, pues el haber incluido a otros personajes también relevantes y directamente responsables en la consolidación del Estado nacionalsocialista hubiese convertido el libro en inmanejable por su extensión. Por lo demás, es obvio que con el nazismo comulgaron millones de alemanes ----pero algunos menos no lo hicieron--- y que, con las convenientes matizaciones, no es menos cierto que en algunos casos solo la casualidad o las circunstancias llevó a más de uno de los personajes aquí analizados, habida cuenta de su mediocridad, a verse ejerciendo posiciones de poder. Gallego estudia con sutileza y detenimiento tanto la peculiaridad psíquica de cada personaje como sus orígenes familiares, su ascenso en el aparato de poder y sus relaciones con el líder máximo, las diferencias, envidias y odios con otros capitostes y en fin, su grado de implicación y responsabilidad ---en todos los casos muy alta--- en el funcionamiento totalitario y criminal del régimen.
           
              ¿Qué pasaba por la cabeza de estos hombres? Pues al margen de los diferentes grados de fanatismo, megalomanía o brutalidad, nada de especial. Quiero decir que es muy de agradecer que el estudio de Gallego no caiga en ese tono ditirámbico y sensacionalista  de emplear alegremente  el motete de monstruos para referirse a los dirigentes nazis--- como viene haciendo buena parte la literatura periodística y de divulgación y cierta historiografía---. Eran muy diferentes entre sí y en este sentido todos ellos representaban algún aspecto de ese espejo perverso y deformante con que la sociedad alemana reflejaba---y al revés---el nazismo. Movimiento poroso, con gran capacidad de adaptación y transversal a todas las capas y estratos sociales, el nazismo, paradójicamente plural, por lo menos hasta antes de la guerra, acertó a integrar y manipular para sus fines ( bajo denominador común de un nacionalismo de tintes fanáticos presente en un alto porcentaje de población que siempre vio en la República de Weimar una interrupción ilegítima, un estado de cosas laico, cosmopolita y modernizador que suponía una continuidad saqueada respecto al imperio guillermino , al segundo  Reich ) un magma  muy variado de sensibilidades, artefactos ideológicos y complejos irracionales.

              Drexler, por ejemplo, cerrajero de profesión y militante völksich de la primera hora, no pasó de ser un burócrata sin carisma y sin imaginación, que jamás osó hacerle la menor sombra a Hitler y que se automarginó de todo cargo ya en 1928, antes de la llegada al poder, amargado por lo que consideraba una falsificación de la pureza ideológica original del partido. Caso muy distinto del de Speer, que venía de un medio social antitético ---la gran burguesía--- y que era un intelectual brillante y ambicioso, un oportunista cínico cuyas artimañas le llevaron incluso a librarse de la horca en Núremberg. El ensayo más interesante y clarificador me ha parecido el dedicado a Goebbels, y el más rico también dada la contradictoria  complejidad  del personaje e incluso la fascinación que como objeto de estudio puede provocar . Acomplejado desde la infancia por su defecto físico, se forjó una voluntad de hierro para coronar sus sueños, que habría de conseguir, de brillar en sociedad y fascinar a las mujeres.Tras fracasar como erudito universitario y escritor propagandista católico en su primera juventud ( cuando, nombrado por Hitler Gauleiter de Berlín en 1926, hubo de trasladarse a esa ciudad, que entonces no conocía, anotó en su diario ---pág. 174---"Berlín de noche. Una charca de pecados. ¿Y aquí debo arrojarme?") dio en una especie de visionario místico y desencajado, pero diabólicamente eficaz en cuanto genial practicante de la propaganda y la manipulación de masas. Lo suficientemente lúcido como para saber que la verdadera guerra se libraba sobre todo contra el bolchevismo, al final, con un Hiller ya amortizado, no dudó en maniobrar desesperadamente en secreto para intentar una paz por separado con los americanos mientras seguía lanzando discursos incendiarios en favor de la continuación de una guerra total concebida casi como un martirio colectivo. Comparados con él, Strasser no pasó de ser un estratega pragmático pero sin capacidades de líder, Himmler un frío organizador, con criterios empresariales, del Estado racial, la esclavitud y el exterminio, Stricher  un vulgar matón de barrio, un antisemita soez y aplebeyado y Bormann un mediocre de medio pelo, cuya  fidelidad perruna al jefe, a pesar de o precisamente por el desprecio que éste siempre le mostró, no es inverosímil que ayude a explicarla algún tipo de oscura atracción erótica hacia el Führer.

                Todas estas formas de aproximación biográfico-psicológicas al fenómeno del nazismo traducen esa paradójica mezcla de arcaísmo y modernización, de ruralismo e industrialización acelerada, de obsesivo sentimiento de identidad y a la vez de brutal exclusión de lo otro, de obrerismo y de sindicalismo, de apariencia de Estado dictatorial de engranajes perfectos y sin fisuras en los primeros años y caos poliárquico, casi un Reino de Taifas, en que acabó degenerando a medida que  se acercaba su hundimiento.


                El texto se abre con la glosa y comentario a una conferencia que Thomas Mann leyera en Berlín en el otoño de 1930, cuando ya oteaba en el horizonte la catástrofe que se avecinaba. Sus recomendaciones, la necesidad de un pacto nacional entre lo menos reaccionario de las clases dominantes y el sector más civilizado,la Socialdemocracia,  del movimiento obrero para salvar al país---, por mucho que incluyeran también una crítica y desmontaje de algunos de los ítems de la nebulosa ideológica nazi, la Comunidad del Pueblo, la Ausmerzen o extirpación de lo estigmatizado como ajeno, la Unidad de Destino que es la  esencia de la patria, y otros, venían a ser ante todo una llamada de atención y una apelación al instinto de sobrevivencia de la burguesía que debería sentirse la clase rectora de la nación y abanderar el movimiento de renovación espiritual de Alemania. Y se cierra con un breve epílogo (pp. 527-536) en el que se examinan retrospectivamente en qué quedaron las buenas intenciones de Mann y las lagunas e imperfecciones, compromisos y pactos de silencio de que adoleció, ya en la postguerra, la Entnazifierung o proceso de desnazificación orquestado por los Aliados.

           
             








martes, 13 de enero de 2015

DESARBOLADO CARNAVAL







Juan Francisco Férré. Karnaval. Barcelona. Anagrama. 2012.



             Acabo de leer esta voluminosa novela (530 apretadas páginas) y he de confesar que si he llegado hasta el final es porque no está entre mis hábitos dejar los libros a medias, salvo si me asalta la tentación muy al principio. En este caso ocurrió ya muy avanzada la lectura. cuando de todos modos me picaba aún la curiosidad por comprobar si el autor era capaz de invertir siquiera un poco el tono de lo que me iba pareciendo demasiado saturador y repetitivo. Casi todo en esta novela es desmesurado ---ya se entiende que no en el mejor sentido de la palabra--- pero no todo resulta fallido o pedestre. La intención del autor está desde luego en los antípodas de lo que podría constituir una crónica o reportaje político, como queda claro desde las primeras páginas. Y así, aunque parta  del caso real --- que en su día llenó los titulares de los periódicos de todo el mundo y que dio lugar a una también desmesurada orgia político-mediática, sin duda por el gratificante morbo que a casi cualquier prójimo brinda el ver caer en desgracia a un poderoso al que en el fondo, y no demasiado en el fondo, casi todos envidian--- de Dominique Stauss-Kahn, director entonces del FMI y dirigente socialista francés que aspiraba a la Presidencia de su país, al que se pilló en un renuncio cuando intentó violar a una camarera negra del lujoso hotel neoyorquino donde se alojaba, se aplica  Ferré a urdir una tupida fábula alegórico-política que sin duda pretende ser metáfora e ilustración del mundo que vivimos, de los mecanismos del Poder, los embelecos del consumo y la publicidad, la crueldad y podredumbre de los poderosos y la docilidad y borreguería de las masas o, para decirlo más sintéticamente-- y así, con mayúscula inicial---el Orden del Capital.


           El relato se estructura en 46 capítulos o movimientos, con mucha variedad de voces narrativas, pues unas veces habla el personaje central (al que se llama siempre el Dios K.),  otras algunas de sus amantes, su mujer Nicole,  el vagabundo negro Hogg,  el espiritista, el Emperador (y en el capítulo 24, pp. 215-276, una larga serie de personajes reales, desde Chomsky hasta Harold Bloom, puesto que esta parte se concibe como una especie de magazine de  plató televisivo donde aquellos  peroran sobre el asunto), y otras en fin, un narrador externo. En cada una de esas partes o fragmentos el Dios K. adopta una máscara o metamorfosis diferente, que va del cínico despiadado al arrepentido masoquista y convulso, del libertino obseso y cruel --con la gélida frialdad analítica de un héroe sadiano-- al intelectual crítico con el sistema, del anarquista místico a lo Tolstoi al consejero áulico de las grandes instancias de poder, o desde  brujo endemoniado a ejemplar marido y padre de familia, pasando por paria callejero que oficia de visionario revolucionario y aún otras muchas más. Delirante concierto polifónico de voces ordenadas de acuerdo a un plan en exceso repetitivo y mecánico, que quizá no saturaría si no aparecieran todas urdidas con los mismos mimbres y el mismo pie, la misma prosa correcta, sí, pero donde se ve demasiado el adjetivo previsible y el epíteto gastado y donde llega a cargar la sobreabundancia de descripciones, aparentemente eróticas pero en realidad parapornográficas, que hubieran quedado mejor (pues hay que reconocer que en este terreno el autor tiene cierta gracia) si se hubiera recurrido mucho menos a ellas. Es como si Ferré, descubierto el método (y el truco) se hubiera aferrado a él repitiéndolo alegremente y llenando  casi por inercia docenas de páginas, cuando a la novela le sobra bastantes .Por lo menos el último centenar y el cap. 14, un flash-back concebido al modo de relato interpolado que recuerda, en el fraseo, en la peculiar crueldad irónica  del tratamiento de los personajes y hasta en expresiones literales,  algunos pasajes de Houllebecq. El que K. acabe al final como acaba poco importa, pues podría haber acabado de otra manera y  el resultado ni había mejorado ni se hubiese mayormente resentido. En  otro tipo de consideraciones, la moraleja política que subyace resulta tan demasiado obvia, chata y consabida que  tampoco va a inquietar en demasía al Orden Establecido.

              Lo más reseñable del libro, y lo escrito con mejor pulso, me ha parecido el desopilante episodio del exorcismo (pp. 301-318), en que un experto jesuita, el Padre Padroni, cura  a K. de su priapismo y sus obsesiones sexuales haciéndole expulsar por el culo unos grandes huevos multicolores que luego el buen padre (que aprovecha,  dicho sea de paso, el alelamiento de la mujer de K, Nicole,  hechizada espectadora del espectáculo, para sobarla a placer, y he de decir que casi no hay pasaje en todo el texto que no concluya con el numerito seudoerótico) da a incubar a unos dragones que tiene encerrados en el sótano de su residencia. Y lo más lúcido  alguna de las cartas que K. escribe desde su prisión domiciliaria a grandes personajes , como la dirigida al papa Ratzinger, donde se argumenta con bastante sutileza acerca de cómo tanto la Religión (cristiana o cualquier otra) como el Orden político-económico se sustentan ambos por la Fe (suponiendo, lo que es mucho suponer, que la primera no sea ya descaradamente un simple envoltorio del segundo).

           Ignoro si al autor le ha costado mucho trabajo escribirla (ya he dicho que a mí un poquitín acabarla). Supongo que sí, pues llenar quinientas y pico páginas no es, en cualquier caso, moco de pavo, y hay que agradecerle el esfuerzo, en aras de la causa de la literatura. Tiene imaginación, solo que focalizada o excesivamente orientada hacia ciertos asuntos No había leído nada antes de él. Un amigo de cuyo criterio me fío bastante me dice que Providence, la anterior novela de Ferré, adolece de lo mismo de que adolece ésta. Esperemos que en el futuro el autor nos obsequie con algo más gozoso y digerible.

domingo, 28 de diciembre de 2014

GRAN ESTILO



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W.G. Sebald. Vértigo. Barcelona. Anagrama. 2010

               Este libro,  que al igual que los otros textos mayores de Sebald, como Austerlitz o Los anillos de Saturno, me atrevo a recomendar a los amantes de la verdad  de la literatura, viene a ser una mezcla de dietario, relato de viajes, ensayo humanístico erudito, reflexiones autobiográficas e historia novelada, constituye ante todo un ejercicio de gran estilo literario, una especie de fascinante viaje interior por las galerías de la memoria y de la cultura, que opera por la acción de capas sucesivas de asociaciones de ideas, resonancias, analogías y correspondencias secretas entre hechos históricos, paisajes, personas y objetos, y todo en una prosa morosa, digresiva, laberíntica (que recuerda un poco el peculiar fraseo de Bernhard, aunque sin sus incantatorias repeticiones y circularidades) ,meditabunda, pletórica de espesor cultural y erudición libresca que, por mostrarse como semioculta o en sordina, jamás llega a cansar al lector. Fiel a su máxima de que ---como declaró en una entrevista a la Vanguardia  en 2001---escribir es como pasear por la historia y la biblioteca de la vida, este tipo de escritura parece remitir inevitablemente al implemento proustiano de la reminiscencia y de la capacidad generativa de la memoria,  y me ha  llevado a pensar en textos como El Danubio de Magris, con el que tiene más de un parentesco, el más obvio el que también se centre en la exploración del espacio cultural de la Mitteleuropa  germanohablante---pero incluyendo en él el norte de Italia---  y su asunción por un narrador culto e hipersensible que explora al mismo tiempo su propia vida. Narrador para el que todo, lo mismo un sueño o una pesadilla que un pasaje libresco o un personaje histórico (de hecho ve a Dante por las calles de Viena, a Luis II de Baviera en una góndola veneciana y encuentra en un tren a Isabel, la princesa inglesa del XVII hija del rey Jacobo I) tiene el mismo estatuto de realidad.

            El libro cuenta además con el impagable complemento de una extraordinaria colección iconográfica ---edificios, billetes de tranvía, exlibris,  facturas de hoteles y restaurantes, mapas, dibujos, anotaciones manuscritas, entradas a museos, recortes de prensa, planos de ciudades y todavía algunas cosas más—que enriquecen el texto y lo dotan de una extraña fidelidad documental.

        De los cuatro fragmentos o movimientos de que consta, el primero, Beyle o el extraño caso del amor, rememora la primera juventud de Sthendal, sus tribulaciones ante la crueldad de la guerra siendo oficial de las tropas napoleónicas, su decisión de convertirse en escritor, su creciente hipocondría y sus atormentados y dolientes amoríos. Se centra ante todo en las circunstancias de la redacción de De l’Amour al hilo de su pasión por  Métilde, de 28 años, a la que ha conocido en su salón milanés, casada con un militar polaco casi 30 años mayor que ella, y de la ocurrencia de la célebre imagen de la cristalización al contemplar una rama muerta recubierta por cristales de sal en los que los reflejos  del sol formaban miles de formas e irisaciones y en las que Sthendal cree ver una
alegoría del crecimiento del amor en las minas de sal de nuestras almas.

       All’ estero relata el melancólico vagabundeo del narrador, que en 1980 viaja desde Inglaterra a Viena pasando por Venecia y otras ciudades del norte de Italia. Todo lo que se cuenta, los lugares, las situaciones y los personajes, se integra en un abigarrado sistema de resonancias, correspondencias y repeticiones. En Viena sufre de depresión y alucinaciones, no habla con nadie salvo con camareros y abandona su aspecto e higiene personal hasta el punto de parecer un pordiosero. Decide ir a Venecia porque ha soñado que baja de un transbordador, no sin antes visitar a su viejo amigo Ernst Herbeck, que vive en un asilo luego de haberse pasado muchos años interno en un psiquiátrico. Hay una maravillosa descripción de un atardecer sobre el Danubio y la contemplación de un siniestro edificio abandonado que provoca, tanto a él como  a Herbeck, una aprensión agónica. Se evoca también un viaje anterior con Olga , a la que el descubrimiento de su pasado origina un llanto convulso, y se incluye acto seguido la larga descripción de una pesadilla en que el narrador se ve apresado entre enormes masas de roca en medio de un terrible temporal de alta montaña. La llegada a Venecia se puntúa con referencias al Diario del viaje a Italia de Grillparzer y a los sufrimientos de Casanova en las prisiones venecianas, para que a continuación la tétrica visión del edificio de un crematorio le lleve a consideraciones de tipo antropológico acerca de la celebración del día de Todos los Santos en su pueblo natal de Wertach  y a la fabricación y simbolismo de los panecillos de ánimas que consumen ese día sus habitantes.  Siguen Verona y su  Giardino Giusti  y el fresco de Pisanello en la Chiesa Sant’ Anastasia, que reaparecerá más tarde. En un viaje posterior --verano de 1987—por los mismos lugares piensa en Kafka (lo que anticipa el tercer fragmento del libro), que en 1913, pasó por allí camino del lago de Garda: en los urinarios de la vieja estación de Desenzano tiene incluso la certeza de que el escritor se miró en el espejo donde él se está mirando. Más tarde se topará en un autobús con dos gemelos de unos 15 años, acompañados de sus padres. Los adolescentes---cuyas miradas y comentarios se le antojan extremadamente estúpidos--- le sugieren un extraordinario parecido con Kafka a la misma edad, y cuando se atreve a pedir a los padres, un matrimonio siciliano, en un balbuciente italiano y luego de una trabajosa explicación acerca de un scrittore ebreo, que le envíen alguna foto de sus hijos, aquéllos se quedan escandalizados y lo toman por un execrable pederasta.

      Viaje del Doctor K. al sanatorio de Riva sigue las andanzas de Kafka por Verona y Venecia para pasar tres semanas en un sanatorio hidroterápico, cita y comenta pasajes de las cartas del escritor a su entonces prometida Felice y  remite finalmente a las extrañas circunstancias del suicidio de uno de los pacientes del sanatorio, personaje solitario con el que Kafka había hecho cierta amistad, hasta el punto de que fue uno de los tres únicos asistentes a su entierro.

      Il  ritorno in patria atiende al relato de la visita del narrador ---después de una ausencia de treinta años--- al pequeño pueblo bávaro de Wertach, su lugar natal, no sin antes hacer una parada en Innsbruck, donde una lluvia constante le sugiere  una lobreguez, opresión y abandono absoluto y donde una camarera del bar de la estación  ---con un giro de lenguaje que recuerda una vez más a Bernhard--- lo insulta de la forma más malvada que uno pueda imaginar. Este capítulo de la estancia en  Wertach supone un buceo en los recuerdos de infancia y en la intrahistoria más íntima de su propio personaje y, al mismo tiempo, trasuda en cada frase una especie de  sombría poesía, toda vez que implica una alegoría implícita del poder totalitario y ubicuo de la muerte y del olvido. Hay una espléndida galería de tipos, casi todos ellos con alguna tara, manía enfermiza o desarreglo psíquico y casi todos muertos, como Rosina, la ex tabernera alcohólica,  la Romana, la posadera a la que el  narrador, entonces casi un niños, hacía objeto de sus primeras ensoñaciones eróticas, el doctor Rambousek. el viejo médico morfinómano, misántropo y sin clientela que acaba suicidándose, o el abuelo mismo del narrador, y objetos, como los cuadros del pintor costumbrista local  Hengge, que se  evocan  con comprensión y ternura, aunque éstos, cuadros de leñadores y segadoras, le aterrorizan y desasosiegan al igual que lo habían hecho en la infancia. Por su informante Lukas, el último sobreviviente de la familia Ambroser, se entera de cómo ha transcurrido la pequeña historia sentimental del pueblo y del decurso de un puñado de pobres vidas humildes en los años del nazismo y de la primera postguerra. Reaparecen aquí algunos motivos ya tratados en partes anteriores del texto, como la batalla de Marengo, traída a colación antes a propósito de Sthendal y retomada ahora por mor de una desastrada marioneta que se agolpa, con otros muchos cachivaches que dan lugar a otras tantas digresiones, en el desván que le muestra Lukas, y el asunto del hombre muerto transportado en un carruaje, que ya había impresionado al narrador en Venecia y que comparece de nuevo aquí a propósito del cazador Schlag, al que encontraron una madrugada sin vida en el bosque. El libro, en fin, concluye con la hermosísima y precisa descripción de una pesadilla (pp. 227-8) en la que el narrador  camina por una zona montañosa: Todo lo que se veía desde arriba era de una especie de color calcáreo , de un gris claro, resplandeciente, en el que centelleaban miríadas de esquirlas de cuarzo(…) No se movía nada. Reinaba la más absoluta calma , pues hacía ya tiempo que el viento había disipado también los últimos vestigios de vida vegetal, la última hoja susurrante o el último pequeño jirón de corteza (…) como un eco casi perdido regresaban entonces las palabras a este vacío desalentado(…)  Un libro, en suma, fascinante e inolvidable.


      
       



 

lunes, 22 de diciembre de 2014

BUEN OFICIO






Juan García Hortelano. Apólogos y Milesios. Barcelona. Ediciones B. 1999.


                 Valiéndose de la dicotomía cervantina entre apólogos, historias que deleitan y enseñan juntamente, y milesios, que atienden solo a deleitar, publicó Hortelano --del que leí tiempo ha  Tormenta de verano y Nuevas amistades, además de su desopilante Gramática parda y de su peculiar poesía, reunida en el pequeño volumen La importancia del comercio, y del que conservo en un anaquel, a la espera, la edición en dos tomos que hiciera Barral de su extensísima  El gran momento de Mary Tribune---en el ya lejanísimo 1975 estos breves textos que, lejos de pasar por obra menor o circunstancial entre las suyas, me parece que podrían legítimamente condensar lo más requintado de su mucho oficio y de su maestría de narrador.


                  He de decir que he pasado un muy divertido y provechosos rato leyendo estos relatos, de modo que por lo menos en mi modesta condición de lector se ha venido a cumplir la funcionalidad cervantina más arriba consignada, porque los he hallado escritos con soberana libertad, fino oído para las modulaciones de la lengua viva, la de la calle, y gran sentido de la ironía, amén de con la puesta en escena de una variada panoplia de recursos técnicos, que van desde la impostación y constantes metamorfosis de la voz narrativa y los cambios continuos de punto de vista hasta la sutil recreación de los registros coloquiales, que no excluye, no obstante, la habilidad para el pastiche literario.


                   El asunto de los tres primeros, Una tarde rota, El último amor y La cosa más loca ---agrupados bajo el pórtico o entradilla de Hablan unas mujeres ---no es sino los desastres que en la sensibilidad y en el alma femenina, pero ay, también en las de los hombres, puede provocar la institución del matrimonio....cuando las cosas vienen mal dadas. Solo que en vez del drama más o menos psicológico, por mucho que haya en la anécdota y en las situaciones mucha soledad, incomprensión y odio, asistimos a una especie de esperpento sublimado por el humor. Se trata de mujeres dominadas, pero no resignadas del todo a esa dominación, por maridos pancistas, aplatanados, inútiles o paradójicamente pusilánimes, mujeres que a veces ---como le ocurre a la protagonista del segundo de los relatos citados-- consigue su propósito: cuando Stefania  logra al fin echar de casa al incómodo y misterioso huésped que ha introducido en ella su marido Benedetto, descansa, aunque no se da del todo por satisfecha. Pero el  mejor de los tres se me antoja el último, en que La Pinta, la narradora, además de la historia de sus amoríos, cuenta cómo ella y su íntima amiga, La Niña ---ambas son marujas relativamente acomodadas gracias a sendos matrimonios ventajosos---entretienen sus ocios cotorreando y robando-- no por necesidad, sino por placer---en los almacenes El Universo Mundo, hasta que es víctima del chantaje de uno de los vigilantes, que lleva mucho tiempo sabiendo sus fechorías y solo espera el momento propicio. Así razona La Pinta: " El abrigo, de cuatro temporadas. Pero me llevaba al cine y se llamaba José Luis o, después, cuando me estaba duchando tras haber despachado con la Niña , se llamaba Ricardo, que luego puso un taller de reparación y lavado de coches, o Faustino, el que más duramos, o Don Ramón, que me aguardaba unas cuantas calles más allá porque no era cuestión que me vieran subir a su auto, o Vitorino, que tenía moto, la primera moto en que yo me monté, gozándola, que se percatasen en el barrio qué muslos tenía la Pinta, percátense, percátense de que yo aquí no me hago vieja(veinte o veintiuno contaría yo por entonces) , o el mismo Fernando, juntos el día entero en la oficina de la fábrica desde la mañana hasta la tarde antes de carme, lloriqueándome, alguna vez a bailar, a dejarme un poco, por gusto y también para luego tener algo que contar a la Niña y que ella me contara, que, eso sí, graciosa y con más sal que ninguna, pero exagerada y un pedazo embustera, la Niña" .


                 La segunda sección del libro ---....y ahora, ocho flores del mal menor---incluye ocho textos más breves, de muy variada  técnica y factura. He aquí una breve noticia de algunos de ellos.  Necromanías es una burla de la incorregible doblez y el cinismo narcisista de la condición humana, apoyándose en la fábula de un escritor recién fallecido que desde el más allá oye los comentarios que de él hacen sus amigos y conocidos. Tu melena enciende la luna es una estupenda parodia del estilo procesal y jurídico-administrativo, que usa la tercera persona en un tono mayestático ---Esta Autoridad(...)---para pergeñar una especie de acta de acusación contra alguien que ha compuesto la letra de una canción amorosa de ese título. Una comedia de costumbres, la minuciosa descripción de una desvencijada sala de teatro, constituye un alarde en el que el autor---como en ciertos pasajes de Benet---juega a embutir el mayor número de subordinadas unas dentro de otras en un único párrafo de dos páginas y media, ya se comprende que de sintaxis harto enrevesada, donde se repiten como en un retornello las expresiones desde la perspectiva de la sala y desde la perspectiva de la escena. El siguiente texto, Jardines al mediodía, es un brillante pastiche de la prosa modernista, con su sintaxis arcaizante y profusión de epítetos, una pintura de una  señorial casa de campo, con la justa dosis de decadencia y sus correspondientes pérgolas, parterres y pistas de tenis. Concierto sobre la hierba, desbordante de imaginación y retranca, es una desternillante burla del mundo futbolístico-patriotero, con el relato de un encuentro entre las selecciones de la Tierra y Marte. Petición de mano, una especie de chiste sobre un chiste a propósito de las trampas de la memoria, parece una parodia a la vez de la novela detectivesca y del peculiar fraseo borgiano:" En cuarenta años de exploraciones, con un único y secreto objetivo, he aprendido los ilimitados contornos de la imprecisión humana. Todo desierto, cualquier extensión polar, la más gigantesca ciudad  o el más impenetrable bosque, acaba en algún punto del espacio". El último de la serie, en fin, de largo y torturado título ---Noticia acerca de los efectos trastocados del bien y del mal en personas aquejadas por estas pasiones---es el relato de la historia de Donato, el artista narciso y triunfador, pero ---en un motivo muy caro a  cierta tradición romántica---íntimamente corroído por el tedio, historia que se quiebra,en un inesperado bucle final, hacia el folletín.

                La última parte del libro se centra en Morfeo en el museo, un irónico elogio de las habitaciones de hotel, que se mete con el tópico tan manido de su tristeza e impersonalidad, y una denuncia de la agobiante presencia de la muerte que parece flotar en la atmósfera de los museos, ese territorio presidido por aquel remedo de eternidad, aquella nada de un sarcasmo mortífero, potenciado por el motivo, tan presente en el relato romántico de fantasmas, de la animación de lo inanimado, pues aquí  los personajes de los cuadros salen de ellos, se desprenden de las superficies coloreadas y cobran una vida siniestra. Y sobre todo en la pieza que cierra el conjunto y que viene a ser como  esa guinda o colofón que sin duda hará las delicias de los amantes de las trastiendas de la literatura, El día que Castellet descubrió a los novísimos o las postrimerías, una desopilante burla ---urdida además con una prosa latinizante, con verbos al final de la frase y oraciones de infinitivo ---de las poses y clichés del mundillo literario, con la fantasmagórica autoridad de la Real Academia incluida, y figurantes que vienen a ser transparentes trasuntos de algunos personajes de la autodenominada gauche divine barcelonesa de los sesenta.           

         

martes, 9 de diciembre de 2014

DE LA TRISTEZA DEL GANADOR



Portada de Contra el olvido

Alberto Oliart. Contra el olvido. Barcelona. Tusquets.1998.



           Me da ahora por releer, después de haberlo hecho por primera vez cuando salió hace catorce años, aureolado además por haber acabado de recibir el Premio Comillas, el libro de memorias de Oliart. Lo recordaba mal, difusamente y solo en algunos detalles o retazos, pero me parece que la agradable impresión que entonces me causó ni desmerece mucho de la que en esta ocasión me ha provocado ni  se ha visto tampoco corregida por el entusiasmo.

         El libro se centra casi exclusivamente en los años que van desde el nacimiento del autor, 1928, hasta 1950, en que, concluida su etapa universitaria barcelonesa, se traslada a Madrid para opositar a abogado del Estado, con la vívida certeza  ---no exenta de melancolía--- de que se cerraba una etapa de su vida y comenzaba otra en buena parte distinta, puesto que rompía (pero solo en parte) con su medio familiar y dejaba el trato directo con  el que hasta entonces había sido su círculo habitual de amigos. Se convertiría con el tiempo en el alto funcionario, político y empresario (hecho que él solo apunta, sin hacer mayores comentarios y dejando entrever que esta segunda etapa de su vida será objeto de un nuevo volumen de prosa autobiográfica, libro que hasta donde alcanzo a saber aún no ha aparecido) que  ---y esto lo digo yo-- poco tenía que ver ya con el personaje de su primera juventud.

           No parece haber preocupado demasiado al autor la voluntad de estilo, toda vez que no hay huella alguna de apoyatura técnica en el arte de la narración. Porque no  hay verdaderos monólogos, ni fragmentos en estilo indirecto libre ni cambios de punto de vista en el narrador, porque  la adjetivación resulta  a menudo tópica y previsible y por la escasez escasez metafórica, casi nunca llega a revelar destellos de maestría ni verdadera fulguración de altura literaria. Pero se trata de una prosa límpida y correcta, en los antípodas de toda floritura barroquizante, que de algún modo alcanza a traslucir verdad, a dar la sensación de que miente lo menos posible, y uno encuentra así verosimilitud en la materia narrada y en su correspondencia con las incitaciones de la realidad y los sentimientos y anhelos del personaje, que por lo demás, casi nunca se aparece como demasiado autocomplaciente. El relato es por lo demás harto desigual, y no causa  extrañeza que muestre en general más seguridad y nervio narrativo en su segunda mitad que en la primera, por mucho que resulten más estimables, pongo por caso,  las descripciones de las tierras extremeñas, en  sus evocaciones y recuerdos de la infancia, con el olor a tierra mojada de las primeras lluvias otoñales, o el impacto que causaban en el niño las lentas, patéticas y solitarias campanadas a muerto en las iglesias de Mérida (que se focalizan mayormente en los dos primeros cap. del  libro, de los ocho de que consta), que algunas anécdotas que se cuentan en más adelante, sobre todo en el cap. 5,  correspondiente a los años universitarios del autor, que se me aparecen algo pálidas y desvaídas, aunque solo sea por el hecho de que su amigo Barral se refiriera a lo mismo, pero años antes ycon mucha más brillantez literaria, en  Los años sin excusa. Con al menos una excepción: el breve fragmento titulado El espejo (pág 322) viene a constituir una especie de poema en prosa que se me antoja de lo mejor del libro.

        Los primeros cap. se demoran en contar con detalle las sensaciones y ambiente de la  niñez y adolescencia, a caballo entre el campo extremeño y Barcelona, los antecedentes familiares (con la figura tutelar y un tanto mitificada del abuelo materno) y los relatos de familia ( uno que ilustra bien la crueldad de casta de los señoritos del campo español: la trágica historia de amor y temprana muerte de uno de sus tíos maternos, Pepe, cuya amante, una de las criadas de su abuela, concibió de él un hijo que nació muerto poco antes de que él mismo muriera de tuberculosis; mientras paría al niño, los amos la insultaban y posteriormente la acabarían echando de casa sin haberle permitido ver a su enamorado; no la dejaron entrar; sí entró la perra loba de Pepe, que el día antes de morir su dueño se fue del cortijo donde la tenían hasta Mérida y se metió debajo de la cama del moribundo, de donde fue imposible sacarla). Siguen acto seguido los días iniciales de la Guerra Civil, que vivió en Barcelona. En su recuerdo de niño de siete años hay una hilera de guardias civiles caminando, bien arrimados a la pared, por la Rambla de Cataluña, una caballería muerta en medio de la calzada, sus padres escuchando ansiosamente la radio, las prisas por huir a Francia, usando sus influencias, de la familia, la estancia de unos meses en París, el paso a zona nacional por San Sebastián y Valladolid hasta llegar a Mérida, los bombardeos republicanos sobre su pueblo natal, los problemas de su padre, que tuvo que escapara a Galicia porque un oficial de la Guardia Civil se empeñó paranoicamente en confundirlo con un peligroso separatista catalán y el regreso en los primeros días de la paz a Barcelona.

       En esta ciudad transcurre su adolescencia y primera juventud. Y también el lento aprendizaje moral que nace de su mala conciencia de señorito que se sabe privilegiado en medio de una sociedad mísera y sombría, de gentes amenazadas y acobardadas. O dicho de otro modo: la paulatina toma de conciencia del joven burgués, inteligente pero no cínico, de las circunstancias de la España franquista, que viene a ser el transparente leiv-motiv de casi todo el relato.  Allí verá un día a un anciano abofeteado en plena calle por unos militares por haberse dirigido a su mujer en catalán, oirá las incendiarias proclamas joseantonianas del futuro filósofo marxista Manuel Sacristán cuando era un cabecilla falangista en el Instituto Balmes, pero verá también el indescriptible entusiasmo de la multitud vitoreando a Serrano Suñer y al conde Ciano mientras discursean desde el balcón de la sede de Falange en el Paseo de Gracia. Allí conocerá a los que serán sus grandes amigos de instituto y luego de Universidad,  sobre todo Carlos Barral, Javier Folch y J.Gil de Biedma, cuyas semblanzas traza, y conocerá también el magisterio universitario de García de Valdeavellano. Sigue con aparente desgana los estudios de Derecho pero oficia, muy influido por sus amigos, de joven letraherido aficionado a la poesía, lo que no obsta para que sea un estudiante empollón. Seguirán los breves viajes de estudios a Francia y Alemania y las francachelas de camaradería y borracheras de su servicio militar como alférez en Ronda y luego en Gerona, al tiempo que las dificultades económicas ---solo relativas---de su familia le abocan a las urgencias de tener que labrarse eso que suele llamarse  un porvenir profesional, que resolverá como se ha dicho más arriba.

         El último pasaje del libro (inmediatamente antes del breve epílogo donde traza, como a vuelapluma, su asentamiento familiar y profesional y los inicios de las imposiciones de la edad adulta) el de la partida en tren a Madrid, es de una punzante melancolía, como corresponde al adiós definitivo a la juventud, pues ahí el autor se despide, como en efecto ocurre, para siempre de su pasado inmediato y de ese unamuniano yo ex-futuro que podía haber sido y no fue.