sábado, 27 de mayo de 2017

BALADA DEL EXILIO


megustaleer - Los árboles portátiles - Jon Juaristi

Jon Juaristi. Los árboles portátiles. Madrid. Taurus. 2017. 462 pp.

        En la primavera de 1941 un destartalado barco, el Capitaine Paul Lemerle, parte del puerto de Marsella hacia la Martinica con más de trescientos fugitivos del nazismo a bordo. Son de diversas nacionalidades y condición social: hay judíos, comunistas estalinistas y antiestalinistas, republicanos españoles y gentes sin adscripción política muy definida. Muy pocos se conocen entre ellos y los más han llegado al viaje luego de dolorosas peripecias y angustiosas esperas para conseguir los visados, Algunos han pasado por campos de concentración y todos, en mayor o menor medida, sufren el desprecio y maltrato de las autoridades de Vichy, diligentes lacayos de la Gestapo. Lo significativo es que entre los pasajeros se encuentran personajes ---acompañados o no de sus familias--- como Claude Levi-Srauss, Victor Serge, André Breton, Wifredo Lam, la escritora comunista alemana Anna Seghers y, a modo casi de pariente pobre, el dirigente socialista vasco Toribio Echevarría. Algunos de los citados se han beneficiado de la ayuda de Varian Fry, comisionado de la Emergency Rescue Committee, organización subvencionada por sindicatos e instituciones académicas norteamericanas que se dedica a esa labor humanitaria, y de cada uno de ellos se traza tanto un minucioso retrato (más benevolente y comprensivo en unos casos ---Levi-Srauss---, más acerado y malicioso en otros ---Breton--- ) como una evaluación crítica de su obra artística o su aportación teórico-intelectual. Cuando el barco llegue a Martinica y luego, una vez que buena parte de ellos acabe en México o Nueva York, comparecerán otros muchos figurantes, desde Trotski o Chagall o Peggy Guggenheim o Max Ernst, con los que aquellos entrarán de un modo u otro en relación.

             La singladura del Lemerle hasta el Caribe, que va a durar veintitrés días, viene a ser, en primer lugar y muy evidentemente, una metáfora del exilio y de la destrucción de Europa, sí,  pero también una ilustración de las trasmutaciones y cambios de las ideas, es decir, de los libros, de ahí el título, que Juaristi toma de unos versos de Lope. En todo caso el autor parte de esa anécdota histórica para levantar esta peculiar roman d´essai, una especie de relato ensayístico de variados estilos,largo y tentacular, escrito con saludable desenfado, ironía corrosiva  y abocado a abundantes digresiones, donde se dan la mano la semblanza biográfica, la tesis política y la crítica literaria. De particular interés resulta, por ejemplo, la larga digresión que abarca todo el capítulo 6 de la segunda parte (pp. 265-81, una erudita y muy razonable exégesis que acerca de las nociones de documento y obra de arte mantuvieron en notas cruzadas Breton y Levi-Srauss, o la no menos ecuánime y documentada de las pp. 133-47 acerca del equívoco de las judeolenguas  (el judeoespañol y el yiddish, que reflejarían con fidelidad el estado lingüístico del castellano y del alemán renano de la Baja Edad media), y los modos que adoptó el asimilacionismo judío en la Europa Central en el XIX. El libro me ha parecido, por todo ello, en no pocos tramos, de lectura fascinante, así por el fino criterio con que Juaristi se desenvuelve con la notable masa de información que maneja, como por su capacidad para establecer analogías e insospechadas correspondencias entre fenómenos políticos, lenguajes artísticos y actitudes personales. Lástima que un texto tan revelador e inteligente quede, a mi juicio, algo afeado por detalles (aunque vaya usted a saber si éstos no forman también parte de esa inteligencia)  a los que más abajo me referiré.

              Pero lo que interesa al autor es tratar de mostrar cómo algunos de los relatos ---por plegarme ahora al uso de esta palabra, hoy tan sobreabundante, hasta en la jerga político-mediática--- más operantes e influyentes en la Europa de la primera mitad del XX ---el mito comunista de la revolución bolchevique (Victor Serge), el estructuralismo como método más prestigioso en las ciencias humanas (Levi-Srauss) y por último el arte de las vanguardias, tanto en su vertiente poética como pictórica (Breton y Lam)--- entraron en barrena al contacto con las peculiaridades de la América Latina y sobre todo con el mundo norteamericano, carente de tradición revolucionaria en el sentido europeo y difícilmente conciliable con el ensimismamiento autorreferencial del surrealismo y su insistencia en los dudosos expedientes de cosas tales como el automatismo psíquico o el azar maravilloso, de los que Juaristi no deja de burlarse sin excesivo disimulo.Desde entonces esos tres grandes discursos, por mucho que enriquecieran y fecundaran los años centrales del pasado siglo, no habrían hecho sino ir consumando su decadencia hasta caer en lo trasnochado e irrelevante.

             Escribí más arriba que Los árboles portátiles constituía de hecho una roman d´essai, un ensayo romanceado o novelado. En pp. 70-72 y luego en 339-43 se sitúa lo más nuclear y sustantivo de su tesis: tanto el surrealismo en las artes como el leninismo en política o, en general, las vanguardias no fueron más que variantes del Modernismo en la acepción anglosajona del término, esto es, una reacción defensiva y elitista de las minorías letradas ante la llegada de nuevos públicos al hilo de la democratización y la alfabetización de las masas. Algo que recuerda demasiado al Ortega de La rebelión de las masas.  El bolchevismo, por ejemplo ---pero esto no es nuevo, y de todos modos se ha convertido casi en un lugar común a la vista de lo que ha dado de sí el llamado socialismo real---lo interpreta Juaristi según la matriz leninista de la toma del poder, en nombre de la clase obrera, por una minoría de intelectuales burgueses desclasados, una élite de revolucionarios profesionales, que lo acaba ejerciendo de manera dictatorial. Claro que va aún más allá en lo que sin duda constituye la tesis central del libro. Una tesis tan brillante como arriesgada, para la que se apoya en Peter Sloterdijk y ---un tanto traídas por los pelos--- en las investigaciones de Benveniste sobre el vocabulario de los indoeuropeos. Según esa visión todo el pensamiento occidental  viene a ser  una descomunal acumulación de notas a pie de página de la filosofía de Platón ( p. 71). Así, se conciben el marxismo mismo, el psicoanálisis y el surrealismo como hijos bastardos e incongruentes del platonismo, una plasmación equivocada de los ideales de la República platónica, en que los sabios, depositarios de la razón, encauzan y dirigen, usando para ello a los guerreros,  la ira destructora del pueblo. Una vez que el filósofo ha adquirido las funciones del guerrero con la figura del intelectual revolucionario, ya todo halla acomodo en la República ideal. Mal acomodo, por cierto, porque el surrealismo es un platonismo de poetas y ya Platón había vedado a éstos el acceso a su República, y porque la triada freudiana del Yo, Superyo y Ello no es más que la traslación de la estructura de la ciudad ideal a la topología del alma individual.

           El libro aparece dividido en cuatro grandes apartados o secciones. El primero, Marsella, es una plausible visión literaria de la ciudad, tal como se mostraba en las primeras décadas del XX, apoyándose en Baroja, Jünger, Conrad y Joseph Roth y además una descripción del abigarrado y enrarecido ambiente de refugiados, espías y aventureros en que se convirtió a partir del verano de 1940, cuando devino la puerta de salida para todos los que trataban de escapar a América. El segundo, Mar adentro, refiere las vicisitudes de la travesía y los sueños y proyectos de los personajes durante el viaje en ese campo de concentración flotante, como lo llama de modo enfático Serge. El tercero,  Martinica, mar Caribe, remite a las semanas que pasaron en la isla a la espera de poder seguir a otros destinos, y el último, Maravillas, marchantes y marxismos, se centra en las actividades de los exiliados en las metrópolis de acogida, los contactos que establecen y, en fin, los modos de buscarse la vida, lo que da pie al autor para extenderse en las peculiaridades del mundillo universitario yanqui, las fundaciones, se supone que filantrópicas, de algunos millonarios, y el mercado del arte, y todo ello condescendiendo a veces con la anécdota graciosa y el chismorreo de famosos. En Nueva York  prosigue sus investigaciones Levi Srauss ,al tiempo que ejerce la docencia en la New School for Social Research y se hace con un cargo oficial del gobierno francés, y en esa ciudad malvive e intenta prosperar Breton, bajo la humillante e interesada protección de Peggy Guggenheim, mientras trata de ir vendiendo el surrealismo intrínsecamente latinoamericano que al parecer acaba de descubrir.

         Los detalles, en fin, que anunciaba al final del segundo párrafo, aluden a las muletillas, que llegan a cansar, del tipo de Pero esto Dios lo sabrá o bien Pero Dios sí lo sabe, que Juaristi emplea casi siempre que apunta un posible dato o una conjetura de la que no está seguro y, sobre todo y más importante, a sus a mi juicio gratuitas e improcedentes intromisiones, lo más probable que para dar la impresión al lector de que él ha sido también pieza importante en los acontecimientos que cuenta. Intromisiones que no sé si quedan justificadas pese a que, como declara en p.421, haya tratado de escribir, con mezcal de estilos, al modo medieval, una memoria prenatal posible, la de mi generación y sus grandes relatos, hoy desacreditados.  Algunos ejemplos: aprovechando que Levi-Srauss y un par de amigos alquilan en la Martinica un viejo Ford, fantasea Juaristi que pudiera haber sido uno igual que el que tuvo su padre (de Juaristi, no del francés) y que adquirió en los años cuarenta en las subastas de las requisas procedentes de la Guerra Civil (323-4); a propósito de la pasión coleccionista a la que pudo dar rienda suelta Levi-Stauss a su llegada a Nueva York, aprovecha Juaristi para contarnos la suya propia cuando arribó en los años noventa él mismo a la ciudad acompañado de su hijo mayor (360-62); contando los inicios políticos del etnólogo francés en el socialismo belga de los años treinta, (83-87), se descuelga con las actividades editoriales del padre de una de sus cuñadas, exiliado en ese país, en los cuarenta y cincuenta, hasta culminar en la fundación de la editora católico-progresista Desclée de Brower, y poco más adelante, cuando se explaya ---que tampoco viene muy a cuento---con la escisión del PSB en dos fracciones, la flamenca y la valona, apostilla yo estaba allí cuando se consumó la escisión definitiva, en 1978 (....) y hablé de ella muy a menudo con Mario Onaindía. (...) Una década después, en 1987, inicié la transfusión de efectivos de la socialdemocracia étnica vasca (...) al PSOE (...) y Mario la completó en 1991 (...).  Hombre, tratándose de socialdemocracia étnica es lógico que se acuda al sustantivo transfusión; refiriéndose al Congreso de Intelectuales Antifascistas en la Valencia de 1937 saca a colación el de cuarenta años después porque dice, en el de 1987 la disidencia antibolchevique se vengó de las conclusiones del primero, pero da más bien la impresión de que es porque así puede citarse a sí mismo, junto con Ludolfo Paramio, Vázquez Montalbán y otros....apresurándose, por supuesto, a clasificarse entre los inclasificables (p.74).

domingo, 21 de mayo de 2017

LA CIUDAD DE LAS BOMBAS

'Apóstoles y asesinos', de Antonio Soler

Antonio Soler. Apóstoles y asesinos. Barcelona. Galaxia Gutemberg. 2016. 440 pp.

               Participando a la vez de la biografía novelada, del ensayo de interpretación histórica y de la crónica política, y teniendo siempre presentes los cánones y convenciones de la novela negra, hay que decir que esta Vida, fulgor y muerte del Noi del Sucre ---como reza el subtítulo---del escritor malagueño Antonio Soler cumple con creces las expectativas de un lector con un mínimo de exigencia, en la medida en que alcanza a urdir un relato de sostenido interés y eficacia y resuelto con oficio, consecuencia sin duda de haber manejado con notable habilidad los materiales de que disponía, tan atractivos  ---me atrevo a suponer-- y tan intrínsecamente novelísticos para casi cualquier narrador. Me parece que podría incluirse sin desdoro alguno en la gran tradición de la novela urbana barcelonesa, desde Vida privada, de Sagarra, hasta La verdad sobre el caso Savolta o las obras mayores de Marsé, aunque ya se sabe que todas las comparaciones son odiosas. Si bien me resulta obvio que Soler ha logrado evitar la fácil y torpe tentación del maniqueísmo en lo que respecta a los dos llamémoslos bandos en guerra---ni todos los sindicalistas o militantes obreros son aquí unos héroes ni todos los patronos, burgueses y policías unos canallas---,lo consigue solo hasta cierto punto en el caso del personaje principal. Digo esto porque tengo la impresión de que al final se le va un poco la mano con Seguí, al que, después de haber enriquecido en su espesor psicológico, en sus rumias y sus perplejidades, durante toda la novela, acaba pintando con brocha en exceso idealizadora y hagiográfica, y es poco verosímil un personaje tan de una pieza, una criatura que funcione siempre como dechado de todas las virtudes.

                 Con todo, Soler ha conseguido pintar un abigarrado fresco de la peligrosa y convulsa, pero apasionante y llena de vida Barcelona de las dos primeras décadas del pasado siglo, sobre todo de los años 1917-23, los de la generalización de la Ley de fugas bajo el reinado del siniestro tándem Anido-Arlegui. Un retablo en el que conviven ---es un decir--- burgueses, políticos corruptos, sindicalistas, policías,militares, matones, soplones, traidores, confidentes, arribistas, psicópatas, asesinos por dinero o por instinto y todavía algunas categorías más, y en la que la casi ininterrumpida sucesión de secuestros y asesinatos, consumados o no, y de conciliábulos y conspiraciones, nunca llega a aburrir ni a resultar monótono. Y esto por dos razones. Primera, porque Soler se mueve en varios registros, con una prosa nerviosa, seca, impresionista, sin apenas subordinación, casi barojiana, que predomina en la primera mitad de la novela, y otra de periodo largo, más rápida. movida  y atenta a los menores detalles y matices, con mayor presencia en la segunda, tal como ocurre en los memorable pasajes del magnicidio de Eduardo Dato ---pp. 305-11---, del intento de asesinato ( manipulado, esto es, organizado por él mismo como coartada para la represión posterior) de Martínez Anido ---pp- 376-385---o del funeral de Layret ---pp.261-66---, con las brutales cargas de la Guardia Civil, que asesta sablazos hasta al ataúd, el coraje y la serenidad de Nicolau D´Olwer y la salida de D´Ors, que asiste al cortejo y que, entre cínico y esteticista, comenta Qué marco más bello para este entierro patético. Pasajes, dicho sea de paso, que remiten casi de modo inevitable al cine de gánsters ---y de hecho Soler alude en más de una ocasión, sobreactuada e irónicamente, a Scorsese y Coppola--- Y segunda, porque el autor tiene la destreza de colocar, a modo de contrapunto de los fragmentos digamos de acción, otros en los que se da cuenta, con el tono pretendidamente objetivo de la crónica, de las vicisitudes y circunstancias del contexto sociopolítico y de la historia contemporánea, sea la huelga revolucionaria de 1917, las decisiones del gobierno o los congresos de la CNT.

                   Particularmente feliz es Soler en su capacidad para dibujar, a veces con un solo adjetivo, o con un quiebro caricaturesco, la silueta definitoria de un personaje; así, la cara de Layret era de pompas fúnebres, y el andamiaje metálico que llevaba bajo la ropa emitía, al caminar, como un crujido de barco; el aspecto de Seguí resulta grande, sonoro, con dientes de piano; la mirada de Lerroux vidriosa, de zorro disecado; el Barón de Koënning lucía una dentadura pangermánica; Milans del Bosch tiene ojos de matadero, la barba cuadrada, los bigotes formando un siniestro balancín, delgado, chupado. Por otro lado, a Pestaña se le describe con unos tintes que recuerdan los de ciertos personajes de Baroja: taciturno, nobilísimo, terco, con un punto de fatalismo místico (con qué cara, entre ingenua y escandalizada, debía contar, muchos años después del tiempo en que transcurre la novela, a Ángel María de Lera  ---pág.208---cómo vio, en el viaje que hizo a Moscú, y entre otras decepciones sin duda más dolorosas, a los delegados leninistas dejar los zapatos a las puertas de la habitación del hotel para que se los lustrasen los empleados). El autor no rehuye a veces el tono de animalización esperpéntica al describir (p.349), por ejemplo, el ambiente en las cárceles tras la restauración de las garantías constitucionales por el gobierno de Sánchez Guerra: los patios son un hormiguero sobre los que se ha posado un pie gigante. Los presos se encuentran y se dispersan en una agitación epiléptica, agitan las antenas, intercambian un mensaje (...)

             En fin, no puedo dejar de sentir cierta tristeza tras  leer esta historia de crímenes y sangre. Tristeza por la manera en que el anarcosindicalismo y la CNT acabaron devorándose a sí mismos y perdiendo todo su prestigio por la alocada deriva de su fracción más radical y fanática y por el patético final, casi cantado, dadas las circunstancias  ---y ellos parecieron haberlo intuido desde muy pronto---que encontraron los mejores,sobre todo Layret y Seguí. Pero no tienen mucho sentido, creo, en otro orden de cosas, las especulaciones de Soler, en las últimas páginas del libro, acerca de los derroteros políticos que hubiera tomado el Noi, de haber vivido, embarcado como estaba entonces en sus intentos de moderación de la CNT, de colaboración con la UGT y tentado además, habida cuenta de sus relaciones con Companys y otros políticos de la izquierda catalanista, por la entrada en la política parlamentaria. O en todo caso eso sería materia de otro libro.

        

viernes, 12 de mayo de 2017

LA GUERRA EMBELLECIDA


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Curzio Malaparte. El Volga nace en Europa. Barcelona. Tusquets. 2015. 368 pp. Traducción de Juan Manuel Salmerón.

                  Este fue el título que Malaparte puso a las más celebradas y conocidas de sus crónicas de guerra. Título que se explica según él porque, al contrario de lo que pensaba la opinión conservadora europea y enfatizaba hasta la saciedad la propaganda nazi, el bolchevismo no es un avatar más de las hordas asiáticas, sino que, como estandarte de lo que él llama moral obrera, constituye una ideología tan occidental como la vieja moral burguesa con la que está en conflicto y de cuyo resultado ha de depender el destino de Occidente mismo. Si, cuando fundó la ciudad, Pedro el Grande quiso que ésta fuera la ventana abierta a Occidente, hoy, con esta guerra, San Petersburgo, donde se amalgaman la santa Rusia de los zares y la Rusia revolucionaria, se ha convertido en el emblema de la modernidad, símbolo del triste mundo de las máquinas, del desierto mundo cromado de la técnica. Por otro lado, y pese al aparente carácter inconciliable de Fascismo y Comunismo, Malaparte intuye y a menudo deja caer implícitamente---al tiempo que una soterrada simpatía por los rusos, a los que cree depositarios de una especie de razón moral para la victoria ---no pocos paralelismos de fondo, tanto en lo que atañe a la disposición técnico-organizativa del Ejército como a la brutalidad totalitaria de su fachada ideología, entre los dos sistemas. Malaparte insiste también ----y a este respecto no deja de resultar significativo, aunque sea como anécdota, que Lenin se pasara, al parecer, sus últimos días dibujando máquinas y rascacielos (pág. 235) ---en que hay secretas concomitancias, casi inconscientes, entre americanismo y sovietismo, entre el capitalismo y la moral comunista, por su común mitificación del industrialismo y el progreso,  Algo que sin duda constituye el hilo conductor del libro y que hoy, cuando el comunismo ha desaparecido o se ha subsumido, mediante la globalización, en el único orden existente, sabe todo el mundo, pero que no era tan fácil de entrever en los años 30 y 40, tan atravesados por cegueras y sectarismos.

                 La primera parte del volumen, Por qué Rusia, recoge los textos escritos por el autor en la primavera-verano de 1941 atinentes al llamado Frente Ucraniano, el sector más al sur de los tres en que los nazis dividieron el inmenso territorio de batalla abierto con la invasión de la Unión Soviética, y la segunda, La fortaleza obrera, se centra en el asedio de Leningrado, donde Malaparte, acompañando a las tropas finlandesas, permaneció durante casi todo el 43. Las crónicas, publicadas en el Corriere della Sera, provocaron desde el principio la desconfianza de las autoridades fascistas italianas, que no solo las sometieron a una férrea censura sino que, por presiones también de los alemanes, acabaron suspendiendo su publicación y expulsando finalmente a Malaparte del frente. Solo verían la luz completas en 1951 y con el título que aquí aparece, que Malaparte decidió mantener por las razones más arriba expuestas y porque el primero en que había pensado, Guerra y huelga (no por las posibles resonancias tolstoianas, sino porque, según explica muy bien en el prólogo, los lectores conservadores hubieran establecido relaciones improcedentes entre aquellos dos conceptos),fue prohibido por la censura. Algún criterio editorial, que ignoro, ha hecho aconsejable publicar también , a modo de tercera parte del libro (pp. 263-364), la novela corta El sol está ciego, a la que al final me referiré.

               En cualquier caso resulta casi imposible discriminar hasta qué punto Malaparte medía sus palabras, pensando en la censura, y hasta dónde estaba dispuesto a contar simplemente lo que veía o creía ver, aunque al leer se tiene la impresión de que el autor ni habla de oídas ni se preocupa demasiado de los los prejuicios ideológicos. Un ejemplo: se esfuerza por poner de manifiesto cómo buena parte de la población civil soviética recibió ---al menos al principio--- a los nazis poco menos que como liberadores y cómo los soldados alemanes la trataron con respeto, puesto que llegaban incluso a pagar religiosamente a los campesinos el ganado y los productos agrícolas que necesitaban. Lo primero parece en general cierto pero lo segundo contrasta con lo documentado hasta la saciedad por múltiples historiadores y, de todos modos, los nazis, si es que alguna vez tuvieron aquel tipo de miramientos, pronto cayeron en las más brutales prácticas de aniquilación, de modo que,contra sus propios intereses,se acabaron enajenando,en un corto periodo de tiempo, si no el apoyo sí por lo menos la expectante tolerancia de millones de personas. Lo cual vale sobre todo para Ucrania,donde el nacionalismo y el odio hacia el régimen soviético estaban muy arraigados, ante todo  por el recuerdo de la violencia con que se llevó a cabo la colectivización forzosa que provocaría la terrible hambruna de 1932-33. Y otro, este más peligroso políticamente: en varias ocasiones Malaparte  se atreve a reproducir los elogios que algunos oficiales nazis hacían de la bravura de los soldados rusos y de la competencia técnico-organizativa del Ejército Rojo, algo que tenía que parecer intolerable al alto mando de la Wehrmacht.

              Si el libro es de lectura provechosa y entretenida no se debe desde luego a lo que se ha expuesto en el primer párrafo ---aunque en parte también--- ni a que se adecue o no a los llamados hechos históricos, si es que tal cosa puede llegar a ser alguna vez algo más que un trampantojo interesado. Su valor radica en que, gracias al ingenio verbal del autor y a su fina capacidad de observación, acierta a funcionar como artilugio literario. Malaparte es un gran narrador, y son sobre todo memorables sus descripciones. De tierras y paisajes, ya sea de las ondulantes llanuras ucranianas, a veces totalmente planas y a veces con leves ondulaciones que esconden pequeños valles, ya del dorado fulgor del trigo en la honda depresión del Dniéster, del laberinto mental, del desierto abstracto de los helados bosque de Carelia, de las mil tonalidades de colores que irradia al amanecer el mar helado del Golfo de Finlandia o del efecto fantasmal, como de vieja ilustración ajada o de una maqueta de yeso, que le sugiere Leningrado vista desde las avanzadillas de los búnkeres fineses. Y también de tipos y paisanaje: esos prisioneros soviéticos procedentes del Asia Central, desconfiados y taciturnos pero fascinados con todo lo que tenga que ver con la técnica y las máquinas, esos campesinos  ucranianos, poseídos por un fatalismo trágico y una religiosidad misticoide, esa cultivada y melancólica anciana Brasul, bien ahincada en su dignidad y carente de todo rencor.

                   Pero es en la metáfora en lo que Malaparte resalta como un virtuoso: la mancha de aceite del sol crepuscular, el rumor del trigo mecido por la brisa, como el frufrú de una falda de seda, la tenaza viscosa y elástica en que se convierte el barrizal de los caminos y muchísimas otras, como la visión de la cúpula de la catedral de San Isaac de Lenigrado ---antes se ha valido de dos versos de El mágico prodigioso de Calderón, que cita en un español aproximado---como una burbuja de aire dentro de una masa de cristal fundido (p.258). El afán metaforizador alcanza en algún caso (p.145) a urdir una especie de salmodia reiterativa, salpicada de frases en alemán, con la que intenta traducir la impotencia de los invasores, ahora de los nazis, pero en la que resuenan los ecos de la desastrosa campaña napoleónica, ante la eterna Rusia de los terribles inviernos, del polvo y del barro. Aunque hay que decir que de vez en cuando se deja arrastrar por una prosopopeya hiperbólica y del todo grandilocuente, muy cara a ciertos vanguardismos como el Futurismo y sus fantasías de poderío tecnológico: el despliegue de las columnas alemana le parece un inmenso taller ambulante, una interminable fábrica metalúrgica móvil, como si las mil chimeneas, las mil grúas, las mil torres de acero, las mil ruedas dentadas, los miles y miles de engranajes, los cientos de altos hornos de toda Westfalia y de toda la cuenca del Ruhr hubieran iniciado una marcha por las inmensas extensiones de trigo de la Besarabia (pág. 44).


               En ocasiones el autor se deja llevar por lo que podríamos llamar mitopoética de la guerra, algo muy peligrosos y con lo que resulta difícil estar de acuerdo, puesto que la hace aparecer poco menos que como atractiva (de ahí el título, no sé si muy afortunado, que se ha colocado a esta reseña). Cuando, con el primer deshielo, observa cómo el lago Ládoga descubre sus inquietantes misterios en las huellas de las caras de soldados rusos muertos, que la corriente del agua ha arrastrado, pero que han quedado, hasta que el sol de la mañana siguiente las derrita, como dibujadas en el cristal transparente del hielo, se siente conmovido hasta la raíz y abocado a una especie de turbia, pero a la vez fascinante, poesía. Escribe: la guerra, la muerte, tiene a veces estas delicadezas misteriosas, llenas de un sublime lirismo (....) la guerra tiene el cuidado de transformar en belleza sus imágenes más crudas (p. 245). Otras veces, en cambio, una serie de curiosas asociaciones de ideas le provocan muy interesantes y agudas aunque quizá menos comprometidas consideraciones, al comparar por ejemplo la idea de la muerte en la concepción del mundo del creyente y la del ateo comunista. Para el comunista el fin de la vida no sería un hecho moral, sino físico, mecánico, como una máquina parada, un Tánatos de acero cromado, un mundo vacío del que no cabe sacar ninguna conclusión porque no hay noción alguna de trascendencia. La visita a un pequeño cementerio de guerra soviético, con sus tumbas adornadas por un sol naciente rodeado de rayos, como una rueda dentada, con la hoz y el martillo en el centro del disco, le recuerda el patio de una fábrica después de una huelga fallida, triste figuración de la existencia como derrota, donde todo sugiere un nihilismo plano, una melancolía y una renuncia impresionantes, que contrastan con la seca poesía de la desnuda cruz luterana en las tumbas de los soldados fineses.

               Sin embargo Malaparte no se deja engañar por su propia retórica y es siempre muy consciente de la trágica inutilidad, de toda la bestialidad y el horror de la guerra, que al fin y al cabo, como sabe cualquiera que no esté del todo adocenado por el fanatismo patriotero ---esa madre de la patria, como de modo tan certero la ha apostrofado Ferlosio --- supone el más letal y catastrófico de los negocios humanos. Cosa que se deduce, más claramente que de El Volga nace en Europa, de la inconclusa y breve novela El sol está ciego, que, según confiesa en la Declaración necesaria que precede al texto, recoge sus experiencias como oficial en un regimiento alpino, en 1940, en el ataque a traición ordenado por Mussolini contra una Francia ya derrotada y ocupada por los alemanes.
             
               Publicada primero por entregas en la revista Tempo en el invierno del 41, fue destrozada por la censura, que suprimió algunos párrafos y tres capítulos enteros porque dejaban traslucir demasiado nítidamente el amor por Francia, el sentimiento de vergüenza por la campaña militar en sí y además una relación non sancta entre dos oficiales italianos. Esta es una petita guerra, con menos épica y multitudes que la otra y con apenas acción bélica, salvo un ataque artillero de los franceses y la respuesta de los italianos. El delgado hilo narrativo parece casi un pretexto para la descripción paisajística, en una serie de cuadros bien hilvanados,con la majestuosidad del Mont-Blanc como motivo reiterativo, visto como una especie de bestia a la vez asesina y protectora. Es evidente también que El sol está ciego representa una especie de descargo de conciencia, en el que no dejan de llamar la atención la insólita camaradería y deferencia con que los oficiales tratan a los soldados y la compasión por la mísera vida de éstos, notablemente en el tierno e inocente Carusia, el muchacho de origen campesino, medio enamorado de las vacas y que se pasea con un cencerro al cuello, obligados a jugarse la vida en una en una guerra estúpida---como todas---que no es la suya.

miércoles, 3 de mayo de 2017

ENSAYO DE ALTOS VUELOS


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Ramón Andrés. Pensar y no caer. Barcelona. Acantilado. 2016. 220 pp.

                 Solo muy vagas referencias, pero muy elogiosas, de la obra de Andrés tenía yo antes de leer el presente libro, y ahora compruebo que no iban descaminados quienes me las proporcionaron. Un ensayista poco común en nuestros pagos. Armado de una profusa erudición ---sobre todo en los campos de la musicología y de la historia de las artes plásticas---y en posesión de una prosa pulcra y nítida, además de rica en esas digresiones y rodeos que aciertan a captar las asociaciones y correspondencias, a menudo no demasiado patentes, entre fenómenos heterogéneos. Se trata de un modo de pensar que podría calificarse de metafórico si se conviene, como creo que es el caso, en que la similitud estructural y simbólica que proporciona---bien manejada---la metáfora logra dar a menudo con la clave de interpretación de la fecundidad o del influjo de una idea o de una huella cultural, de tal modo ---y hay aquí múltiples ejemplos---que un poema, un cuadro o una composición musical, al tiempo que se iluminan entre sí, proporcionan  sentido---con frecuencia un terrible sentido--- a las vicisitudes de la Historia. Se incluyen en el libro una serie de muy pertinentes y bien escogidas ilustraciones en las que el autor va apoyándose para su argumentación.

                 Y es que Andrés no solo no descuida las consecuencias e implicaciones políticas de lo que dice, sino que los más de los ensayos aquí reunidos acaban adoptando un convincente tono de diatriba, al poner de manifiesto cómo  nuestra modernidad, a diferencia de los antiguos, ni acepta la muerte, ni el dolor, ni la textura esencialmente dramática de la vida, ni es consciente del pesado lastre ---a menudo no obstante vivificador---del pasado, y de ahí que hayamos venido a dar en estas sociedades tanto más adormecidas y pastueñas cuanto más arraigado está el mito narcisista de la personalidad individual y tanto más animalizadas cuanto más entregadas a las instancias tecnocráticas. Masas de ciudadanos, pues, que son víctimas satisfechas de la industria del espectáculo, es decir, del hastío (¿no lo calificaba ya Cioran de convalecencia incurable?) y  de las maquinaciones de un Poder cada vez más instalado y totalitario.

            Los diez textos aquí compilados, algunos de los cuales conformados como reseñas de otros libros (que a su vez hablan, como no podría ser menos, de otros), se refieren a asuntos en apariencia muy distintos pero quizá secretamente relacionados.Todos proporcionan preciosa información, pródiga en incitaciones culturales y fecundas analogías, enseñan no poco y dan mucho que pensar. Ya versen sobre la animalización de lo humano que provoca la civilización técnica o sobre el nihilismo que, al hilo de los últimos y extrañamente proféticos escritos de Nietzsche, el autor ve confirmado en nuestra modernidad, ya sobre el llanto de Dostoievski cuando se enteró en su helada penitenciaría siberiana de que Hegel había excluido a Siberia de la triunfal marcha del Espíritu Objetivo, concebido como Teodicea, ya se refieran al grito desgarrador por la tragedia del reciente pasado europeo que según Andrés suena en el Cuarteto de cuerda del músico judío polaco Witold Lutoslawski, ya a la universalidad de la calumnia y la maledicencia, a partir sobre todo de La calumnia de Apeles, el cuadro de Botticelli de hacia 1495 (aunque aquí Andrés se olvida, a mi juicio, de que a menudo el envidioso no es más que una invención de la imaginación paranoica del presunto envidiado, como recuerdo ahora que se demostraba en un estupendo artículo de Ferlosio, dedicado a un relevante prócer cultural de la época de la llamada Transición).

               Con resultarme todos muy buenos, los que me han parecido excelentes  son el I, el II y el VII. En el primero, A propósito de "Nuestro pan de cada día", de Pedrag Matvejevic, se explora, al principio con gran aparato etimológico y numerosas alusiones a las hambrunas medievales, luego desde fuentes literarias antiguas y cuadros del Renacimiento, cómo el hambre de los pobres ha sido coextensivo de la historia humana y cómo Occidente, ya desde los tiempos del Imperio, ha fabricado una ideología del derroche y del desperdicio, cuya miseria moral---también hoy, en que medio planeta se muere de inanición---constituye la siniestra contrafigura de aquella. En el siguiente, El cuerpo. A propósito de "Del natural", de W.G. Sebald, se intenta un pormenorizado análisis del llamado Retablo de Isenheim, una crucifixión del siglo XV obra de Matthis Grünewald, con incursiones posteriores en Rembrandt y en algunos médicos y anatomistas del XVI y XVIII, y pretende mostrar hasta qué punto la pintura de Grünewald, siguiendo a Sebald, se convierte en un autorretrato de la muerte (p. 47), que provoca  terror en la medida en que nos hace imaginar nuestra propia consunción, lo mismo que la larga iconografía de esqueletos, multitudes devoradas por la peste negra y cadáveres masacrados en los campos de batalla de los que tanta mano echaron El Bosco, Brueghel o Cranach, Justo en los mismos años, y no por casualidad, en que se iba gestando la idea del cuerpo como exhibición y se daban los primeros pasos para la conversión de la medicina, desde una relación de socorro y alivio, en un tratamiento mercantil con el enfermo-cliente.  

           
                Y en último de los citados, La escritura, la tierra. A propósito de "Noventa años después", de Joseph Brodsky, acaso el más hermoso del libro por la variedad y riqueza de sus incitaciones, examina los abundantes paralelismos, presentes ya en los albores de la civilización ---al fin y al cabo la Historia empieza con la Escritura---entre el hecho ---en su misma materialidad---de escribir y las faenas de la agricultura y el cultivo de los campos, para acabar concluyendo que la lectura y la escritura nos convierten a la postre en metáforas de nosotros mismos y abocándonos a un tipo distinto de conciencia e identidad, En efecto, las alegorías que vinculaban la lectura y la escritura con lo agrario, justificando nuestra condición de tierra pensante, son tan remotas como reveladoras y atraviesan la historia toda del pensamiento con múltiples referencias literarias e iconográficas, como demuestra Brodsky a partir de Marsilio Ficino y de El tesoro de la historia de las lenguas, que Claude Duret compuso en 1613. Un campo roturado casi posibilita una comparación natural con el libro y sus renglones, y evoca inevitablemente crecimiento, maduración y muerte. Pero ya antes los griegos habían llamado boustrophedón a la escritura con líneas que discurrían, alternativamente, de derecha a izquierda y al revés, tal como el surco en la arada. Brodsky intuye que si la escritura hebrea ---y también la árabe, la caldea, la siria y otras--- se lleva a cabo de derecha a izquierda es porque tendría su origen en el esculpido de la piedra, dado que el cincel se sujeta con la mano izquierda y el mazo con la derecha; en cambio, la sumeria y luego la griega y la latina se hacen en el sentido contrario porque, al utilizarse tablillas de arcilla blanca con tallo en cuña, el escriba mancharía lo escrito con la manga o el codo si colocara los signos de derecha a izquierda. También menciona Andrés, siguiendo en esto a Ivan Illich en su El viñedo del texto, que si Roma cultivó la lectura más que otras civilizaciones contemporáneas fue por influencia de la tradición judía, de ese pueblo que, al carecer de patria, hizo del libro, de la escritura, ya a través de la Torá, su verdadera morada. Siglos después Montaigne hablará del terruño de su conocimiento, y en sus Ensayos abundan las imágenes relacionadas con el cavar y la simiente.

sábado, 8 de abril de 2017

UN CUENTO TRISTE







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Luis Mateo Díez. La mirada del alma. Madrid. Alfaguara.1996. 143 pp.

              Esta breve pero intensa novelita se ciñe en lo esencial a la historia que el narrador, un pobre desgraciado innominado, ya en la vejez y que vive en un sanatorio de enfermos difícilmente curables ---presumiblemente tuberculosos, aunque solo sea por aquello del tópico romántico----cuenta a dos compañeros de infortunio que le escuchan sin demasiado interés, el resignado y cínico Romero y el timorato y cobarde Crespo. Y la historia que les cuenta  y que se cuenta al lector no es sino la suya propia, la del narrador, más exactamente, la de la huella que han dejado dos miradas infantiles separadas por cincuenta años, por cuanto al final se nos viene a  se nos viene a revelar  hasta qué extremo lo contado por el primero resulta inseparable de lo que acabará, en una especie de comentario o contrapunto, contando Romero en el fragmento o capítulo cuarto y último..


               En una lóbrega y decadente pequeña ciudad provinciana, algo funambulesca y espectral, el narrador ha sido un aspirante a una plaza de empleado de Correos y luego oficinista bisoño cuya vida parece haber consistido en un precipitado de sordideces. Huérfano desde muy joven, a la salida de la adolescencia vive en una mísera fonda provinciana mientras recibe un insuficiente estipendio por catalogar los fondos de una polvorienta  biblioteca semiabandonada, al tiempo que sigue en una Academia los cursos de acceso a la Administración de Correos. Para más inri ha tenido que arrimarse, en busca de un mejor pasar, a la dudosa protección de unos tíos que lo humillan y desprecian y que no dejan de reprocharle su desaliño en el vestir y su poco aseado aspecto, típico al parecer también de su difunto padre.

                Nuestro antihéroe, que parece tener a gala su propio apocamiento e insignificancia, teñidos de hosca timidez y de misantropía, siempre ha resistido no obstante mejor los embates del hambre que los del deseo insatisfecho, torturas ---sobre todo la segunda---que lo han atormentado la mayor parte de su existencia. Y es que el hecho central de su vida moral, valdría mejor decir de su vida tout court, es el recuerdo de la mirada de cierta niña, cincuenta años atrás. Una niña cuyo perfil la oscuridad le impidió ver con claridad, que había entrado en una alcoba para dejar una toalla y una palangana, en cierta ocasión en que él  había resuelto al fin satisfacer sus instintos en el barrio de perdición de La Ceranda, por donde gustaba de merodear con la seguridad de que en la intención de mis paseos perduraba el atractivo de ese derrotero que me llevaría al pasaje sin que mi voluntad lo impidiese, como una meta inconfesable que una y otra vez iba alcanzando con creciente zozobra. De modo que, tembloroso y hechizado, es incapaz de resistir a la tentación de aquella penumbra que manaba del zaguán como un humo turbio.


                   A partir de ahí asistimos a la extraña e intermitente relación con esa mujer, Olfina de nombre, con la que ha compartido lecho por primera vez y con la que, si bien llega a  medio creer que ha encontrado el verdadero amor, eso que ha estado buscando y temiendo toda su vida, no deja al mismo tiempo de sufrir todo tipo de desencuentros y desplantes (no soy una mujer como tú quieres, le dice en varias ocasiones), puesto que ella juega perversamente con su pasión al irle dejando pistas (un pendiente con una perla, un pañuelo, una carta certificada) a modo de vías de salida pero que son en verdad nuevas encerronas. Nada sabe de ella al principio, aunque va descubriendo poco a poco, sin ser quizá muy consciente de ello, la oscura moralidad y el turbio simbolismo que constituyen el telón de fondo de su vida, su enfermedad del alma: la conducta imprevisible y el carácter hosco  y aparentemente imperturbable, la obsesión con la sangre, el fetichismo del pie desnudo y de las aguas de albañal y la abracadabrante manía---ayudada en esto por Doral, una especie de fámulo o alcahuete que comparte su ambigua fascinación necrofílica---de enterrar, después de matarlos, perros y gatos callejeros.


             La novela está escrita con suma corrección y puesta en un español casi siempre cabal, que sabe dosificar la mezcla entre los registros más coloquiales y los modos de empaque más literario, salvo quizá en el sistemático empleo a la inglesa de los posesivos ante sustantivos que denotan partes del cuerpo y que pierden así, como es sabido, su carácter contrastivo. No deja de llamar la atención, por lo demás, que el inicial entramado costumbrista-realista acabe sirviendo de envoltorio a una nouvelle trágica y romántica, casi de tintes góticos. Pero hay precedentes: me han venido a la memoria, mientras la leía, tanto Aura, de Carlos Fuentes, como Professor Unrat, de Heinrich Mann, relatos que se inscriben en la tradición del que nos ocupa al guardar sin duda vagos pero insistentes paralelismos con el texto de Díez, por cuanto abren una ventana ---indiscreta--- a los fondos más desasosegantes de la condición humana. Y también es de resaltar el decoro en el habla del personaje, la pertinencia y adecuación lingüística de su expresión, más certeras y lúcidas cuanto mayores parecen ser la deprimente chatura de su existencia y la mísera irrelevancia de sus rutinas: su irrupción en mi vida no podía acabar sin el daño palpable que promueven los hallazgos que trastornan no solo lo que vivimos sino lo que somos, esa alteración de la existencia que desvela la parte más oculta de nuestros anhelos.


            La mirada del alma es un cuento triste, casi tanto como una balada de suburbio, pero transido de una suerte de lírica acongojada, de esa conciencia del desarraigo y de la muerte que alcanza a transmitir una peculiar y turbadora poesía. Por eso creo que esa mirada del alma, a la que alude el título y que constituye también el leiv-motiv del relato, funciona, desesperanzada pero plausiblemente, como el más fiel retrato de nuestra condición, como alegoría de la imposibilidad de la felicidad.

                 

lunes, 3 de abril de 2017

EL CULO DEL MUNDO



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Nikolaus Wachsmann. KL. Historia de los campos de concentración nazis. Barcelona. Crítica. 2015. 1093 pp. Traducción de Cecilia Belza y David León.

            Si bien es verdad que esta monumental monografía ---710 páginas de texto y más de trescientas de notas y bibliografía---no cambia, en lo esencial, lo que ya sabíamos de los campos nazis (se ha hecho correr tantísima tinta al respecto, para no hablar de películas, documentales y material audiovisual en general), no lo es menos que quizá no había en el mercado español, que sepamos, un estudio que, en el plano factual, aunque no tanto en el interpretativo, abordase la cuestión de modo tan pormenorizado y exhaustivo.He escrito en la frase anterior un quizá  porque es imposible no tener en cuenta a Hilberg y su La destrucción de los judíos europeos, que reúne el doble de páginas que el de Wachsmann y que se puede leer ya en Internet (el libro es carísimo)después de que lo publicara entre nosotros Akal en 2005. Nunca mejor que aquí el dicho de que todas las comparaciones son odiosas: el libro de Wachsmann es más circunspecto, al adecuarse a un tema mucho más concreto y tiene un tono más profesoral y neutro, en tanto que el ya clásico de Hilberg ---que acumula mucha más información, pese a anteceder en más de 40 años al de Wachsmann---está redactado con un tono de apasionada denuncia, es mucho más abarcador y omnicomprensivo  y se las apaña para sembrar implícitamente en el lector la duda de hasta qué punto el Holocausto no enturbia y socava para siempre nuestra noción de civilización europea y la idea misma de Europa, toda vez que en la aniquilación de una parte muy minoritaria---pero, guste o no, cualitativamente muy importante--- de la población del continente colaboraron a sabiendas las élites de todos los países y todos los estratos y grupos sociales.

            El estudio que nos ocupa se lee con agrado, pese a algunos palmarios errores de traducción debidos a los falsos amigos ( en p. 238 se lee que "la decisión  de convertir (....) estuvo influenciada ") y a  unas cuantas repeticiones ( por ejemplo en pp. 271 y 428 y ss. se refiere el autor, casi con las mismas palabras, a la corrupción dentro de la SS, y en 298 y 398, lo mismo respecto a las secciones de mujeres en los KL ). Dividido en once extensos capítulos, podría decirse que Wachsmann no deja casi ningún aspecto sin consideración: los orígenes de los campos, sus transformaciones al hilo, sí, de los intereses en cada momento del régimen nazi, pero también de las rivalidades y contradicciones de los jerarcas, las y diferencias y luchas entre los presos, el estatuto de los kapos, las funciones y organización interna de cada KL y la tipología general, la ideología que los creó, los métodos de aniquilación por el trabajo y las modalidades de asesinato en masa, la rentabilidad económica y la implicación de la industria privada, y, sobre todo, los enormes problemas logísticos y organizativos con que hubo de habérselas un Estado totalitario ---y en guerra con medio mundo---para levantar el vasto y tentacular tinglado de la industria de la muerte, una vez asumido, en la llamada Conferencia de Wansee en enero de 1942, el objetivo político de la Solución final. A la manera en que se trató la memoria de los KL entre la población civil alemana, luego entre los supervivientes y, con la guerra fría, a los métodos de manipulación política que adoptó, tanto en la RFA como en la RDA, la  Razón de Estado, dedica  el autor las a mi juicio algunas de las  páginas más clarividentes del libro (664-675 y 681-703). Tampoco olvida Wachsmann la delicada cuestión de la colaboración de los judíos, que trata (pp.394-97) siguiendo a Primo Levi y a propósito del Comando Especial de Auschwitz, los 2200 judíos a los que, en todo el periodo de funcionamiento del campo, se obligó a hacer su espantoso trabajo a cambio de algunos privilegios. Judíos que acabaron encabezando una rebelión enseguida ahogada en sangre, lo que no los libró por cierto del odio de sus compañeros.

            Aunque Wachsmann no lo formaliza claramente como tal, parece haber las siguientes fases en el desarrollo del sistema de los KL a) una primera, hasta 1933, digamos de tanteos e improvisaciones, en la que predomina la venganza política en caliente; b) una segunda, 1934-8, con la aplicación de las leyes antirraciales y los primeros apresamientos de judíos alemanes, fase de endurecimiento y expansión; c) una tercera, con el inicio de la guerra, la clausura de los guetos y el traslado masivo de presos a los campos construidos a toda prisa en el Este ocupado; d) cuarta, desde 1942, con la pretensión de la aniquilación de todos los judíos, pero  en contradicción insoluble con la acuciante necesidad de mano de obra esclava, periodo que supuso el mayor número de víctimas; y e) última fase, de caos generalizado, entre el  otoño del 44 y la primavera del 45, con el levantamiento de los campos, el traslado forzoso de miles de presos y las deportaciones de centenares de miles de personas, en medio del derrumbe definitivo del Reich. Por lo demás conviene aclarar que, contra lo que se cree, no hubo apenas un campo igual que otro, y si en alguno o en ciertas partes de algunos (así en  el campo modelo de Theresienstadt) se llegó a vivir en condiciones relativamente soportables, en otros, la mayoría, se pasó por el más indecible infierno.Hay que agradecer, en fin, al autor que se haya esforzado por poner repetidamente en cuestión, en su exposición, la pueril ---e interesadamente consoladora---simplificación de suponer en todas las víctimas a un heroico luchador antifascista y en todos los nazis a un sádico asesino: incluso entre los verdugos hubo a veces algún rasgo de humanidad  y solo una minoría de las víctimas ---y se comprende, dadas las circunstancias---podría adecuarse a aquel patrón.

            Los primeros campos de concentración---tal como se supone que aparece en lo usual esta denominación en el imaginario popular---que ni fueron, desde luego, un invento del nazismo y ni siquiera los primeros que hubo en Alemania, ya que se los conocía de la Primera Guerra mundial y aún antes, de la Guerra de los Bóers de fines del XIX, para no hablar de los del Gulag soviético, anteriores en un par décadas a los de los nazis ---aparecieron nada más llegar Hitler al poder. En 1933 ya funcionaba Dachau, en las afueras de Munich, un campo de prisioneros para oponentes políticos que se basaba en la detención extrajudicial y el terror contra militantes de izquierda, aunque solo muy eventualmente acababa en el asesinato. Por lo demás, el régimen ya usaba por entonces como prisiones políticas numerosos recintos carcelarios estatales, geriátricos y asilos de pobres.A mediados de los 30, y solo en Berlín, ya había docenas de campos de detención (mapa pág. 49) y muchísimos más repartidos por todo el país. La responsabilidad del terror y la persecución recaía sobre todo en las SA, y las detenciones resultaban a menudo, contra lo que se cree,impredecibles y confusas, cuando no dejadas a la espontaneidad o al arbitrio de cada dirigente nazi. Solo con el paulatino afianzamiento del régimen a partir de 1934, y más aún con la implementación de las leyes racistas en 1937, empezaría a cristalizar un plan organizado del Estado para acabar con sus enemigos, plan que desplazó poco a poco la euforia paranoide, de venganza inmediata, que caracterizaba a los paramilitares de las SA. En aquel 1934 (fase dos), luego de que unos meses antes algunos dirigentes nazis llegaran a pensar incluso en suprimir los campos, Himmler consiguió unificar en su mano ---contra Göering---todos los organismos policiales del Régimen, arrancó de Hitler la gestión en exclusiva de los campos para las SS y, para atarlo bien todo, colocó a Heydrich al frente de la Gestapo prusiana y al brutal Eicke, antiguo Komandant de Dachau que prestaría una brillante hoja de servicios al Terror, a la cabeza de la la IKL, la Inspección de campos de concentración. En el verano de 1936 ya Himmler tenía organizadas las unidades de élite de soldados políticos, las SS, y Eicke había transformado la IKL de una modesta agencia en un influyente organismo gubernamental dotado de autonomía, presupuesto y personal.

            Pese a que, al menos sobre el papel, Himmler y Eicke introdujeron algunas regulaciones de los malos tratos a los prisioneros argumentando que había que huir del desprestigio que generaban las torturas innecesarias (p. 123) lo cierto es que los apaleamientos, los latigazos o la suspensión del preso a un poste con las manos atadas a la espalda estuvieron en curso desde el primer día. Por otro lado, el sistema se expandía: en un discurso de noviembre del 38 Himmler anunció que a los tres campos en funcionamiento de Dachau, Sachsenhausen y Buchenwald venían a unirse los recién construidos de Flossenbürg, Mauthausen y Ravensbrück, lo que permitió que la cifra de prisioneros se triplicara en unos pocos meses y llegara a los 24.000. Para ello se llevaron a cabo redadas policiales a gran escala contra haraganes y tipos asociales y las primeras detenciones masivas de judíos. A la vez, tras la anexión de Austria, llegaron los primeros presos extranjeros. Comenzaría asimismo la implantación de métodos de exterminio por el trabajo (frente a los primeros tiempos de 1932-3, en que los presos estaban a menudo sin hacer nada o realizando pequeñas tareas de mantenimiento), de lo que serán ejemplos, entre otros, las mortíferas canteras de Mauthausen y Flossenbürg o la inmensa fabrica de ladrillos de Oranienburg, debidas las tres a los desvelos de Oswald Pohl, cerebro gris y máximo ideólogo de los trabajos forzados, desde su puesto de jefe de la Oficina de Admimistración y Empresa de las SS. La fábrica de Oranienburg acabó en un estrepitoso fracaso para las SS y jamás le resultó rentable, a pesar de la salvaje explotación del preso y el infernal ritmo de trabajo.Las condiciones en que este se realizaba eran extremadamente primitivas:los reclusos utilizaban herramienta muy rudimentaria o no usaban ninguna; tenían que transportar montones de arena volviendo la chaqueta del revés para formar así una especie de espuerta; los accidentes mortales, muy frecuentes, la comida, escasa y vomitiva, y las letrinas no eran más que una zanja atravesada por una viga, agujero al que los guardias echaban a menudo a los presos díscolos o por pura diversión. Con todo, puede decirse que a fines de los 30 los KL no eran todavía la gigantesca fabrica de muerte que llegarían a ser: de los algo más de 50000 presos contabilizados a principios del 39 y pese a las horribles penalidades que padecieron, solo habían muerto para esas fechas 2268.

           A fines del 39, una vez iniciada la Guerra, los prisioneros soviéticos y los judíos de muchas nacionalidades suponían ya los mayores porcentajes de presos, desplazando a los antifascistas y a los delincuentes comunes, y así seguiría siendo hasta 1945. También se centralizó y reorganizó el aparato burocrático de terror: el 27 de setiembre de aquel año, pocas semanas después de la invasión de Polonia, quedó definitivamente configurada la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA, Reichssicherheitshauptamt), con Heydrich al frente, aunque ni Himmler ni nadie había podido prever hasta qué punto su aparato de terror se convertiría, como ya ocurrió a partir del 42, en un sórdido laberinto que iría creciendo caóticamente hasta contar con centenares de campos y hacerse, en rigor, inmanejable. Por supuesto, la oleada de detenciones de judíos que sucedió a la Kristallnacht  ---noviembre del 38---y la captura de centenares de miles de soldados del Ejército Rojo hubo de representar un enorme problema organizativo para el Reich y abocó inevitablemente a una multiplicación cancerosa del sistema de campos. Al mismo tiempo que, para mayor dificultad, el inicio de la guerra y la movilización general que esta suponía implicó una disminución del nivel de efectividad de los guardias en los campos. La mayoría ya no la constituía los entusiastas jóvenes de las SS y la SA de los primeros tiempos, sino reemplazos de soldados,ya en la cuarentena o cincuentena, que habían sido declarados no aptos para el frente. A principios de 1940 el inspector de campos Glücks emitió una directriz muy tajante contra el sentimentalismo humanitario de muchos de los guardias, y los pocos veteranos de las SS criticaban la incompetencia de los recién incorporados. Estas digamos deficiencias acabarían corrigiéndose en gran parte un par de años después, cuando ya estuvo clara la solución final y la liquidación total de los judíos pareció convertirse en la principal prioridad del régimen.

         No deja de tener cierto simbolismo el hecho de que Auschwitz se inaugurara oficialmente en junio del 40, al mando de la vieja gloria de las SS Rudolf  Höss, con un cargamento de 728 polacos transferidos desde la cercana prisión de Tarnów, al otro lado de la frontera del Reich, en la llamada Gobernación General de Polonia. Tres meses después de que ocurriera algo que no dice Wachsmann ni tampoco tendría necesariamente que haberlo hecho: que el primer traslado masivo de judíos a un campo de concentración fue el que en marzo del 40 organizara la NKVD con sesenta y tantos mil judíos polacos deportados a Siberia y Kazajstán  (Antony Beevor. La Segunda guerra mundial. Barcelona. Pasado y Presente. 2015. pág.77). Desde principios del 41,se hizo habitual la colaboración ente las SS y la industria privada para la explotación económica de los campos, con la construcción por entonces del inmenso complejo fabril de la IG Farben en las inmediaciones de Auschwitz para producir caucho sintético, unido a las ya citadas canteras de Mauthausen o los ladrillos de Oraniemburg. En abril de ese año tuvo lugar la inspección de los doctores de las SS Mennecke  y Steinmeyer a las instalaciones de Sachsenhausen, en clave Operación 14f13, con el doble objetivo de allegar cobayas para los experimentos de Eugenesia tan caros a la mitología racial nazi y de estudiar y perfeccionar  las posibilidades técnicas de la muerte masiva por gas. Téngase en cuenta que ya en 1938-39 se había gaseado a miles de discapacitados alemanes y que tales experimentos solo cesaron en 1941 por orden directa de Hitler, obligado por las circunstancias a acallar la creciente preocupación pública por la masacre, aunque la matanza siguió, de forma más discreta, en semiclandestinos manicomios provinciales. En todo caso, parece que en el trabajo de esos médicos reinó la confusión e improvisación, y los objetivos de la operación fueron luego rebajados por decisión superior con el argumento de que detraían demasiados presos para los trabajos forzosos. En adelante solo los discapacitados permanentemente deberían ser condenados a sufrir esos experimentos.

         A partir del otoño de 1941 empezó el exterminio masivo, por hambre, ejecuciones o enfermedad, de prisioneros de guerra soviéticos. Sabido es que la élite nazi los consideraba--- en tanto eslavos y bolcheviques, y no digamos aquellos  que fueran también judíos---infrahumanos. En el último trimestre de 1941, no menos de 1.200.000 prisioneros soviéticos encontró la muerte. Se les dejaba abandonados en descampados, a merced del hambre y del frío, como mucho,en tiendas de campaña provisionales y en algunos casos en zanjas enlodadas. Pero una minoría de ellos fue trasladada a los KL. Los primeros llegaron en esas semanas. Al principio los convoyes eran muy poco numerosos, de unos veinte individuos. Después de meses en campos de la Wermacht, muchos no sobrevivieron a las horas de hacinamiento y penalidades en los vagones de carga: el porcentaje de fallecidos tras esos agotadores viajes casi nunca bajaba del 15-20%. Al llegar al campo a muchos se los mataba de inmediato al consideraros comisarios. Solo en octubre de ese año 1941 las SS ejecutaron a no menos de 9000 prisioneros soviéticos, muchos más asesinatos de una sola tacada que los que había habido nunca hasta entonces en ningún KL. Un mes antes, en setiembre, en unos de los sótanos de Auschwitz se gaseó como prueba a unos cuantos centenares de prisioneros soviéticos. Aunque muchos otros campos usarían gas venenoso para el exterminio en masa, el Zyclon B pareció convertirse en la especialidad de Auschwitz, donde hasta el final de la guerra, según cálculos de Wachsmann ---y de los historiadores más ecuánimes---- no menos de 1100000 personas (al menos 870000 judíos) fueon asesinadas.  Paralelamente, la rápida conquista de extensos territorios de la Unión Soviética espoleó el delirio nazi acerca del espacio vital y la necesaria  germanización del Este, tras el exterminio por hambre de decenas de millones de eslavos. En 1941 Himmler encargó al jefe de Planificación de las SS, Konrad Meyer, el borrador de un Plan General del Este que proponía el arrasamiento de centenares de ciudades y pueblos, la deportación de millones de civiles y la germanización de enormes regiones; el trabajo esclavo de centenares de miles de hombres sería la palanca económica que movería esa gigantesca colonización. objetivo al que se tendría que enfocar la proyectada reforma general del sistema de KL. Sabido es que jamás se llevó a cabo del todo porque a) la inmensa mayoría de presos soviéticos estaba demasiado débil o moribunda para poder trabajar; b) el cambio de rumbo de Stalingrado marcó el principio del fin del Reich;  y  c) porque de todos modos la desmesurada megalomanía del proyecto probablemente ni siquiera hubiera estado al alcance de un nazismo victorioso. Ni siquiera la gigantesca maquinaria de producción armamentística por el trabajo esclavo llegó a ser jamás ni un pálido reflejo de lo que era en los delirantes ensueños de Himmler, tanto por el caos y la descoordinación reinantes como los continuos cambios en las prioridades militares o la inadecuación de la red ferroviaria.

          Wachsmann fija en julio del 42, con la segunda visita de Himmler a Auschwitz (la primera había tenido lugar en la primavera del año anterior) el inicio del Holocausto como tal. Hizo un exhaustivo recorrido por las instalaciones y se detuvo sobre todo en la granja agrícola ( se tenía por experto agrónomo), en las obras en construcción de la IG Farben y aprovechó para exigir prioridad a la puesta en funcionamiento de hornos y cámaras de gas. Ese mismo verano se habían concluido, en brevísimo tiempo, los nuevos campos de Sobibor, Belzec y Treblinka, los tres en el territorio de la Gobernación General y los tres dirigidos por el tremebundo y sádico Globocnik, oficial SS y jefe de policía del distrito de Lublin. Además había entrado en pleno funcionamiento el de Chelmno, un poco más al Oeste, en la parte de territorio polaco anexionada al Reich. En este último campo, y solo en los cuatro primeros meses de 1942 serían gaseadas más de 50000 personas, en su mayoría judíos polacos. A fines del 42 ya los judíos habían sustituido a los prisioneros soviéticos como contingente mayoritario tanto como víctimas del gas como de los trabajos forzados, y estaba en su apogeo, que no cejaría hasta la primavera del 45 en la mayoría de los campos, la maquinaria del exterminio. Y había aumentado sobremanera el número de mujeres presas: a mediados del 42, unas 6700 estaban confinadas en la sección a ellas destinada en el complejo de Auschwitz- Birkenau, y habían superado a las 5800 de Ravensbrück, un campo en principio exclusivamente femenino.  En los meses siguientes continuaron llegando más prisioneras y la mortandad, por enfermedad y malos tratos, era tan espantosa que a fines de ese año, cuando se transfirió al nuevo sector B de Birkenau a las entre 15 y 17000 mujeres que había un poco antes en aquellos dos campos, no menos de la tercera parte de ellas había muerto. Las cifras son aterradoras y, contra lo que se cree, resultarían al final más mortíferos ---en relación al número de presos---los tres campos antecitados (en los que hubo, solo en 1943, no menos de millón y medio de asesinados, de ellos unos 800000 en Treblinka) que todo el complejo de Auschwitz- Birkenau. El principal problema lo constituía el tratamiento de cadáveres: en el verano del 42 hubo que edificar a toda prisa tres hornos adicionales en Birkenau, y, por orden de Himmler, que en ese momento lo visitaba, desenterrar miles de cadáveres de fosas comunes en el bosque próximo, a causa del nauseabundo olor y el riesgo de contaminación de las  aguas subterráneas. En Chelmno se ideó otro sistema: quemar a los muertos en fosas, moler los huesos y luego esparcirlos. Buena parte de las cenizas y los fragmentos de huesos se utilizaron para cubrir las carreteras en invierno o para fertilizar los campos circundantes, con lo cual podría decirse que, en una estremecedora relación causal y si la germanización del Este se hubiese consumado, las futuras cosechas de los asesinos habrían crecido a partir de los restos de los asesinados.

          La rebelión y fuga de más de 350 presos del campo de Sobibor, en octubre del 43, después de matar a doce SS y a dos kapos ucranianos (la mayor fuga con éxito llevada a cabo en un KL) provocó un indisimulable nerviosismo y una salvaje sed de venganza en los nazis, que satisfarían al mes siguiente, el 3 de noviembre, en Majdanek, donde, bajo el idílico nombre en clave, para mayor sarcasmo, de Fiesta de la vendimia,  se asesinó expeditivamente de un tiro en la nuca o acribillados por las ametralladoras a al menos 18000 judíos, hombres, mujeres y niños. Según Wachsmann (p. 374) ese día se asesinó a más presos que ningún otro día con cualquier método y en ningún otro campo, incluido Auschwitz. (Aunque recuerdo haber leído en Primo Levi que él está seguro de que por lo menos ahí, donde como es sabido tuvo la desgracia de pasar una temporada, hubo días en que se gaseó a más de 20000 personas). De todos modos, carece de sentido darle vueltas a las cifras, y creo ya haber abusado demasiado de ellas en esta también demasiado larga reseña. Es mucho más definitorio e ilustrativo lo que dijo uno de los verdugos. El oficial médico SS Kremer recordaba, mientras oía, cómodamente sentado en su coche, cómo se iban apagando los gritos de un grupo de mujeres y niños en una cámara de gas un día de setiembre del 42 en Auschwitz, lo que le había comentado su colega el doctor Heinz Thilo poco antes: Estamos en el anus mundi, el culo del mundo(cit Wachsmann p. 381). O lo que comentó graciosamente (p.424) en una entrevista a fines de los 70 la amable Sra. Göth, viuda de Amon Göth, antiguo comandante del campo de Plaszów procesado por corrupción por las mismas SS a las que pertenecía y finalmente ejecutado por los Aliados: recordaba cómo aquellos habían sido unos tiempos hermosos, en que Mi Göth era el rey y yo su reina. ¿A quién no le habría gustado estar en mi lugar?

       
 Las mujeres habían representado un porcentaje ínfimo del total de presos hasta las trascendentales decisiones de fines del 41 y principios del 42, las ya citadas de aniquilar por hambre a millones de eslavos, que se deducía de la aplicación del mito nazi del espacio vital con la conquista de la Unión Soviética y la adopción de la solución final  para los judíos. Ambas circunstancias supusieron un aumento exponencial del número de presas. En Madjanek las mujeres representaban ya más de un tercio de los presos en la primavera del 43. Los contactos entre reclusos de los dos sexos eran normalmente imposibles, aunque se dieron  excepciones en algunos campos por la connivencia o corrupción de los kapos o por el especialísimo estatuto de funcionamiento del recinto, como en Theresienstadt, adonde de todos modos solo iban ancianos, enfermos escogidos y prominentes (judíos relevantes por cualquier motivo a los que podría llegar a convenir canjear por prisioneros alemanes en manos de los Aliados) o en Plaszów, donde excepcionalmente se permitió a los presos de los dos sexos verse por las noches, para lo cual se dejaba abierta la puerta que separaba ambos recintos. En general, las mujeres fueron tratadas con bastante menos brutalidad que los hombres, aunque también aquí se dieron excepciones. En todo caso, el poder terrorista de los verdugos también quedaba bien patente por las destrucción de los rasgos distintivos de ambos sexos, al quedar reducidos casi todos los prisioneros a pálidas figuras esqueléticas y calvas. La preñez de las mujeres en los KL nunca supuso un problema preocupante para los SS y guardianes: ni las judías embarazadas destinadas a la cámara de gas ni las que llegaban con bebés o hijos de corta edad se libraban de la muerte. A los niños huérfanos tampoco se les dio por lo general un trato más benévolo puestio que no escaparon  de las palizas,ni de los castigos ni de los trabajos en los batallones disciplinarios. No obstante, en Madjanek y en Vaivara funcionaron algún tiempo recintos especiales para niños, donde se les trataba con algún miramiento. La rápida conversión de los Lager en un Babel multinacional y plurilingüe (aunque con predominio neto del alemán y el yiddish) no pudo menos que exacerbar muy a menudo las diferencias entre los presos, evidentemente fomentadas también por el sistema de kapos, destinado a dificultar los posibles movimientos de solidaridad, que cuando se dieron tendían a formarse ente connacionales o por afinidades políticas (los comunistas eran los más organizados). Por el contrario, en la primera época de los Kl fue muy virulenta la enemistad entre socialdemócratas y comunistas, y entre los presos gentiles, independientemente de su ideología o nacionalidad, estaba muy arraigado el prejuicio antisemita.

        En enero de 1945 los tres enormes KL de Auschwitz, Gross-Rosen y Stutthof (que albergaban entre los tres no menos de 190.000 presos) quedaban directamente sobre la ruta de avance hacia Alemania del Ejército Rojo, en un momento en que todos los campos reunían unos 700.000 prisioneros. A los dirigentes de las SS les pilló desprevenidos el ataque soviético, lo que no hizo sino aumentar la confusión, con órdenes contradictorias o con intentos de evacuación cuando ya era demasiado tarde. En Bergen-Belsen se llegó a agolpar a más de 45000 prisioneros, muchos provenientes de otros campos abandonados. Las condiciones eran tan espantosas ---uno de los sobrevivientes lo describió como una gigantesca letrina---que en unas pocas semanas más de la tercera parte de ellos había muerto de tifus o disentería.  En todo caso, parece claro que nunca se dio la orden ---presumiblemente por Himmler---de paralizar el exterminio, como argumentan algunos historiadores. Jamás se abandonó el proyecto de la Solución final  y de hecho en Auschwitz mismo se siguió asesinando a judíos y otros presos después de haberse dejado de usar las cámaras de gas.Y estas se dejaron de usar porque el deterioro ya irreversible de las posiciones militares del Reich hizo inviable la continuación de las deportaciones masivas y además en algunos campos las SS, nerviosas y aterrorizadas por el avance soviético, no encontraban modo de borrar las huellas de sus crímenes. Querían evitar lo ocurrido en Madjanek, donde las instalaciones habían caído casi intactas en manos rusas. A la desesperada y de modo precipitado, los nazis montaron evacuaciones masivas de presos hacia el Oeste, en trenes o más comúnmente a pie, puesto que para entonces las infraestructuras andaban ya muy deterioradas: las llamadas marchas de la muerte, que provocarían, como puede suponerse, un enorme coste en vidas, dado que lo más habitual fue que se abandonase en los recintos a los heridos o incapaces de caminar, condenándolos así a una rápida muerte por hambre, salvo en los casos en que los rusos por un lado del mapa y los occidentales por el otro llegasen a tiempo. Hubo asesinatos en masa (por ejemplo en Sachsenhausen en febrero del 45) pero también situaciones en que los oficiales y guardias evitaron las masacres por miedo a las posibles represalias de los Aliados. Los presos, que ya olían el fin de su cautiverio, no pudieron sin embargo sustraerse a la desesperación, la miseria y la general degradación moral, que derivó por lo general en un caos violento e infernal: algunos reclusos, famélicos, tendían emboscada a los compañeros que llevaban víveres a las cocinas, y a la vez eran atacados con porras y palos por otros grupos de prisioneros encuadrados en mafias. En muchos casos, como es lógico, se asaltaron cocinas y almacenes, o lo que quedaba de ellos, pues dadas las circunstancias se estaba empezando a perder el miedo a los guardias.

       La peculiar vida de los sobrevivientes quizá estuviera marcada, en general, por lo que Primo Levi llamó la memoria de la ofensa y por el insoportable peso de la culpa tras haber sobrevivido cuando tantos otros perecieron, pero hubo ex presos que intentaron por todos los medios ---si es que eso es posible---borrar su terrible experiencia. Los intereses de la alta política en la inmediata postguerra, durante la llamada Guerra fría, convirtió en incómodo e inconveniente el asunto de los KL y más aún el Holocausto. En la RFA hubo una acomodaticia amnesia bastante generalizada, que solo empezaría a romperse en parte con el cambio del clima político a fines de los años sesenta, en tanto que el inefable régimen neoestaliniano de la RDA distorsionó también la memoria de los campos según sus conveniencias, alimentando el eje ficticio de la historia oficial comunista con el mito del héroe antifascista, olvidando el Holocausto y el esencial papel de los liberadores americanos e intentando esconder el hecho de que su propio régimen, el de la RDA, nacía también con el estigma de la tiranía. En Polonia la memoria pública de los campos estuvo sesgada desde el principio del lado de la historia nacional y del nacionalismo polaco, y los campos representaban oficialmente la resistencia patriótica contra Alemania, la solidaridad socialista y el martirio católico, ocultando que la inmensa mayoría de los muertos polacos era judía. En Alemania Occidental se convirtió lo que quedaba de los KL en una especie de parque temático (así, Dachau), mientras que en Polonia y en la Alemania Oriental se los readaptó para tratar de convertirlos en espacios de legitimidad de sus propios regímenes.

     

       

               
                  
        

jueves, 16 de marzo de 2017

TRES POEMAS DE DUELO Y DE PÉRDIDA

Vida concepto de transformación como una mano tendida tranforming en pájaros que vuelan siguientes luz del sol como un símbolo de la libertad de renovación esperanza y la espiritualidad o la fe humana. Foto de archivo - 47355223


                                                                                 I


Regreso de unos brazos,
          en el quedo batir de la agonía,
               pálpito ensanchador, estremecido
 como un junco indefenso
                      ante una vasta herrumbre de ventiscas,
pálpito que cediendo
      va ya al astil, a la cureña fría
   que os aguardan, callados,
                                                                            tan solo atentos a una
          rada sin horizontes y sin vistas.

                    Y entre el eco siniestro de esa música,
             áspera y serpenteante, desgastada
como el mundo y ya tuya
              para siempre, transida de miríadas
                    de milenios de eras y de generaciones,
                intentamos velar, que no nos ciegue
el  hachazo crüel
                                                          de su ley y su ruina.
   Y así velamos hoy,
                                                            oh alta caducidad,
                                  que pendes desde un cielo de púas y de estrías,
negro como los copos
                                                                           de nieves de muy antaño,
   que en vano intentan aflorar
                                                                                con la impotente y pía
           palabra de la pérdida y el éxodo.

Y así velamos hoy,
                                                                zarandeadas tablillas
                              arrojadas a un mar que, borracho y henchido
de sus devastaciones,
                                                           desvanece la luz
que bebe lentamente,
              que rae y desencarna hasta la fibra
íntima de la sangre,
y a tu arduo, recio esquife
                                                                          de espuma maternal,
cenefa diamantina,
              le clava un yerto sello de presagios,
      livideces de esquirla y lejanía.


II

Ya la llevas contigo,
                                 oyes el golpe seco, el rascar como gubia
      de los remos, los gritos
                                                                             del barquero inmortal,
                               y ya hueles las dalias que en el mármol
      grisiento se te amustian.

                                                                          Y un rebullir de gestos,
que aletea en lo alto
                                                                    como flotante espuma,
        enjambre de unas llamas
                                                                                vacilantes, deudoras

de una deshilachada
                                                                            niebla de inciensos, pugna,
                   inerme casi, por alzar su pálido
 destello frente al ala
    del ángel tremebundo
                                                                                  que por ti inquiere y busca.

                          Cangilones que suenan despaciosos
en la oxidada  noria
                       de esa melancolía acre y desnuda,
                 sin red y sin coartada,
del fin. 
                                   Mima, alimenta
                      el breve altar votivo del recuerdo,
 su halo de luz cruda,
                                                                lo solo que nos hace
sobrellevar la carga
                            de la supervivencia entre las sombras
     erizadas de un mundo
                                                                        de turbias angosturas,
   del capcioso penacho
                                                                              de la ausencia y la culpa.


III


   Y la afanosa y sólita
                                   rueda insignificante de afanes se te para
ante ese lacerante,
                         continuo gris metálico de océano,
        que ya se te ha mudado
                                                                                     en para siempre estampa,
    sin huella ni registro,
                              de aquel dormir amniótico, las aguas
                                         ignotas del origen, su germinar sin nombre,
  ah tan inseparables
                                                                 del otro lado oscuro
                                en donde reina un sol que no se pone,
                        sino que resplandece en el espejo
     aciago, enmudecido,
                                                                    de otra vida sin fin,
                       una oquedad desierta e inasible.

       Mar de inmortalidad,
    caediza, irreparable
                                                                    espada de la muerte.