domingo, 27 de mayo de 2012

DOS POEMAS AMERICANOS




I
Oyes su crepitar
en esta alba lluviosa
preñada de presagios,
veo y oigo tu rostro,
todos los ruidos y silencios palpo,
que al ocultárseme se me rebelan
al otro lado de tu espejo pálido,
tu aliento y cara siento
como el presente de hoy,
pero, ay, inseparable de un  pasado
ambiguo e inquietante,
también prendido en la solitaria rosa
de esa que se adormece, tan suave, a tu costado,
espejos quebradizos,
el uno con el otro,
a la vez uno y ambos,
América de los extremos que se tocan
criando grumos ácidos,
América de inmensas avenidas
tras todos los futuros y espantajos,
que de consuno a ti te alimentan y nutren,
ebrio gigante con los pies de barro.

Y el embeleco y la inocencia
de toda ti columbro,
los entreveo y masco,
de tus dulces colinas boscosas y aquietadas,
los arces venerables, las veredas idílicas,
tapizadas de verdes,
del valle alto del Hudson,
oh América del mito y del laurel de Withman,
de tanta lenta aurora acuchillada
por los hombres sin rostro ni entrañas ni cuidado,
América, tan moribunda y viva
en el altar del dólar,
en  los secos y oscuros recovecos
por todos esos, tuyos, senderos enlodados,
América que poco a poco se deslíe
en los hilos de niebla
de esta aurora lechosa,
en tus tristes claveles marchitados,
América, también
viva y pintada en los cerrados ojos
de quien duerme a tu lado,
América que marcha
mirando frente a todos los abismos,
---
looking forward por norte, clama la propaganda---
con el intermitente diapasón
y con el pie cambiado
de esta hiriente sirena mañanera
en la que oyes  sus ruidos crepitar
con silenciosos pasos.

                                                                     II


To Sherry & Ken, to Georgette, to Samantha &Dan and to Gene & Cathy
 ( Jewish Cementery, Long Island, NY, primavera de 2012.)

Al fin dormís en paz,
y en este praderío deleitoso
gozáis del ultimo, final descanso,
al fin vosotros, Kaufman, Herzl, Wolinski,
Horowitz,  Russo, Freud, Reiter y tantos otros,
---
unveil ceremonial,
reza el muy consabido
ritual o protocolo---,
en el tranquilo seno del Señor,
en sus repliegues íntimos, el hondón  más recóndito
de su regazo saturnal, del más cruel,
arrumbado desván de todos los trasfondos.
La piedad familiar se reconcentra entonces
en el légamo dulce y en la memoria próvida,
en el ara y santuario
de esta quietud señera, este reposo.
Y así dormís al fin en paz, en tanto
sopla el viento en Long Island,
sobre el cercano mar y por los roquedales
y en las últimas briznas de las hierbas
y sobre el alto matorral y en medio
de castaños y robles y de olmos venturosos.
Oh  hijos de Israel, dormid tranquilos,
oh pueblo de Israel que aguardó siempre
la espada de su Dios
el puño de su acero,
que desde los orígenes del tiempo viera cómo
se cernía letal
sobre injustos y réprobos,
ahora no vigiláis, tampoco esperáis nada,
dormís tan solo,
seguros de que El
la ciudad de los vivos
otea desde arriba, velando por vosotros,
y esparce su palabra a todo viento,
el Libro,el Libro  que se dice único,
el de una vez sola proferido
y vuelto  portentoso,
con su hálito, cordial y despiadado,
que, acerada cuchilla, hiere el rostro,
su halo temerario,
brillante, cegador, gélido y despiadado,
---mientras el viento silba por Long Island---,
abierto ante vosotros.







sábado, 17 de marzo de 2012

PALAZUELO SOBRE LA DESDENTADA


Doy aquí un par de poemas más de entre los versos inéditos que dejó mi malogrado amigo Palazuelo. Creo haberlo conocido bastante bien y sé, por las muchas horas de conversación que pasé con él, de hasta qué punto la muerte era una de sus obsesiones, aunque no se pueda decir que hablara demasiado del asunto. Más de una vez me confesó, no obstante, cómo la pálida poblaba muchos de sus frecuentes insomnios y cómo se enfrentaba a ella tratando de esquivar esa especie de terror metafísico frío , aun a sabiendas de que en este terreno es imposible toda racionalización, jugando a autoengañarse mediante el recurso a la iconología, la música y la poética: le fascinaban las alegorías y las representaciones medievales sobre las Danzas de la muerte ,así como las Misas de difuntos de Tomás Luis de Victoria y de Sebastián Burón, las consideradas obras cumbres, en este género musical, del Renacimiento y Barroco español respectivamente, y le gustaba recitar, por ejemplo, el soneto de Borges sobre el grabado de Durero (Ritter, Tod und Teufel) que principia "Bajo el yelmo quimérico el severo/perfil es cruel como la cruel espada..." y el titulado Ewigkeit , cuyo primer cuarteto reza " Torne a mi boca el verso castellano/ a decir lo que siempre está diciendo/ desde el latín de Séneca, el horrendo/ dictamen de que todo es del gusano", composiciones que parecían provocarle una especie de tranquilidad y consuelo.Los mismos que quizá le procurarían, me atrevo a suponer, estos dos poemas suyos. El intento de descripción, entre objetivada y distante, del primero contrasta con la resignación y la implícita declaración de impotencia del segundo, en el que al menos, ya que la voz poética se declara ahí incapaz de escapar del miedo, se confía en que ella, la pálida ( a la vez que se reconoce, un poco contradictoriamente, la inanidad de toda retórica racionalizadora) venga ahorrándose todo su aparato de señales y anuncios.
Los versos, por lo demás, me parece que tienen, tanto en su imaginería ---en la que no dejan de resonar algunos ecos del antecitado Borges, sobre todo en el primero de los textos--- como en su bien urdido juego de encabalgamenientos, una más que aceptable dignidad.


I
Debe de ser quizá algo parecido
a un huir hacia adentro
hundiéndose en el mismo corazón,
hasta todo anegarse
en la raíz desnuda de los tuétanos,
o puede que algo como
no más que irse cayendo
hacia una sequedad atroz, tan solo
plena de su vacía inmensidad sin techo,
cuando la sangre se abandona y suenan
los penúltimos pálpitos
como un lejano eco
asordado y fijos,
clavados para siempre
los ojos entreabiertos
a una luz cegadora que arrebata,
seca y dura, a un abismo
hormigueante de larvas y de élitros;
sí, dura y seca como la arista de la nada,
la sombra y la ceniza,
nuestra muerte desnuda y necesaria,
nuestro íntimo centro.

II

Porque bien sabes cómo
su esencia verdadera
es el miedo y poder que se le otorga
a la aún no venida
que en el futuro acecha,
no quisieras tú nunca
rendirte más a ella,
a esa oscura corola tenebraria
que en tu interior se inflama amenazante
como quiste fatídico
y, al cegarte, te lleva
a que de negro tintes
el coagulado llanto de los días
y a la resignación, acre y misérrima,
de tener que esperar la hora y el momento
en que ella comparezca,
al arrimo de luz de sus hachones
y de sus sombras tétricas:
rendirte a un miedo de esa manera convertido
casi en segunda piel
hasta esparcir cristales por tus venas;

pero desearías que otra planta
clamara desde el mismo corazón
y en ti enraizara y floreciera
al calor de la magia del acaecer puro,
pura revelación de aquí y ahora
diciendo la mentira de sus fechas,
aunque, ay, si eso no puede ser ni darse
y de eso desesperas,
que al menos se te diera conjurarla
para que a traición venga y sin ninguna de esas
señales que la anuncian tan certera;

para que --- aún menos ---
puedas algún momento liberarte de aquella
nostalgia de la nada y sueño sin orillas,
la retórica jerga
que sirve solo para
hacer la jeta de la dama un poco
menos omnipotente y más discreta.

martes, 6 de marzo de 2012

UNA FÁBULA SOBRE LA BONDAD

Hidalgo Bayal, Gonzalo. Paradoja del interventor. Barcelona. Tusquets. 2010.

Esta breve novela del escritor extremeño Hidalgo Bayal, primera de las suyas que he leído, me ha interesado y divertido tanto por lo insólito y original de su asunto como por la evidencia de la voluntad de estilo que la anima, visible en lo cuidadoso y bien meditado de su escritura. Un personaje innominado, hombre de apariencia y aspecto anodino, viaja en tren con destino a nunca se sabrá dónde ni para qué y en una estación intermedia se baja para tomar un café y llenar una botella de agua. Ha dejado todas sus pertenencias a bordo, se entretiene un poco más de lo necesario y pierde el tren. Desesperado, pregunta por el interventor pero nadie sabe darle razón de él. A partir de esta leve anécdota inicial, de ese momento en que las puertas del destino se abren a lo imprevisible y al que el autor apunta con una sugerente metáfora ( "Hay veces en que un mínimo instante supone una fractura total en la inmensidad del tiempo, un tajo limpio y vertical en la superficie marina y endeble de la eternidad", pág.13-14), el hombre será siempre para los demás "el interventor" y vivirá una neblinosa pesadilla de incomunicación y abandono que solo habrá de acabar al final en los abismos de la aniquilación y la insignificancia.

Dividido en 68 parágrafos o fragmentos sin titular y sin un solo punto y aparte,morosamente descriptivo, sin apenas diálogo y de ritmo muy lento en su progreso, el relato, por lo demás muy rico en elementos simbólicos (el mensaje en la botella de agua, el fuego purificador ), parece ser a la vez una fábula metafísica sobre la soledad y una meditación sobre la bondad natural, si es que tal cosa puede de veras concebirse y si constituye algo más que un mito roussoniano, y acierta a crear una atmósfera de alegoría kafkiana, de la primera a la última página ---incluso con referencias explícitas:"No era como el pistolero que pretendía saldar cuentas, ni como el detective que sigue la insidia de una huella delatora, ni siquiera como el agrimensor que pregunta por el camino del castillo", pág. 24---,tanto por el impotente conformismo del protagonista como por la opacidad e hiriente arbitrariedad de los poderes que lo tiranizan.

Una serie de personajes, casi todos de la familia moral del principal, algo ridículos por la obsesión o manía que los caracteriza o del todo insignificantes por la aplastante resignación e inanidad de sus vidas, acompañan al interventor, como comparsas o contrafiguras, en esta fábula: el muchacho de la taberna, hosco y metomentodo, fijado al recuerdo del río donde lo llevaba a bañarse de niño su madre y herido por el temprano abandono de ésta, que sueña compulsivamente con conocer el Mississipi en un intento patético por recuperarl; los gemelos, afilador y guardagujas, a quienes una lesión genética hace quedarse sordos, como a todos sus ancestros varones, justo el día en que cumplen los 49 años; el viejo, cariñoso y locuaz vendedor de barquillos, que se toma su humilde oficio con la prosopopeya de un sacerdocio vocacional; el pobre diablo, bebedor de vino barato en su ronda diaria por las tabernas, que se cree Cristo reencarnado y cuyo discurso es un empedrado de citas evangélicas contrahechas; el trapero que aprendió en la mili el arte de pelar la fruta con cuchillo y tenedor, que hizo una demostración de tal habilidad en una ocasión ante la mujer del comandante, a la que secretamente deseaba y al que, para rememorar, muchos años después, su momento de gloria, no se le ocurre otra cosa que obligar de vez en cuando a una muchacha mendiga a oficiar como figurante muda mientras él hace el numerito de la fruta; la joven prostituta prematuramente envejecida y cada vez más degradada, a la que se presenta en términos tiernamente elegíacos; la pandilla de vándalos y macarras juveniles que arruinan con sus ruidos y voces el mísero sueño del interventor cuando pernocta en un coche abandonado, y algunos más.

Hay algo, en la coloración moral del adjetivo, en la disposición misma de la descripción, que recuerdan un tanto el mundo del Alfanhui de Ferlosio (así en el pasaje sobre los pájaros y la libertad, págs. 37-38, o más claramente aún en la digresión de las 42-45 acerca del tiempo como puro acontecer en el ahora y liberado por eso mismo de la tiranía del futuro) y algo del mundo de Benet en otros sitios, sea porque se juega con el motivo, tan caro al escritor madrileño, de la desdicha y la ruina como único destino ( en el pasaje de la pág. 64 que empieza "Así como un tronco seco a la vera de un camino se pudre indefinidamente y es morada de parásitos...") o sea por el recurso a parecidos arabescos sintácticos y a acumulación de subordinadas( en el de las 109-110 acerca de los efectos corrosivos de los bulos y las habladurías que principia "Tal vez fuera por entonces o desde luego no mucho más adelante....")

Llega a cargar un poco, en fin, en esta prosa, diríase que demasiado preciosista o un tanto forzadamente literaria, la sobreabundancia de adjetivos, aunque a veces dé con alguno inesperado ("un paredón expresionista", pág.18, "una condena siniestra, temporal, ferroviaria", pág. 19), a menudo insertos en series de cuatro o cinco sinónimos contextuales :" desaseado, desastrado, sucio, maloliente", pág. 101, "magullado, oscuro, herido, sucio y hambriento ",pág. 124) y cierto abuso de recurrencias y paralelismos (como en 149-150) y esto es me parece casi lo único que podría decirse en contra de esta novela por lo demás tan llena de hallazgos, excelencias verbales y felices metáforas ( "como si minuciosos alfileres hubieran grabado sobre él un imaginario periplo de anatomía en acerico"--pág.31---, " una voz sobria y gastada, con posos de herrrumbre en las vocales ---pág. 136--- )





lunes, 13 de febrero de 2012

HOULLEBECQ:UNA VUELTA DE TUERCA



Houllebecq, Michel. El mapa y el territorio. Barcelona. Anagrama. 2011.


Una diferencia esencial y a primera vista hay, según creo, entre las otras dos novelas que del celebrado autor francés he leído hasta el momento ( Ampliación del campo de batalla y Plataforma), y esta que nos ocupa, y es que aquí su característico sombrío escepticismo, su afán demoledor y su furor iconoclasta se me aparecen mucho más maduros , más matizados y menos gratuitos, menos poseídos por el deseo de épater a toda costa: su visión del mundo del arte, de los negocios o del sexo --- y valdría decir también del mundo tout court--- no es menos devastadora que en textos anteriores, pero en El mapa... hay mucho más, una mayor sabiduría de la vida, un mayor distanciamiento irónico respecto a lo narrado y, lo que es sin duda más importante a nuestros efectos, menos florituras y más autoconciencia artística y maestría narrativa, de modo que es en este sentido en el que cabría argüir una superación y madurez del novelista en el dominio del oficio.

Dicho esto, más que de una novela quizá fuera posible hablar más bien de dos, o por lo menos de una dentro de otra, en la medida en que la tercera parte ( las últimas 130 páginas, dejando al lado el breve epílogo final) viene a constituirse en un espléndido relato policíaco, más directo y menos digresivo y de ritmo más trepidante que el resto del libro, y se ha urdido e incrustado en él con suma habilidad, por cuanto parece al principio sugerir en el lector la falsa impresión de que solo tangencialmente está relacionado con el cuerpo central del texto.


El personaje principal del relato---aparentemente, porque el verdadero protagonista no es otro sino el mismo Houllebecq, y no solo por el hecho de que aparezca con su nombre e identidad en el libro--- es Jed Martin, un joven artista, fotógrafo primero y pintor después, egocéntrico y versátil, que sabe utilizar con notable astucia las posibilidades que las llamadas nuevas tecnologías brindan hoy a la actividad artística y que acaba siendo al final a la vez un triunfador (se hace millonario con su serie fotográfica sobre los mapas de la Guía Michelin y sus cuadros acerca de los oficios) y una víctima, hay que reconocer que un tanto peculiar, porque decide en determinado momento romper con toda la faramalla de la popularidad y el triunfo mundano, retirarse a la casa de sus abuelos y esperar la decadencia física y la muerte alimentando sus obsesiones y recuerdos...pero con unos buenos cientos de miles de euros en su cuenta corriente. Jed no es ningún ingenuo, sabe a la perfección dónde está y dónde le aprieta el zapato y además tiene, como todos, su corazoncito, de ahí que el fin de la historia amorosa con Olga, la ambiciosa ejecutiva de Michelin, le deje la perdurable llaga que explica en parte su trayectoria posterior, motivo que hay que suponer un amable guiño y concesión de Houllebecq a la tradición romántica y que contribuye sin duda a refrenar un poco el desbocado cinismo de que hacía gala en sus novelas anteriores. A mayor abundamiento, Jed se ha pasado la vida angustiado por la conflictiva relación con su padre (hacia el que sin embargo siente una ambigua admiración) y por la obsesión del temprano suicidio de su madre ( del que culpabiliza a su progenitor y del que él mismo se siente en parte culpable).


La novela viene a ser una continua parodia, aunque no solo ni en exclusiva del abuso --- mejor cabría decir, de su difusa y universal mitología ---de las nuevas tecnologías, aspecto este que he visto muy oportunamente puesto de manifiesto en alguna excelente reseña de la novela de marras, sino de casi todo: Houllebecq maneja con maestría y soberana ironía todos los clichés, sobreentendidos y loci vacui del consumidor occidental, de la civilización del ocio o de la también llamada sociedad postindustrial , desde la pedantería de la gastronomía y de los expertos catadores de vinos al turismo de élite de las escapadas de fin de semana a lugares románticos y exclusivos hasta la prosa almibarada que suele usar la propaganda de los hoteles con encanto, desde la mentalidad de depredador y el compulsivo culto al trabajo de los ejecutivos hasta la beatería interesada y el camelo para los incautos que rige el mundo de los marchantes y galeristas.


Parodia servida además por una prosa incisiva, rápida y analítica, con abundantes expresiones en bastardilla --- recurso tipográfico que permite al autor enfatizar aún más los subrayados irónicos y que recuerda un tanto la costumbre de Bernhard---, llena se descripciones precisas y puntillosas ( desde el horrible aspecto de un cadáver decuartizado hasta la idílica pintura de un pueblecito de la Francia profunda convertido por la industria del turismo rural en un parque temático) y de digresiones (así, entre otras, sobre la práctica budista del Asubhá o meditación del cadáver, la mansedumbre y fidelidad de distintas razas de perros o la presunta regresión en el nivel de civilización que supondría la generalización de la eutanasia), que se compadecen muy bien con la marcha de la narración y en absoluto mediatizan su ritmo.


Parodia, en fin, que alcanza su clímax y culminación en el autorretrato que el autor hace de sí mismo ---lo más divertido de una novela que abunda también en detalles tétricos y crueles, de un naturalismo descarnado--- que no es que resulte poco complaciente, sino que raya en lo concluyentemente patético ( misántropo, huraño, maniático, alcohólico y un montón de ítems más) y que parece, con creces, una restitución y apuntalamiento, llevados hasta el absurdo por la vía de la burla, de la imagen que se tiene de él en el mundillo literario francés.

miércoles, 25 de enero de 2012

EL CUENTO DE LA VIDA

d Torrente Malvido, Gonzalo. Puro cuento. Madrid. Amargord. 2005 y Cuentos recuperados de la papelera. Madrid. Libertarias. 1986.

Si todo buen cuento --ese género considerado por algunos menor---ha de configurarse como el relato en torno a un único suceso o anécdota, como una unidad anular, centrípeta e indivisible cuyo ritmo obedece a un principio o desencadenante, a un núcleo o clímax y a un final o desenlace, y si ha de estar dotado de intensidad , esto es, de la eliminación de toda situación o idea intermedia y de esos rellenos o fases de transición que la novela no solo permite sino exige, entonces la mayoría de las narraciones cortas de Torrente Malvido merecen con toda justicia aquella consideración.




Tanto por la tensión interna del relato, esa intensidad que solo se consigue con el modo con que el autor nos va acercando lentamente a lo contado, como por lo insólito o sorprendente en sí de la anécdota central, muchos de estos cuentos resultan memorables en el sentido de que llegan y quedan en el lector, tal como expresó hermosamente Cortázar al escribir que todo cuento en verdad memorable es como ese árbol que quedará en nosotros y dará su sombra en nuestra memoria. Mas quizá que la novela, el cuento parece plegarse a esa mirada testimonial ---desprovista esta expresión de sus adherencias militantes o social-realistas, digamos para entendernos--- toda vez que resulta más propio para aprehender, para sugerir y captar el latido de un trozo de vida, sin verse obligado a buscarle antecedentes o justificación. Se me ocurre, además, que los cuentos de Gonzalo ilustran de manera ejemplar la conocida analogía del antecitado maestro argentino de que la novela es al cine lo que el cuento a la fotografía: si en aquellos la captación de lo real --- o de lo ficticio, que no es sino otra forma de lo real ---se intenta por desarrollo y acumulación de elementos parciales, en estos el artista se ve compelido a seleccionar un acontecimiento o imagen no solo significativo y que valga por sí mismo, sino que sea capaz de actuar en el lector o contemplador como una especie de apertura o fermento que le lleve más allá de la anécdota visual o literaria.

Muy disímiles en cuanto a la extensión, pero manteniéndose siempre dentro de lo que convencionalmente se ha considerado un cuento ---desde las dos o tres páginas las más breves hasta las veinte como mucho las más extensas, hay una diferencia ---aparte de las temáticas, muy evidentes---harto significativa que creo hallar entre las narraciones agrupadas en Cuentos resuperados...y las de Puro cuento: las del primer volumen, muy anterior al segundo en la escritura y la publicación, aparecen como más trabajadas literariamente en lo que atañe al tratamiento sintáctico, de período amplio y con mucha digresión e hipotaxis, en tanto que las del segundo están mucho más cerca de la oralidad y el coloquialismo, con frase corta y mucho diálogo y más próximas a la anécdota vivida por el autor--- o fabulada, que en el caso de Torrente venía a ser casi lo mismo---o como mínimo por alguien que se la ha contado de palabra: Gonzalo fue un extraordinario narrador oral y más de una de estas historias nos la contó más de una vez, nunca de la misma manera ni con las mismas palabras, tempo ni énfasis, pero siempre, claro está, con ese peculiar modo de frotarse las manos y esa voz entre opaca y cavernosa que tan felizmente parecía casar con la burla e ironía apenas refrenada, como en sordina, que ponía en lo que decía.

Más allá de nada, el relato inicial de Cuentos recuperados...constituye un caso especial respecto a todos los demás en la medida en que se presenta, con un aire como de pesadilla, como una cerrada acumulación de imágenes de la disolución, del terror y de la muerte, de la "hiriente punzada de la identidad perdida" y supone un verdadero alarde de enumeraciones caóticas y recurrencias sintácticas, todo con un suculento y fulgurante despliegue verbal en cascadas de metáforas y asociaciones que podría interpretarse tanto como una visión alucinada de la existencia como una descripción de los efectos de ciertas drogas en la percepción y la sensibilidad.


A un mundo galaico pasado por el tamiz del esperpento valleinclanesco remiten El velorio del abad de Leirado ---a mi juicio uno de los más felices logros del autor--- y Escena de feria, estupendo el primero tanto por la hábil dosificación de detalles en el tratamiento simbólico de los objetos como en el trazado tipológico de los personajes, despachados casi todos, salvo el abad, con un par de rápidas y certeras pinceladas impresionistas, que en nada hacen presumir el desopilante e inesperado desenlace, y no menos logrado el segundo, sobre los sorprendentes desahogos prostibularios de una pareja de viejos aldeanos gallegos de aire casi solanesco.

De lejano pero bien perceptible fondo folclórico en cuanto al asunto, El cementerio de las sirenas recuerda casi de modo inevitable las maneras de Benet por el desparrame sintáctico ---empieza embutiendo dentro de la primera frase una digresión parentética de varias docenas de líneas y juega con la identidad del personaje escondiéndola ambiguamente tras el pronombre, de manera que resulte muy difícil, incluso por el contexto, su referente--- y es una muestra también del conocimiento que el autor poseía del vocabulario técnico de la navegación. En Jean y Jim se alcanza a sugerir en el lector una atmósfera como de terror metafísico, a través de la experiencia de los dos personajes que sobreviven a una especie de cataclismo, no se sabe si explosión nuclear, terremoro o simple accidente de coche: en tierra de nadie, en medio de una soledad absoluta, con todo cubierto por un espeso polvo gris, el hombre miró los ojos de la mujer "terriblemente azules, como dos heridas brutales entre los grises párpados semicerrados".

Si Apenas un cotilleo no pasa de ser una brevísima anédota, narrada con mucha gracia, enmarcada en eso que antaño se llamaba género sicalíptico, relatos como Zouk-el-Arba o Nuestra Señora de la Medina remiten al mundo de la picaresca y el erotismo norteafricano (marroquí, para más señas) y a los fascinados ojos del europeo que lo contempla. Una morena en la Costa azul ---aclaro que "morena" vale aquí por engaño o trampa, lo que significa en el argot de los delic¡ncuentes--- cuenta los trapicheos con la droga de unos traficantes de mediano nivel entre cuyos clientes se encuentra nada menos que el mismísimo Onassis, y Escena palaciega en el Alcázar de Madrid cuenta, con fría objetividad y distanciamiento, cómo el rey felipe IV fue quien sugirió a Velázquez la estructura compositiva de Las Meninas.

Ya se ha dicho hasta qué punto las historias de Puro cuento responden en general a otro registro y factura. El invisible Ferradas y El tenor y el matarife tienen un aire borgiano en el sentido de poner en cuestión los límites y la noción misma de personalidad o individuo, y el primero incluye además una parodia del lenguaje habitual del informes clínicos y de la jerga psiquiátrica más o menos vulgarizada. Ambos mantienen todavía, como en los relatos del otro libro, la primacía del narrador en tercera persona, la abundancia de pasajes descriptivos y el poco peso del diálogo, rasgos que se difuminan mucho en las demás narraciones, algunas con narrador en primera, como una de las más logradas, El virgo de Celia, hilarante sátira de los reality shows televisivos, donde los comparecientes en el programa que está viendo el narrador y su mujer cuentan pormenorizadamente cómo perdieron la virginidad. A la recreación de ambientes marginales, carcelarios o cuarteleros, con alguna pincelada de erotismo grueso,se aplican El tigre de Valdemoro, La quirmosa, La rumana del puerto o Los gaiteros de Fraga, en tanto que Crimen pluscuamperfecto incide en un hecho, tan terrible como grotesco, con un conocido poeta maldito como primer oficiante.

Ya depende del lector, en fin, si gusta más de los cuentos que, lejos de encerrar una sorpresa final, parecen describir una suave línea recta que se interrumpe sin aviso o que corre con una apariencia de instantaneidad y de azar; al primer tipo pertenecen El velorio del abad de Lendoiro, Crimen pluscuamperfecto o La rumana del puerto, entre otros; al segundo, El cementerio de las sirenas, La educación sentimental, Muertos de risa, Mercadillo y algunos más. Pero lo fundamental y al fin y al cabo más sustantivo es que los presentes relatos son, para cualquiera que tenga un mínimo de sensibilidad y alegría de vivir, divertidos y gozosos, como no podría menos de corresponder a las maneras de su autor: si en definitiva todo escritor escribe, de un modo u otro, lo que ha vivido, estos textos lo retratan ejemplarmente, a él sobre todo, que supo hacer de la vida un cuento y encarnar el cuento de la vida.

sábado, 21 de enero de 2012

OTRA VEZ SOBRE LA GUERRA CIVIL

Chaves Nogales. A sangre y fuego. Barcelona. Libros del Asteroide. 2011.




Tanto he oído hablar últimamente a algunos amigos --de cuyo criterio me fío-- de las magnificiencias de estos nueve relatos de Chaves que estaba ya deseando leerlos, pese al cansancio que de vez en cuando siento hacia el género del guerracivilismo. Conocía del autor sevillano ---parece que elogiado por doquier y considerado estos últimos tiempos poco menos que como clásico contemporáneo--- su biografía de Juan Belmonte, su estupendo ensayo La agonía de Francia ---reseñado en su día en este blog--- y su novela El maestro Juan Martínez que estaba allí. Vaya por delante que a mí no me parece, como han opinado muchos, "lo mejor que se ha escrito en España sobre nuestra Guerra Civil", en primer lugar porque no me lo he leído todo y en segundo porque no me atrevo a tan apodícticas categorizaciones sobre preeminencias y jerarquías. Diré simplemente que tan excelentes al menos como este A sangre y fuego ---y con la misma falta de sectarismo y de anteojeras ideológicas---se me antojan, por citar algunos ejemplos a bote pronto, muchas zonas y pasajes de entre las más de dos mil páginas del Laberinto de Max Aub, o la novela de Iturralde Días de llamas, o la de Masip El diario de Hamlet García, o algunos de los cuentos publicados por Juan Eduardo Zúñiga bajo el título de Largo noviembre de Madrid.



Dice Chaves en la nota introductoria que acompaña al prólogo que cada uno de los episodios se ha sacado de un hecho rigurosamente verídico, pero todo el mundo sabe que cualquier anécdota que a se cuenta o cualquier peripecia real sobre la que se recaba información se convierte, a la hora de pasarlas al papel --por los propios mecanismos del artificio literario--- en una cosa muy distinta, y en este sentido hay que tomarse, en este caso y en no importa cuál, eso de la veracidad cum mica salis. Por lo demás, y dicho esto, uno no puede menos que recordar, al leer este libro, la apabullante razón que asistía a aquella máxima de Baroja acerca de la inevitabilidad y falta de remedio de la estupidez humana: la prosa tersa y nerviosa, de frase corta, con mucho uso de las yuxtapuestas y moderada y precisa adjetivación presiden todas estas historias, no menos que una voluntad de denuncia y una pasión moral que no se cuida mucho de esconder el abatimiento y la tristeza ante el universal y sangriento espectáculo del fanatismo y la barbarie.




El temor a la soledad o a la desposesión,la traición, el coraje, la lealtad, la delación, el miedo y la muerte comparecen por igual en estas páginas y aciertan a dar a cada personaje o hecho narrado su verdad más honda. Aunque en algún que otro pasaje acuda Chaves a un tono épico y grandilocuente (así en la pág. 147, cuando describe la masiva llegada de refugiados a Madrid) que sin embargo nunca condesciende a la prédica ni al adoctrinamiento, y aunque en algún otro se le vaya a mi juicio un poco la mano( en p. 112 y ss. se presenta a Durruti como un tirano sangriento que hace fusilar poco menos que a todo cristo, incluídas algunas prostitutas que acompañaban a sus milicianos), las más de las veces llega a esa seca y eficaz impersonalidad propia del mejor reportaje periodístico, que sin embargo estas novelas no son en absoluto. Da la impresión, por lo demás, de que Chaves estuviera convencido de que la brutalidad y la barbarie fueran un patrimonio exclusivo de los españoles, creencia tan gratuita e injustificada como la contradictoria de que el español era "uno de los pueblos más felices de la tierra", como se afirma en un "Manifiesto por la paz" firmado por el autor y otros en 1939 y citado por la presentadora en la introducción al volumen.

Massacre, massacre, el primero de los relatos aquí incluidos, es, junto a una vívida descripción de la lucha por la supervivencia de la población civil en el Madrid bombardeado ---la muta de fuga de la masa empavorecida, que diría Canetti---un alegato contra la llamada Escuadrilla de la venganza, un grupo de milicianos que por libre se dedican a sembrar el terror y el asesinato selectivo entre los sospechosos de simpatías franquistas, y contra sus jefes, Enrique Arabel, "tipo característico de hombre de presa" (p. 21), y del comunista Valero, frío, cauteloso y calculador, que intenta que los desmanes de aquel se mantengan dentro del margen de conveniencia para la estrategia de su partido. Arabel intenta sin éxito chantajear a Valero, militante ejemplar pese a algunas dudas íntimas que le corroen, y éste al final no vacila en poner por encima de los lazos familiares sus fidelidades políticas, cuando su padre es víctima de la trampa que se les tiende a los militares jubilados más o menos quintacolumnistas, la mayoría de los cuales acaban en las tapias del cementerio del Este. La conversación, hecha de monosílabos y sobreentendidos pero harto elocuente, entre Valero y sus padre preso (p. 35-36) no tiene desperdicio, como tampoco lo tiene la presentación, acerba y un tanto esperpentizadora, que se da de algunos prominentes nombres de la intelligentsia de izquierdas: "el poeta Alberti con su aire de divo cantador de tangos, Bergamín con su pelaje viejo y sucio de pajarraco sabio embalsamado y María Teresa León, Palas rolliza con un diminuto revólver en la ancha cintura" (p.33).

En La gesta de los caballistas asistimos a la limpia de rojos que un aristócrata terrateniente, sus tres hijos y los hombres a su servicio organizan en la campiña andaluza en las primeras semanas de la guerra. Sobre un fondo general de crueldad y depravación--uno de los hijos del Marqués asesina salvajemente a un pobre gitanillo al que supone de los otros--- resplandecen la piedad instintiva y la bondad natural de dos personajes que resultan ser antiguos conocidos : Rafael, otro de los hijos del aristócrata, y Julián, el maestro de escuela que lidera a los campesinos que resisten a la razzia de los caballistas. Julián acaba fusilado y Rafael exiliado en Gibraltar y asqueado de todo, sin que se cuente cómo sale del entuerto en que se ha metido al apresarlo los de su bando por un malentendido.

Con algunas pinceladas de farsa y humor negro, también perceptibles en Los guerreros marroquíes, donde un populacho exasperado y vengativo mata a un combatiente moro perdido en un paraje serrano, en verdad pobre víctima que no sabe muy bien en qué fregado anda metido, Y a lo lejos, una lucecita relata la obsesión paranoide de dos milicianos, Jiménez y Pedro, cuyo celo revolucionario les lleva a la muerte al intentar descubrir y cazar a los criptofranquistas que se comunican con señales luminosas de Morse en la noche madrileña. No se ahorra tampoco muchos detalles el autor para ilustrar el grado de fanantismo y sed de venganza al que puede llegar el corazón humano: los tísicos de un sanatorio antituberculosos de la sierra, simpatizantes de uno y otro bando, se acusan e insultan con palabras gruesas y cuando llega el grupo de milicianos uno de los enfermos aprovecha para delatar a otro, que escondía la linterna fatal bajo el jergón: "Jiménez no contestó. Sacó la pistola, apuntó lentamente y la disparó contra aquel armadijo de huesos y pellejo que, como en una grotesca escena de polichinelas, se desplomó sin proferir un grito. ---Gracias, muchas gracias, camarada, dijo el otro tísico desde la cama de al lado. Ahora ya podré morir tranquilo. Y se arropó para dormirse."

Mientras en La columna de hierro se narran las hazañas de una banda de desertores del frente de Aragón y delincuentes comunes de filiación más o menos anarquista que siembra el terror en las comarcas levantinas, en El tesoro de Briesca se presenta el coraje, la bonhomía y la capacidad de discernimiento moral del joven pintor Arnal---que acaba tan fuera de juego como el antecitado Rafael de La gesta de los caballistas--- comisionado por el gobierno republicano para proteger y catalogar los tesoros artísticos de los pueblos manchegos, y se asiste a la muerte casi simultánea del militar leal que se enfrenta a los milicianos en desbandada y la de uno de ellos, el único que se atreve a enfrentarse al uniformado cuando éste los increpa, lo que da pie a Chaves para concluir demasiado obviamente, en el sentido de efecto demasiado buscado y mejor encontrado: " en la plaza desierta solo quedaron junto al rescoldo de la hoguera sacrílega aquellos dos cuerpos sin vida, el del desertor y el del héroe, víctimas uno de su instinto y el otro de su deber,ambos sacrificados a la barbarie de la más cruenta de las guerras" (p.145).

Viva la muerte cuenta la cobardía culpable y la mala conciencia de Tirón, acomodaticio patricio filofascista de Valladolid, incapaz de mover un dedo por tres muchachas republicanas que antes le habían salvado a él piadosamente la vida y en Consejo obrero uno no puede menos que sentir cierta simpatía por los apuros de dos trabajadores apolíticos, Bartolo y Daniel, ante el desatado sectarismo y la pulsión persecutoria de los integrantes del comité de la empresa en la que trabajan. En cuanto a Bigornia, el mayor atractivo de la historia reside me parece en la forzada desmesura e inverosimilitud del personaje.