sábado, 8 de abril de 2017

UN CUENTO TRISTE







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Luis Mateo Díez. La mirada del alma. Madrid. Alfaguara.1996. 143 pp.

              Esta breve pero intensa novelita se ciñe en lo esencial a la historia que el narrador, un pobre desgraciado innominado, ya en la vejez y que vive en un sanatorio de enfermos difícilmente curables ---presumiblemente tuberculosos, aunque solo sea por aquello del tópico romántico----cuenta a dos compañeros de infortunio que le escuchan sin demasiado interés, el resignado y cínico Romero y el timorato y cobarde Crespo. Y la historia que les cuenta  y que se cuenta al lector no es sino la suya propia, la del narrador, más exactamente, la de la huella que han dejado dos miradas infantiles separadas por cincuenta años, por cuanto al final se nos viene a  se nos viene a revelar  hasta qué extremo lo contado por el primero resulta inseparable de lo que acabará, en una especie de comentario o contrapunto, contando Romero en el fragmento o capítulo cuarto y último..


               En una lóbrega y decadente pequeña ciudad provinciana, algo funambulesca y espectral, el narrador ha sido un aspirante a una plaza de empleado de Correos y luego oficinista bisoño cuya vida parece haber consistido en un precipitado de sordideces. Huérfano desde muy joven, a la salida de la adolescencia vive en una mísera fonda provinciana mientras recibe un insuficiente estipendio por catalogar los fondos de una polvorienta  biblioteca semiabandonada, al tiempo que sigue en una Academia los cursos de acceso a la Administración de Correos. Para más inri ha tenido que arrimarse, en busca de un mejor pasar, a la dudosa protección de unos tíos que lo humillan y desprecian y que no dejan de reprocharle su desaliño en el vestir y su poco aseado aspecto, típico al parecer también de su difunto padre.

                Nuestro antihéroe, que parece tener a gala su propio apocamiento e insignificancia, teñidos de hosca timidez y de misantropía, siempre ha resistido no obstante mejor los embates del hambre que los del deseo insatisfecho, torturas ---sobre todo la segunda---que lo han atormentado la mayor parte de su existencia. Y es que el hecho central de su vida moral, valdría mejor decir de su vida tout court, es el recuerdo de la mirada de cierta niña, cincuenta años atrás. Una niña cuyo perfil la oscuridad le impidió ver con claridad, que había entrado en una alcoba para dejar una toalla y una palangana, en cierta ocasión en que él  había resuelto al fin satisfacer sus instintos en el barrio de perdición de La Ceranda, por donde gustaba de merodear con la seguridad de que en la intención de mis paseos perduraba el atractivo de ese derrotero que me llevaría al pasaje sin que mi voluntad lo impidiese, como una meta inconfesable que una y otra vez iba alcanzando con creciente zozobra. De modo que, tembloroso y hechizado, es incapaz de resistir a la tentación de aquella penumbra que manaba del zaguán como un humo turbio.


                   A partir de ahí asistimos a la extraña e intermitente relación con esa mujer, Olfina de nombre, con la que ha compartido lecho por primera vez y con la que, si bien llega a  medio creer que ha encontrado el verdadero amor, eso que ha estado buscando y temiendo toda su vida, no deja al mismo tiempo de sufrir todo tipo de desencuentros y desplantes (no soy una mujer como tú quieres, le dice en varias ocasiones), puesto que ella juega perversamente con su pasión al irle dejando pistas (un pendiente con una perla, un pañuelo, una carta certificada) a modo de vías de salida pero que son en verdad nuevas encerronas. Nada sabe de ella al principio, aunque va descubriendo poco a poco, sin ser quizá muy consciente de ello, la oscura moralidad y el turbio simbolismo que constituyen el telón de fondo de su vida, su enfermedad del alma: la conducta imprevisible y el carácter hosco  y aparentemente imperturbable, la obsesión con la sangre, el fetichismo del pie desnudo y de las aguas de albañal y la abracadabrante manía---ayudada en esto por Doral, una especie de fámulo o alcahuete que comparte su ambigua fascinación necrofílica---de enterrar, después de matarlos, perros y gatos callejeros.


             La novela está escrita con suma corrección y puesta en un español casi siempre cabal, que sabe dosificar la mezcla entre los registros más coloquiales y los modos de empaque más literario, salvo quizá en el sistemático empleo a la inglesa de los posesivos ante sustantivos que denotan partes del cuerpo y que pierden así, como es sabido, su carácter contrastivo. No deja de llamar la atención, por lo demás, que el inicial entramado costumbrista-realista acabe sirviendo de envoltorio a una nouvelle trágica y romántica, casi de tintes góticos. Pero hay precedentes: me han venido a la memoria, mientras la leía, tanto Aura, de Carlos Fuentes, como Professor Unrat, de Heinrich Mann, relatos que se inscriben en la tradición del que nos ocupa al guardar sin duda vagos pero insistentes paralelismos con el texto de Díez, por cuanto abren una ventana ---indiscreta--- a los fondos más desasosegantes de la condición humana. Y también es de resaltar el decoro en el habla del personaje, la pertinencia y adecuación lingüística de su expresión, más certeras y lúcidas cuanto mayores parecen ser la deprimente chatura de su existencia y la mísera irrelevancia de sus rutinas: su irrupción en mi vida no podía acabar sin el daño palpable que promueven los hallazgos que trastornan no solo lo que vivimos sino lo que somos, esa alteración de la existencia que desvela la parte más oculta de nuestros anhelos.


            La mirada del alma es un cuento triste, casi tanto como una balada de suburbio, pero transido de una suerte de lírica acongojada, de esa conciencia del desarraigo y de la muerte que alcanza a transmitir una peculiar y turbadora poesía. Por eso creo que esa mirada del alma, a la que alude el título y que constituye también el leiv-motiv del relato, funciona, desesperanzada pero plausiblemente, como el más fiel retrato de nuestra condición, como alegoría de la imposibilidad de la felicidad.

                 

lunes, 3 de abril de 2017

EL CULO DEL MUNDO



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Nikolaus Wachsmann. KL. Historia de los campos de concentración nazis. Barcelona. Crítica. 2015. 1093 pp. Traducción de Cecilia Belza y David León.

            Si bien es verdad que esta monumental monografía ---710 páginas de texto y más de trescientas de notas y bibliografía---no cambia, en lo esencial, lo que ya sabíamos de los campos nazis (se ha hecho correr tantísima tinta al respecto, para no hablar de películas, documentales y material audiovisual en general), no lo es menos que quizá no había en el mercado español, que sepamos, un estudio que, en el plano factual, aunque no tanto en el interpretativo, abordase la cuestión de modo tan pormenorizado y exhaustivo.He escrito en la frase anterior un quizá  porque es imposible no tener en cuenta a Hilberg y su La destrucción de los judíos europeos, que reúne el doble de páginas que el de Wachsmann y que se puede leer ya en Internet (el libro es carísimo)después de que lo publicara entre nosotros Akal en 2005. Nunca mejor que aquí el dicho de que todas las comparaciones son odiosas: el libro de Wachsmann es más circunspecto, al adecuarse a un tema mucho más concreto y tiene un tono más profesoral y neutro, en tanto que el ya clásico de Hilberg ---que acumula mucha más información, pese a anteceder en más de 40 años al de Wachsmann---está redactado con un tono de apasionada denuncia, es mucho más abarcador y omnicomprensivo  y se las apaña para sembrar implícitamente en el lector la duda de hasta qué punto el Holocausto no enturbia y socava para siempre nuestra noción de civilización europea y la idea misma de Europa, toda vez que en la aniquilación de una parte muy minoritaria---pero, guste o no, cualitativamente muy importante--- de la población del continente colaboraron a sabiendas las élites de todos los países y todos los estratos y grupos sociales.

            El estudio que nos ocupa se lee con agrado, pese a algunos palmarios errores de traducción debidos a los falsos amigos ( en p. 238 se lee que "la decisión  de convertir (....) estuvo influenciada ") y a  unas cuantas repeticiones ( por ejemplo en pp. 271 y 428 y ss. se refiere el autor, casi con las mismas palabras, a la corrupción dentro de la SS, y en 298 y 398, lo mismo respecto a las secciones de mujeres en los KL ). Dividido en once extensos capítulos, podría decirse que Wachsmann no deja casi ningún aspecto sin consideración: los orígenes de los campos, sus transformaciones al hilo, sí, de los intereses en cada momento del régimen nazi, pero también de las rivalidades y contradicciones de los jerarcas, las y diferencias y luchas entre los presos, el estatuto de los kapos, las funciones y organización interna de cada KL y la tipología general, la ideología que los creó, los métodos de aniquilación por el trabajo y las modalidades de asesinato en masa, la rentabilidad económica y la implicación de la industria privada, y, sobre todo, los enormes problemas logísticos y organizativos con que hubo de habérselas un Estado totalitario ---y en guerra con medio mundo---para levantar el vasto y tentacular tinglado de la industria de la muerte, una vez asumido, en la llamada Conferencia de Wansee en enero de 1942, el objetivo político de la Solución final. A la manera en que se trató la memoria de los KL entre la población civil alemana, luego entre los supervivientes y, con la guerra fría, a los métodos de manipulación política que adoptó, tanto en la RFA como en la RDA, la  Razón de Estado, dedica  el autor las a mi juicio algunas de las  páginas más clarividentes del libro (664-675 y 681-703). Tampoco olvida Wachsmann la delicada cuestión de la colaboración de los judíos, que trata (pp.394-97) siguiendo a Primo Levi y a propósito del Comando Especial de Auschwitz, los 2200 judíos a los que, en todo el periodo de funcionamiento del campo, se obligó a hacer su espantoso trabajo a cambio de algunos privilegios. Judíos que acabaron encabezando una rebelión enseguida ahogada en sangre, lo que no los libró por cierto del odio de sus compañeros.

            Aunque Wachsmann no lo formaliza claramente como tal, parece haber las siguientes fases en el desarrollo del sistema de los KL a) una primera, hasta 1933, digamos de tanteos e improvisaciones, en la que predomina la venganza política en caliente; b) una segunda, 1934-8, con la aplicación de las leyes antirraciales y los primeros apresamientos de judíos alemanes, fase de endurecimiento y expansión; c) una tercera, con el inicio de la guerra, la clausura de los guetos y el traslado masivo de presos a los campos construidos a toda prisa en el Este ocupado; d) cuarta, desde 1942, con la pretensión de la aniquilación de todos los judíos, pero  en contradicción insoluble con la acuciante necesidad de mano de obra esclava, periodo que supuso el mayor número de víctimas; y e) última fase, de caos generalizado, entre el  otoño del 44 y la primavera del 45, con el levantamiento de los campos, el traslado forzoso de miles de presos y las deportaciones de centenares de miles de personas, en medio del derrumbe definitivo del Reich. Por lo demás conviene aclarar que, contra lo que se cree, no hubo apenas un campo igual que otro, y si en alguno o en ciertas partes de algunos (así en  el campo modelo de Theresienstadt) se llegó a vivir en condiciones relativamente soportables, en otros, la mayoría, se pasó por el más indecible infierno.Hay que agradecer, en fin, al autor que se haya esforzado por poner repetidamente en cuestión, en su exposición, la pueril ---e interesadamente consoladora---simplificación de suponer en todas las víctimas a un heroico luchador antifascista y en todos los nazis a un sádico asesino: incluso entre los verdugos hubo a veces algún rasgo de humanidad  y solo una minoría de las víctimas ---y se comprende, dadas las circunstancias---podría adecuarse a aquel patrón.

            Los primeros campos de concentración---tal como se supone que aparece en lo usual esta denominación en el imaginario popular---que ni fueron, desde luego, un invento del nazismo y ni siquiera los primeros que hubo en Alemania, ya que se los conocía de la Primera Guerra mundial y aún antes, de la Guerra de los Bóers de fines del XIX, para no hablar de los del Gulag soviético, anteriores en un par décadas a los de los nazis ---aparecieron nada más llegar Hitler al poder. En 1933 ya funcionaba Dachau, en las afueras de Munich, un campo de prisioneros para oponentes políticos que se basaba en la detención extrajudicial y el terror contra militantes de izquierda, aunque solo muy eventualmente acababa en el asesinato. Por lo demás, el régimen ya usaba por entonces como prisiones políticas numerosos recintos carcelarios estatales, geriátricos y asilos de pobres.A mediados de los 30, y solo en Berlín, ya había docenas de campos de detención (mapa pág. 49) y muchísimos más repartidos por todo el país. La responsabilidad del terror y la persecución recaía sobre todo en las SA, y las detenciones resultaban a menudo, contra lo que se cree,impredecibles y confusas, cuando no dejadas a la espontaneidad o al arbitrio de cada dirigente nazi. Solo con el paulatino afianzamiento del régimen a partir de 1934, y más aún con la implementación de las leyes racistas en 1937, empezaría a cristalizar un plan organizado del Estado para acabar con sus enemigos, plan que desplazó poco a poco la euforia paranoide, de venganza inmediata, que caracterizaba a los paramilitares de las SA. En aquel 1934 (fase dos), luego de que unos meses antes algunos dirigentes nazis llegaran a pensar incluso en suprimir los campos, Himmler consiguió unificar en su mano ---contra Göering---todos los organismos policiales del Régimen, arrancó de Hitler la gestión en exclusiva de los campos para las SS y, para atarlo bien todo, colocó a Heydrich al frente de la Gestapo prusiana y al brutal Eicke, antiguo Komandant de Dachau que prestaría una brillante hoja de servicios al Terror, a la cabeza de la la IKL, la Inspección de campos de concentración. En el verano de 1936 ya Himmler tenía organizadas las unidades de élite de soldados políticos, las SS, y Eicke había transformado la IKL de una modesta agencia en un influyente organismo gubernamental dotado de autonomía, presupuesto y personal.

            Pese a que, al menos sobre el papel, Himmler y Eicke introdujeron algunas regulaciones de los malos tratos a los prisioneros argumentando que había que huir del desprestigio que generaban las torturas innecesarias (p. 123) lo cierto es que los apaleamientos, los latigazos o la suspensión del preso a un poste con las manos atadas a la espalda estuvieron en curso desde el primer día. Por otro lado, el sistema se expandía: en un discurso de noviembre del 38 Himmler anunció que a los tres campos en funcionamiento de Dachau, Sachsenhausen y Buchenwald venían a unirse los recién construidos de Flossenbürg, Mauthausen y Ravensbrück, lo que permitió que la cifra de prisioneros se triplicara en unos pocos meses y llegara a los 24.000. Para ello se llevaron a cabo redadas policiales a gran escala contra haraganes y tipos asociales y las primeras detenciones masivas de judíos. A la vez, tras la anexión de Austria, llegaron los primeros presos extranjeros. Comenzaría asimismo la implantación de métodos de exterminio por el trabajo (frente a los primeros tiempos de 1932-3, en que los presos estaban a menudo sin hacer nada o realizando pequeñas tareas de mantenimiento), de lo que serán ejemplos, entre otros, las mortíferas canteras de Mauthausen y Flossenbürg o la inmensa fabrica de ladrillos de Oranienburg, debidas las tres a los desvelos de Oswald Pohl, cerebro gris y máximo ideólogo de los trabajos forzados, desde su puesto de jefe de la Oficina de Admimistración y Empresa de las SS. La fábrica de Oranienburg acabó en un estrepitoso fracaso para las SS y jamás le resultó rentable, a pesar de la salvaje explotación del preso y el infernal ritmo de trabajo.Las condiciones en que este se realizaba eran extremadamente primitivas:los reclusos utilizaban herramienta muy rudimentaria o no usaban ninguna; tenían que transportar montones de arena volviendo la chaqueta del revés para formar así una especie de espuerta; los accidentes mortales, muy frecuentes, la comida, escasa y vomitiva, y las letrinas no eran más que una zanja atravesada por una viga, agujero al que los guardias echaban a menudo a los presos díscolos o por pura diversión. Con todo, puede decirse que a fines de los 30 los KL no eran todavía la gigantesca fabrica de muerte que llegarían a ser: de los algo más de 50000 presos contabilizados a principios del 39 y pese a las horribles penalidades que padecieron, solo habían muerto para esas fechas 2268.

           A fines del 39, una vez iniciada la Guerra, los prisioneros soviéticos y los judíos de muchas nacionalidades suponían ya los mayores porcentajes de presos, desplazando a los antifascistas y a los delincuentes comunes, y así seguiría siendo hasta 1945. También se centralizó y reorganizó el aparato burocrático de terror: el 27 de setiembre de aquel año, pocas semanas después de la invasión de Polonia, quedó definitivamente configurada la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA, Reichssicherheitshauptamt), con Heydrich al frente, aunque ni Himmler ni nadie había podido prever hasta qué punto su aparato de terror se convertiría, como ya ocurrió a partir del 42, en un sórdido laberinto que iría creciendo caóticamente hasta contar con centenares de campos y hacerse, en rigor, inmanejable. Por supuesto, la oleada de detenciones de judíos que sucedió a la Kristallnacht  ---noviembre del 38---y la captura de centenares de miles de soldados del Ejército Rojo hubo de representar un enorme problema organizativo para el Reich y abocó inevitablemente a una multiplicación cancerosa del sistema de campos. Al mismo tiempo que, para mayor dificultad, el inicio de la guerra y la movilización general que esta suponía implicó una disminución del nivel de efectividad de los guardias en los campos. La mayoría ya no la constituía los entusiastas jóvenes de las SS y la SA de los primeros tiempos, sino reemplazos de soldados,ya en la cuarentena o cincuentena, que habían sido declarados no aptos para el frente. A principios de 1940 el inspector de campos Glücks emitió una directriz muy tajante contra el sentimentalismo humanitario de muchos de los guardias, y los pocos veteranos de las SS criticaban la incompetencia de los recién incorporados. Estas digamos deficiencias acabarían corrigiéndose en gran parte un par de años después, cuando ya estuvo clara la solución final y la liquidación total de los judíos pareció convertirse en la principal prioridad del régimen.

         No deja de tener cierto simbolismo el hecho de que Auschwitz se inaugurara oficialmente en junio del 40, al mando de la vieja gloria de las SS Rudolf  Höss, con un cargamento de 728 polacos transferidos desde la cercana prisión de Tarnów, al otro lado de la frontera del Reich, en la llamada Gobernación General de Polonia. Tres meses después de que ocurriera algo que no dice Wachsmann ni tampoco tendría necesariamente que haberlo hecho: que el primer traslado masivo de judíos a un campo de concentración fue el que en marzo del 40 organizara la NKVD con sesenta y tantos mil judíos polacos deportados a Siberia y Kazajstán  (Antony Beevor. La Segunda guerra mundial. Barcelona. Pasado y Presente. 2015. pág.77). Desde principios del 41,se hizo habitual la colaboración ente las SS y la industria privada para la explotación económica de los campos, con la construcción por entonces del inmenso complejo fabril de la IG Farben en las inmediaciones de Auschwitz para producir caucho sintético, unido a las ya citadas canteras de Mauthausen o los ladrillos de Oraniemburg. En abril de ese año tuvo lugar la inspección de los doctores de las SS Mennecke  y Steinmeyer a las instalaciones de Sachsenhausen, en clave Operación 14f13, con el doble objetivo de allegar cobayas para los experimentos de Eugenesia tan caros a la mitología racial nazi y de estudiar y perfeccionar  las posibilidades técnicas de la muerte masiva por gas. Téngase en cuenta que ya en 1938-39 se había gaseado a miles de discapacitados alemanes y que tales experimentos solo cesaron en 1941 por orden directa de Hitler, obligado por las circunstancias a acallar la creciente preocupación pública por la masacre, aunque la matanza siguió, de forma más discreta, en semiclandestinos manicomios provinciales. En todo caso, parece que en el trabajo de esos médicos reinó la confusión e improvisación, y los objetivos de la operación fueron luego rebajados por decisión superior con el argumento de que detraían demasiados presos para los trabajos forzosos. En adelante solo los discapacitados permanentemente deberían ser condenados a sufrir esos experimentos.

         A partir del otoño de 1941 empezó el exterminio masivo, por hambre, ejecuciones o enfermedad, de prisioneros de guerra soviéticos. Sabido es que la élite nazi los consideraba--- en tanto eslavos y bolcheviques, y no digamos aquellos  que fueran también judíos---infrahumanos. En el último trimestre de 1941, no menos de 1.200.000 prisioneros soviéticos encontró la muerte. Se les dejaba abandonados en descampados, a merced del hambre y del frío, como mucho,en tiendas de campaña provisionales y en algunos casos en zanjas enlodadas. Pero una minoría de ellos fue trasladada a los KL. Los primeros llegaron en esas semanas. Al principio los convoyes eran muy poco numerosos, de unos veinte individuos. Después de meses en campos de la Wermacht, muchos no sobrevivieron a las horas de hacinamiento y penalidades en los vagones de carga: el porcentaje de fallecidos tras esos agotadores viajes casi nunca bajaba del 15-20%. Al llegar al campo a muchos se los mataba de inmediato al consideraros comisarios. Solo en octubre de ese año 1941 las SS ejecutaron a no menos de 9000 prisioneros soviéticos, muchos más asesinatos de una sola tacada que los que había habido nunca hasta entonces en ningún KL. Un mes antes, en setiembre, en unos de los sótanos de Auschwitz se gaseó como prueba a unos cuantos centenares de prisioneros soviéticos. Aunque muchos otros campos usarían gas venenoso para el exterminio en masa, el Zyclon B pareció convertirse en la especialidad de Auschwitz, donde hasta el final de la guerra, según cálculos de Wachsmann ---y de los historiadores más ecuánimes---- no menos de 1100000 personas (al menos 870000 judíos) fueon asesinadas.  Paralelamente, la rápida conquista de extensos territorios de la Unión Soviética espoleó el delirio nazi acerca del espacio vital y la necesaria  germanización del Este, tras el exterminio por hambre de decenas de millones de eslavos. En 1941 Himmler encargó al jefe de Planificación de las SS, Konrad Meyer, el borrador de un Plan General del Este que proponía el arrasamiento de centenares de ciudades y pueblos, la deportación de millones de civiles y la germanización de enormes regiones; el trabajo esclavo de centenares de miles de hombres sería la palanca económica que movería esa gigantesca colonización. objetivo al que se tendría que enfocar la proyectada reforma general del sistema de KL. Sabido es que jamás se llevó a cabo del todo porque a) la inmensa mayoría de presos soviéticos estaba demasiado débil o moribunda para poder trabajar; b) el cambio de rumbo de Stalingrado marcó el principio del fin del Reich;  y  c) porque de todos modos la desmesurada megalomanía del proyecto probablemente ni siquiera hubiera estado al alcance de un nazismo victorioso. Ni siquiera la gigantesca maquinaria de producción armamentística por el trabajo esclavo llegó a ser jamás ni un pálido reflejo de lo que era en los delirantes ensueños de Himmler, tanto por el caos y la descoordinación reinantes como los continuos cambios en las prioridades militares o la inadecuación de la red ferroviaria.

          Wachsmann fija en julio del 42, con la segunda visita de Himmler a Auschwitz (la primera había tenido lugar en la primavera del año anterior) el inicio del Holocausto como tal. Hizo un exhaustivo recorrido por las instalaciones y se detuvo sobre todo en la granja agrícola ( se tenía por experto agrónomo), en las obras en construcción de la IG Farben y aprovechó para exigir prioridad a la puesta en funcionamiento de hornos y cámaras de gas. Ese mismo verano se habían concluido, en brevísimo tiempo, los nuevos campos de Sobibor, Belzec y Treblinka, los tres en el territorio de la Gobernación General y los tres dirigidos por el tremebundo y sádico Globocnik, oficial SS y jefe de policía del distrito de Lublin. Además había entrado en pleno funcionamiento el de Chelmno, un poco más al Oeste, en la parte de territorio polaco anexionada al Reich. En este último campo, y solo en los cuatro primeros meses de 1942 serían gaseadas más de 50000 personas, en su mayoría judíos polacos. A fines del 42 ya los judíos habían sustituido a los prisioneros soviéticos como contingente mayoritario tanto como víctimas del gas como de los trabajos forzados, y estaba en su apogeo, que no cejaría hasta la primavera del 45 en la mayoría de los campos, la maquinaria del exterminio. Y había aumentado sobremanera el número de mujeres presas: a mediados del 42, unas 6700 estaban confinadas en la sección a ellas destinada en el complejo de Auschwitz- Birkenau, y habían superado a las 5800 de Ravensbrück, un campo en principio exclusivamente femenino.  En los meses siguientes continuaron llegando más prisioneras y la mortandad, por enfermedad y malos tratos, era tan espantosa que a fines de ese año, cuando se transfirió al nuevo sector B de Birkenau a las entre 15 y 17000 mujeres que había un poco antes en aquellos dos campos, no menos de la tercera parte de ellas había muerto. Las cifras son aterradoras y, contra lo que se cree, resultarían al final más mortíferos ---en relación al número de presos---los tres campos antecitados (en los que hubo, solo en 1943, no menos de millón y medio de asesinados, de ellos unos 800000 en Treblinka) que todo el complejo de Auschwitz- Birkenau. El principal problema lo constituía el tratamiento de cadáveres: en el verano del 42 hubo que edificar a toda prisa tres hornos adicionales en Birkenau, y, por orden de Himmler, que en ese momento lo visitaba, desenterrar miles de cadáveres de fosas comunes en el bosque próximo, a causa del nauseabundo olor y el riesgo de contaminación de las  aguas subterráneas. En Chelmno se ideó otro sistema: quemar a los muertos en fosas, moler los huesos y luego esparcirlos. Buena parte de las cenizas y los fragmentos de huesos se utilizaron para cubrir las carreteras en invierno o para fertilizar los campos circundantes, con lo cual podría decirse que, en una estremecedora relación causal y si la germanización del Este se hubiese consumado, las futuras cosechas de los asesinos habrían crecido a partir de los restos de los asesinados.

          La rebelión y fuga de más de 350 presos del campo de Sobibor, en octubre del 43, después de matar a doce SS y a dos kapos ucranianos (la mayor fuga con éxito llevada a cabo en un KL) provocó un indisimulable nerviosismo y una salvaje sed de venganza en los nazis, que satisfarían al mes siguiente, el 3 de noviembre, en Majdanek, donde, bajo el idílico nombre en clave, para mayor sarcasmo, de Fiesta de la vendimia,  se asesinó expeditivamente de un tiro en la nuca o acribillados por las ametralladoras a al menos 18000 judíos, hombres, mujeres y niños. Según Wachsmann (p. 374) ese día se asesinó a más presos que ningún otro día con cualquier método y en ningún otro campo, incluido Auschwitz. (Aunque recuerdo haber leído en Primo Levi que él está seguro de que por lo menos ahí, donde como es sabido tuvo la desgracia de pasar una temporada, hubo días en que se gaseó a más de 20000 personas). De todos modos, carece de sentido darle vueltas a las cifras, y creo ya haber abusado demasiado de ellas en esta también demasiado larga reseña. Es mucho más definitorio e ilustrativo lo que dijo uno de los verdugos. El oficial médico SS Kremer recordaba, mientras oía, cómodamente sentado en su coche, cómo se iban apagando los gritos de un grupo de mujeres y niños en una cámara de gas un día de setiembre del 42 en Auschwitz, lo que le había comentado su colega el doctor Heinz Thilo poco antes: Estamos en el anus mundi, el culo del mundo(cit Wachsmann p. 381). O lo que comentó graciosamente (p.424) en una entrevista a fines de los 70 la amable Sra. Göth, viuda de Amon Göth, antiguo comandante del campo de Plaszów procesado por corrupción por las mismas SS a las que pertenecía y finalmente ejecutado por los Aliados: recordaba cómo aquellos habían sido unos tiempos hermosos, en que Mi Göth era el rey y yo su reina. ¿A quién no le habría gustado estar en mi lugar?

       
 Las mujeres habían representado un porcentaje ínfimo del total de presos hasta las trascendentales decisiones de fines del 41 y principios del 42, las ya citadas de aniquilar por hambre a millones de eslavos, que se deducía de la aplicación del mito nazi del espacio vital con la conquista de la Unión Soviética y la adopción de la solución final  para los judíos. Ambas circunstancias supusieron un aumento exponencial del número de presas. En Madjanek las mujeres representaban ya más de un tercio de los presos en la primavera del 43. Los contactos entre reclusos de los dos sexos eran normalmente imposibles, aunque se dieron  excepciones en algunos campos por la connivencia o corrupción de los kapos o por el especialísimo estatuto de funcionamiento del recinto, como en Theresienstadt, adonde de todos modos solo iban ancianos, enfermos escogidos y prominentes (judíos relevantes por cualquier motivo a los que podría llegar a convenir canjear por prisioneros alemanes en manos de los Aliados) o en Plaszów, donde excepcionalmente se permitió a los presos de los dos sexos verse por las noches, para lo cual se dejaba abierta la puerta que separaba ambos recintos. En general, las mujeres fueron tratadas con bastante menos brutalidad que los hombres, aunque también aquí se dieron excepciones. En todo caso, el poder terrorista de los verdugos también quedaba bien patente por las destrucción de los rasgos distintivos de ambos sexos, al quedar reducidos casi todos los prisioneros a pálidas figuras esqueléticas y calvas. La preñez de las mujeres en los KL nunca supuso un problema preocupante para los SS y guardianes: ni las judías embarazadas destinadas a la cámara de gas ni las que llegaban con bebés o hijos de corta edad se libraban de la muerte. A los niños huérfanos tampoco se les dio por lo general un trato más benévolo puestio que no escaparon  de las palizas,ni de los castigos ni de los trabajos en los batallones disciplinarios. No obstante, en Madjanek y en Vaivara funcionaron algún tiempo recintos especiales para niños, donde se les trataba con algún miramiento. La rápida conversión de los Lager en un Babel multinacional y plurilingüe (aunque con predominio neto del alemán y el yiddish) no pudo menos que exacerbar muy a menudo las diferencias entre los presos, evidentemente fomentadas también por el sistema de kapos, destinado a dificultar los posibles movimientos de solidaridad, que cuando se dieron tendían a formarse ente connacionales o por afinidades políticas (los comunistas eran los más organizados). Por el contrario, en la primera época de los Kl fue muy virulenta la enemistad entre socialdemócratas y comunistas, y entre los presos gentiles, independientemente de su ideología o nacionalidad, estaba muy arraigado el prejuicio antisemita.

        En enero de 1945 los tres enormes KL de Auschwitz, Gross-Rosen y Stutthof (que albergaban entre los tres no menos de 190.000 presos) quedaban directamente sobre la ruta de avance hacia Alemania del Ejército Rojo, en un momento en que todos los campos reunían unos 700.000 prisioneros. A los dirigentes de las SS les pilló desprevenidos el ataque soviético, lo que no hizo sino aumentar la confusión, con órdenes contradictorias o con intentos de evacuación cuando ya era demasiado tarde. En Bergen-Belsen se llegó a agolpar a más de 45000 prisioneros, muchos provenientes de otros campos abandonados. Las condiciones eran tan espantosas ---uno de los sobrevivientes lo describió como una gigantesca letrina---que en unas pocas semanas más de la tercera parte de ellos había muerto de tifus o disentería.  En todo caso, parece claro que nunca se dio la orden ---presumiblemente por Himmler---de paralizar el exterminio, como argumentan algunos historiadores. Jamás se abandonó el proyecto de la Solución final  y de hecho en Auschwitz mismo se siguió asesinando a judíos y otros presos después de haberse dejado de usar las cámaras de gas.Y estas se dejaron de usar porque el deterioro ya irreversible de las posiciones militares del Reich hizo inviable la continuación de las deportaciones masivas y además en algunos campos las SS, nerviosas y aterrorizadas por el avance soviético, no encontraban modo de borrar las huellas de sus crímenes. Querían evitar lo ocurrido en Madjanek, donde las instalaciones habían caído casi intactas en manos rusas. A la desesperada y de modo precipitado, los nazis montaron evacuaciones masivas de presos hacia el Oeste, en trenes o más comúnmente a pie, puesto que para entonces las infraestructuras andaban ya muy deterioradas: las llamadas marchas de la muerte, que provocarían, como puede suponerse, un enorme coste en vidas, dado que lo más habitual fue que se abandonase en los recintos a los heridos o incapaces de caminar, condenándolos así a una rápida muerte por hambre, salvo en los casos en que los rusos por un lado del mapa y los occidentales por el otro llegasen a tiempo. Hubo asesinatos en masa (por ejemplo en Sachsenhausen en febrero del 45) pero también situaciones en que los oficiales y guardias evitaron las masacres por miedo a las posibles represalias de los Aliados. Los presos, que ya olían el fin de su cautiverio, no pudieron sin embargo sustraerse a la desesperación, la miseria y la general degradación moral, que derivó por lo general en un caos violento e infernal: algunos reclusos, famélicos, tendían emboscada a los compañeros que llevaban víveres a las cocinas, y a la vez eran atacados con porras y palos por otros grupos de prisioneros encuadrados en mafias. En muchos casos, como es lógico, se asaltaron cocinas y almacenes, o lo que quedaba de ellos, pues dadas las circunstancias se estaba empezando a perder el miedo a los guardias.

       La peculiar vida de los sobrevivientes quizá estuviera marcada, en general, por lo que Primo Levi llamó la memoria de la ofensa y por el insoportable peso de la culpa tras haber sobrevivido cuando tantos otros perecieron, pero hubo ex presos que intentaron por todos los medios ---si es que eso es posible---borrar su terrible experiencia. Los intereses de la alta política en la inmediata postguerra, durante la llamada Guerra fría, convirtió en incómodo e inconveniente el asunto de los KL y más aún el Holocausto. En la RFA hubo una acomodaticia amnesia bastante generalizada, que solo empezaría a romperse en parte con el cambio del clima político a fines de los años sesenta, en tanto que el inefable régimen neoestaliniano de la RDA distorsionó también la memoria de los campos según sus conveniencias, alimentando el eje ficticio de la historia oficial comunista con el mito del héroe antifascista, olvidando el Holocausto y el esencial papel de los liberadores americanos e intentando esconder el hecho de que su propio régimen, el de la RDA, nacía también con el estigma de la tiranía. En Polonia la memoria pública de los campos estuvo sesgada desde el principio del lado de la historia nacional y del nacionalismo polaco, y los campos representaban oficialmente la resistencia patriótica contra Alemania, la solidaridad socialista y el martirio católico, ocultando que la inmensa mayoría de los muertos polacos era judía. En Alemania Occidental se convirtió lo que quedaba de los KL en una especie de parque temático (así, Dachau), mientras que en Polonia y en la Alemania Oriental se los readaptó para tratar de convertirlos en espacios de legitimidad de sus propios regímenes.

     

       

               
                  
        

jueves, 16 de marzo de 2017

TRES POEMAS DE DUELO Y DE PÉRDIDA

Vida concepto de transformación como una mano tendida tranforming en pájaros que vuelan siguientes luz del sol como un símbolo de la libertad de renovación esperanza y la espiritualidad o la fe humana. Foto de archivo - 47355223


                                                                                 I


Regreso de unos brazos,
          en el quedo batir de la agonía,
               pálpito ensanchador, estremecido
 como un junco indefenso
                      ante una vasta herrumbre de ventiscas,
pálpito que cediendo
      va ya al astil, a la cureña fría
   que os aguardan, callados,
                                                                            tan solo atentos a una
          rada sin horizontes y sin vistas.

                    Y entre el eco siniestro de esa música,
             áspera y serpenteante, desgastada
como el mundo y ya tuya
              para siempre, transida de miríadas
                    de milenios de eras y de generaciones,
                intentamos velar, que no nos ciegue
el  hachazo crüel
                                                          de su ley y su ruina.
   Y así velamos hoy,
                                                            oh alta caducidad,
                                  que pendes desde un cielo de púas y de estrías,
negro como los copos
                                                                           de nieves de muy antaño,
   que en vano intentan aflorar
                                                                                con la impotente y pía
           palabra de la pérdida y el éxodo.

Y así velamos hoy,
                                                                zarandeadas tablillas
                              arrojadas a un mar que, borracho y henchido
de sus devastaciones,
                                                           desvanece la luz
que bebe lentamente,
              que rae y desencarna hasta la fibra
íntima de la sangre,
y a tu arduo, recio esquife
                                                                          de espuma maternal,
cenefa diamantina,
              le clava un yerto sello de presagios,
      livideces de esquirla y lejanía.


II

Ya la llevas contigo,
                                 oyes el golpe seco, el rascar como gubia
      de los remos, los gritos
                                                                             del barquero inmortal,
                               y ya hueles las dalias que en el mármol
      grisiento se te amustian.

                                                                          Y un rebullir de gestos,
que aletea en lo alto
                                                                    como flotante espuma,
        enjambre de unas llamas
                                                                                vacilantes, deudoras

de una deshilachada
                                                                            niebla de inciensos, pugna,
                   inerme casi, por alzar su pálido
 destello frente al ala
    del ángel tremebundo
                                                                                  que por ti inquiere y busca.

                          Cangilones que suenan despaciosos
en la oxidada  noria
                       de esa melancolía acre y desnuda,
                 sin red y sin coartada,
del fin. 
                                   Mima, alimenta
                      el breve altar votivo del recuerdo,
 su halo de luz cruda,
                                                                lo solo que nos hace
sobrellevar la carga
                            de la supervivencia entre las sombras
     erizadas de un mundo
                                                                        de turbias angosturas,
   del capcioso penacho
                                                                              de la ausencia y la culpa.


III


   Y la afanosa y sólita
                                   rueda insignificante de afanes se te para
ante ese lacerante,
                         continuo gris metálico de océano,
        que ya se te ha mudado
                                                                                     en para siempre estampa,
    sin huella ni registro,
                              de aquel dormir amniótico, las aguas
                                         ignotas del origen, su germinar sin nombre,
  ah tan inseparables
                                                                 del otro lado oscuro
                                en donde reina un sol que no se pone,
                        sino que resplandece en el espejo
     aciago, enmudecido,
                                                                    de otra vida sin fin,
                       una oquedad desierta e inasible.

       Mar de inmortalidad,
    caediza, irreparable
                                                                    espada de la muerte.







lunes, 13 de marzo de 2017

ALBORES DEL SIGLO



Philipp Blom. Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente 1900-1914. Traducción de Daniel Najmías. Barcelona. Anagrama.2013. 677 páginas.

         Por por su puntillosa atención al detalle, por la vasta y bien cribada masa de información que acarrea y por su facilidad expositiva, amén de por su loable desentenderse de prejuicios o anteojeras ideológicas de fondo de que  servirse como andamiaje interpretativo general, ha de considerarse este libro como un excelente ejemplo de las mejores virtudes de la tradición historiográfica anglosajona. En abigarrada compendio  se intenta ofrecer un detallado panorama de los inicios de la Modernidad, en los primeros años del pasado siglo en los principales países europeos y Rusia (no se hace la menor alusión a España, cosa que por lo demás no es muy de extrañar). Se trata de un ensayo--- provisto además de buen número de ilustraciones, algunas en color, de extensa bibliografía y poblado índice analítico--- con pretensión de vasta síntesis omnicomprensiva y  que, si bien se mueve en su mayor parte dentro de un nivel de divulgación no especializada, casi nunca abandona los mínimos exigibles de decoro intelectual y de finura analítica. Puesto que el autor parece además muy consciente de lo banal y empobrecedor de las taxonomías demasiado rígidas ---y de lo equívoco y desgastado en ocasiones de  ciertas etiquetas para referirse a  movimientos sociales, artísticos y culturales en sentido amplio-- ha juzgado más esclarecedor, para el objetivo del libro, la perspectiva relativista, la cuidadosa contextualización de cada fenómeno y los entrecruces de categorías.

            Objetivo que no se limita a rastrear, en esos años de extraordinaria tensión creativa, el surgimiento de ideas y fenómenos que luego señorearían todo el siglo, tales como comunismo y fascismo; socialdemocracia  y democratización; arte conceptual y vanguardias; dialéctica entre procesos de cultura de masas ---notablemente el cine, a cuyos inicios se consagra el cap XII, Palacios del pueblo, pp.447-484---y reacciones más o menos instintivas de las élites; medios de comunicación y fabricación de la opinión pública; producción en serie y consumo suntuario; feminismo y antifeminismo y un largo etcétera. Se trata también de ver esa época no retrospectivamente, sino tal como la experimentaron, arrastrados por ella, los que la vivieron. Años, en definitiva, en que empezó a cristalizar la Modernidad ,como en lo usual se la conoce, y al mismo tiempo la oposición, a menudo malhumorada o violenta, contra ella. Y años en que esos tiempos modernos hubieron  de acabar imponiéndose problemática y contradictoriamente, así en la sociedad como en los individuos digamos  prominentes, toda vez que  allí coexistieron, contra ciertas apariencias, ideaciones, sensaciones y maneras de ver el mundo muy diferentes. Muchos de los grandes artistas considerados luego ---y que se consideraban a sí mismos innovadores, revolucionarios o de vanguardia--- adolecían de sus particulares prejuicios, anclados en la cultura tradicional. Menciona Blom, por ejemplo, cómo Schnitzler despreciaba la pintura abstracta (llamó a su contemporáneo y paisano Schiele charlatán afectado), cómo Picasso era un recalcitrante reaccionario en cuestiones musicales, aunque quizá sea más exacto decir que cualquier tipo de música le traía al pairo, o cómo Stravinski aparecía del todo lego en materia teatral y nunca pisó un teatro, salvo para ensayar con la orquesta o para cobrar. Lo cual quiere decir que las mentalidades y las identidades se formaban a partir de sedimentos culturales no ya distintos, sino casi incompatibles, y que de ese modo se venían a formar individuos fracturados, resultado de amalgamas de elementos heterogéneos, hecho que por lo demás se compadece bien con el carácter fragmentario de  parte no pequeña del arte y el pensamiento modernos, de esa pérdida del centro, de la antigua comunión con el cosmos, que ya el poeta Gottfried Benn apuntara como rasgo sustancial del arte de la modernidad en su pretensión de sustituir a la Religión.

            Cada uno de los quince capítulos ---tantos como los años considerados---va encabezado por el guarismo correspondiente al año  y por un título que se pretende que aluda más o menos metafóricamente al contenido. Así  en el III , Edipo rey, (pp. 74-110), se escribe acerca del surgimiento y primera recepción del psicoanálisis y de su fortuna y utilidad posteriores, de la personalidad y circunstancias familiares de Freud y de la figura patriarcal de Francisco José. Se hacen también útiles observaciones acerca de  la música de Schönberg y de Alban Berg , de la reacción contra la ampulosidad vacua del estilo Secesión que supuso la arquitectura de Adolf Loos y de los escritos críticos y periodísticos de ese guardián del estilo que fue Karl Kraus, todo ello en el contexto de la cultura de fachada y el aire como de baile de máscaras que se respiraba en el decadente imperio de los Habsburgo .Todas las secciones aíslan, así pues, un haz de cuestiones cuyas coimplicaciones y correspondencias el autor alcanza, en ágil descripción, a delimitar, mérito no despreciable si se tiene en cuenta que no siempre parecen a primera vista claramente interrelacionadas. En todas aquellas se brindan al lector, como ya se ha sugerido, tanto semblanzas de muy variados personajes---de Einstein a Sarah Bernhardt--- y múltiples y ricas referencias a obras literarias, pictóricas y musicales, como consideraciones acerca del poder político, peculiaridades sociales y coyunturas económicas. Dado que un resumen pormenorizado haría en exceso prolija esta reseña, me limitaré a citar tan solo unas cuantas pinceladas relativas a algunos capítulos y, en un párrafo posterior, aquellos pasajes que  más me han interesado, ya porque los considere especialmente logrados como relato, ya por carecer uno de la suficiente información o noticia previa.

         El primer cap. se centra en  la Exposición Universal de París de 1900---que de hecho viene a constituir el recurrente leiv-motiv del libro bajo la imagen de la dínamo como vórtice de fuerzas infinitas --- y en la explosión de entusiasmo que provocó en las masas de visitantes esa celebración de los triunfos de la técnica y el optimismo futurista que conllevaba, aspecto que dicho sea de paso contrastaba llamativamente con la estética historicista---reveladora de una especie de ombliguismo nacionalista y nostálgico-- que presidió la construcción y decoración de casi todos los pabellones y tinglados escenográgicos. Sigue después con un análisis del estado de ánimo colectivo en Francia, un país acosado por los fantasmas de la derrota en la guerra franco-prusiana, por las consecuencias del affaire Dreyfus y la represión que sucedió a la Comuna. Pese a lo que la Exposición tenía de emblema de la Modernidad, lo cierto es que apenas escondía la angustia e inquietud ante el futuro, visible en los debates en la prensa sobre el declive de las tasa de natalidad, la pérdida de masculinidad en los hombres, la persistencia de los viejos tópicos antisemitas y, sobre todo, el miedo al nuevo papel de las mujeres y al avance de los movimientos feministas, algo esto último  que delataba sin quererlo La Parisienne, la enorme estatua, un tanto kitsch, que presidía la entrada al recinto.

          El segundo se demora en el proceso de capitalización burguesa de la aristocracia victoriana, en las necesidades de mantenimiento de la supremacía naval británica, en un análisis del mosaico multiétnico y plurilingüe del Imperio austrohúngaro y del medievalizante y teocrático de los zares, no sin incluir breves y agudos retratos del mundano y tornadizo Eduardo VII y del zar Nicolás II. El decimotercero ( Todo es cuestión de cura, pp. 484-521) aborda los enconados debates sobre Eugenesia y Biología que, aprovechando el Congreso Internacional de Eugenesia de 1912, se extendieron por toda Europa, pero ante todo en la Alemania del II Reich, y que ocuparon no solo a los medios ilustrados sino también a la imaginación popular. Unos asuntos, obviamente erizados de espinosas implicaciones políticas, que generaron una vasta literatura y en los que se desarrolla la obra y la influencia, del conservador y malthusiano genetista británico Francis Galton, que tuvo entre sus seguidores al economista Keynes y a la joven Virginia Woolf y que pugnaba por justificar nada menos que la fabricación, mediante una selección rigurosa, de una clase aristocrática superior.

          De apasionante lectura se me han hecho, entre otras, las páginas (184-219) que el autor dedica al domingo sangriento en la frustrada Revolución rusa de 1905-6 y a la salvaje represión que la siguió, pese a los esfuerzos y maniobras en la sombra del pragmático político liberal Serguéi Witte, que acabó tirando la toalla ante la cerrazón del ególatra e inmaduro Nicolás II, y al vano y patético sacrificio del ingenuo cura ortodoxo Gapon; al  ominoso régimen de terror impuesto por el rey Leopoldo en la explotación colonial del Congo (pp. 144-182), que llegó a provocar diez millones de muertes y que empezó a conocerse gracias al coraje del periodista Edward Morel, que convirtió ese denuncia en la tarea de su vida; al escándalo del estreno en el parisino Théâtre des Champs-Elysées de La Consagración de la primavera (pp. 418-422), con el público rompiendo butacas y gritando enfurecido, mientras los músicos seguían tocando, aunque muertos de miedo, Stravinski huía presa del pánico y Nijinski, colgado de una de las alas de un palco, daba instrucciones en ruso a los bailarines hasta que éstos acabaron también huyendo por donde pudieron; a la vida y milagros de la formidable baronesa Von Suttner (pp. 281-95) pionera y gran luchadora, en el imperio de los Habsburgo, en pro de una conciencia pacifista y feminista; o, en fin, a los procesos por homosexualidad (pp.248 y ss.) que, en una sociedad tan machista y militarista como la Alemania guillermina, casi salpicaron al mismo emperador.


        Un par de pequeñas objeciones finales: a) por mucho que el autor insista en ello (primero en el prólogo, pp-14-16, y luego al final en 582-85), no me parecen tan evidentes los paralelismos que  trata de establecer entre aquellos años y los nuestros, relativos a una "fascinación por lo inconsciente" o a una "celebración de la violencia y la guerra", y mucho menos respecto a una presunta globalización cuyo mero enunciado contradice en cierto modo la declarada orientación metodológica del libro y b) creo que el panorama hubiera sido más completo si se hubiese considerado el impacto del socialismo y de los movimientos  obreros y la posición y el posible influjo, en las masas populares, de las maniobras reactivas y las doctrinas  de la Iglesia y el catolicismo, asuntos de los que apenas se dice nada.

       

             

jueves, 23 de febrero de 2017

LOS DILEMAS DEL SABIO


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George Steiner. Un largo sábado. Conversaciones con Laure Adler.  Traducción de Julio Baquero. Madrid.. Siruela. 2016. 139 pp.


          Leo de una sentada y casi sin poder levantar la vista del libro las conversaciones que la periodista francesa Laure Adler ha mantenido hace poco con el ya bastante anciano y muy prestigioso erudito y profesor en su casa de Cambridge. El librito se estructura en cuatro o cinco digamos grandes zonas temáticas (la experiencia académica, el placer ---y el dolor--- de los libros, el judaísmo, la pluralidad y la variedad de las lenguas, el enfrentamiento con la vejez y la cercanía de la muerte) y en todo él comparece un Steiner tan moralmente sentencioso como irónico, con corrosivo sentido del humor y enamorado de la vida---dice lamentar que no va ya a tener tiempo de emprender un estudio acerca de las relaciones entre sexualidad y lenguaje, partiendo de su experiencia personal, que, si hay que darle crédito, no parece precisamente pobre--- Todo ello aderezado con no pocas anécdotas, a menudo chispeantes  o malévolas, como cuando se refiere a ciertas incalificables bajezas de Sartre o de Freud, entre otros.

            Me parece que el texto alcanza a ofrecer una imagen bastante verosímil  de la idea que uno puede hacerse del sabio, de sus grandezas...pero también de sus miserias. A sus 88 años, es lógico que Steiner  no se corte un pelo y, sin plegarse a lo políticamente correcto, se dé el gustazo de declarar lo que le dé la gana, al menos lo que no tenemos ningún inconveniente en pensar que de veras él piensa o cree. Steiner es muy consciente ---y tampoco se molesta mucho en disimularlo--- tanto de las admiraciones que suscita (y, ay, sin duda también  de las envidias, sobre todo en el mundo académico) como de los odios: es una de las bestias negras  de los sionistas más radicales y del actual gobierno de Tel-Aviv, algo nada extraño esto último, porque aquí sin ir más lejos no se priva de ponerlo a parir. Sabe muy bien que, como se ha escrito ya demasiadas veces, es uno de los últimos ejemplares de una especie que, como los gorilas del África central, parece irremisiblemente condenados a la desaparición. Pertenece a la estirpe de los Auerbach, Curtius, Vossler, Frazer, Canetti o Harold Bloom, los grandes humanistas plurilingües y cosmopolitas que han señoreado las décadas centrales del desdichado siglo pasado, herederos y recreadores de lo mejor (también eso acaso en fase de rápida extinción) de lo que por vieja convención venimos llamando Cultura Occidental.

           La historia de su vida es sobre todo, como no podría ser de otra manera, la de su larga dedicación de erudito en varias lenguas a sus estudios e investigaciones y a su labor docente en Princeton, Ginebra, Cambridge, París o Pekín. Pero por fortuna ---y  considero esto  lo más sustancial de todo cuanto dice de sí mismo-- no parece que su tarea  le haya vuelto ciego, antes al contrario, ante los grandes dilemas morales ni los retos y catástrofes del  mundo contemporáneo. Después de todo Steiner no podría, aunque quisiera, dejar de enfrentarse a las monstruosidades del siglo ni a su condición de judío. Ya se ha convertido en asunto recurrente, desde que lo formularan ---creo que por primera vez, y cito de memoria--- Walter Benjamin ( No hay documento de civilización que no sea al mismo tiempo manifestación de barbarie) y Adorno ( ¿Es posible la poesía después de Auschwitz?) aludir a esa especie de imposibilidad o impotencia del pensamiento ante las devastaciones de la Historia, diosa cruel desde siempre especializada en exigir copiosos tributos de sangre. Sin llegar a los apasionados desgarros de un Paul Celan, que al cabo sí hubo de padecer en carne propia los horrores del Holocausto, Steiner, que logró escapar a ellos, también parece sin embargo haber vivido atenazado por el sheerit, el terrible sentimiento de culpa del sobreviviente: cuenta cómo, de las docenas de muchachos judíos compañeros del liceo Janson-de.Sailly, solo sobrevivieron, además de él, otros dos, y cómo esta circunstancia se le ha marcado de por vida.

           Orgulloso así pues de su saber y su sensibilidad, sí, pero no tan perverso o ingenuo como para ignorar lo cerca que puede estar a veces el sabio humanista, precisamente por la capacidad de su propio saber para justificar cualquier cosa, del bárbaro más cobarde e inhumano, como  se evidencia en la reveladora anécdota-ejemplo que cuenta en la pág. 99 y que acaso podría comentarse por sí sola: Trabajo con mis estudiantes en los actos III a V de El rey Lear (...) y cuando este entra  con su hijo muerto en los brazos  y grita cinco veces la palabra "Jamás" (...) es el final del lenguaje mismo. He aprendido eas escenas de memoria. Pero cuando vuelvo a casa y oigo que alguien grita "Socorro" por la calle... debería acudir, pero no lo hago, porque la agonía real en al calle tiene una especie de desorden  y de contingencia que no aguanta la inmensidad trascendente del sufrimiento tal como queda reflejada en la gran obra de arte. El hecho de que las Humanidades puedan volver insensible, de que, por una suerte de idolatría de la intensidad de la ficción, pueda alejar al sabio, y en general al hombre cultivado, de la vida, de que la llegue a considerar pálida y sin color, no deja de abocarnos a una muy inquietante paradoja. Al fin y al cabo, las grandes masacres, los crímenes masivos y los campos de exterminio nazis y estalinistas son inseparables de la alta cultura europea y rusa. Como recuerda él mismo poco después de ese pasaje, el jardín por el que se paseaba Goethe estaba justo al lado, demasiado cerca de Buchenwald. Cuando se comprueba que los logros más admirables y sublimes de la poesía, el teatro, la música o cualquier otro arte no solo no nos han apartado de la opresión y la barbarie, sino que a menudo han colaborado con ellas, entonces uno se queda sin respuestas, o en todo caso se ve cuando menos obligado a desconfiar del pretendido espíritu humano. Reconoce que le hubiera sido muy arduo vivir en un mundo sin libros, pero admite que quizá los haya sobrevalorado, justo porque  ahora, después de sesenta años de docencia, se da cuenta de que esperaba más de ellos.
        
                Las primeras treinta y tantas páginas de estas trancripciones se refieren ante todo a sus circunstancias familiares, a la huída a América  y a sus años de  primera juventud y formación. Con comprensible nostalgia empieza rememorando su privilegiada infancia parisina, donde nació en 1929 y adonde sus padres acababan de llegar desde Viena. Se habían mudado porque el padre tuvo la corazonada o clarividencia de lo que iba enseguida a venir, toda vez que el antisemitismo arreciaba ya en Centroeuropa. Razona cómo a él, y supongo que no sería el único en su medio social, resultaría difícil aplicar la noción de lengua materna, puesto que en su casa se venían  usando casi indistintamente las cuatro grandes lenguas europeas, sobre todo el francés y el alemán .Su madre, a la que gusta referirse como a una gran dama vienesa, empezaba una frase en la primera y la acababa en la segunda o viceversa, al tiempo que el padre le solía hablar muy a menudo en inglés, que ya entonces él consideraba la lengua del futuro. Fue también la madre quien le inculcó la norma moral del esfuerzo, la fuerza de voluntad y el afán de superación, al ayudarle a soportar la tara física con la que nació, pues tenía el brazo derecho inmóvil y casi literalmente pegado al costado, malformación que con el tiempo y gracias a dolorosos tratamientos fue paliando en parte.  Solo las buenas relaciones, al cabo, con las altas esferas --su padre era un importante funcionario del Estado francés,justo antes de la invasión alemana en 1940, comisionado por el Ministerio de Finanzas en Nueva York---permitirían in extremis al niño George, a la sazón con once años, a su hermana menor y a la madre de ambos embarcar desde Génova para la metrópoli americana, desde donde el padre había conseguido, no sin múltiples maniobras y peticiones de favores, gestionar los visados.

       La adolescencia neoyorquina resultará determinante, puesto que pudo asistir a las clases del Liceo Francés, con compañeros que, como él, eran hijos de familias burguesas centroeuropeas ---Francia, Alemania y Austria, sobre todo---.La institución unía al excelente nivel académico la bronca y la efervescencia política: administrativamente ligada al Gobierno de Vichy  y por consiguiente al menos en las formas leal a él y además con no pocos profesores petainistas, tenía que capear con una mayoría de alumnado (y de sus familias, que eran las que pagaban) de izquierdas, o por lo menos vagamente antifascista. Fuera del Liceo, el joven George se benefició del contacto con unos maestros de excepción porque, dada la arribada a Nueva York de numerosos intelectuales europeos de relumbrón fugitivos del nazismo, desde Levi- Strauss a Jakobson,  y de Maritain a Caillois ,y como no todos consiguieron en poco tiempo trabajos en instituciones universitarias, algunos hubieron de buscar su sustento en clases particulares a grupos muy reducidos, de modo que Steiner asistió a sesiones, para su preparación de ingreso en la Universidad, de Filosofía con Levi-Straus, y Etienne Gilson y de Ciencias con el matemático Gourevitch. Al acabar sus estudios trabaja una breve temporada en Londres, como cronista de The Economist, una labor muy bien pagada en el entonces más prestigioso semanario del mundo anglosajón, para recalar posteriormente, por mediación del físico Oppenheimer ---al que extrañó y a la vez fascinó, cuando se conocieron, el que un joven principiante se atreviese a discutir con él-- en el Institute for Advanced Study de Princeton y luego en otras universidades.

        Pese a que no tiene inconveniente en admitir que lo que al menos desde el siglo XIX ha dado en llamarse  cuestión judía (y todo lo que conlleva: sionismo, antisemitismo, asimilación, el Estado de Israel y la guerra permanente en Oriente Medio etc), es una lata,  lo cierto es que a esos asuntos remite la mayor parte de las conversaciones. Liberal por convicción radical, furibundo enemigo de toda forma de nacionalismo o chovinismo y orgulloso de su estatuto de apátrida, no deja de ser lógico que contemple la condición judía como lo hace.Según él, si los judíos constituyen un fascinante misterio se debe ante todo a su permanencia ( llevan en la tierra al menos cinco mil años y han sobrevivido como pueblo a todos los imperios y civilizaciones; esto explicaría, más que la acusación cristiana de haber asesinado al Mesías,el secular antisemitismo) y a su nomadismo ( el judío encarna como nadie, y esto llena de orgullo a Steiner, lo que Heidegger predicó de la condición humana misma: somos los invitados de la vida, estamos geworfen, arrojados en ella). Al contrario de los que piensan que no tener raíces constituye una terrible carencia, él sugiere que esto es precisamente una impagable ventaja. Cuando Hitler se refirió a ellos, pretendiendo insultarlos, como Luftmenschen, (al parecer años antes, según he leído en no recuerdo ahora qué otro sitio, de que los nazis pensaran en el horno crematorio como garante de la solución final,de modo que no cabe una interpretación macabra) de gente que flota en el aire, que no tiene asidero en la tierra, los retrató de la manera más certera. Ser en todas partes emigrado, vivir en un exilio permanente,supone situarse en las mejores condiciones para abrirse y trata de comprender a todos los otros, y ser  mirado con desconfianza, y en los peores supuestos convertirse en perseguido o apestado parecería haberles conferido una fuerza y una capacidad de resistencia casi indestructibles: llega a decir que el que hoy haya más judíos en el mundo que los que había antes del Holocausto no deja de constituir un escándalo, no ya para el antisemita, sino para él mismo, solo que evidentemente por otras razones. El odio que  el judío suscita reside así en que ha firmado un pacto con la vida (pág. 45) que nace en esa terquedad de negarse a desaparecer y que sin duda algo tiene que ver también con su fetichismo del  Libro  y de la cultura impresa o literaria en general.

      Problema  más espinoso,en fin, pero que en modo alguno Steiner esquiva, es la política del Estado de Israel, e incluso su misma existencia: esta es, pese a lo vergonzoso de su origen --- me parece que al igual que todos los Estados que en este mundo son y han sido, ¿de dónde vienen sino de la guerra y la conquista?--- ya irreversible, y además quizá no había otra salida para muchos de los sobrevivientes en los años cuarenta, pero olvida decir que la emigración a Palestina había empezado antes de la Shoah. Como olvida, dicho sea de paso, pronunciarse, y es lástima que la entrevistadora no se lo pregunte, sobre una expresión, esta también, amén de extravagante, escandalosa, como la de pueblo elegido. Le encolerizan y avergüenzan las masacres de palestinos, el continuo robo de tierras, las expulsiones y el brutal terrorismo del Estado hebreo, pero comprende las críticas de quienes le reprochan que no viva en Israel, bajo las bombas y el continuo y latente estado de guerra, y lance sus invectivas antisionistas desde la liberal y confortable Inglaterra. En todo caso, mucho me temo que la mayor parte de estas opiniones distan de ser ni medianamente generalizables entre las gentes de su raza, con solo que acudamos a la incontestable evidencia de que hay judíos que se han asimilados, desde generaciones, hasta perder el menor atisbo de judeidad y que hay otros muchos ---y no pienso solo en los sionistas más fanáticos--- tan excuyentes o chovinistas como el que más.

   

   


jueves, 24 de noviembre de 2016

EL CHUTE DEL REICH






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Norman Ohler. El gran delirio. Hitler, drogas y el tercer Reich. Barcelona. Crítica, 2016. 325 pp. Traducción de Héctor Piquer.


            Que los ejércitos ---siempre, pero sobre todo los modernos--habían recurrido a algún tipo de drogas para insensibilizarse, brutalizarse aún más, darse valor en el combate o simplemente  para soportar la tensión de éste, era cosa bien sabida. Pero de lo que nos enteramos, gracias a este serio, exhaustivo y muy documentado ensayo del joven estudioso alemán, es de que, durante la Segunda Guerra, la Wermacht acudió, de manera masiva y con métodos y mecanismos perfectamente planeados y organizados por las altas instancias, a casi toda la panoplia posible de estupefacientes y psicóticos para poder llevar a cabo, con la mayor eficacia posible, no solo la fulgurante Blitzkrieg  de los primeros meses de la contienda, sino la mayor parte de operaciones militares hasta el el fin de las hostilidades (también y sobre todo en el Ostfront, donde el poderío militar nazi empezó a ver palidecer su estrella). Pero hay más: no solo se drogó--- desde arriba primero, y luego ellos mismos---a cientos de miles de oficiales y soldados, sino también a buena parte de la población civil, que, por las mismas razones que los uniformados, acabó igual de enganchada.

       
   La metanfetamina, comercializada con el nombre de Pervitin por los laboratorios Temmler, era ya de consumo masivo en la Alemania de fines de los años treinta, luego de que el director químico de esa empresa, del doctor Hauschild, hubiera quedado impresionado por los éxitos de los deportistas americanos en la Olimpiada de 1936, achacables sin duda alguna a la Bencedrina, un tipo de antetamina estadounidense, que los alemanes se apresuraron a imitar y superar. La metanfetamina no solo vierte los neurotransmisores en las hendiduras sinápticas, sino que además bloquea su reposición; por ello los efectos duran mucho tiempo: las neuronas se aceleran  y la verborrea y la excitación se dispara. Desaparece el miedo y la conciencia moral, pero una dosis fuerte puede provocar transtornos de lenguaje, déficit de atención y, en circunstancias extremas, una descomposición cerebral generalizada.Ya en la primavera de 1940, con la invasión de Francia y el Benelux, numerosos jefes de unidades solicitaron miles de dosis para la soldadesca. Anota Ohler ---con encomiable sentido del humor, que es una de las virtudes, y no la menor, de su libro: No eran las "tempestades de acero" narradas por Jünger en sus memorias sobre la Primera Guerra Mundial, sino verdaderas tormentas químicas mezcladas con lluvias de ideas eufóricas que aumentaban al máximo el nivel de actividad .(...)Descarga tras descarga, la meta se encendía en los cerebros, los neurotransmisores arremetían como proyectiles, retumbaban, reventaban y derramaban su cargamento explosivo: las vías nerviosas se convulsionaban, los huecos neuronales se encendían, solo se oían silbidos y zumbidos (pp. 90-91)

           Con todo, ese no es el asunto central del libro. Lo es la peculiar relación que unió a Hitler y a su médico personal, Theo Morell, desde que aquel lo nombrara para el cargo tras haberlo conocido casualmente en una velada en la casa muniquesa de Heinrich Hoffmann, el fotógrafo oficial de la alta jerarquía nazi. Durante esa cena en casa de los Hoffmann, el tirano se entera de que el dermatólogo berlinés  es nada menos que el médico de moda entre la élite de la capital y de que había recientemente curado a Hoffmann de una inflamación de pelvis causada por una gonorrea. De inmediato, Hitler lo cita en su residencia de Berchtesgaden, en los Alpes bávaros, y allí le confiesa que tras cualquier comida un poco más copiosa de lo normal, sufre de atroces flatulencias acompañadas de eccemas en las piernas, que le originaban agudos picores, hasta el punto de impedirle llevar botas.El médico --calvo, mofletudo, con gafas de culo de vaso y con la frente constantemente bañada en sudor --- le receta Mutaflor, un preparado bacteriano inventado por un médico bacteriólogo de Friburgo, Nissle, amigo suyo, y al parecer en pocos días el Führer vio aliviadas sus malas digestiones.

            Desde ese momento Morell es su médico privado y nace entre ellos una relación de intimidad y de máxima confianza (Hitler se solía referir a Morell, entre su círculo más próximo, como mi doctorcito ). Una relación extremadamente perversa, hecha de dependencia mutua, adulación, servilismo, e incluso no exenta de ciertos ribetes de larvado enamoramiento y sadomasoquismo, puesto que Morell acabaría haciéndose, al menos en parte,  dueño de la voluntad
del tirano, hasta que, ya al final éste, pocas semanas antes de suicidarse, muy destruido por la química y del todo paranoico, acabara por despedirlo. Atrás quedaban nueve años en que el médico atiborró a Hitler, mediante inyecciones intravenosas, de toda suerte de estupefacientes, sobre todo cocaína (que tuvo que dejar de administrarle a los pocos meses porque el jefe supremo ya estaba absolutamente colgao  de la farlopa), metanfetamina y Eukodal, un narcótico tan fuerte como la heroína. Morell convirtió al Führer (el "Paciente A" en las numerosas notas que día a día escribía el galeno en sus diarios) en un politoxicómano. También trataba a Eva Braun. A Hitler le administraba testosterona para aumentar la libido, a su amante le daba medicamentos para cortarle el periodo, con el fin de que fluyera la química ---literalmente---entre ambos y propiciar así(...) por lo menos el éxito sexual (p.176).  El médico tuvo mal fin: apresado por una patrulla americana  en la aldea bávara en la que se había escondido, interrogado ---y probablemente también torturado-- ,sin que se le sacase información relevante alguna --ni siquiera se le obligó a personarse en el juicio de Nüremberg---acabó muriendo, pocos años después de acabada la guerra, en un hospital de Múnich, adonde lo llevo una enfermera medio judía, que se apiadó de él cuando lo encontró en la calle descalzo, hambriento, aterido de frío y en pleno proceso ya de descomposición mental.

         Cuenta Ohler en los primeros capítulos cómo Alemania, a la que califica como país de drogas, se convirtió ya desde fines del XIX, desde que Felix Hoffmann, químico de la Bayer, sintetizara el ácido acetilsalicílico a partir de un principio activo de la corteza del sauce, en la sede de la más potente industria e investigación química del mundo, y cómo en los años de Weimar, con la agudísima crisis social que los caracterizó, en las grandes ciudades, y en Berlín sobre todo, miles de individuos de todas las capas sociales buscaban una salida en cualquier forma de desenfreno y evasión, fuera la pornografía, el alcohol o el consumo de todo tipo de estupefacientes, todos ellos legales y adquiribles a bajo precio. Ya Döblin en su Berlin Alexanderplatz se refería a la capital alemana como la ramera de Babilonia y anota Ohler el dato de que a mediados de los años veinte no menos del 40% de los médicos berlineses eran morfinómanos. Posteriormente demuestra el autor, ya he dicho que con rotunda documentación, proveniente de múltiples archivos médicos y militares,cómo, pesar de  la prohibición oficial, y no sin contradicciones y conflictos de criterio y jurisdicciones entre no pocas autoridades nazis, se facilitó ( por lo menos hasta el último año de guerra, en que la falta de materias primas no permitía ya la fabricación de droga alguna) una especie de chute general, tanto en el ejército como en la ciudadanía.

          Desde antes de la toma del poder, y en realidad desde los inicios mismos del NSDAP, los ideólogos y dirigentes nazis supieron montar todo  un sistema de propaganda, ya en pleno contexto de agitación racista y antisemita, basado en la consecución de una nación sana, en que se exhortaba al ciudadano alemán a poner toda su existencia al servicio de su pueblo y a denunciar a cualquier toxicómano del tipo que fuera. En 1933 las Drogas fueron declaradas ilegales y perseguidas con saña, sin excluir  tratamientos de desintoxicación obligatorios, rápidos y forzosos, e incluso algunos casos ---pocos al principio---de ingresos en campos de concentración. Pero ya se ha mencionado cómo esas medidas no solo no disminuyeron un ápice la tendencia al consumo de drogas de amplias capas de la población, sino que en cierto modo la exacerbaron.  Es más, la ansiedad y el shock masivos a resultas de la guerra llevó a parte de la élite nazi al convencimiento de que tan solo con una drogadicción general sería posible mantener, o contener hasta donde fuera posible, el terrible desgaste psíquico de la guerra. Fácil es suponer que todo acabaría como el rosario de la aurora. Desde la segunda mitad del 44, los alemanes solo cosechaban derrotas: habían sido expulsados de Rusia, de los Balcanes, casi también de Italia y para más inri los americanos ya habían entrado en el territorio del Reich por Tréveris. Un comandante de unidad blindada informa a la superioridad: Conducimos sin parar hasta salir de Rusia. Hacemos relevos cada 100 kilómetros, tragamos pervitina y aguantamos hasta repostar (p.217). En los últimos meses de la guerra la produccción de drogas era ya muy complicada; con todo, aun en 1944 la Temmler envió una carta al Comisario General para la Sanidad e Higiene Pública,en la que se le solicita remesas de efedrina, cloroformo y cloruro de hidrógeno para producir pervitina. Con grandes dificultades y problemas logísticos, lo que todavía se podía producir se había trasladado al pequeño pueblo de Meisenheim, a las instalaciones abandonadas de una fábrica de cerveza: así, las dos drogas favoritas de los alemanes en tiempos de guerra---la cerveza y la metanfetamina---se elaboraron bajo un mismo techo durante un tiempo (p 218).

           Una breve consideración final, metódica y que considero de la máxima importancia, Lo consigno porque creo que es la primera vez que lo veo así escrito y formulado y me parece muy de agradecer. Algo que a mí me ha parecido obvio y de sentido común desde hace muchos años:en el prólogo ---pág. 11--se advierte del riesgo de que el lector ---el más ingenuo---se crea todo esto demasiado al pie de la letra y construya así una leyenda histórica más. Pero resulta que la historiografía nunca es solo ---ni siquiera primordialmente-- ciencia, sino que es sobre todo, ficción. No hay libros de no ficción, Y no los hay porque la propia clasificación de los hechos es un proceso creativo en sí mismo o---como mínimo, se apoya e modelos interpretativos sometidos a influencias culturales externas---Concienciarse de que la historiografía es, en el mejor de los casos, literatura, reduce el peligro de engaño durante la lectura. Pues eso.