jueves, 15 de mayo de 2014

GENOCIDIO, JUSTICIA Y RAZÓN DE ESTADO







Hannah Arenddt. Eichmann y el Holocausto. Madrid. Taurus. Colección Great Ideas. 2012.
      Cayó en mis manos hace unos días este librito ( al muy módico precio de 1 euro, gracias a que un muchacho gitano, casi un adolescente, lo tenía a la venta en una de las entradas del Retiro junto a una docena de libros más, todos ellos morralla prescindible, alguno incluso de ésos que llaman de autoayuda) y tras ojearlo un momento me entero de que no es sino una especie de antología o selección de largos extractos del mismo que en su día,1963,se publicara con el título de Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, del que mucho se ha escrito y del que ya había oído hablar desde hace años, pero que no había tenido ocasión de leer. Puesto que el texto digamos original, al que aquí se ha cambiado el título, resulta ser no mucho más extenso, es lógico suponer que uno puede darse por satisfecho con lo  ahora republicado, que verosímilmente vendrá a constituir lo esencial de aquél . La curiosidad se me hizo irrefrenable porque se da el caso, además, de haber visto hace unos meses la que me pareció excelente película de Margarethe Von Trotta Hannah Arendt, cuyo guión se basa en el libro. Y la verdad éste vale la pena y no tiene desperdicio. La filósofa judía, que como se sabe tuvo de jovencita, cuando era estudiante, una tormentosa liaison, de la que se da cumplida ilustración en la película de Von Trotta, con su entonces maestro directo Heidegger ---que como es no menos sabido se convertiría al poco en defensor y propagandista del nazismo---tuvo no pocos problemas nada más publicado el texto. Hubo de soportar toda una campaña de calumnias y difamaciones, de la que se ofrece lúcida noticia en el Postscriptum que ocupa las páginas finales (127-153), desde los medios del judaísmo oficial, al que se le hacían harto incómodas y  molestas algunas de las tesis y aseveraciones del libro (notablemente el asunto, bien documentado al menos desde la monumental investigación de Raúl Hilberg  La destrucción de los judíos europeos, del colaboracionismo de la mayor parte de los dirigentes de las organizaciones judías, y la no menos espinosa cuestión de las oscuras razones de Estado, del de Israel y del de la RFA, que de algún modo exigían la fabricación del tranquilizador mecanismo del chivo expiatorio).
       Estamos ante una prosa  límpida, tersa, acerada, podría decirse que perfectamente funcional a lo bien montado  de sus mecanismos razonadores, a su pasión por la verdad y a lo sólido y muy difícil de desmontar de su potencial argumentativo. Para combatir  la fantasiosa tesis----fabricada desde el principio por el tribunal israelí que juzgó a Eichmann, tribunal que no tuvo ningún empacho en acudir incluso a falsos testimonios--- de la "total responsabilidad de Adolf Eichmann" y de que "una mente estaba detrás de todo", reconstruye la autora tanto los inicios de la carrera política de aquél en las SS, marcados por su obsesión por ascender en el escalafón---declaró en el juicio que la mayor amargura de su vida había sido no haber podido pasar de Standartenführer o coronel de las SS-- como el perfil y los rasgos básicos de su personalidad, un hombre taciturno y gris cuya única preocupación parecía ser el cumplimiento del deber  o, lo que viene a ser lo mismo,  la  máxima eficacia en la realización de las tareas que como funcionario del partido se le encomendaban. Aunque se trataba pues de una mente y un espíritu puramente funcionarial o burocrático, de modo que hubiese desempeñado con igual eficacia cualquier otro trabajo distinto al de organizar la deportación masiva, lo cierto es que Eichmann , cuando su primer jefe, un tal Von Mildestein, le ordenó ocuparse de la cuestión judía, llevó su puntillosidad al extremo de leer  la obra clásica del sionismo, Der Judenstaat, de Theodor Herzl (muy probablemente el único libro que alcanzó a leer en toda su vida, puntualiza Arendt) e incluso de aprender un poco de hebreo, lo que le permitió seguir, siquiera fuese a medias, los periódicos en yiddish.  Desde entonces parece fuera de toda duda  que Eichmann quedara fascinado por el mundo judío y se convirtiera, de hecho, en un sionista. Esto último pudiera acaso parecer algo escandaloso, aunque bien mirado no lo es tanto: al igual que los judíos sionistas (no así, obviamente, los asimilacionistas), pensaba que la judía era una civilización aparte, inasimilable a ninguna otra, y que como tal debía vivir sin mezclarse con otras culturas o sociedades. De ahí la insistencia de Herzl mismo en la necesidad del regreso a Palestina y la relativa aquiescencia que algunos dirigentes judíos mostraron años después para con la posibilidad ---que algunos jerarcas nazis  barajaron antes de optar por la solución final en el célebre cónclave de Wandsee de 1941, al que Eichmann asistió, emocionado porque al fin podía ver con sus propios ojos a los jefes supremos, los Heydrich, los Ribbendropp, los Müller y compañía, esto es, la vieja y amada por él burocracia del partido--- de una deportación masiva a Madagascar para fundar allí un  Estado Judío.



       Como carecía de sentido moral, no se planteaba las consecuencias de lo que hacía, éstas se le aparecían como indiferentes, y en este sentido es en el que habla Arendt, lo que tanta incomprensión le acarreó, de banalización del mal. Entendámonos: Eichmann fue evidentemente un criminal repulsivo como todos los demás jerarcas nazis ( no pocos de ellos mucho más inteligentes y perversos que él),  pero eso no excluye el matiz ni la relativización, que es siempre el estadio más próximo a la verdad. No en vano afirma Arendt que el texto alemán del interrogatorio, grabado por la policía, con sus páginas corregidas y aprobadas por Eichmann "constituye una verdadera mina para un psicólogo, a condición  de que sea lo bastante sensato para comprender que lo horrible puede ser no solo grotesco sino completamente cómico" (pág. 25), comicidad acentuada por el leve tartamudeo que padecía el acusado, que confundía con frecuencia palabras y frases hechas , y que incluso en su época escolar había sido tratado al parecer de una moderada afasia. Arendt subraya en varios pasajes el acentuado contraste entre la relativa insignificancia del personaje, con sus continuas contradicciones, sus muecas, entre tremebundas, patéticas e infantiloides, sus sobradas muestras de pocas luces e inteligencia y sus esporádicos ataques de cólera (sobre todo cuando un testigo proclamó que lo había visto asesinar a palos a un muchacho judío, cosa que tiene todo el aspecto de falso testimonio dado el carácter de Eichmann, muy preocupado siempre de no mancharse las manos personalmente) y el escenográfico aparato propagandístico que rodeó el juicio. En fin : "A pesar de los esfuerzos del fiscal, cualquiera podía darse cuenta de que aquel hombre no era ningún monstruo, pero en realidad se hizo difícil no sospechar que no fuera un payaso (p. 34)". Eichmann no tenía, así pues, problemas de conciencia, quizá porque su psique ordenancista y volcada hacia la despersonalización  burocrática le había provocado  una  especie de insensibilización brutal, quizá porque la poquedad de su inteligencia no le daba para llegar a tenerlos o quizá por ambas cosas. Quien, no es que los tuviera, sino que sabía cómo solucionarlos cuando aparecían, era por ejemplo Himmler ---acaso, con Speer, el más diabólico y manipulador de los dirigentes nazis--- que en sus célebres soflamas a los comandantes de los Einsarzgruppen y a los altos jefes de las SS y de la policía solía inventar eslóganes que acababan haciendo fortuna. Decía cosas como (cit. pág 54) "La orden de solucionar el problema judío es la más terrible orden que una organización podía jamás recibir. Sabemos muy bien que lo que de vosotros esperamos es algo sobrehumano, esperamos que seáis sobrehumanamente inhumanos". Por cierto, el único de estos eslóganes que Eichmann parecía recordar (y que repitió muchas veces, como si fuera un mantra, durante el juicio , ante la exasperación de los jueces, era "Estas son batallas que las futuras generaciones no tendrán que librar", refiriéndose obviamente, además de al exterminio de los judíos, al peculiar método nazi de solucionar el problema de los gitanos, de los niños enfermos, de los viejos y demás bocas improductivas. El problema de la conciencia, es decir, el de eliminar la piedad meramente instintiva que todo ser humano normal suponemos que experimenta ante el espectáculo del sufrimiento ajeno, lo solucionaban los nazis --- y en realidad cualquier aparato o sistema de poder de no importa qué tipo--- con el mecanismo, simple pero probablemente muy eficaz, de invertir la dirección de aquellos instintos, en fabricarse una especie de perversa piedad de sí mismo, de modo que el asesino en masa se diría algo como "Qué sacrificado soy, qué horribles espectáculos me veo obligado a contemplar en el sagrado cumplimiento del deber, qué dura es mi misión etc".




      Para ilustrar hasta qué punto la inmensa mayoría del pueblo alemán estaba entregada en cuerpo y alma al delirio nazi ( y por eso hay que tomarse con mucha prudencia el alcance de la famosa y fallida conspiración de julio del 44l liderada por el conde Von Stauffenberg , para asesinar a Hitler y negociar una paz con los aliados, que Arendt analiza agudamente en las pp. 45-51) cuenta Arendt, apoyándose en el testimonio del novelista  Reck-Malleczewen, que acabaría muriendo en un campo de exterminio, que en 1944, cuando Alemania ya tenía sobradamente perdida la guerra, una dirigente nazi acudió a unas cuantas aldeas bávaras para pronunciar unas charlas que elevaran la moral de los campesinos. La tal señora no gastó mucho tiempo en alabar las armas milagrosas que les darían al final la victoria, sino que se enfrentó directamente con la perspectiva de la derrota, posibilidad que no debería inquietar a nadie porque "el Führer, en su gran bondad, tiene ya preparada para todo el pueblo alemán una muerte sin dolor, mediante gases" (p. 63). En vez de tirarla al río o apedrearla, que hubiera sido lo humanamente esperable, aquellos campesinos regresaron a sus casos meneando la cabeza. Y es que ese y no otro parece ser según algunos el verdadero problema, no la responsabilidad personal de Eichmann o de cualquier otro, sino la de todo un pueblo. Y si grande y casi inexpiable es la responsabilidad del alemán, ¿qué decir de aquellos judíos que colaboraron con más o menos entusiasmo en su propia destrucción ? No pocos dirigentes judíos, por egoísmo, ambición, pusilanimidad o por una errónea noción del humanitarismo, colaboraron en algún grado con los nazis, así (p. 76 y ss) Chaim Rumkovski, decano de los rabinos de Lodz, que se hacía llamar Chaim I, emitía moneda con su firma y sellos de correos con su efigie y  se paseaba por las calles en un coche de caballos, o Leo Baeck, ex rabino mayor de Berlín, que ocultó la verdad a sus hermanos de raza porque "vivir en la espera de la cámara de gas hubiera sido aún más terrible", o Adam Czerniakov, presidente del Consejo Judío de Varsovia, que terminaría suicidándose sin duda acuciado por sus problemas de conciencia, o los dirigentes de menor nivel que en las comunidades de Budapest, Ámsterdam, Varsovia y de todos los sitios colaboraban facilitando a los nazis listas de personas con expresión de sus bienes, obtenían dinero de los condenados a la deportación, llevaban un registro de las viviendas vacías etc, para no hablar de los que toleraron de buen gusto el entrar a ocuparse de tareas administrativas y policíacas (como quedó debidamente documentado en el juicio y han demostrado investigaciones como la citada de Hilberg,, las últimas cacerías de judíos en Berlin, por ejemplo, fueron obra exclusivamente de la policía judía). Es pues evidente que para los judíos el papel que desempeñaron sus dirigentes en la destrucción de su propio pueblo constituye uno de los capítulos más tenebrosos e incómodos de su historia, y no lo es menos que, en el juicio a Eichmann, "la postura de la acusación hubiera quedado debilitada si se hubiera visto obligada a reconocer que la determinación de los individuos que debían ser enviados a la muerte era salvo escasas excepciones tarea de la administración judía" (p. 78) y, aún más, que la actuación de los jueces tendió en todo momento a evitar --aunque como se ha visto no lo consiguió del todo---que estos hechos salieran a la luz, lo que hubiera puesto en un brete a la Administración Adenauer. La comparecencia en el juicio de testigos que participaron, por el contrario, en la resistencia judía---que también la hubo, afortunadamente--- dejó claro que la tarea material de matar (fueron comandos judíos quienes trabajaron en las cámaras de gas y en los crematorios, quienes arrancaban a los cadáveres los dientes de oro, cavaban las tumbas y las volvían a abrir para no dejar rastro de los asesinatos masivos y técnicos judíos quienes construyeron las cámaras en Theresienstadt, por ejemplo, donde la autonomía de los judíos llegó a ser tal que incluso el verdugo encargado de la horca lo era) quedó en manos de los judíos y, como escribe Arendt (p.82-83) "contribuyó a disipar el triste espectro de cooperación universal, la sofocante y emponzoñada atmósfera que rodeó la Solución Final".


      La pena a muerte para Eichmann era, en fin, lo que casi todo el mundo esperaba y lo que satisfizo a casi todos, aunque a última hora --el procedimiento de apelación duró solo una semana--- parte de la prensa israelí y algunos altos funcionarios del Estado hebreo propusieran otras soluciones como la condena a Eichmann, de por vida, a trabajos forzados en el desierto del Neguev. Martin Buber calificó la ejecución (cit p. 104) de "error de proporciones históricas" por cuanto "serviría para que muchos jóvenes alemanes expíen sus sentimientos de culpabilidad", aunque, como argumenta en este caso no sé si muy convincentemente Arendt (pp. 105 y ss)  esos sentimientos de culpabilidad resulten no pocas veces más que dudosos, al tratarse  de un refugio en un sentimentalismo barato ante la presión de otros problemas más acuciantes y actuales para ellos,como la preocupación por el éxito en sus trabajos y carreras, por ejemplo. Digo que no sé si muy convincentemente porque no es desde luego ésa la impresión que yo he tenido en el trato con algunos no ya hijos, sino nietos de los verdugos: el sentimiento de culpa y vergüenza por lo que hicieron sus ascendientes me pareció sincero. En todo caso, las interpretaciones según las cuales el acusado simbolizaba el pueblo alemán en general, el antisemitismo en todas sus formas tal como se ha dado en el mundo contemporáneo y, aún más, la naturaleza humana e incluso el pecado original suponen salirse por la tangente, obvian la cuestión esencial y resultan un tanto delirantes; se diría incluso, como anota con agudeza Arendt, que parecen diseñadas a la medida de aquéllos que están obsesionados por descubrir "un Adolf Eichmann en el interior de cada uno de nosotros"(p.134).


        Digo que orillan la cuestión esencial y no favorecen el entendimiento racional del asunto, a lo que sí contribuye, en cambio, este libro. Entendimiento que no es otro sino el de comprender lo que dio de sí al cabo el tan sobado fantasma inventado por Hitler y por Goebbels ( y, lo que es peor, creído por millones de personas) de "la batalla del destino del pueblo alemán" ( der Schicksalskampf des deutschen Volkes). Y es que el antecitado libro de Hilberg, éste que comentamos y otros demuestran sin lugar a dudas cómo la explicación de la Shoah sigue siendo una cuestión abierta aún hoy y cómo una abigarrada conjunción de políticas, iniciativas y comportamientos --en gran parte planificados cuidadosamente desde arriba --- posibilitaron la destrucción de una fracción considerable de la población europea apelando a su carácter étnico o cultural inasimilable, y cómo en ese proceso de destrucción concurrieron las prácticas, los saberes y las técnicas de las sociedades europeas (sobre todo de sus clases dirigentes, fascinadas por la ideología y la mística de un Estado criminal y depredador como el nazi, y de qué manera, pues si no sería difícilmente explicable el éxito del experimento, participaron con entusiasmo la mayor parte de las capas y estratos sociales y sus grupos profesionales.

   

lunes, 24 de marzo de 2014

DESCENSO A LOS INFIERNOS

                             



José Donoso. El jardín de al lado. Barcelona. Seix Barral. 1981.

       Fuera de El obsceno pájaro de la noche (1970), indudablemente su obra maestra, la más lograda y ambiciosa de las suyas, que medio leí hace muchos años ---mal, quizá era yo entonces demasiado joven, y de la que apenas recuerdo gran cosa pero sí, y muy bien, que me perdí un tanto en su selva verbal y en su espesura metafísica y simbólica, y que algún día acaso no muy lejano pienso intentar leer de verdad --- y del muy agudo y entretenido ensayo o reportaje sociológico-literario, que ya vi hace relativamente poco,  Historia personal del boom (1972), no le había dado a uno por  echarse al coleto ningún otro texto del gran escritor chileno, del que puedo decir que, pese a lo poco que lo he frecuentado, me parece uno de los más grandes narradores de aquella tan cacareada pléyade de latinoamericanos, muchos de los cuales, como es sabido, aterrizaron ---sus obras y en no pocas ocasiones también sus personas, como es este caso--- en España, fundamentalmente al calor y de la mano de Seix Barral y de su propietario y animador Carlos Barral, personaje que como muchos otros de aquella época y milieu aparecen oportuna y a menudo irónicamente retratados en el antecitado ensayo.

       Recuerdo haber leído una vez en Ferlosio algo así como que todo escritor de ficción escribe siempre, de un modo u otro, su propia vida ---¿qué va a escribir si no? y precisamente porque este dictamen haya que tomárselo lo más lejos posible de toda matriz biográfico-positivista o, si se quiere, aún peor, psicoanalítica, no soy de ésos muy dados a establecer alegremente puentes y analogías entre la presunta vida real del escritor y las circunstancias y determinaciones de sus ficciones. Pero quizá no esté en este caso del todo de más anotar que la novela que trato se publicó, como reza la referencia de la entrada, en el 81 y está fechada el verano del año anterior,  dos años antes del regreso definitivo de Donoso a su tierra, en donde acabaría muriendo en 1996, y que se escribió en Calaceite, pueblo turolense casi fronterizo con Cataluña donde Donoso y su mujer se retiraron para  pasar los más de los años en que estuvieron instalados aquí (1967-1982). Doy este detalle, meramente externo y anecdótico, porque es evidente que hay en El jardín... múltiples claves y elementos autobiográficos y bien puede decirse que el Sitges de los años setenta donde transcurre parte de la acción bien podría reducirse en lo esencial, pese a lo aparentemente disparatado de la traslación, al pueblecillo bajoaragonés, y eso para no hablar de los paralelismos entre la personalidad del principal personaje de la novela, el escritor chileno exiliado en España Julio Méndez (del que bien podría señalarse, si se me permite una broma demasiado fácil, que goza de la más requintada panoplia de virtudes y parabienes: cincuentón de endeble salud, neurasténico, hipocondríaco, alcohólico y para más inri doliente homosexual larvado) que, amén de hallarse  viviendo un bache creativo y un infernal proceso de derelicción neurótica y autodestructiva, ve devastada su existencia, además, a causa de su dolorosísima e infernalmente conflictiva relación con su sensible e inteligente mujer Gloria y del choque con un hijo adolescente que lo desprecia e ignora. Pero no se juzga ninguna novela, o no debe juzgarse, a partir de esos patrones, aunque solo sea porque los demonios y/o miserias personales del escritor, cuando los hay, están ahí, en la vida del tal escritor, y los de los personajes de ficción donde les corresponde, en el espacio simbólico-verbal de la novela (en este caso, pero lo mismo reza para el poema, la comedia dramática, el cuento y si me apuran hasta para determinados tipos de ensayo o escritos teóricos).

      El relato es a todas luces modélico en cuanto al orden de composición y a la disposición estructural de los elementos, ya en el trazado de los personajes (Mario mismo, Gloria, el hijo de ambos, el tornadizo, narcisista e inmaduro adolescente Pato, y sobre todo otros  dos personajes, obviamente secundarios respecto a la pareja de protagonistas pero que resultan esencialísimos para el desenvolvimiento de la trama: el amigo de éste último, autoapodado Bijou porque el correspondiente español Joya le parece algo que huele a macarra, vulgar , barriobajero y sudaca, el muchacho hijo de un matrimonio chileno bien ---diplomáticos-- que vive exiliado en París y  al que Julio se refiere siempre, en sus monólogos y ensoñaciones en las que fantasea arrebatado por una oscura pulsión homosexual que en el fondo le aterra, martiriza y humilla, como el angelo musicante ---el pasaje de la cabina telefónica, en la que ambos deben pasar encerrados un buen rato, es sencillamente magistral en su cruel ironía y su acidísimo rencor---, y la llamada en el texto Núria Monclús, que cualquiera puede ver que no es sino transparente máscara de la al parecer tiránica y todopoderosa agente literaria barcelonesa Carmen Balcells; no se me ocurre en cambio quién puede ocultarse tras el personaje de Marcelo Chiridoga, el más exitoso de los novelistas del boom, personaje pintado aquí como fatuo, falsario e insoportable, al que Julio detesta sobre todo porque el tal es íntimo de la Monclús, la que no quiere publicar la gran novela sobre el exilio intelectual chileno en Europa tras el pinochetazo que Mario está escribiendo ), como también y sobre todo en el estupendo tour de force que supone el muy sutil cambio de voz narrativa cuarenta páginas antes del final, introducido tan hábilmente y tan en el momento en que la novela lo pide desde dentro, que incluso un lector avezado tarda en darse cuenta: solo tras la lectura de unos cuantos párrafos se empieza a sospechar ---y con ello el sentido del inesperado y soberbio quiebro final--- que el que habla ya no es Mario, sino Gloria. Dicho sea de paso, ahora que escribo juntos los nombres de los dos cónyuges: entre otras cosas con las que este relato no se anda con demasiados paños calientes , está la institución familiar: aquí queda abierta en canal, y además con cuchillo dentado y oxidado.

        La novela resulta toda ella lancinante y dolorosa, verdadera y eficaz (estilística y también conceptualmente ) crónica de una brutal neurosis autodestructiva, casi cruel, de una atmósfera sutil y ubicuamente opresiva, atmósfera que precisamente los pasajes humorísticos o irónicos ---pero de una ironía en los antípodas de lo que pudiéramos llamar amable, antes bien acre y demoledora--- contribuyen a la vez a desdramatizar y al mismo tiempo a recalcar, como pienso que ocurre en algunos relatos de algunos grandes anglosajones como George Eliot o Henry James. La referencia no es gratuita, toda vez que Donoso conoce como pocos escritores hispanohablantes la literatura inglesa (materia que enseñó durante varios años, antes de venir a España, en Princeton,), y en todo caso oportunísima juzgo la inclusión en el texto de una docena de versos del T. S. Eliot de Four Quartets ( aquellos, tan inconsolablemente tristes,  que empiezan wait whitout hope... en inglés en el original y con excelente traducción a pie de página, supongo que del propio Donoso, porque no se especifica), justo al final del capítulo dos y antes de empezar el tres, unas líneas después de que Mario, podrido de mala conciencia y humillado porque se pasa la tarde--- en la lujosa  casa que le ha dejado, gratis y todo un verano, un amigo rico en pleno barrio de Salamanca--- en vez de escribiendo, espiando a un grupo de jovencitos y jovencitas pijos que se están emborrachando y bañándose en pelotas en la piscina del palacete contiguo, diga  ( pág 109) Duele. Duele. Vuelvo a mi máquina. La miro con repugnancia: un placebo, un sucedáneo de la exaltación insubliminable  que me hace permanecer tieso y como embalsamado en mi silla frente a mi trabajo inútil, la mente confusa, el corazón destrozado.
       Más tangencialmente, pero no con menos furor y determinación se ponen aquí en la picota cosas como los mitos de la resistencia de la clase intelectual a las dictaduras latinoamericanas de los setenta (Mario alardea de que pasó detenido seis días por haber tenido escondido a un primo activista del MIR, solo seis días porque lo soltaron en seguida por las influencias de la familia y el peso del apellido, poca cosa,  pero otros ni siquiera tienen eso para pavonearse) y correlativamente, los modos de vida , a menudo impostados, vacuos y miserables, de la turbamulta de artistas latinoamericanos que, sobre todo en los pueblos de la costa cercanos a Barcelona, haraganeaban y mayormente se emborrachaban y trataban de ligar con el pico y la verborrea del intelectual revolucionario exiliado.
    
       Por todo lo dicho, ya se ve que absolutamente recomendable.

viernes, 28 de febrero de 2014

DE CANALLERÍAS E IMPOSTURAS







Jon Juaristi. La caza salvaje.  Planeta, Barcelona 2011.







          Acabo de leer esta novela de Juaristi, al que hace años que sigo como poeta (o quizá más bien como muy hábil y docto versificador, con magistral manejo de la ironía, de la cita entreverada y el retruécano---aunque tendiendo un tanto al abuso, a veces hasta en los títulos-- y representante entre nosotros, ya desde su primer libro, Diario de un poeta recién cansado,1985, de un tipo de poesía digamos moral, civil  o comprometida ---de alguna manera hay que decirlo, pese a lo notoriamente prostituido de estos marbetes--- que uno echaba un tanto de menos, aunque solo sea para que sirviera de contrapeso a la oleada dominante, en estas últimas dos o tres décadas, de tanto venecianismo rezagado y de tanto poeta de la experiencia ), y como ensayista (su agudo El linaje de Aitor, 1983, y los no menos excelentes, eruditos y documentados El bosque originario. Genealogías míticas de los pueblos de Europa, 2000, y el en su día muy leído y exitoso El bucle melancólico, 1987, entre otros, ensayo desde el que por cierto podría rastrearse todo un sistema de referencias y ecos, a modo de vasos comunicantes, con la novela que vamos a comentar, y no solo porque más de un personaje de ésta es el mismo que alguno de los reales o históricos de los estudiados en El bucle, sino porque las tesis básicas e hipótesis críticas que lo movían son al fin y al cabo las mismas que operan en el relato.

          Texto así pues a mitad de camino entre la roman à clef  (muchos de los personajes comparecen y actúan con su nombre en la llamada  vida real ,desde, entre un largo etcétera,  Julio Caro Baroja, el cura falangista Fermín Yzurdiaga, director de la revista Jerarquía en la Pamplona de los primeros meses de la Guerra Civil, Eugenio D´Ors, Unamuno, Txillardegui (Álvarez Enparanza), Pilar Primo de Rivera, hasta Hitler, Tito, Franco y el mismo Juaristi al final, del que me atrevo a suponer que hay algo de  piadosa autocaricatura en el personaje de Paddy, el hijo de los Mercier, la familia de diplomáticos irlandeses retirada en Bayona que acoge como preceptor privado a Martín Abadía en sus primeros meses de exiliado, ese Paddy adolescente, apasionado estudioso de lenguas muertas y con la cabeza poblada de delirantes visiones filofascistas, que acabará asesinado, irónicamente, por los nazis a los que tanto admira, tras haber cometido él mismo un crimen abominable, y otros son transparentes máscaras de personajes de relieve en la vida civil y cultural española de las última décadas, así, por ejemplo, Astilla del Fresno es Castilla del Pino, Pepe Ausente corresponde a José Aumente, Valentín Ibarguchi es Ibarrola o Gabriel Errasti  es Aresti entre también otros muchos), y la novela de tesis ( desde sus orígenes mismos, los pequeños nacionalismos irredentos ---y muy notoriamente el vasco---, a resultas de sus bandazos políticos y sus delirios ideológicos, han venido a dar, en la Europa contemporánea, en movimientos fascistoides o parafascistas e incluso en algunos casos en el más sangriento terrorismo), La caza salvaje se deja leer toda ella con interés y a grandes trechos también con sumo deleite, toda vez que la andadura de la trama aparece aderezada con múltiples golpes de efecto e ingenio, algunos personajes desaparecen para reaparecer luego en otro contexto o situación, unos llevan a otros en espesa malla de relaciones, un poco al modo cervantino y a modo también de gran comedia bufa, y porque ---asunto éste importante y que es aquí muy de agradecer---la mucha erudición antropológica, etnográfica y lingüística y la multitud de citas entreveradas o trufadas que pueblan el texto casi nunca llegan felizmente a estrangular la marcha del relato mismo (solo se me han hecho algo pesadas las pp. 267-291, donde  el personaje principal, el proteico Martín Abadía, y otros, intelectuales serbios y croatas, se enzarzan, en un café de Belgrado a fines de los años cuarenta, en una larga y tediosa discusión sobre los nacionalismos enfrentados y los odios étnicos y religiosos en  la antigua Yugoslavia).


           El leiv motiv  de la novela es el cazador salvaje, viejo elemento etnológico y mítico común al parecer a la mayoría de las tradiciones folclóricas de las viejas culturas europeas, que en el País Vasco es un cura muy aficionado a la caza ( a la de los animales y a la femenina), que deja la misa a medias para correr en pos de un ciervo o un jabalí y que recibe también los nombres, además del principal de Martín Abadea, de Mateo Chistu o Rey Salomón, que traduce el mitema del cazador (porque ha renegado del nombre de Cristo, en buena parte de las tradiciones eslavas y francesa) eternamente condenado a perseguir, sin alcanzarlas nunca, a las fieras del bosque y a desesperarse, por tanto, en pos de un ideal ilusorio e irrealizable. Cazador que aquí encarna Martín Abadía, joven jesuita vizcaíno que ha ampliado estudios en Múnich y nacionalista vasco que en los amenes de la Guerra Civil se pasa a los franquistas, para poco después fugarse a Francia, entrar a conspirar de inmediato en los medios nacionalistas del País vascofrancés mintiendo sobre su pasado e iniciar una larguísima serie de traiciones, crímenes e imposturas que le llevan a codearse con los jerarcas nazis en el Berlín del 42-44, escapar de esa  ratonera, ante la llegada de los rusos, en el 45, convertirse en asesor  para asuntos religiosos del mariscal Tito, regresar a España a principios de los cincuenta convertido en franquista, aterrizar en Córdoba, desterrado por su obispo, que conoce el nacionalismo de sus años jóvenes, mangonear cínicamente a varias bandas, entre la oposición antifranquista y la carcundia  político-clerical de la ciudad y regresar al País Vasco años después para infiltrarse en el nacionalismo radical que acabaría cristalizando en ETA  para acabar muriendo al fin, ya viejo y carcomido por un nihilismo atroz y desengañado, el día mismo del golpe de Tejero, fulminado por un oportuno rayo divino ante la cueva de Altamira, el mismo lugar donde empieza la novela un  día de 1931, cuando el Maestro (al avanzar la lectura nos enteramos de que era Unamuno) alecciona al joven Martín acerca del bisonte, animal totémico de la raza española.

        No pocos son los pasajes que me han resultado especialmente felices.Así, el relato, muy al principio de la novela (pp.25-32), de una comida, pocas semanas después de haber acabado la Guerra del 36-39, en casa de una marquesa pamplonica, beata, ridícula y carlistona, a la que asisten, junto a otras señoras de la alta aristocracia y algún que otro comparsa, el Padre Yzurdiaga, D'Ors, el escritor Iribarren, ex-secretario de Mola, y Martín, en la que la conversación, que no tiene desperdicio, versa mayormente acerca de Baroja (al que la señora marquesa llama anticristo ante la cólera de Yzurdiaga, que dice que él no permite que se injurie a Baroja en su presencia y al que moteja de  padre del fascismo español), de las necesarias y recientes limpias de rojos y ateos y del sentido civilizador de la recién acabada Cruzada, conversación animada además de vez en cuando por las veladas alusiones a la debilidades de Martin para con el sexo débil, que todos conocen, y en la que lo más interesante es el contraste ente el sombrío y obtuso fanatismo de los curas y las gaseosas, olímpicas y proverbialmente cínicas ironías de D'Ors. O también la excursión, narrada pocas páginas después, capitaneada por el ultramontano capitán castrense Blas Ciordia, a las cuevas de Zugarramurdi, a la que asisten un par de frailes, Álvaro D'Ors, hijo mayor del escritor que ha hecho la guerra como requeté en el frente de Madrid, Martín Abadía y un Julio Caro Baroja que resulta ser compañero de bachillerato de Álvaro. Tras visitar la cueva, Julito Caro no tiene más remedio que exhibir, un poco a regañadientes, su erudición para atajar las vitriólicas y envenenadas alusiones del cura Ciordia, comen acto seguido una enorme tortilla de patata, que sale algo seca, se ponen  hasta el culo de vino  ---todos menos D'Ors y Caro--- y por fin, ante la insistencia de Ciordia, van a girar una visita a Itzea, en la cercana Vera de Bidasoa, pero aquí todo acaba como el rosario de la aurora, porque, aprovechando que Ciordia está haciendo la pelota a Doña Carmen Baroja ---que por su parte no se molesta demasiado en ocultar su repugnancia ante la mala bestia del capellán-- y sobando la mejilla del niño Pío, hijo menor de aquélla y hermano de Julio, Abadía se larga corriendo monte a través hasta alcanzar la raya de Francia , ante lo cual Ciordia, encolerizado, requiere el trabuco y alcanza a darle un tiro en la pierna, no sin insultar y amenazar con un Consejo de Guerra a los demás. O, todavía, el pasaje de la visita de Franco y su mujer a Córdoba en los primeros cincuenta (pp. 344-353), en el que sorprende y divierte oír ---precisamente por su más que forzada inverosimilitud--- al tirano, no solo perorar con citas trufadas del Romancero Gitano, sino también, para justificar y regodearse él mismo en su sadismo gratuito (acaba de enviar a la Legión a un pobre muchacho del servicio del palacio en el que se aloja) ver cómo se despacha con un verbo soez y machista: A Doroteo Anaya, como no se espabile, los moritos de Ifni me lo van a devolver a Écija con el agujero del culo como el pantano que voy a inaugurar  mañana. O, aún, la salida de Hitler (pp. 244-45) al final de la recepción que concede en la Cancillería a Abadía ---que ya es nada menos que  todo un Hauptsturmführer de las SS---y a su camarada Ezquerra, un hedillista medio tronado que ha sido divisionario azul. Resulta que ambos pretenden formar un batallón de españoles ---pero mayoritariamente vascos, a poder ser--- encuadrado en las Waffen SS, para la defensa de Berlín contra el Ejército Rojo, petición que el Führer , que no anda a esas alturas muy sobrado de soldados, además de colgarles una condecoración y otorgarles a ambos la nacionalidad alemana, acepta encantado, para montar poco después  en cólera y estallar cuando se atreven a preguntarle, tras el insistente cuchicheo de Ezquerra , que no habla alemán, al oído de Abadía, si pueden conservar al mismo tiempo la vasca(y perdóneseme lo largo de la cita): "No. Verboten. Si su camarada quiere seguir siendo algo tan ridículo como vasco, que se olvide de la nacionalidad alemana. Y no me toquen ustedes las pelotas, que no estoy de buen humor. Vascos, puaf! Ya me acuerdo de ustedes y del coñazo que tuve que soportar cuando les borramos del mapa aquella aldea, ¿cómo se llamaba? Ah, sí Gornica. Parece un nombre eslavo, ¿no cree? En mi opinión, son ustedes una braña de judíos que se perdieron por esas montañitas en tiempo inmemorial. Tan judíos como el cabrón de Franco, que me hizo esperarle varias horas en aquella estación de mierda, Hendaya, creo que se llamaba. Y allí, el cretino de Bouda explicándome lo de la lengua vasca y todas esas chorradas, y enseñándome desde el tren las casitas y las playitas y los campitos de golf donde los samuelitos de media Europa se lo pasaban en grande follándose a las institutrices alemanas de sus hijos. Uno quiere ser amable con ustedes y así se lo agradecen. Pues nada. Ni cruces de caballero ni salchichas de Frankfurt. Que les den por culo." Y no menos felices y conseguidos se me hacen algunos de los personajes, como --y este es puramente de ficción---Marga Núñez,  la joven viuda cordobesa que se convierte en  amante de Martín nada más llegar éste a la ciudad andaluza, mujer de atormentado pasado a la que el Régimen franquista ha hecho creer una miserable mentira y una vil calumnia en el asunto de la muerte de su marido, militar de los servicios secretos al que se despacha a Berlín con la misión, (fracasada, puesto que lo liquidan a él), decidida por Lequerica, ministro franquista de Exteriores, de asesinar a Abadía y frustrar así su empeño de formar en el Ejército nazi una unidad de españoles, por cuanto al Estado franquista le convenía ya desmarcarse del Reich.
        Una breve nota final, que no atañe ya al escritor Juaristi, que ha conseguido urdir una novela brillante y divertida, que como lector le agradezco sobremanera, sino al ciudadano Juaristi, y es que sorprende el que haya en los últimos años escorado sus simpatías políticas hacia el PP, del que aceptó en su día varios altos cargos, se haya hecho amigo al parecer hasta de personajes como Aznar y, en suma, no haya dicho nada ---él, un hombre sin duda extremadamente culto e inteligente, del que nadie puede creerse que no sepa con quién se juega los cuartos---acerca de otro nacionalismo, éste si bastante más peligroso que el vasco, como ha demostrado de sobra: el nacionalismo español, el más deleznable, cutre, analfabeto y seborreico de todos. Pero en fin, supongo que sus razones (más o menos inconfesables) debe de tener. Así es la vida, como decía el otro. Les recomiendo la novela.


lunes, 10 de febrero de 2014

VIRGINIBUS PUERISQUE





Luciano G. Egido. El corazón inmóvil. Tusquets. Barcelona, 1995

      Me llega, de las manos  y de la fervorosa recomendación de mi buen amigo y colega Manuel Villalba, la presente novela, de la que no tenía hasta hace unos días la menor noticia, aunque sí, pero poca, de su autor, el escritor salmantino Luciano Egido, al que sabía autor de una bastante celebrada especie de biografía novelada de los últimos años de Don Miguel de Unamuno, publicada hace no mucho bajo el sello, creo, de esta misma editorial, Agonizar en Salamanca, que no he tenido ocasión de leer. Me entero, tras haber leído este El corazón inmóvil, de que el texto recibió aquel año, 1995, de su primera publicación ---no sé si habrá reediciones----el Premio de la Crítica, acaso el menos prostituido, por lo menos en teoría, de la turbamulta de los premios literarios concedidos en España cada año, aunque solo sea por el hecho de que carece de dotación económica alguna, aunque, como diría el otro, el dinero no lo es todo y, quizá más a menudo de lo que suele creer, ni siquiera a veces lo más importante.


         Pues bien, hete aquí que lo primero que a uno le viene a la cabeza al abordar esta novela, cuya lectura ya avanzo que me ha hecho pasar algunos espléndidos ratos, es la relativa originalidad tanto de su asunto ---así a bote pronto solo recuerdo ahora otra historia, en las letras españolas recientes, de monjas enamoradas obligadas a vivir en un ambiente de helada tiranía concentracionaria, Extramuros, que el ya desaparecido Fernández Santos hiciera allá por mediados de los ochenta, sin que importe mucho ni nada que ésta se ambientara en pleno siglo XVI y la que nos ocupa lo haga en la pueblerina, adocenada y levítica Salamanca de principios del pasado siglo----como, lo que acaso suele tener mayor interés, de su planteamiento y disposición estructurales.


         La novela se distribuye en dos largos tramos iniciales, de unas ciento cincuenta páginas cada uno, y un a modo de cierre o epílogo  ---no puedo resistir la tentación de escribir también allegro final--- de no más de una docena, donde el personaje principal, libre ya del caudaloso  --y tan atroz como placentero---infierno del que acaba de salir pero inevitablemente marcado a fuego ya para siempre por él, desnuda su alma, filtra y evalúa la propia experiencia vital, agrandada y cauterizada por el dolor y, en la medida en que nos es dado a cada uno de nosotros, elige. En la primera parte se nos cuentan, coral y perspectivísticamente , los hechos (en esencia: en el marco de un Hospital para indigentes y desgraciados terminales regentado por las Hermanas de la Caridad ---lugar donde transcurre toda la novela--- el asesinato en su puesto de trabajo, en plena noche y por envenenamiento, de un joven médico con fama de seductor y mujeriego impenitente y casado por el sistema del braguetazo con una pálida e insignificante señorita provinciana a la que desprecia y ningunea, y la posterior localización, apresamiento y ejecución mediante garrote vil ---la transcripción del discurso del Juez en el juicio, pp. 129-136, no tiene desperdicio porque pone casi los pelos de punta--- del presunto asesino, una especie de criado para todo al que las buenas madres han acogido desde niño, mudo y medio lelo, al que en el momento de su detención, presa del pánico, no se le ocurre mejor cosa que intentar meter fuego a todo el edificio, lo cual como es lógico no viene sino a señalarlo como reo del crimen a los ojos de todos). En la segunda, mediante una panoplia de bien dosificados  y meditados flash back, se nos descubre a los lectores la verdad, que no era desde luego la que al principio parecía.


          En esta parte segunda se complica asimismo bastante más el concierto de voces narrativas, pues si en la primera hablan sobre todo el lerdo, fascistoide y un tanto grotesco inspector de policía encargado de la investigación, otro joven médico (al que el policía detesta, aunque seguramente no por los motivos que él cree), amigo íntimo del asesinado y en cierto modo lograda contrafigura de éste, que además atesora un par de terribles secretos, de los que uno  ni siquiera se atreve a confesárselo a sí mismo, la tremebunda y fanática Madre Superiora, aplicada de hoz y coz, como no podría ser menos, a la necesaria restauración del Orden, la viuda del facultativo finado, aunque ésta vista en gran parte desde los ojos del policía, que narra  en tercera persona, con indisimulada brutalidad e incomprensión, lo que la mujer va haciendo desde la muerte de su marido y con qué gentes habla, y por fin la principal de las monjas enamoradas (primero de otra Hermana en Dios y después, sucesivamente, de dos hombres) Y es en la segunda parte donde este último personaje va adquiriendo poco a poco el papel determinante, en compañía de bastantes otras monjas, unidas todas ellas por un espesísimo entramado de relaciones sentimentales que van de la amistad y la admiración al odio, las ansias de venganza, el desprecio o los celos, quedando ya algo oscurecidos alguno de los antecitados personajes estructuralmente actuantes y productivos de la parte primera, sobre todo el policía, que en este segundo tramo ya ni siquiera vuelve a aparecer. Hay que decir que la novela va a todas luces creciendo y ganando en maestría narrativa y fuerza constructiva a medida que avanza, hasta desembocar en las últimas cien páginas, que me atrevo a calificar sin hipérbole alguna como de soberbias.


       Habría que reprochar a Egido --- además de la inclusión de alguna digresión yo creo que gratuita y postiza, como la que en las pp. 231-34 se dedica a los orígenes del celibato eclesiástico y al estatuto del sexo en algunos cultos mistéricos de las religiones antiguas, y el aditamento de algún pasaje folletinesco, como la historia de la adolescente que se desangra tras un brutal intento de aborto y que ha sido embarazada por su propio padre, p. 283-85--- un cierto abuso o regodeo en el aguafuerte de tipo solanesco, la nota esperpentizante y la descripción de estricta matriz naturalista, pues la verdad es que llega a cansar un tanto la insistencia en presentar, repetidas veces, esos cuerpos llagados, lacerantes y purulentos de los pobres diablos que agonizan en el Hospital, aunque en honor a la verdad también hay que decir cómo en numerosísimos pasajes alcanza el autor, sin salir en lo esencial de esa estética, felices ---y no pocas veces hilarantes---logros, aun con lenguaje bronco o de tono subido, en la presentación de un personaje o en la coloración moral de un ambiente o una situación; así, el alguacil encargado de leer la sentencia al desdichado reo  era un tipo "seco y avinagrado, con cuatro pelos en la coronilla que un soplo invisible agitaba como un plumero" (...) tenía" una barba lacia y caprina que se le meneaba al hablar, como al borde de un raso desflecado y se le quedaba mustia con dejadez de badajo lanar cuando hablaba entre párrafo y párrafo de considerandos e ítems" (pp. 146-7); o también en una de las cartas que una de las monjitas enamoradas pasa a su ya casi ex-amante, que anda ya loco por caer en otros brazos, en la que, examinando con no poco rencor las posibles beneficiarias de los cuernos, se pasa revista a las Hermanas que podrían estar en el ajo; de una, Sor María Anunciación de la Virgen, mujer obesa, dice la despechada"es zafia y lenta, y hasta llegar a su cara inesperadamente angelical, hay que atravesar las arrobas de su cuerpo(...) que parecerá una salsa cortada (...) en la cama debe ser ferozmente grosera y podría confundirte con un postre dominical" (p.181); en otra carta de la misma a la misma "¿Corrías hacia él? ¿Te daba vergüenza que te lo notara en la cara? (...) Corres igual que una mujerzuela que perdiera el culo por las calles de su barrio para engañar a su marido, como una perra caliente con la vagina fuera" (p. 200); y hay también, algunos pequeños fallos de poca monta, que en nada desmerecen, por lo demás, la precisión compositiva y la fuerza metafórica de esta novela (de la potencia de las imágenes se podrían citar ejemplos hasta aburrir): me refiero por ejemplo a la falta de decoro que supone poner en boca de una monja española de hace un siglo cosas como( pág.173) "sales de tus orgasmos inmaculada, con la misma generosidad y con el mismo deseo con que entraste" cuando por aquellas calendas es casi seguro que ni el mismo Freud habría aún puesto en circulación tal palabro; o el error léxico (pág.205) de emplear "albéitar" con el valor de peluquero o barbero cuando significa veterinario.

         Una breve observación sobre el lenguaje amatorio-amoroso, que aquí se recrea, y profusamente, con fascinante maestría, para dar cuenta de al menos cuatro historias de amor, para más inri entrecruzadas, las cuatro contadas con mortal abandono y arrebatadora pasión: baste como ejemplo la carta de despedida que una de las monjas, antes de lo que no queda claro si es un intento de suicidio o un suicidio consumado, deja para su ex-amante (pp.254-55) de estremecedora belleza y hondura dramática, o el pasaje aquel en que otra monja, inmediatamente después de pecar, y por ello machacada por el remordimiento, observando de reojo el cuerpo de un joven obrero al que han llevado malherido al hospital tras caerse de un andamio, establece un agudo y atormentado paralelismo entre el accidentado (" las heridas (...) sobre aquella piel de transparencia infantil y de una tersura incontaminada de veinte años "(...) y la pasión misma de Cristo: "cuando al cabo de un rato de contemplación y de agonía, pidió agua y llamó a su madre, la visión de Cristo se me hizo más evidente y pensé que iba a asistir a su agonía" (p.243).

       Ya se comprende que naturalmente no voy a revelar aquí ni una pista del desenlace final de la trama, ni en qué queda al fin la cosa, ni quién es el verdadero asesino. Al fin y al cabo, como es sabido, eso viene a ser lo de menos. En todo caso, quien tenga curiosidad, que la lea: se la recomiendo encarecidamente.

lunes, 20 de enero de 2014

DE VITA BEATA

George Steiner. Errata. El examen de una vida.  Trad. de Catalina Martínez. Madrid. Siruela. 2001.

        Si bien este espléndido y enjundioso ensayo corresponde bastante bien a lo que tradicionalmente se venía entendiendo por autobiografía intelectual, lo cierto es que el resultado va muchísimo más allá, en brillantez y radicalidad, de lo que suele ser normal en el género. Así, a bote pronto, solo se me ocurre ahora otro que podría parangonársele, el no menos espléndido Les mots  de Sartre, que publicara Gallimard allá por 1964 y tradujera años después para Alianza, yo creo que con harta competencia, Aurora Bernárdez. Así como el texto de Sartre era más íntimo, más, digamos para entendernos, freudiano (recuerdo el hincapié que hacía en las determinaciones de su medio familiar y la huella indeleble que dejaron en él la seca rigidez y el árido puritanismo  del protestantismo alsaciano de sus padres, y también el peso de sus traumas y complejos infantiles, ese niño feo y bizco del que todo el mundo parecía burlarse, y cómo insistía de modo casi obsesivo en la idea, que le poseyó desde muy niño, de que el ansia de leer y escribir iba destinada a vengarse de su existencia), este que nos ocupa está, por lo menos en apariencia, más  abierto y volcado a las incitaciones del mundo, es a la vez más ambicioso y más modesto, más en cierto modo convencional ---pero más rico---  que el de Sartre y también menos lacerante y más pudoroso, aunque no podamos saber si lo que oculta lo hace porque no lo considera relevante o porque cree no tener nada que ocultar, claro que ¿qué  hombre, o por lo menos qué hombre prominente no tiene nada que ocultar?
      En Steiner parecen darse unidas ---y permítaseme el fácil juego de palabras--- la pasión de la inteligencia y la inteligencia de la pasión , hasta tal punto resultan obvias el ansia  de rigor y profundidad en el tratamiento de cualquier problema o cuestión y la huida de la apariencia y la banalidad, por cuanto éstas  vienen a ser el mayor pecado del escritor: la descortesía, la ofensa al entendimiento del lector. Errata está presidido y atravesado por dos certezas, primera,  la de que la cultura judía centroeuropea, de los judíos laicos y emancipados, que va desde la liberación de los guetos por la revolución Francesa y Napoleón hasta la llegada de los nazis, de aproximadamente 1800 hasta 1930, desde Heine a Wittgenstein pasando por Marx, Freud, Mahler, Einstein, Schönberg, Kafka, Adorno, Lévi-Strauss o Benjamin entre otros, constituye el cénit de lo más alto, digno y requintado de la cultura occidental moderna y segunda, la de que no solo esa misma alta y excelsa cultura es en rigor inseparable de la barbarie y el horror con los que convivió y que acabarían por devorarla, sino que los restos, ya maltrechos y averiados, de aquella, que a duras penas consiguieron llegar a la última Modernidad, no muestran más que su patética impotencia ante la nueva ola de barbarie y degradación, no tan vistosas como la de los nazis pero no menos devastadoras, que se abrió con las ruinas, humeantes aún, de la Segunda Guerra Mundial.
            Steiner es, desde luego, un sabio en la erudición humanística y filológica ---acaso uno de los últimos que queden --- aunque demuestra tener muchísima información de primera mano en el campo de las ciencias, y demasiado admirado en unos medios y no tanto en otros, y su vida ---este libro se publicó en inglés en 1997, cuando su autor estaba a punto de cumplir los 70---parece haber sido en  lo esencial la de sus trabajos, estudios y publicaciones, pero me llama gratamente la atención que no se haya quedado ahí; quiero decir que aquellos trabajos e investigaciones no le hayan cegado ,como se demuestra en el libro, hasta el punto de descuidar  la vigilante atención para con los desastres del mundo, si bien en absoluto a la manera de los intelectuales comprometidos  de antaño , y acaso no estaría de más consignar aquí que  no deja de ser curioso que el actual desprestigio de tal marbete haya venido en estos últimos tiempos a correr paralelo con el de su pretendida contrafigura, la de los exquisitos o encerrados en su torre de marfil.

       
Estructurado en once capítulos o movimientos de parecida extensión y organizada la materia narrativa en gran parte no de modo visiblemente continuo mediante el hilo cronológico ni en virtud de ningún otro (el cap. sexto entero se dedica, por ejemplo, a argumentar acerca de la intraducibilidad  de la música, de la imposibilidad de reducirla o cualquier otro lenguaje) y  aparece sometida además a grandes elipsis o saltos, llevada al papel a modo como de fogonazos o reverberaciones,  Errata  arranca con la evocación del ruido de la lluvia en los oídos infantiles--- así empiezan también las memorias de Neruda, Confieso que he vivido---, en este caso en la aldea del Tirol, a mediados de los años treinta, donde sus padres, judíos vieneses recién emigrados a París la década anterior, pasaban las vacaciones; en un país, Austria, en el que, como se dice de inmediato, ya se percibía en el ambiente el inminente destino de tierra ocupada: la  Anchluss  o anexión por la Alemania nazi estaba al caer.
          De modo que el niño cree intuir algo oscuro o levemente siniestro , aunque no puede entender nada,  que se desprende de las conversaciones entre su padre, judío liberal no sionista, y su tío gentil, pero, único crío entre cuatro adultos, se refugia, para mayormente matar el hastío, en la lectura compulsiva. De álbumes, de compendios de geografía, de historias fantásticas de viajes y , sobre todo, de una guía ilustrada de los escudos de armas de las familias principescas y arzobispales de Salzburgo, a través de la cual se da cuenta de que ninguna enciclopedia infantil, ningún libro de género alguno podía llegar a ser exhaustivo, y de ahí la mise en abyme de vislumbrar la casi inconmensurable variedad del mundo: siempre podía quedar un detalle, por insignificante que fuese, que escapara a la total catalogación, a la pretensión de agotar una descripción de esto o de aquello, de lo que fuera. Pero pasada la primera fascinación, caótica y espontánea, las lecturas son ya guiadas: el padre, que al igual que el hijo es perfectamente trilingüe en inglés, francés y alemán, le obliga a  leer en voz alta primero y aprender de memoria después fragmentos de muchos autores, de Sthendal a Blake,  de Kafka a Shakespeare, y le inició desde muy temprano en el estudio del griego y el latín: este culto y esta idolatría por la palabra escrita serán ya desde el comienzo su humus, su fuente nutricia y la raíz de su ser. Pese a su condición de no creyentes, los padres se sentían judíos:" el orgulloso judaísmo de mi padre estaba, como el de Freud o Einstein, teñido de agnosticismo mesiánico. Destilaba racionalidad, promesa de ilustración y tolerancia" (pág. 22-23). Ya aquellos años los vivían con temor, y para conjurarlo se aferraban a lo que más querían; en el judaísmo emancipado y  más o menos asimilado  del XIX, sobre todo en el ejemplo de Heine, y por extensión en lo mejor de la cultura austroalemana, veían ellos o creían ver el espejo profético del judaísmo europeo moderno, puesto que "en virtud de lo que acabaría por convertirse en insostenible paradoja, este judaísmo de esperanza laica buscaba en la filosofía, la literatura, la erudición y la música alemanas sus garantías talismánicas".
            El padre vivía de su más que suficiente sueldo de alto funcionario de un Banco, pero las inversiones bancarias le interesaban en el fondo muy poco, en todo caso mucho menos que sus lecturas y sus curiosidades lingüísticas (cuand o murió, ya en os años sesenta, estaba estudiando ruso), de manera que se impuso la tarea de que el hijo se ganara la vida con algo totalmente distinto y de que nunca supiera nada del  oficio de su padre: sería profesor. Cuando, años después, en el internado estudiantil de La Universidad de Chicago en el que vive (p.67), lee y comenta en voz alta  a unos compañeros el último párrafo de Los muertos, de Joyce, y observa cómo las lágrimas ruedan por los párpados de uno de ellos, el considerado más rudo e insensible, sabrá ya inequívocamente cuál habría de ser su destino O quizá incluso antes, cuando hacía el bachillerato, que se centraba entonces en el estudio sistemático de la lengua y la explication de texte, en el Liceo francés de Nueva York, recién llegado a América con sus padres ---institución de cuyo ambiente a principios de los cuarenta se hace aquí (págs. 43 y ss.) una vívida y estupenda evocación---: "algunos profesores tenían una excelente cualificación (...) otros eran  mediocres vestigios del pasado y daban muestras de decrepitud personal o profesional (...)". El Director "era un personaje vagamente elegante, espectral, fascinado por clásicos literarios menores, como Pierre Loti y poco convencido de la inocencia de Dreyfus" Casi todos eran descarados colaboracionistas o filonazis, aunque no pocos cambiaron oportunamente de chaqueta a partir de 1944. Allí también, cuando oye de no recuerda quién el verso de Eluard le dur désir de durer y lo relaciona de inmediato con lo que le pasa, conoce el enamoramiento: siente una irreprimible adoración por una chica de origen ruso, pelo negro azabache, que sigue un curso superior al suyo, pero  no tarda en pasársele,  ante el orgullosos desdén de ella, y siente vergüenza de su "estúpida veneración", no sin cerrar el relato de la anécdota de esta guisa: " Derrotado por la madurez, ¿vuelve uno a estar tan completamente enamorado?" .
           La Universidad de Chicago a fines de los cuarenta era un hervidero: Una ciudad que nunca dormía, una ciudad en donde la brutalidad en la política, en el arte, en el jazz, en la música clásica, en la ciencia atómica, el comercio y las tensiones raciales resultaban palpables y se dejaban sentir como una descarga. una megalópolis de intensidad pura" (p.57) Allí el joven tímido y estudioso perderá, en todos los sentidos de la palabra, la virginidad: palpará el racismo, el antisemitismo, la violencia policíaca, las diferencias de clase; allí su compañero de habitación, un brutal ex paracaidista llamado Alfie, que empieza por preguntarle si él era muy listo y del que se hará de inmediato inseparable amigo, le lleva una noche a un burdel donde tendrá lugar "una iniciación tan concienzuda como bondadosa". A los ojos de su amigo el paracaidista ya era, así pues, un hombre. Steiner le devolverá el favor invitándole a cenar langosta y ensalada César. Ya se mencionó mas arriba el episodio de la lectura de Los muertos. Sí: sería profesor.
      El cap. 5 del libro (pp.69-85) viene a ser una brillante y apasionada, pero inevitablemente polémica, exposición-fundamentación del ser judío, aunque al final reconoce honradamente que la cuestión le parece, por lo menos en parte, insoluble. Si, por un lado, como gusta de imaginar la ortodoxia sionista, la cuestión judía o, mejor aún, la condición judía, su mera existencia, "representa lo que los físicos modernos llamarían la singularidad, un hecho o suceso al margen de las normas, ajeno a la probabilidad y a los dictados del sentido común. El judaísmo irradia energía como un agujero negro en la galaxia histórica" (p.69) no es menos cierto por otro que sin embargo, como todo, el judaísmo no deja de ser una cuestión relativa, cultural, sujeta a las circunstancias históricas, y en este sentido un judío laico, liberal e inequívocamente Weltburger , ciudadano del mundo, tendría que pensar que el asunto de los judíos, su extraña supervivencia después de dos mil años de persecución y opresión no son un misterio ontoteológico. Han sobrevivido, pero podrían haber podido perfectamente no haberlo hecho. Para Steiner su larga historia, como la de los chinos, es el resultado de una peculiar interacción de aislamiento y presiones externas. Es más: tiene que consolarse pensando que, incluso después del accidente nazi, los indicadores demográficos demostrarían " al menos en el Occidente liberal y laico, que la asimilación y el olvido de uno mismo en un clima de creciente tolerancia e indiferencia pueden conducir la crónica del judaísmo a una conclusión indolora. Solo determinadas comunidades ortodoxas, incluso dentro del Israel laico, conservarán una identidad auténtica (p.72) Cierto. Podría ser. Pero no les dejan. Además, está el hecho consumado de la existencia del Estado de Israel, y el hecho, no menos indiscutible e históricamente documentado, de que ya antes del Holocausto hubo múltiples intentos--- las matanzas medievales en Renania, la expulsión por la Inquisición, los progromos de Europa del Este durante el XIX--- de erradicar a los judíos, no en lo esencial por razones económicas, políticas o de otro tipo, aunque ésta tuvieran su importancia, sino para literalmente hacer lo que dice el verbo, arrancarlos de raíz: "la intención abiertamente declarada por el nazismo era ontológica. Era la desaparición definitiva de la identidad judía de la faz de la tierra (...) porque ser judío es, para los que odian, el pecado original" " (p.73).Luego la razón de ser del judío es, en el fondo, también para él, religiosa y está en la Biblia :"Para bien o para mal, Roma y la Meca son hijas (¿matricidas?) de Jerusalén" (p.74). El judío sería, según la certera expresión de Karl Barth, krank  an Gott,  enfermo de Dios. Y es, por naturaleza, errante ( Luftmenschen,  criaturas del aire, sin raíces ni patria, " y por ende, aptas para ser convertidas en ceniza", apostilla Steiner). Quizá, pero como dije más arriba, está el hecho del Estado de Israel y no sé si habrá que suponer que éste sea también obra divina, naturalmente se su Dios ( el Israel de hoy sobrevuela como un fantasma, probablemente algo incómodo, todo el texto; se diría que Steiner deplora sotto voce su existencia a la vez que no deja de sentirse fascinado por la proeza de su fabricación y por sus pretendidos logros: en alguna ocasión lo llama milagro triste). Reconoce que "es un defecto lógico del sionismo, un movimiento laico-político, invocar una mística teológico -escritural que en honor a la verdad no puede suscribir." Y no lo puede suscribir, añado yo, sin traicionar sus orígenes y su sentido primigenio. "Sería, creo, algo escandaloso (...) que los milenios de revelación, de llamamientos al sufrimiento, que la agonía  de Abraham y de Isaac, del monte Moriah y de Auschwitz tuviesen como resultado final la creación de un estado-nación armado hasta los dientes, de una tierra para especuladores y mafiosos como todas las demás. Esta normalidad sería para los judíos otra vía de desaparición" (76) ¿Dónde radica, en fin, el secular y universal odio a los judíos? Para Steiner no en la supuesta acusación de deicidio, en la supuesta complicidad de los judíos en la muerte de Cristo, sino en algo anterior y más hondo : sin duda el odio al judío se acrecentó por el cristianismo paulino y de otros padres de la Iglesia, pero es previo a esas fatalidades: "no es el sacrificio de Dios en al persona de su hijo, al margen de lo que este macabro fantasma pueda llegar a significar, el núcleo fundamental (....) , es la creación, la invención, la definición y reevaluación de Dios que hay en el monoteísmo judío y en su ética. Lo que no se le perdona al judío no es el que sea el asesino de Dios, sino el hecho de ser su descendiente" (p.80) Lo que en definitiva estaría en la raíz del judaísmo es lo peculiar  del mandato ( según interpreta nuestro autor la célebre tautología de Éxodo, 3, 14 Soy/El que Soy)  del Dios de Moisés y de Amós: "Deja de ser lo que eres(...) Conviértete, aun a costa de un terrible precio de abnegación, en lo que podrías ser" (p. 81) Si esto es así, habría que concluir que, por una macabra paradoja, Hitler tenía razón al proclamar lapidariamente "El judío ha inventado la conciencia".
           Reevaluar, interpretar , traducir y explicar sin fin el mito y la maldición de Babel, la maravilla de las lenguas  del mundo ( Después de Babel. aspectos del Lenguaje y de la Traducción, se llama la gran monografía que publicó en 1975 y que es sin duda el más ambicioso y rico de sus libros) viene a ser al fin y al cabo la tarea más idónea para un erudito trilingüe, y a ello se consagra el cap. 7 (pp. 105-122). Junto a ciertas observaciones sobre los límites de la llamada traducción simultánea y otras,  muy cautas y razonables, acerca de la posible existencia de los universales chomskianos ( puede ser que haya "ciertas estructuras profundas de tenor formal y metamatemático  con reglas y limitaciones válidas para todas las lenguas"), se prodigan aquí ataques a ese  multilingüismo que, desde una cierta corrección política o sentido común --según los cuales la mente del niño, segmentada entre lenguas distintas, se desorganiza y desarticula hasta el extremo de que luego de adulto le sea imposible integrarse eficazmente en un grupo social o comunidad---no deja de parecerle a Steiner, con razón, que bordea, pura y simplemente, la estupidez más crasa, se hallan aquí lúcidas diatribas contra por ejemplo las turbias especulaciones acerca de un presunto esperanto adánico o lingua franca mundial, que por lo demás hoy no podría ser otro, a remolque de la tan cacareada globalización, que el inglés americano. Y es que el mito de Babel, tomado en cierto sentido y aunque se exponga de la manera más atractiva ("Allí donde la creación divina tejiera una prenda perfecta de expresión de la verdad, la catástrofe de Babel no dejó más que retales: una colcha confeccionada con los retazos de aproximaciones, malentendidos, mentiras y provincianismo"--p.111--) resulta demasiado simple y consolador como para convencer a un espíritu despierto: no hay que deshacer ---antes al contrario-- la maldición de Babel: es maravilloso que haya muchas lenguas, cuantas más mejor, aun cuando sea tan evidente que los tiempos no vayan por ahí. Conviene asimismo, correlativamente, desmontar todo chovinismo lingüístico, toda creencia y lucha por la pureza  incontaminada de una lengua ( idea en sí misma ya sospechosa) basada en la espuria pretensión de que solo el monóglata o individuo enraizado en su propia lengua materna podría tener acceso pleno a los matices, meandros y profundidad de ésta, y que el políglota, aunque sensible al matiz y la especificidad, nunca poseerá esa sensación, idea tan radicalmente falsa como desmentida, en la realidad y la historia, por comunidades enteras (buena parte de los judíos europeos de entreguerras como él mismo) y grandes escritores como Beckett, Conrad o Nabokov.
            Dije al principio de esta reseña que Steiner no estaba ciego ---más bien todo lo contrario---para con los desastres del mundo contemporáneo ( y entre ellos vuelve una y otra vez, obsesivamente, al Holocausto), que ilustra y cataloga en no pocos párrafos de los últimos capítulos, y a aquellos no tiene otra cosa que oponer que el coraje y el ejemplo ético--- pese a que, como él mismo reconoce en muchos pasajes,  haya dado ya sobradas muestras de impotencia--- del humanismo : "Una manida aunque justificable retórica insiste en la brevedad, la animalidad, la fealdad o el aburrimiento fundamental de la amplia mayoría de las vidas(...) un realismo irrefutable valida el postulado griego arcaico según el cual lo mejor es no nacer y lo segundo morir joven, siendo la vejez, con escasas excepciones, un  hediondo desperdicio "---p.112-- y sin embargo...hay motivos para la luz, para un mínimo destello de esperanza (¿ fleco o resabio de ese mesianismo que es al parecer consustancial al alma judía?), incluso en un mundo donde cada día se inventan y reactualizan formas sin fin de brutalidad, de terror y de opresión, incluso en un mundo quizá ya irremediablemente convertido en gigantesco depósito de residuos tóxicos, en un mundo ---éste solo el de los países ricos-- que se va convirtiendo en un gigantesco asilo de ancianos, una gerontocracia enferma,  y hay esperanza por la sola razón de que somos animales lingüísticos, y es este atributo el que vuelve soportable y, por increíble que parezca, fructífera nuestra efímera condición de humanos.
        Casi todo el cap. 9 se consagra a honrar la memoria de los que considera sus maestros(los que conoció y trató en vida, no los muertos de los libros), que no fueron según parece precisamente pocos. De cada uno de ellos da unas pocas pinceladas en las que la a menudo punzante ironía no alcanza a vedar  del todo un agua subterránea de admiración y cariño. Un par de muestras: de Jean Boorsch, su viejo profesor de Griego Antiguo en el instituto de Manhattan, escribe que "tenía una mirada mesmérica y mostraba un rictus de cáustica tristeza ante nuestros esfuerzos"; de Allen Tate, de la Universidad de Chicago, dice que lo que más le fascinó fue " el acento y la expresión ante bellum , exquisitamente elegantes, ciertamente distinguidos y cargados con una chispa de veneno, de fingida consternación, de condescendencia"; de un tal R. P. Blackmur, de la misma institución que el anterior, se dice que estaba obsesionado por T.S. Elliot, por el éxito y prestigio entre los alumnos de su colega y rival Tate y que "el alcohol dominaba cada vez más su modo de vida a un tiempo gregario y solitario"; de Alexis Philonenko, su colega en la Universidad de Ginebra, se consigna que depende del humor que tuviera ese día, su compañía podía ser "deslumbrante, seductora," o por el contrario "puede encerrarse en su infatigable flujo mental, en un monólogo solo en parte audible, dirigido hacia adentro y rodeado por el halo opaco del fumador empedernido". Pero la consideración más hermosa sin duda es ésta: "La mayor recompensa para un maestro es lograr el compromiso de aquellos alumnos a los que considera más capaces que él mismo, aquellos cuyas capacidades generarán, deberían generar en el futuro logros mayores que los del propio maestro" (p. 176).      
         Así empieza el cap. penúltimo con el que medio concluye este libro admirable, capítulo que es un repertorio de los lugares y parajes queridos, en primer lugar una alabanza del silencio (" a medida que mi capacidad auditiva se debilita, el martilleo de la música de rock en el taxi en Manhattan, la cháchara de los teléfonos móviles me resultan más insoportables"), el que se disfruta en  la casa de pueblo o campo que él y su mujer poseen en una aldea perdida y apartada del Franco Condado, que se pinta en términos idílicos, entreverados ---por contraste--- con el enjambre de voces y transeúntes de todas las lenguas en la calle 47 de Nueva York, los comerciantes judíos de diamantes en particular (que sin embargo le parece no menos fascinante), la luz del atardecer un día de verano en el desierto del Neguev, el call de Gerona, tres ciudades y tres ríos --- los ríos son "alegorías del tiempo" ( Zúrich y el Limmat, Florencia y el Arno, Basilea y el Rhin, tres  breves joyas descriptivas de geografía emocional.
  

    
         

jueves, 16 de enero de 2014

UNA VIDA ANTE LA CATÁSTROFE



Claude Lanzmann La liebre de la Patagonia. Barcelona, Seix Barral 2011
 ----------------------SHOAH. Documental (9 hrs. 03 min.) 1985.




          Desde siempre, uno ha sentido cierta debilidad por las llamados libros de memorias o autobiografías. Con decir que me llegué a tragar, en su día, hasta Descargo de conciencia, de Laín Entralgo, o Una vida presente, de Julián Marías, plagados ambos libros, por sobre cínicos y mentirosos, de egolatría y autocomplacencia, ya es decir. Recuerdo cómo se me quedó grabado, porque me gustó, algo que leí años ha en uno de los volúmenes de dietario o carnet de notas de Cioran . Decía que tendía a leer todo tipo de literatura memorialística o autobiográfica que caía en sus manos porque le interesaban toda suerte de vidas, incluso las supuestamente más oscuras, para comprobar hasta qué punto acaban arruinándose y pudriéndose los ideales de cualquier individuo. En otro orden de cosas, toda autobiografía es, de un modo u otro, también ficción y en este sentido rigurosamente falsa, aunque solo sea porque ya como género, y si se es un poco riguroso, tiene que empezar por hacerse cargo de eso que Carlos Barral, en el arranque del primer volumen de las suyas ---Años de penitencia, al que, como es sabido, seguirían Los años sin excusa y luego, ya a fines de los ochenta, Con las horas veloces, considerados por algunos, entre los que me cuento, como de las mejores hechas en español en estas últimas décadas--- llamaba mecanismos retóricos de construcción del propio personaje.

        
Pues bien, he leído estas últimas semanas las muy apretadas y casi siempre fascinantes páginas  de esta Liebre de la Patagonia ,del mucho más conocido como cineasta que como escritor Claude Lanzmann, personaje proteico y a veces encantador por mucho que a menudo aparezca como impenitente narciso y alguna que otra vez banal y un tanto estúpido, como cuando, derritiéndose de cursilería como cualquier periodista de provincias, elogia (págs. 374-5) la Conquista de la luna por los americanos en el verano del 69. Y he acompañado la lectura de la visión, aunque sea en la minipantalla de YouTube, morosamente y a trocitos, de su gran documental, del que ya había oído hablar hace años y del que sé que hizo correr en su momento bastante tinta, aunque he preferido, por razones de higiene mental, no curiosear por críticas y reseñas y atenerme estrictamente a lo que a mí me ha sugerido.

           No se trata propiamente de un documental en el sentido técnico de la palabra, puesto que no hay voz en off para indicar lo que va a  ocurrir, señalar qué pensar o unir desde fuera las escenas entre ellas, pero no importa, puesto que es de todos modos  una cinta admirable, pura visión del terror desnudo, cuyo logro no menor es el haber evitado las escenas reales de simple reproducción documental y haber acertado a sugerir la espantosa catástrofe mediante la fuerza simbólica del monótono traqueteo de los viejos trenes de mercancías por de las verdes campiñas polacas y alemanas y el testimonio  impagable de los imborrables personajes que ahí hablan, desde Motke Zaidl e Itzhak Dugin, los dos sobrevivientes de la masacre de Vilna, que lograron escapar del campo cavando un túnel ("Estábamos tan al límite de nuestras fuerzas que los perros nos atraparon, estábamos seguros de morir entre sus fauces. Pero de pronto se pusieron a gemir dando vueltas a nuestro alrededor con gemidos de terror  y temblaban y se echaban al suelo. Olíamos tanto a muerte, porque llevábamos semanas chapoteando en las fosas, que nuestro hedor espantaba hasta a los mismos perros"---p.423---), hasta Simon Srebnik, superviviente de Chelmno, campo en el que fue confinado a los trece años tras haber presenciado in person el asesinato de sus padres: como cantaba con muy melodiosa voz, algunos oficiales de las SS lo obligaban a entonar, mientras remaban por el río, una vieja cantinela militar prusiana que le habían enseñado (esta escena se recrea varias veces a lo largo del documental, con un Simon ya cuarentón, que canta en el bote mientras Lanzmann mismo rema), o el peluquero de Trebilnka, Abraham Bomba, encargado de rapar a las mujeres a las que se iba a gasear minutos después, que encontró a varias conocidas de su ciudad natal, Czestochowa, en tal trance y que al evocarlo en la película estalla en lágrimas, y tantos otros. Sin olvidar  a los verdugos, algunos de los cuales comparecen asimismo (ese adjunto al administrador nazi del gheto de Varsovia que ante las insistentes preguntas de Lanzmann se empeña en repetir que a los judíos se les había encerrado allí para protegerlos, o la esposa del maestro de escuela nazi  --alemán, naturalmente-- del pueblo polaco de Chelmno, que declara, tras mucha insistencia del entrevistador, que sí, que ella había oído que allí había habido un campo de muerte y confinamiento donde habían muerto miles de personas, cuántas no sabía con exactitud ,y que al asegurarle Lanzmann que habían sido 400.000 los asesinados ella exclama Ah, sí, yo sabía que la cifra tenía un 4 ), o a los cómplices más o menos pasivos (esa campesina polaca que, al preguntársele si ella tenía conocimiento de que se gaseara a judíos, declara paladinamente Ah, qué puedo yo saber de eso, si no tengo estudios.
          El libro lleva transcrito a modo de pórtico, y de ahí el título, un hermosísimo pasaje de Silvina Ocampo, una especie de minifábula de corte simbólico--alegórico sobre una liebre perseguida por una jauría de perros, que remite evidentemente al trágico destino del pueblo judío. El texto se dictó en su totalidad, como aclara el autor en el prefacio, a dos colaboradores o secretarias, aunque no resulte de por sí evidente en todas sus partes  esa  gracia o frescura del relato oral que cabría suponerle dado su método de fabricación.
          La vida aquí evocada se nos presenta, como debe ser, de forma caótica, abigarrada y caudalosa, sin seguir un orden cronológico regular, con abundantísimas digresiones y saltos atrás, pero con una cierta ligazón contrapuntística, capítulo a capítulo, entre las peripecias del joven e incluso del niño y del adolescente y las del hombre maduro, ya al menos en parte refrenado en sus entusiasmos y un tanto escéptico por las enseñanzas de la edad.
            Los primeros cap. evocan el medio familiar judío parisino de pequeña burguesía, los veraneos campestres en el solar de los abuelos maternos, la figura tutelar, pero muy contradictoriamente percibida por el niño, del padre, la admiración casi incondicional hacia la madre, los embates del antisemitismo ambiental---eran los últimos años treinta, los inmediatamente anteriores a la Guerra, y los más avisados de los judíos franceses ya se empezaban a oler la catástrofe que se avecinaba--- y, en fin, las continuas desavenencias y la tormentosa relación entre sus padres, que acabarían al poco en divorcio definitivo. En el cap. 3º ---págs. 46 y ss--- se trae a colación, dentro de los numerosísimos viajes a Israel que hizo el autor en sus años maduros, sus experiencias como piloto aficionado, pero instruido por oficiales del Tsahal, con aviones de guerra, y su inequívoca admiración por lo que considera grado de competencia técnica del ejército judío, páginas que ya se comprenderá que no me han interesado mayormente, pese a su pathos épico, porque no me van nada las glorias militares, sean del pelaje que sean. La década de los cuarenta será para el adolescente Lanzmann la de, además de la  desintegración familiar (con la madre que huye a  París con su nuevo amante y el padre y los tres hijos semiescondidos en un oscuro pueblo del Macizo Central, empleado el progenitor como peón y jornalero agrícola), la de otras desintegraciones sin duda más trascendentes: su entrada, siendo aún estudiante de instituto, en la Resistencia, la militancia clandestina también del padre, aunque en los primeros tiempos cada uno de ellos fuera ignorante de la del otro, las peleas con compañeros antisemitas del instituto, y el jugarse el pellejo día a día, ante la Gestapo o la policía de Vichy. El relato de las peripecias de guerra de guerrillas en el maquis es sobrio y digno, nada heroico, y no se oculta un episodio de cobardía en el que se ve directamente involucrado el narrador y que traería como consecuencia la muerte de dos camaradas.
            Sin solución de continuidad se pasa a relatar en la siguientes páginas la trayectoria vital de los abuelos maternos, judíos de Odessa que recalan en Francia en la segunda década del siglo y que repiten, por lo demás, la historia de tanto Ostjuden emigrado a Occidente desde los shtetl de Bielorrusia, Ucrania o los Balcanes en el periodo de entreguerras (y que dicho sea de paso forma el sedimento y el mundo anímico de muchos de los admirables relatos de un Joseph Roth). Los años 43 y 44 siguen siendo los de las escaramuzas de las guerrillas pero también los de la adopción por Lanzmann de la ortodoxia comunista y, con la Liberación, el salto a París a iniciar sus estudios superiores de Filosofía. El regreso a París coincide asimismo con el reencuentro con la madre ----con la que ahora no dejará de tener sus encontronazos, dado el carácter irascible y posesivo de ella, y el inicio de la estrecha amistad con el amante de ésta, Monny, atrabiliario personaje, vividor dandy  y poeta surrealista, el descubrimiento del sexo y de las primeras amantes (esa burguesita casada que según cuenta le estaba repitiendo de continuo Pero Claude, qué guapo eres),--- además de su primera toma de contacto y familiarización con el milieu intelectual parisino de los cuarenta y cincuenta . Por cierto, que leyendo estos pasajes no he podido dejar de recordar la espléndida monografía, bien hilvanada y documentada, de otro judío parisino, aunque éste lo sea de adopción, Herbert Lottman, La Rive gauche, que editó entre nosotros hace unos años Tusquets y que acaso sea, hasta donde alcanzo a conocer, de los mejores libros escritos sobre ese asunto . También de esos años data  su conocimiento de Sartre y de Simone de Beauvoir, personajes estos absolutamente capitales en la vida de Lanzmann y cuyas sombras ocupan de algún modo todo el libro, por lo que merecen párrafo aparte.
             La célebre pareja de filósofos entró a saco en su vida. De Sartre destaca de inmediato su sencillez, su generosidad y su accesibilidad ----imagen que como se ve está en el otro extremo de tanto testimonio coetáneo y posterior--- , pese a que en aquellos años ya eran enormes su gloria literaria y su prestigio, y del Castor el hechizo que le provocó casi desde el primer momento y el inequívoco cariño e interés que la Beauvoir sintió por aquel muchacho, quince años menor que ella, vivo y buscavidas, que para pagarse sus estudios no vacilaba en, de acuerdo con Monny, el novio de su madre, y con los mismos escritores,  vender falsos o amañados manuscritos de poetas célebres---Aragon, Eluard o Francis Ponge, entre otros--- a aficionados papanatas, o en, disfrazado de cura, pedir limosna puerta a puerta, para un presunto orfanato, en las casa de los burgueses. El relato de los amores con el Castor, con el conocimiento  y aquiescencia de Sartre, por supuesto, está urdido con nervio y pasión y no carece, tal como el personaje se ve  a sí mismo, de interés y cierta grandeza moral, toda vez que se nos presenta lejos de lo que podría considerarse fácil complacencia en lo morboso y sedicentemente perverso, incluso cuando se refiere a los periodos de consensuado menàge a trois , en que llegaron a pactar incluso los días de la semana en que a cada uno de los dos hombres correspondía pasar la noche con ella. Para que, en fin, la cosa resultara aún más digamos que espesamente incestuosa, se nos informa de que por aquella época el filósofo Gilles Deleuze --- a quien el narrador, que pertenecía a su entorno, estimaba y admiraba intelectualmente--- se convirtió en amante de la hermana pequeña de Lanzmann, Évelyne, a la sazón muchacha de diecisiete años, a la que aquél, en un episodio de vileza, cobardía y bajeza moral inconcebibles, acabó abandonando de mala manera (pág 160 y ss). Tras una breve relación con el pintor Serge  Rezvani, la muchacha acabó volviendo, por poco tiempo también, con Deleuze, quien la volvió a someter a una relación humillante y semiclandestina, aquella que parecía convenir a los pujos de respetabilidad burguesa de él y que lógicamente  no podía acabar más que como el rosario de la aurora. Por si esto fuera poco,  Evelyne , criatura generosa, noble y angelical tal como nos la presenta su hermano, mantendría poco después una liaison con el mismo Sartre, a quien como es sabido iban sobremanera las jovencitas, hasta que pasados un par de años la muchacha pondría fin a la relación, convencida de la inalterabilidad de las costumbres del filósofo, que gustaba de mantener varias amantes a la vez, entre las que siempre había una preferida u oficial  que nunca resultó ser ella . Evelyne conseguiría sobreponerse y proseguir unos años una interesante carrera como actriz  de teatro,  pero sus pulsiones autodestrructivas y sus cada vez más frecuentes depresiones acabarían llevándola al suicidio a mediados de los sesenta. Nada extraña que  las páginas ---167 y ss.--- consagradas a honrar la memoria de la desdichada hermana y evocar las circunstancias del suicidio se cuenten entre lo más apasionado y sentido del libro: Lanzmann parece haberla querido mucho y declara no haber conseguido jamás librarse del complejo de culpa que suele atenazar a los deudos y allegados sobrevivientes en  este tipo de episodios.
          El cap. X  ---pp 183 y ss--- en un nuevo salto atrás en el tiempo---1947--- se dedica a evocar los meses de estancia en Alemania como becario, a instancias de Michel Tournier, primero en Tubingen y luego en Berlin, su rápido y apasionado aprendizaje del idioma, sus amores con la joven Wendi von Neurath, perteneciente a una linajuda y aristocrática familia con demasiadas  ramificaciones y contactos con la alta jerarquía en los años nazis, e incluye no pocas agudas observaciones sobre el ambiente moral y las circunstancias existenciales de aquel país recién salido de la derrota y abocado en aquellos años  a la miseria material y al examen de conciencia. Observaciones que en algunos casos se hallan  bien lejos del tópico y de las apariencias . Se cuenta por ejemplo cómo en Suabia o en Baviera muchas pequeñas y medianas ciudades, así como centenares de pueblos y aldeas, habían quedado prácticamente intactas e igualmente intactas permanecían las bases del sedimento moral del nazismo: cómo en la preciosa ciudad medieval de Gunzburg, sede de las fábricas Mengele, la familia del llamado ángel de la muerte de Auschwitz seguía siendo la más respetada de la ciudad y cómo todavía décadas después, cuando volvió a pasar por allí con ocasión del rodaje de Shoah, los tractores y cosechadoras de las granjas y aldeas de los alrededores ostentaban en grandes letras blancas la imagen de marca MENGELE. El seminario, en fin, que como lector de francés en la entonces recién fundada Universidad Libre de Berlín organizó con estudiantes alemanes sobre Antisemitismo acabó siendo suspendido por improcedente por las autoridades francesas de ocupación.
          El cap. siguiente se va a 1948 fecha de su primer viaje a Israel, donde asiste como espectador a los primeros pasos del entonces recién nacido Estado, donde llega a conocer, gracias a la intermediación de su antiguo amigo J. Ebenstein, compañero de estudios en la adolescencia y ya establecido allí, a Ben Gurión, que le causará una viva impresión, donde le surge la idea germinal de lo que se convertirá años después en su documental Pourquoi Israel? y donde , last but not least ,conoce fugazmente, en Jerusalén, a la judía alemana, entonces casada con un hombre de negocios, Angelika Schrobsdorff, a la que reencontrará también en Israel cuatro años más tarde para convertirla en el amor más apasionado  de su vida. Siguen una páginas donde en larga digresión se empeña Lanzmann en una farragosa disquisición sobre qué puede ser eso de ser judío ,a partir de la  ocurrencia sartriana de que la conciencia y la identidad judía las crea y fabrica el Antisemitismo, que quizá intuitiva y fenomenológicamente no sea nada disparatada pero que Lanzmann alarga y complica sobremanera por la acumulación, en su discurso, de jerga filosofizante y pedantesca.

              Las págs. 238 a 269 se consagran a un relato pormenorizado de la vida en común ---casi conyugal , dice--- con S. de Beauvoir, de 1952 al 59, sus viajes, a veces acompañados por Sartre (entre ellos algunos a España, pues nos enteramos de que el Castor sentía pasión nada menos que  por los Toros), sus ilusiones y ambiciones mutuas, sus cientos y cientos de horas de trabajos comunes, de contarse mutuamente los libros que iba haciendo ella y las colaboraciones periodísticas de las que vivía él. Tiempo después, en los años de la laboriosa realización y montaje de Shoah, la Beauvoir habrá de ser su consejera y confidente, su mayor apoyo en los momentos de desánimo y uno de los grandes admiradores y agudos críticos del documental. Hasta la muerte de la escritora a mediados de los ochenta les unirá una entrañable y fraternal amistad. Lanzmann la acompaña en sus últimos momentos y así lo rememora en unos hermosos párrafos elegíacos.  1958 es el año de su viaje  a Corea del Norte para hacer un reportaje para France Dimanche. Vivirá allí, entre otras peripecias, el desesperante tira  y afloja con la férrea burocracia estalinista, que lo vigila constantemente y solo le deja ver lo permitido. A raíz de una convalecencia en un hospital conocerá a una atractiva enfermera norcoreana con la que se enfrascará en una brevísima, apasionada y semiclandestina  (la muchacha se juega mucho, porque las relaciones con occidentales están severamente prohibidas) historia de amor, que ha de acabar de forma abrupta y según él bastante desgarradora para ambos, por el obligado regreso a Francia al expirar el permiso de residencia. Muchos años después habrá de volver a Corea, podrido de nostalgia, y con la quimérica esperanza de reencontrarse con la muchacha .Recorrerá  obsesivamente los parajes y calles que recorrieron juntos pero comprueba que ni siquiera existe ya el hospital en que ella trabajaba.
           Los años sesenta serán testigos de nuevos viajes, a China, a Norteamérica , como corresponsal de France Soir y de Elle,  de nuevo a Israel, donde se implicará a fondo en el conflicto y las polémicas en torno a la cuestión árabe israelí, que culminará en la confección del número especial sobre esa cuestión de Les Temps Modernes de 1967 y donde se casará, apadrinado por el gran sabio G. Scholem,  con la actriz Judith Magre,  con la que se establecerá en París en una relación duradera y estable,  el trato y conocimiento, por motivos profesionales, de múltiples personajes , desde Franz Fanon, el malogrado héroe de la independencia argelina, hasta Nasser, los actores  Brigitte Bardot  e Yves Montand , o el famoso comandante Cousteau, oceanógrafo y estrella televisiva, del que se hace un vitriólico retrato por su petulancia narcisista y su condición de filonazi en su juventud y de antisemita siempre, o el escritor judío- suizo Albert Cohen, el de Bella del Señor  y no pocos más. Se deja constancia además de  las alegres algaradas del famoso Mayo del 68, donde volverá a encontrar la camaradería de Sartre, entonces convertido en agitador de ultraizquierda y director de  La cause du Peuple.
           El último tercio del libro, a partir de la pág. 368, quizá el mejor narrado y el contado  con más soltura, entusiasmo y pasión, es esencialmente la minuciosa crónica de los largos años de búsqueda de financiación, permisos burocráticos en muchos países, localización de escenarios y encuentro de protagonistas ( a los que había que convencer para que se pusieran ante la cámara y hablaran, cosa que a menudo no era nada fácil) para la realización de Shoah, y una vez hecha la película , las alabanzas y ataques que recibió (más o menos en parecida proporción) y los intentos de utilización sectaria o espuria por unos y otros ( desde el pase privado para Mitterrrand en el Elíseo hasta la emisión, escandalosamente troceada y manipulada hasta convertirla en un  instrumento de propaganda propio, por la televisión polaca, bajo el régimen postestalinista del general Jaruzelski).
  
        

        
             
             
          
        

lunes, 14 de octubre de 2013

ESPAÑA REVISITADA


Cees Nooteboom. Desvío a Santiago. Debolsillo. Barcelona. 2007.

     De este extraordinario escritor holandés, sin duda un verdadero Weltbürger, un ciudadano del mundo, de vida --- desde su primera juventud-- errante y cosmopolita y poseedor de no pocas lenguas, conocía yo solamente su admirable libro  Tumbas de poetas y pensadores, editado en 2009 por  esta misma editorial con no menos estupendas fotografías de Simone Sanssen ---creo que hay también en el mercado una edición de lujo, con pasta dura y en gran formato-- ,que es una gavilla de textos breves ---casi un centenar---, a manera de glosas o reflexiones de variada índole a la vista de tumbas ---que el autor ha visitado in situ--- de celebridades de la poesía y del pensamiento de los dos últimos siglos, de Apollinaire a Brecht pasando por Stevenson o A. Machado, glosas que rezuman de pasión por el arte literario, bien asimilada erudición y requintado  buen gusto y sensibilidad.

     Prendas éstas que también presiden este Desvío a Santiago, del que hay que decir en primer lugar que es un dignísimo e incluso aventajado heredero del tourisme eclarté  de algunos clásicos del XVIII y XIX, el  Sthendal  de las Crónicas Italianas o los Merimmeé, Ford, Irving o Borrow  relatores de sus viajes y vicisitudes españolas, o incluso del Goethe fascinado con Roma e Italia. En otro orden de cosas Nooteboom se me aparece como de la estirpe de esos grandes centroeuropeos contemporáneos,  Sebald o Enzensberger (si bien sin la acidez política de este último), de prosa densa e hipnotizante, como en penumbra, que sin aparente esfuerzo opera como continente y sedimento de una vastísima y bien cribada cultura. Además de que, por la pasión que pone en lo que dice y el deseo por comprender y ver ,me ha recordado otro libro leído hace unos años, una monografía algo más extensa y unitaria que esta recopilación de veintitantos ensayos breves que nos ocupa, Barcelona , del historiador y crítico de arte neoyorquino-australiano Robert Hughes, libro del que se puede consignar, al igual que del de Nooteboom a propósito de España y los españoles, que muestra que sabe más de Cataluña y de los catalanes de lo que pueden saber ellos mismos.

      En efecto, he titulado esta nota España revisitada toda vez que el texto es no solo el resultado de algunos viajes a través de la geografía española, sobre todo por Castilla la Vieja, Aragón, Madrid y la Andalucía interior, hechos por el autor en los años 80 y 90; es mucho más, es, entre otras cosas, una teoría del viajar mismo : "en algunos lugares del mundo tu llegada o salida se amplían de modo  misterioso por las emociones de todos aquellos que han llegado o salido antes que tú" ---pág 9-- ,pues que saber viajar y saber oír es como si "todos los sonidos humildes representaran la esencia y el perfume de la tierra" ---pág.388---Textos en los que, sin perder el hilo conductor de lo que el viaje brinda para ver e interpretar ---desde un capitel románico de una iglesia rural perdida  por Soria o Burgos al material conservado en el Museo de Bellas Artes de Zaragoza--- se da paso a múltiples y bien hilvanadas digresiones sobre lo divino y lo humano, las que la va dictando la pasión, el amor y la minuciosidad en la descripción de las gentes y costumbres, del paisaje lo mismo que el paisanaje , vistos y sentidos casi a la manera intrahistórica unamuniana y pasados por el fino tamiz de una erudición que, si inmensa, está siempre vivida, literalmente in-corporada  y nunca es la polvorienta y desabrida ristra de datos del erudito convencional ni la red de tupidas telarañas de biblioteca del académico.

      Si bien Nooteboom se muestra  casi siempre como agudo observador  histórico-sociológico y lúcido analista político (" Bajo la apariencia a veces tan resbaladiza de la nueva democracia, todavía escuece la herida de la Guerra Civil, cada día y cada lugar son recuerdos para quien quiera verlos --pág. 47) o, cuando hablando del oro acumulado por el saqueo de las Indias, o  mejor de la pequeña parte de él  quedó en las iglesiucas castellanas, habla de "esa cosecha suntuosa e incomestible", pág. 85, y también extremadamente brillante en otros pasajes del libro --- por ejemplo los consagrados, pp.312-317, a la muerte de Borges, o los dedicados a los retratos velazqueños de Felipe IV y Mariana de Austria , pp. 89-92 ,o los que versan sobre la pintura de Zurbarán, pp.103-117---, no en todas las ocasiones convence del todo, y así en los ensayos El paisaje de Machado o en el que le sigue, Desde Lorca a Ubeda : los sueños de la tarde  (pp. 341-364) el énfasis---excesivo-- en el abandono y la desolación de la España interior  se me antoja trasunto de una también exagerada interiorización acrítica del mito noventayochista, y en p. 263 y ss. me parece que glosa con demasiada seriedad y no sé si creyéndose por lo menos parte de ellas las delirantes fantasías que Sánchez Albornoz urdió en su día sobre  España y sus pretendidos orígenes, o cuando en pp. 287-97 se trata de establecer un paralelismo, del todo forzado y metido con calzador y demasiado ad hoc, entre la Antígona de Sófocles y el episodio del entierro de un militante etarra muerto por la policía, según el cual el Estado español sería Creonte y el etarra la Antígona.

         Nada de ello obsta sin embargo para desmerecer de la estupenda calidad general del libro, de amenísima y muy instructiva lectura.