viernes, 30 de junio de 2017

LA IMANTACIÓN DE LA MEMORIA


Resultado de imagen de libros de memorias martinez sarrión criticas y reseñas

Antonio Martínez Sarrión.  Infancia y corrupciones( Memorias I), Una juventud (Memorias II). Madrid. Alfaguara. 1993 y 1997,  328 y 361 pp. respectivamente.

            Leí los tres libros de memorias del poeta Martínez Sarrión a medida que fueron saliendo al mercado (el primero hace ya más veinte años) y lo he vuelto a hacer ahora, en el apartamiento y la soledad de mi pueblo, en los---para decirlo con unas palabras tomadas de un poema de Sarrión  de entre los que más me gustan ---limbos aldeanos. Matizo: he releído, con sumo placer y fruición, los dos primeros. No he podido hacer lo propio con el tercero, Jazz y días de lluvia, porque me ha sido imposible localizarlo por ningún anaquel. Igual lo presté a alguien o lo perdí, no me acuerdo. Lo que sí recuerdo es que, sin dejar de reconocer en él una muy pulcra escritura, no me hizo tanta gracia como sus hermanos anteriores, pues me resultó un pelín monótono y reiterativo por la sobreabundancia de nombre propio y ---lo que es más importante--- por lo que me pareció cierta autocomplacencia y beatería del autor, sobre todo en la última sección, donde hacía desfilar a un montón de escritores españoles contemporáneos y amigos suyos. En todo caso, a su condición de notable poeta hay que conceder a Sarrión la de no menos excelente prosista.

           Se trata de una prosa sinuosa, ceñida, pletórica de reverberaciones, matices e imágenes y servida por un castellano de estupenda factura y riqueza léxica, tan moderna como castiza, que con igual maestría sabe dar cauce tanto a los registros de la lengua como a la muy variada coloratura de los sentimientos. Aquí se encontrarán lo mismo la introspección más lírica que la efusión más tierna y admirativa; tanto las huellas del dolor, la desolación y la irrupción de lo siniestro, como el juicio político y la reflexión moral; tanto la nota sociológica y la morosidad y justeza de las descripciones más aparentemente neutras, como el diestro pulso narrativo para contar de modo memorable un sucedido o una anécdota, junto a todas las gradaciones de la ironía, la sátira más despiadada y desternillante o el chafarrinón más esperpéntico. Pero no sobre la nada: las peripecias del héroe se sitúan con naturalidad en el trasfondo de un país y una sociedad que jamás se pierden de vista, esos sesenta años de vida española que van del parte final de guerra de abril del 39 ----Sarrión se complace en recordar que él vino al mundo exactamente dos meses antes---hasta los primeros sesenta y, si se considera también el último volumen, hasta los albores mismos del XXI, en que el autor fechaba el fin su trilogía autobiográfica.

            Los libros están separados por contundentes ritos de paso, que sin duda Sarrión considera centrales en su peripecia vital y en el proceso de creación de su propio personaje: si el primero acaba cuando el autor finaliza el bachillerato en su ciudad natal ---la egolatría del adolescente, como con justeza escribe Carmen Martín Gaite en el entusiasta prólogo que encabeza Infancia...---, el segundo se centra, en otro lugar de residencia, en sus estudios universitarios, y el tercero, con nuevo cambio de localización, abordaba su primera edad adulta y la consolidación de su oficio de escritor. Y casi siempre, me parece, con el pertinente tono, el acierto en la adjetivación, la cuidadosa artesanía sintáctica y la coherencia lógica más adecuados a los modos de elocución y a la andadura de la voz narrativa. Esta ha acertado a mantener la necesaria cesura entre el tiempo revivido y el momento de la redacción para facilitar así el también aconsejable distanciamiento irónico respecto al yo- protagonista. El cual, dicho sea de paso, y sin entrar ahora en la fatigosa cuestión del estatuto genérico de unas memorias, siempre he pensado que constituye también, de uno u otro modo, un personaje de ficción.

         El sujeto de Infancia y corrupciones ---contrafactura, como se sabe, del título de un archiconocido poema de Gil de Biedma---es un niño, luego un adolescente, tímido, asustadizo y apocado en sus relaciones sociales, pero que parece haber interiorizado desde el principio una luciferina y orgullosa conciencia de su superioridad intelectual. Lector voraz, poseído del virus de la literatura y fascinado desde muy niño con la música (a través de la radio) y con el cine, sin duda usó estas vías de escape, siquiera fuese inconscientemente, como reacción contra la estolidez y miseria moral del medio en el que transcurrieron sus primeros años. Hijo de un secretario de Ayuntamiento ---hombre conservador, rutinario, tranquilo y comido del vicio de la caza---y de una maestra de escuela cuyo cerrado catolicismo y excesiva observancia de las convenciones no llegaron a vedarle cierta capacidad de iniciativa y coraje, la familia pertenecía, también por abuelos, bisabuelos y parientes colaterales, a esa pequeña burguesía rural o de capital de provincia de tercer o cuarto orden que se sintió vencedora  en el 39. El ambiente familiar de crudo reaccionarismo católico-franquista, inducido sobre todo por Manolita, la formidable tía materna, fantasiosa y conspirativa, que vivía una suerte de aristocratismo adventicio y por procuración, queda reflejado con suma gracia en la consideración que de los prohombres republicanos se tenía en casa: Negrín era un tipo pequeño, un bracero renegrido por los soles, mal afeitado, andrajoso y bizco (...) Azaña, un monstruo coloidal, lascivo y asmático que escupía a los crucifijos (...) Companys, un payaso insolidario que hablaba un grotesco dialecto (...) Prieto, un ogro bilbaíno de cabezota monda de forzudo de circo e instintos caníbales, que satisfacía engulliendo tibios y católicos corazones infantiles mientras blasfemaba entre eructos y espumarajos. Con no menor acierto se cuenta por lo menudo el episodio, ocurrido en plena guerra y agigantado por la mitología familiar, del ocultamiento de un cura, dechado de santidad, que se aplicaba el cilicio a diario y se azotaba exactamente los miércoles y sábados por la mañana, en casa de la abuela materna, donde el ensotanado daba misa en clandestinidad, lo que, al descubrirse, acarrearía a aquélla y a dos de sus hijas un proceso y encarcelamiento durante algunos meses. Las atrocidades de la guerra, sobre todo las cometidas por los republicanos, pero sin excluir de vez en cuando y con circunloquios y medias tintas las perpetradas por los franquistas, circulaban entonces con sordina. En los pueblos de Albacete, donde el padre sirvió como funcionario y cuyo ambiente moral y medio físico se pintan con viveza y acuidad, aún eran brutalmente visibles el atroz ansia de venganza y la separación neta entre vencedores y vencidos.

         La asfixiante beatería y el untuoso clericalismo de la época se trazan con maestría en no pocos pasajes: las misas, ordinarias o cantadas, triduos, novenas, fervorines, trisagios, responsorios, coronaciones canónicas,visitas y entradas de obispos y arciprestes, visitas al Santísimo, jueves eucarísticos, adoraciones noctrunas, catequesis, salves y sabatinas, tenidas de Acción Católica, rosarios de la aurora, procesiones y romerías, transformaban el año en una función litúrgica continuada. Y de modo particularmente feliz y desternillante en aquel (pp.155-6) en que se da cuenta de una presunta aparición de la Virgen a un chico de familia pobre en el pueblo de Pozo Berrueco, revuelo del que el narrador fue testigo y que dio en la consiguiente descarga, dadas las circunstancias, de histeria colectiva y en los no menos explicables terrores nocturnos del impresionable muchacho horas después de presenciar lo que sigue: un joven insignificante, desmadrado, cargado de espaldas y con el cuerpo contraído hasta el último músculo, se adelantó de la muchedumbre (...) allí se postró con los brazos en cruz. "Aquí está, aquí está", lanzó lastimero y semiahogándose. Nadie observó nada anormal, pero un sacudón eléctrico de histeria contagiosa envolvió como una nube a los presentes, quienes se sentían de nuevo apelados por los chillidos de rata de aquel desequilibrado:"Arrodillaos, arrodillaos todos, que Ella lo pide". También en el relato de las réplicas y ecos que tuvo en su ciudad de Albacete ---y en cualquier otra--la celebración del Congreso Eucarístico de Barcelona en 1950, cuando una especie de milenarismo medieval, fervor hipnótico y locura colectiva pareció apoderarse de la gente, fenómenos potenciados por las llamadas Misiones. que siguieron de inmediato a la carnavalada barcelonesa, predicaciones de asistencia casi obligatoria ---la policía empujaba a la población a acudir---a cargo de los curas más tremendistas y fanáticos, sobre todo jesuitas, obsesionados con los pecados de la carne.

           La evocación de personajes peculiares, raros o aquejados de alguna manía o desarreglo psíquico, se hilvana, según los casos, ora con piedad y ternura, ora con ese trazo grueso que llega a veces a la cruda caracterización esperpéntica. Memorables son los retratos de seres que podrían adscribirse a los arquetipos del tonto del pueblo, del señorito vago y calavera o de la beata ridícula y compulsiva, pero también del alma pura e incontaminada o santo laico. Un par de ejemplos. Agustín, un tronado de Munera que no responde del todo al primer modelo, pero que no tiene desperdicio (y me disculpo por lo largo de la cita): era un chiflado figurón de edad indefinida, que día y noche patrullaba las calles con atuendo peregrino y todo él en jirones: una guerrera militar, calzón del mismo tipo (...) pantorrillas envueltas en trapos y unas polainas desabrochadas (...) arrastraba, a guisa de sable, una gruesa garrota de nudos pendientes a un tahalí de su invención (...) en el consumido pecho se había cosido o clavado con imperdibles una ringlera de chapas de gaseosa, tuercas y culos de botella(...). A resultas de un tiro en la cabeza en la guerra del Rif, se había transtornado para los restos quedando colgado del delirio militar. A toda persona que cruzaba se le cuadraba con toda marcialidad, fuese niño o adulto. Pero lo mejor de este patético quijote era que, para redondear su figura, estaba perdidamente enamorado de una muchacha del lugar, desde lejos y, por supuesto, de modo platónico. Cuando ella murió, a una edad no muy provecta, le llevaba flores silvestres al cementerio, de noche, tirándolas por encima de las bardas. Por contra, el viejo boticario Don Amable, apacible solterón que parecía hacer honor a su nombre y rico por su casa, expendía gratuitamente fármacos a los pobres, disfrutaba repartiendo caramelos a los niños y, tras su jubilación, malvendió todos su bienes y se retiró a vivir con austeridad en una chabola del arrabal más humilde. Podrían también citarse ---no todos, porque sería una muy extensa galería de raros, aunque no precisamente al modo de la de D. Ramón Carande---la bonhomía de Perico, el guarda jurado amigo y confidente del padre del narrador, la irrefrenable y brutal sensualidad del cura Eduardo, que, cuando prescribía la penitencia desde el confesonario, soltaba una tufarada  a tabaco rancio, cera, ajo, dudosa higiene corporal, incienso, muelas picadas y testículos en exceso cargados, o de Epifanio, que provocaba el terror del niño Antonio cuando, camino de la tienda por algún recado, se veía obligado a pasar por delante de la puerta de aquel pobre hombre. Era el tal Epifanio un baldado oligofrénico y bestial (...) babeante, pálido como un difunto y vestido siempre con una horrible zamarra(...); cuando sentía la presencia de alguien ululaba potente y lastimero, farfullando ronquidos, interjecciones y resoplidos. Poseía un vozarrón de macho recluido, bien alimentado y en celo, que podía oírse a más de una legua. Más de una anécdota, ésta sí en verdad hilarante y grotesca y que parece excluir toda piedad, tuvo como actor principal al narrador, tal como ocurre cuando su padre pretende aficionarlo a la caza, con el resultado de que, en la primera batida, el muchacho, pese a ser previamente instruido, liquida al perro en vez de al conejo: mi padre me miró, demudado, un instante, el dueño del perro musitó una sarta de blasfemias mientras remataba al animal de un tiro en la cabeza y todo el mundo dio por terminada la cacería, volviendo al pueblo en un silencio atronador.

         Lo siniestro, lo angustioso y todo lo relativo a la muerte no dejan de comparecer en fragmentos asimismo memorables, que no desmerecen demasiado de algunos de Valle-Inclán o Solana. En pp. 134-5 se avanza una muy plausible interpretación simbólico-feudiana de la muerte de Manolete, quizá el suceso más emotivamente vivido en España desde el fin de la guerra civil, como apunta Sarrión, como he leído en otros testimonio contemporáneos y como oí más de una vez a mi propio abuelo. Lo cierto es que la figura del torero cobró con su muerte dimensiones míticas y pesadillescas. Se corrió la leyenda de que, minado por la tuberculosis, necesitaba grandes cantidades de sangre, que sus secuaces compraban clandestinamente a precio de oro a padres de niños sanos: el angustioso deseo colectivo de taponar imaginariamente la femoral por la que se había escapado la sangre y la vida del torero grabó en el inconsciente colectivo una fantasmagoría paranoica, en la que Manolete acabó deviniendo una especie de Drácula, aunque puede que ello tradujera una alusión censurada al mismo Franco, cuyo régimen al fin y al cabo chupaba también la sangre de buena parte de los españoles. La muerte y sus rituales provocaba entonces --- pienso que como ahora, solo que hoy sobre todo por amplificación mediática y en aquella época más, digamos, carnalmente o de visu.--- el morbo más escandaloso. Los entierros, por ejemplo, a los que asistía quien quisiera y sin invitación, sobre todo los niños, que no podían reprimir la curiosidad: Bastante antes de la llegada del cura, el sacristán y un monago, vestidos y a cruz alzada, ya estábamos mosconeando a la puerta de la casa mortuoria, aunque sin franquearla jamás. Seguían luego los espantosos alaridos de las mujeres,que eran como desgarrones en el silencio absoluto de la prima tarde. los elogios desmesurados y grotescos, también a gritos, de las pretendidas virtudes del muerto y, al fin, las garras aullantes de las gritonas que intentaban aferrarse al ataúd hasta que un deudo o pariente varón las apartaba de un manotazo, todo lo cual provocaba en el niño testigo la comprensible reacción: los jugos de mi débil estómago comenzaban a removerse y una argolla de hierro helado, compuesta a mitades de angustia y miedo, se iba cerrando en torno a mi garganta.


          El mundo encantado de la infancia, los juegos y los enamoramientos infantiles, tan tiernos como ridículos, se evocan con tan temblorosa poesía como habilidad y buen tino. Pronto sobreviene el despertar del sexo y la pubertad, el momento en que se entra en la brutal fratría de los machos.A la salida de la adolescencia participa con otros dos muchachos en una frustrada y patética experiencia prostibularia, anécdota  que por cierto vuelve a relatar con otras palabras en Una juventud. También ocupan su lugar el ambiente de tosca camaradería entre alumnos de instituto y los primeros amigos. Uno de ellos, que también hace sus pinitos literarios, además de prestarle libros de Simome de Beauvoir y de Gide, lo introduce en una tertulia albaceteña donde oye hablar por primera vez de Sartre  y Beckett. Estupendas semblanzas le inspiran las figuras de los pocos profesores que le dejaron huella (positiva, con los otros no vale la pena extenderse, como aquel docente de Física, sobre incompetente y haragán,sádico) en el adolescente. Resulta imborrable Don Jerónimo Toledano, personaje chejoviano, viejo profesor de aires institucionistas, judío de Tánger que, tras sufrir depuración en el 39 y caer en Albacete, tuvo una vida desdichada y un final prematuro. Casado con una de las hijas de Valle-Inclán, contaba en clase ocurrencias y chismes de éste y también de Unamuno, Gómez de la Serna y otros, a los que había tratado en las tertulias de preguerra. Solía leer a los alumnos un poema, algo sensiblero y ripioso, de un tal José Carlos de Luna (me imagino que algún decimonónico hoy olvidado), se diría tan solo para que se diera en él una masoquista identificación con el antihéroe de los versos ( A chufla lo toma la gente!/ A mi me da pena/ y me causa un respeto imponente!), hasta que se le saltaban las lágrimas. Entonces, con exquisito pudor tiraba del pañuelo, nunca impoluto, se lo llevaba a un ojo y volviéndose a la pared nos decía: "Perdonen ustedes pero se me entró una pestaña en el ojo". E igual de memorable se nos aparece la silueta que se traza de D. Francisco Pérez, profesor de Matemáticas, excelente didacta, lector voraz, hombre culto en varias disciplinas y secreta y furibundamente antifranquista, con el que ha seguido en contacto y al que considera uno de sus maestros.

         La conclusión del bachillerato y las buenas notas hace que los padres le regalen, en compañía de la tía Matilde, un viaje a Madrid, la ciudad tantas veces soñada a través de las lecturas---para entonces ya ha empezado a descubrir, aunque con cuentagotas, a Baroja, Unamuno y Azorín--- y el cine, y ahí se nos presenta la capital ante los ojos fascinados e ingenuos del chico de 16 años. La descripción de la pensión (de tanta tradición literaria) a la que van a parar tiene un inequívoco aire barojiano, si se hace abstracción de la enumeración, a la que tan aficionado parece Sarrión: (...) se daban cita olores a linóleo gastado, a entelado de pared, a insecticida en suspensión, a naftalina, a bacín nocturno, a bolas de carbón para guisar, a escape de gas, a caca de gato, a crecepelo y a esa embrocación que utilizan los deportistas para sus torceduras y los valetudinarios para sus lumbagos. La última tarde de permanencia en la ciudad, al adolescente, inficionado de literatura y comido de las ansias de su, digamos, prueba de artista, no se le ocurre mejor cosa que acudir al Café Gijón y, armándose de valor, solicitar al camarero de turno, junto a un café con leche, recado de escribir. La mirada del individuo debió de ser de tan olímpico y humillante desprecio, que hizo al muchacho ---que se largó enseguida avergonzado---sentirse una lombriz enroscada en una silla.

         Una juventud
principia cuando, en un otoño de mediados los cincuenta,  un joven, deseoso de experiencias y encandilado con las ensoñaciones de gloria literaria propias de un héroe sthendaliano, llega  a Murcia para empezar la carrera de Derecho. Muy neto le parece el contraste ---el clima, los peculiares olores de la huerta: aquella tufarada de aromas densos y oleaginosos que mezclaba el de caballones regados, especies vegetales, frutos pútridos y excrementos de ganado---con el sobrio secano manchego de su ciudad natal. Se aloja en el Cardenal Belluga, un colegio mayor cuyas instalaciones y comodidades podrían parangonarse, para la época, con las un hotel de lujo. El minucioso relato de las salvajes sevicias con que los veteranos obsequian a los recién llegados se tensa en una especie de soterrado lirismo, que lo hace prevalecer, sin excluirlos del todo, sobre la autocompasión y el rencor retrospectivos. El primer día, en el comedor, lo reciben con lo que solo sería el prólogo de un viacrucis de humillaciones y torturas: "Nuevo, saque esa flor del búcaro y hágame el favor de tomársela de aperitivo". Aterrorizado, se tragó el clavel. Más adelante reconocerá con vergüenza que él, cuando al curso siguiente se vio en el pelotón de los viejos, no dejaría de participar en semejantes salvajadas. Sarrión rememora el hecho con el cargo en la conciencia de ese morboso y enfermizo placer, la obscena ebriedad  que la omnipotencia sobre un ser humano indefenso, aun pasajera y con límites, provoca. Particular relieve adquiría, año tras año, la fiesta de fin de curso, tolerada y hasta dirigida por los responsables del colegio y caracterizada por la zafiedad y chusquería.


         En rápida silueta y como en escorzo se dibuja a unos cuantos docentes de las facultades de Derecho y de la contigua de Letras, profesores que destacaban algo por encima de la casi general rutina y mediocridad, Cerdá, Truyol, Valbuena Prat y otros. Mucho más y con no poca delectación se demora Sarrión en Luciano de la Calzada, envanecido y maniobrero capitoste que a su condición de catedrático y decano de Derecho añadía múltiples prebendas y sinecuras, amén de regir con mano de hierro el Belluga, y en el rector Bosch, entonces al frente de la Universidad de Murcia y aún más ligado al poder que el otro, por cuanto era procurador en Cortes nombrado por Franco. De ambos personajones se ofrecen  al lector sendos retratos, tan certeros e hilarantes como maliciosos.

          Pero la vida en el Belluga y en Murcia muestra pronto su lado amable: los primeros amigos, los muchos más que va juntando y los conocidos---algunos harto extravagantes-- entre los colegiales. A todos ellos los hace comparecer, en larga retahíla. No menor importancia adquieren para él el lento descubrimiento de la politización antifranquista ---que solo afectaba a una exigua minoría de los residentes, los más eran señoritos de pueblo que seguían sus estudios, sin demasiado vocación ni provecho, para contentar a sus padres----y, sobre todo, las mayores posibilidades de satisfacer su pasión lectora y bibliómana: en la notable biblioteca del colegio, que incluía fondos de distinto origen, incluso expolios de la guerra, tiene acceso a obras y autores hasta entonces vetados o desconocidos y a través de un viejo librero se hace con ediciones de Blas de Otero, César Vallejo y una en dos tomos con la obra casi completa de Valle-Inclán, que devora y que le provoca gran conmoción. Asiste a un festival de teatro organizado por el entonces muy activo TEU, lleno de gente inquieta y potencialmente roja. En tal ocasión ve, embelesado, una versión, increíblemente no censurada, de Los cuernos de Don Friolera, que parte del público interrumpe con aplausos. Empieza a descubrir dos de las que serán más constantes aficiones de su vida: el mejor cine negro americano y el jazz. Conoce y tratará luego durante años a Miguel Espinosa, y del escritor murciano, pp.161-70, de su trayectoria intelectual y su ejemplo ético traza una admirativa semblanza. Al tiempo, consigue colocar alguna cosa, en prosa o verso y según dice aún muy endebles y vergonzantes, en revistillas locales, pero ya se sabe que para un aprendiz de poeta tal paso constituye el placer más impagable.

       
 Supera sin demasiadas dificultades los cursos y a su conclusión se enrola en el llamado Viaje de fin de carrera, que entonces todavía se estilaba. Tiene así ocasión por fin de pisar el extranjero (París, la Provenza, Suiza). Lugares que le dejan fascinado, sobre todo la que antaño solían llamar ciudad de ciudades, tan cargada de mitología cinematográfica y literaria, cuyo dibujo dice tener en mente antes de conocerla por haberse pasado horas ante un plano con las estaciones de Metro bien señalizadas. En París le absorbe sobremanera el Jeu de Paume de los impresionistas y disfruta con el bullicio callejero, pero le desagrada la fachada del Moulin Rouge, que encuentra insignificante y astrosa, y más que cualquier otra cosa, en un paseo por Pigalle, la codicia y el estentóreo afán de los empleados de locales nocturnos y de streap-tease por captar clientes.

       
 El regreso a Murcia coincide con el momento en que esa ciudad estaba a punto de iniciar su proceso de cristalización en la memoria, lista para constituir uno de los más centrales y hondos alvéolos en la mía propia. El último año se había distanciado un tanto del mundo del colegio porque allí empezaban a tomar posiciones y a hacer proselitismo los aguerridos cuadros del Opus y más que nada, porque se había echado novia. Una historia de amor que estaba, como casi todas, destinada a ser eterna pero que acabaría truncándose, provocándole hondísima desolación, por abandono de ella. Liaison  relatada con tanto pormenor como efusión  del alma pero sin sin asomo de sensiblería ni patetismo. La inevitable convalecencia moral y resaca de la ruptura lo lleva, tras la licenciatura, a refugiarse en el hogar materno en Albacete, desde donde, tras meses de lamerse las heridas y la consiguiente parálisis semicatatónica, se traslada a Madrid para ocupar un puesto burocrático de la Administración. Pero ésta es ya otra historia. Antes (pp.257-60) puede leerse una especie de interludio lírico que quizá se cuente entre lo mejor de todo el libro: en un rápido viaje a Murcia, treinta y tantos años después de haber vivido allí, visita el que había sido su colegio y al reconocer al viejo portero y charlar brevemente, tiene que salir para ocultar las lágrimas. Hasta tal punto se le viene encima la conciencia del pasado, la certeza de que ya se es otro,de cuánto socava el tiempo la entraña misma de la identidad.

        Interés y amenidad rezuma la parte del libro destinada a contar las impresiones, las nuevas amistades y contactos en la capital y los frecuentaderos  de su vida nocturna, como cierto local en Argüelles donde podía escucharse chanson  francesa, o el bar Avión, que ofrecía a la progresía del momento jazz en vivo.No obstante, mucho más me ha divertido lo que se refiere a la sórdida y apoltronada Administración de la época, que el autor recrea con finísima mano para la sátira y la burla esperpéntica. Sarrión entra a trabajar ---al parecer no demasiado--- a principios de los sesenta en unas dependencias del entonces llamado Ministerio de la Gobernación. Las tareas ejecutadas en tales covachuelas, y en particular las que le encomendaron a él, resultaban en gran parte del todo inútiles. Para hacerse una idea el ambiente en aquellas peculiares ergástulas, basten algunos detalles. Tufos a papel viejo, a polvorientos Aranzadis, a cortinas sucias descoloridas por el sol y acribilladas de insectos aplastados, a tabaco rancio, pues en aquellos mechinales y pocilgas se fumaba continua, compulsiva y universalmente. Allí, en aquella basílica de la sordidez y la podre, podía uno encontrar de todo, pero para botón bien vale una muestra, que en este caso bordea lo sublime( y con ello acabo esta reseña, que me va pareciendo ya harto prolija): Otra especie de tufo(...) era el causado por ciertos servidores de la cosa pública, provectos en general y con algún que otro braguero de herniado (...) los cuales, en toda la escala corrida que iba de Jefe Superior de Administración a Jefe de negociado de tercera, por exceso de expedientes retrasados, ciáticas, perlesías, incontinencia o irremontable galbana, cuando las ganas apretaban, tiraban de llavín y de un hondo y bajuno cajón de su mesa de escritorio, extraían un panzudo y reluciente bacín de peltre y, despatarrados, meaban beatífica, cadenciosamente. 

 
        
         

     

           

jueves, 1 de junio de 2017

UNA NOVELA RUSA


El tumulto de Enzensberger


Hans Magnus Enzensberger. Tumulto. Traducción de Richard Gross. Barcelona. Malpaso Ediciones. 2015. 249 pp.

              Este es sin duda un libro extraño y difícilmente clasificable. En primer lugar porque se compone en gran parte de textos dados a la imprenta cuarenta y tantos años después de haberse escrito y siempre queda la duda de hasta qué punto el autor los ha aderezado o manipulado---según él muy poco--- para de algún modo adecuarlos a la  nueva situación, habida cuenta de que, con el paso del tiempo, nunca se es el mismo que se fue ni la máscara de la identidad permanece nunca inalterada. No digo que este peculiar aggiornamento no sea legítimo, sino que es inevitable. Enzensberger parece haber asistido ---en medio mundo: Berlín, California, Londres, París, hasta en Australia y Camboya, aunque aquí los escenarios principales son Rusia y Cuba--- a todos los saraos y conciliábulos convocados por los intelectuales revolucionarios de aquellos años. Menos mal que todo indica que no ha debido creérselo demasiado, lo cual no significa en absoluto que sea un vulgar cínico, aunque no ha dejado de llamarme la atención la relativa naturalidad con que parece haberse tomado los focos del famoseo intelectual y las situaciones de privilegio que ha vivido.

              En todo caso, a sus 87 años, tras una larga obra y un prestigio bien establecido, se entiende que este escritor de tan variados registros pueda darse el gusto de escribir lo que le dé la gana. Con no demasiada autocomplacencia y alguna retranca (dice no creer en autobiografías ni en memorias, seguramente por ser muy consciente del carácter falsario e impostado, escríbase lo que se escriba, de cualquier personaje, pero cae a menudo en el vicio del name dropping, aunque es muy probable que esto forme parte del juego ), HME lleva a cabo una especie de ajuste de cuentas  ---relativo--- consigo mismo y, de paso, con las ilusiones y mitologías revolucionarias de los sesenta y setenta que iluminaron y a la vez ofuscaron la juventud y primera madurez de los de su generación. Años pródigos en delirios y ensoñaciones que quisieron cambiar el mundo y que en su caso comparecen aquí adornados por el sinuoso hilo de una apasionada historia de amor, a la que se refiere como su novela rusa, que, como casi todo, al final acaba mal.

             El libro recuerda a primera vista una suerte de puzzle desorganizado, un tumulto de voces en que las infidelidades de la memoria pueden, como Enzensberger explica muy bien, llevar a planos subexpuestos y a escenas deshilachadas, tomadas con una cámara de mano temblorosa ( p. 95). Por ello puede engañar también con la falsa apariencia de un centón de anécdotas ---que las hay, y algunas particularmente sabrosas--- pero no deja de tener su coherencia interna. Dos cuadernos de notas (garabatos de diario califica al segundo de ellos) de sendos viajes a la Unión Soviética en 1963 y 1966, tres breves Postdatas de 2014 --en pp. 88-90, 207-210 y 239-241--- que incluyen un poema urdido nada más regresar del segundo viaje, otros versos de 1978 y unos apuntes sobre el destino posterior de algunos de los personajes que ha conocido en Rusia. Figuran luego unas Premisas,de 2015, donde cuenta cómo encontró aquellos papeles y avanza lo que serán las dos restantes secciones que completarán el libro: Recuerdos de un tumulto (196-70), una entrevista ficticia con una especie de sosias como un hermano menor del que no me hubiera acordado en mucho tiempo, que trata con sus preguntas de buscarle las vueltas (la más extensa y acaso la más interesante, centrada sobre todo en su estancia en la Cuba castrista, de Tumulto)  y un nuevo dietario titulado Después (años 1970 y siguientes), más ceñido y circunspecto que los primeros y referido en lo esencial a las vicisitudes por las que pasó al asumir la dirección de la revista Kurbusch y el trato personal, conflictivo y harto incómodo, que mantuvo en aquella época nada menos que con los miembros de la Baader-Meinhof.

            Gracias a los buenos oficios de Giancarlo Vigorelli, editor de la revista romana L´Europa Letteraria, a Enzensberger, junto con Sartre, la Beauvoir, Nathalie Sarraute, Ungaretti y otros lo invitan a Leningrado para un congreso sobre Problemas de la novela contemporánea. Casi ni decir tiene que el tal congreso no sirvió para nada excepto para ponerse de vodka hasta las cejas y para que los dos acompañantes que le habían puesto a la delegación alemana, solo formada por H. W. Richter y él mismo, aprovechen la menor, cuando no hay oídos indiscretos, para poner a parir al régimen soviético. Sobre todo uno de ellos, Kostia, ex preso del Gulag y excelente germanista, que le tiene al corriente de los secretos de la intelligentsia. Pronto se da cuenta de la ubicuidad de la tiranía y el miedo, de la escasez, del recuerdo aún vivo de las grandes purgas de los años treinta, de las calamidades de la guerra y del abismo en el nivel de vida que media entre los privilegiados de la élite y el pueblo llano, pero no deja de sorprenderle lo relativamente bien que trata el Régimen (también, aunque algo menos, en Cuba, como comprobara en su viaje a la isla) a los escritores burgueses progresistas. Una noche Yevtushenko  llevó a quienes quisieron apuntarse a una fiesta con mucho alcohol a una especie de loft donde una orquesta tocaba bailables y melodías swing .Tras un poco de turismo por la ciudad, va a Moscú para una Lectura de poesía internacional. Nada del otro mundo, puesto que, pese a los esfuerzos de los traductores, casi nadie entiende nada. Le llama la atención el lujo de la casa particular, que le recuerda las de los ricos de Park Avenue, del siempre muy pagado de sí mismo Ehrenburg. Más excursiones: la casa de Tolstói en Yásnaia Poliana le parece una enternecedora falsificación. Pero el plato fuerte llega con la visita al jefe, a Jruschev, en su villa de Gagra. El mandatario se le hace un hombre de trato afable, que alardea de cierta elegancia rústica y que carece por completo de instinto de la riqueza. A los occidentales se les ha advertido que, puesto que no van a tratar con una persona culta, eviten toda pedantería y usen un tono llano. Tras las presentaciones de rigor ( en las que Sartre está manso como un cordero, no dice palabra y se comporta de manera servil) Jruschov les endilga un discurso atropellado e incoherente en que afirma que han abolido la dictadura del proletariado, menciona la invasión húngara y dice que el tiempo ha demostrado que no fue un error, elogia las bondades de la coexistencia pacífica y, ya fuera de micro, trata de convencerles de que la superioridad del socialismo sobre el capitalismo radica, entre otras cosas, en que ellos tienen menores tasas de suicidio. En el comedor, los discursos son hueros y triviales, pero la comida resulta fastuosa. A los postres el poeta Tvardovski lee una especie de epopeya satírica en verso que hubiera sido imposible ver siquiera publicada en tiempos de Stalin. Jruschev parece aburrirse algunos momentos, pero suelta de vez en cuando una carcajada. Al final, tras unos minutos de expectante silencio, deja caer un seco Joroshó (Bien). 

            La segunda estancia en la URSS, tres años después ---esta vez se trata no solo de un Congreso por la paz en Bakú sino además de una invitación a viajar por todo el país acompañado por un intérprete de su elección---sirve a Enzensberger para constatar hasta qué punto el pálido deshielo de Jruschev ha sido flor de un día. Ahora manda Brézhnev y la fiesta se ha acabado. Se entera de que Brodsky ---además de otros escritores--- ha sido detenido y condenado a cinco años por parasitismo. Conoce al germanista y traductor Ginzburg, quien, citando a Pasternak y pensando sin duda en el Kremlin, le dice los únicos que en los dramas de Shakespeare invocan la moral son los criminales. Ese mismo Ginzburg y su guía Kostia le advierten de que los occidentales les deben estar agradecidos porque los rusos les sirven de cortafuegos del peligro amarillo.Vuelve a encontrar a Yevtushenko. El personaje, pese a su vanidad y sus poses, tiene algo de fascinante; ahora está en la cima de su poder e Izvestia publica un poema suyo exaltando al astronauta Gagarin. Los discursos de los banquetes le parecen todavía más huecos y ampulosos que la primera vez. Emprende un largo viaje por las extensas regiones asiáticas de la URSS, que aprovecha para dedicarse al tourisme eclartée.  Bakú se le asemeja a una Venecia negra, industrial, con el aire siniestro de los grabados de Piranesi. Por doquier son visibles los desajustes, por no decir las calamidades, de la industrialización forzosa. Enormes fábricas y centrales hidroeléctricas.  En las montañas del Cáucaso encuentra poblaciones multilingües, donde abundan los centenarios, aunque curiosamente casi nadie habla ruso. En Taskent vuelve a percibir un hormiguero de lenguas y etnias. Cree que, como mal menor, al menos la pax soviética y el Estado oficialmente multiétnico, impuestos a la fuerza, han evitado el estallido de guerras civiles entre nacionalidades. Bujará es una ciudad gris y polvorienta donde no queda ni rastro, monumental o no, de Avicena, el más universal de sus hijos. Samarcanda, por el contrario, le fascina con sus mezquitas azules, palacios y escuelas coránicas, que se han conservado bastante bien. En Irkutsk le llevan a ver antiguas prisiones zaristas que fueron luego centros de internamiento del Gulag, ya abandonados. Visita también Akademgorodok, la ciudad de los científicos, en plena Siberia. En Gori, Georgia, la ciudad de Stalin, visita su presunta casa natal ---probablemente una falsificación--- que alberga una especie de museo, desportillado y de muy mal gusto, donde se amontonan sus pipas, sus uniformes y la máscara mortuoria. Frente al Ayuntamiento de la pequeña ciudad se alza una enorme estatua del dictador, de veinte metros de altura.Regresa a Alemania, pero para entonces ya está metido de hoz y coz en su pequeña guerra particular.

            Un interludio, pues, sobre la novela rusa. El descubrimiento más determinante en Moscú va a ser el de Margarita Aliger, poeta judía de unos cincuenta años, sobreviviente del cerco de Leningrado, mujer inteligente y con relaciones en las altas esferas, aunque hace ya mucho que ha perdido toda ilusión respecto al poder soviético. Margarita tiene una hija veinteañera, Masha, una muchacha de la que Enzensberger se enamora de inmediato, pero pasada la primera fascinación, los problemas aparecen: la madre no ve con buenos ojos la relación, Masha resulta ser patológicamente celosa, dependiente de psicofármacos difíciles de conseguir en Rusia y que él no tiene más remedio que llevarle en viajes posteriores y, para más inri, Enzensberger tiene una mujer noruega y una hija con las que normalmente convive en ese país. Pese al sentimiento de culpa que esto le provoca, meses más tarde conseguirá divorciarse de la noruega y casarse con Masha, dado que la única posibilidad de que esta pueda salir de Rusia es matrimoniar con un extranjero. Antes ha habido una temporada de viajes continuos entre Berlín, Noruega y Moscú y después un peregrinaje que los llevará a Londres primero y luego a USA, donde a él le han ofrecido un puesto de profesor. En ambos sitios paran poco. Las escenas  se suceden, como las separaciones provisionales y los reencuentros, algo, en fin, que conoce cualquier lector de Chéjov. La cosa se  agrava porque Masha, que había dicho estar decidida a aprender alemán, no lo hace, y por su parte, él tampoco progresa con el ruso.Al final recalan en Cuba, donde la relación parece estabilizarse algo. Solo al final del libro sabremos, cuando ambos ya se han separado y hace años que no se ven, del triste fin de Masha. Sobrevivió algunos años en Inglaterra trampeando con clases de ruso y traducciones e iba de vez en cuando a su país a visitar a su madre, con la que sin embargo nunca se reconcilió del todo. Se suicidó en 1991. Su madre Margarita, murió al año siguiente. Enzensberger mantuvo una buena amistad con ella, intercambiaron cartas durante años e incluso la convenció para que viajara a Múnich para una operación de ojos.

            Moviendo las correspondientes fichas, consigue que las autoridades cubanas le inviten a la isla en calidad de técnico asesor extranjero. Es una oportunidad para que pueda mejorar la relación con la rusa, se trata de terreno neutral dado que allí se habla una lengua que no es la materna de ninguno de los dos. Pero resulta, por increíble que parezca, que cuando llegan no se les encomienda ninguna tarea. de modo que se dedican a conocer el país en un coche con chófer graciosamente cedido por el Ministerio de Educación. Viven, hay que suponer que a costa del Estado cubano, en un hotel de la Habana y posteriormente se les otorga un apartamento. La situación le provoca, dice, cierta mala conciencia. Algunos congresos y encuentros institucionales, de dudosa utilidad, entre intelectuales. Reconoce: comparada con la situación de los cubanos corrientes, la nuestra era una existencia de multimillonarios (p. 141). Traba conocimiento con escritores y funcionarios del Régimen y con algunos de los más o menos proscritos: Virgilio Piñera, Haydée Santamaría, el luego tristemente célebre Heberto Padilla. La oficial Unión de escritores le parece un pobre remedo de la soviética. No percibe demasiado entusiasmo popular por la Revolución y cree que el socialismo en Cuba carece de viabilidad a medio plazo (en esto se equivocó, porque, aunque mal, aún dura). Se compadece ante el carcomido hormiguero de La Habana, donde buena parte de la población vive en cuchitriles decrépitos con váteres y lavaderos compartidos por cien familias, asiste al auge del mercado negro y al desastre de la campaña de la zafra y deplora la represión contra los disidentes y los homosexuales, el machismo generalizado y el racismo que, pese al igualitarismo oficial, lleva a un mulato a sentirse superior a un negro, mientras que el blanco se cree por encima de ambos. Castro, al que solo llega a ver de lejos, le parece un tirano charlatán. Fidel es como un jefe de forajidos, los miembros de su cuadrilla ejercen de cortesanos. En fin, cuando tras dejar el país firmó en 1971 la célebre carta, junto a otros muchos intelectuales conocidos, en defensa de Heberto Padilla, se cerró toda posibilidad de volver a Cuba, aunque para entonces ya su interés y sus ilusiones ---si es que alguna vez las tuvo---se habían casi volatilizado.

          Por lo demás los sesenta y setenta del XX le presentan ahora como una fecha imaginaria, un hormiguero de reminiscencias, autoengaños, proyecciones y generalizaciones que ha suplantado lo que ha ocurrido en esos pocos años. Claro, una cosa es lo que ocurrió y otra lo que cada uno ---en función de cómo le fue---cree que ocurrió.Y una cosa son los notables y otra las gentes del común. El libro lleva la dedicatoria A los desaparecidos. No hay por qué tomarlo como un  desplante cínico. En la pág. 229, hablando del movimiento del 68, escribe que, al margen de los que, como se suele decir, hicieron carrera, hay que recordar a esa mayoría que pronto cayó en el olvido. Nadie menciona los nombres de los que terminaron en el cenagal de las drogas, la cárcel o el psiquiátrico. no pocos se suicidaron. Vale. Concedido.

             

               

           

sábado, 27 de mayo de 2017

BALADA DEL EXILIO


megustaleer - Los árboles portátiles - Jon Juaristi

Jon Juaristi. Los árboles portátiles. Madrid. Taurus. 2017. 462 pp.

        En la primavera de 1941 un destartalado barco, el Capitaine Paul Lemerle, parte del puerto de Marsella hacia la Martinica con más de trescientos fugitivos del nazismo a bordo. Son de diversas nacionalidades y condición social: hay judíos, comunistas estalinistas y antiestalinistas, republicanos españoles y gentes sin adscripción política muy definida. Muy pocos se conocen entre ellos y los más han llegado al viaje luego de dolorosas peripecias y angustiosas esperas para conseguir los visados, Algunos han pasado por campos de concentración y todos, en mayor o menor medida, sufren el desprecio y maltrato de las autoridades de Vichy, diligentes lacayos de la Gestapo. Lo significativo es que entre los pasajeros se encuentran personajes ---acompañados o no de sus familias--- como Claude Levi-Srauss, Victor Serge, André Breton, Wifredo Lam, la escritora comunista alemana Anna Seghers y, a modo casi de pariente pobre, el dirigente socialista vasco Toribio Echevarría. Algunos de los citados se han beneficiado de la ayuda de Varian Fry, comisionado de la Emergency Rescue Committee, organización subvencionada por sindicatos e instituciones académicas norteamericanas que se dedica a esa labor humanitaria, y de cada uno de ellos se traza tanto un minucioso retrato (más benevolente y comprensivo en unos casos ---Levi-Srauss---, más acerado y malicioso en otros ---Breton--- ) como una evaluación crítica de su obra artística o su aportación teórico-intelectual. Cuando el barco llegue a Martinica y luego, una vez que buena parte de ellos acabe en México o Nueva York, comparecerán otros muchos figurantes, desde Trotski o Chagall o Peggy Guggenheim o Max Ernst, con los que aquellos entrarán de un modo u otro en relación.

             La singladura del Lemerle hasta el Caribe, que va a durar veintitrés días, viene a ser, en primer lugar y muy evidentemente, una metáfora del exilio y de la destrucción de Europa, sí,  pero también una ilustración de las trasmutaciones y cambios de las ideas, es decir, de los libros, de ahí el título, que Juaristi toma de unos versos de Lope. En todo caso el autor parte de esa anécdota histórica para levantar esta peculiar roman d´essai, una especie de relato ensayístico de variados estilos,largo y tentacular, escrito con saludable desenfado, ironía corrosiva  y abocado a abundantes digresiones, donde se dan la mano la semblanza biográfica, la tesis política y la crítica literaria. De particular interés resulta, por ejemplo, la larga digresión que abarca todo el capítulo 6 de la segunda parte (pp. 265-81, una erudita y muy razonable exégesis que acerca de las nociones de documento y obra de arte mantuvieron en notas cruzadas Breton y Levi-Srauss, o la no menos ecuánime y documentada de las pp. 133-47 acerca del equívoco de las judeolenguas  (el judeoespañol y el yiddish, que reflejarían con fidelidad el estado lingüístico del castellano y del alemán renano de la Baja Edad media), y los modos que adoptó el asimilacionismo judío en la Europa Central en el XIX. El libro me ha parecido, por todo ello, en no pocos tramos, de lectura fascinante, así por el fino criterio con que Juaristi se desenvuelve con la notable masa de información que maneja, como por su capacidad para establecer analogías e insospechadas correspondencias entre fenómenos políticos, lenguajes artísticos y actitudes personales. Lástima que un texto tan revelador e inteligente quede, a mi juicio, algo afeado por detalles (aunque vaya usted a saber si éstos no forman también parte de esa inteligencia)  a los que más abajo me referiré.

              Pero lo que interesa al autor es tratar de mostrar cómo algunos de los relatos ---por plegarme ahora al uso de esta palabra, hoy tan sobreabundante, hasta en la jerga político-mediática--- más operantes e influyentes en la Europa de la primera mitad del XX ---el mito comunista de la revolución bolchevique (Victor Serge), el estructuralismo como método más prestigioso en las ciencias humanas (Levi-Srauss) y por último el arte de las vanguardias, tanto en su vertiente poética como pictórica (Breton y Lam)--- entraron en barrena al contacto con las peculiaridades de la América Latina y sobre todo con el mundo norteamericano, carente de tradición revolucionaria en el sentido europeo y difícilmente conciliable con el ensimismamiento autorreferencial del surrealismo y su insistencia en los dudosos expedientes de cosas tales como el automatismo psíquico o el azar maravilloso, de los que Juaristi no deja de burlarse sin excesivo disimulo.Desde entonces esos tres grandes discursos, por mucho que enriquecieran y fecundaran los años centrales del pasado siglo, no habrían hecho sino ir consumando su decadencia hasta caer en lo trasnochado e irrelevante.

             Escribí más arriba que Los árboles portátiles constituía de hecho una roman d´essai, un ensayo romanceado o novelado. En pp. 70-72 y luego en 339-43 se sitúa lo más nuclear y sustantivo de su tesis: tanto el surrealismo en las artes como el leninismo en política o, en general, las vanguardias no fueron más que variantes del Modernismo en la acepción anglosajona del término, esto es, una reacción defensiva y elitista de las minorías letradas ante la llegada de nuevos públicos al hilo de la democratización y la alfabetización de las masas. Algo que recuerda demasiado al Ortega de La rebelión de las masas.  El bolchevismo, por ejemplo ---pero esto no es nuevo, y de todos modos se ha convertido casi en un lugar común a la vista de lo que ha dado de sí el llamado socialismo real---lo interpreta Juaristi según la matriz leninista de la toma del poder, en nombre de la clase obrera, por una minoría de intelectuales burgueses desclasados, una élite de revolucionarios profesionales, que lo acaba ejerciendo de manera dictatorial. Claro que va aún más allá en lo que sin duda constituye la tesis central del libro. Una tesis tan brillante como arriesgada, para la que se apoya en Peter Sloterdijk y ---un tanto traídas por los pelos--- en las investigaciones de Benveniste sobre el vocabulario de los indoeuropeos. Según esa visión todo el pensamiento occidental  viene a ser  una descomunal acumulación de notas a pie de página de la filosofía de Platón ( p. 71). Así, se conciben el marxismo mismo, el psicoanálisis y el surrealismo como hijos bastardos e incongruentes del platonismo, una plasmación equivocada de los ideales de la República platónica, en que los sabios, depositarios de la razón, encauzan y dirigen, usando para ello a los guerreros,  la ira destructora del pueblo. Una vez que el filósofo ha adquirido las funciones del guerrero con la figura del intelectual revolucionario, ya todo halla acomodo en la República ideal. Mal acomodo, por cierto, porque el surrealismo es un platonismo de poetas y ya Platón había vedado a éstos el acceso a su República, y porque la triada freudiana del Yo, Superyo y Ello no es más que la traslación de la estructura de la ciudad ideal a la topología del alma individual.

           El libro aparece dividido en cuatro grandes apartados o secciones. El primero, Marsella, es una plausible visión literaria de la ciudad, tal como se mostraba en las primeras décadas del XX, apoyándose en Baroja, Jünger, Conrad y Joseph Roth y además una descripción del abigarrado y enrarecido ambiente de refugiados, espías y aventureros en que se convirtió a partir del verano de 1940, cuando devino la puerta de salida para todos los que trataban de escapar a América. El segundo, Mar adentro, refiere las vicisitudes de la travesía y los sueños y proyectos de los personajes durante el viaje en ese campo de concentración flotante, como lo llama de modo enfático Serge. El tercero,  Martinica, mar Caribe, remite a las semanas que pasaron en la isla a la espera de poder seguir a otros destinos, y el último, Maravillas, marchantes y marxismos, se centra en las actividades de los exiliados en las metrópolis de acogida, los contactos que establecen y, en fin, los modos de buscarse la vida, lo que da pie al autor para extenderse en las peculiaridades del mundillo universitario yanqui, las fundaciones, se supone que filantrópicas, de algunos millonarios, y el mercado del arte, y todo ello condescendiendo a veces con la anécdota graciosa y el chismorreo de famosos. En Nueva York  prosigue sus investigaciones Levi Srauss ,al tiempo que ejerce la docencia en la New School for Social Research y se hace con un cargo oficial del gobierno francés, y en esa ciudad malvive e intenta prosperar Breton, bajo la humillante e interesada protección de Peggy Guggenheim, mientras trata de ir vendiendo el surrealismo intrínsecamente latinoamericano que al parecer acaba de descubrir.

         Los detalles, en fin, que anunciaba al final del segundo párrafo, aluden a las muletillas, que llegan a cansar, del tipo de Pero esto Dios lo sabrá o bien Pero Dios sí lo sabe, que Juaristi emplea casi siempre que apunta un posible dato o una conjetura de la que no está seguro y, sobre todo y más importante, a sus a mi juicio gratuitas e improcedentes intromisiones, lo más probable que para dar la impresión al lector de que él ha sido también pieza importante en los acontecimientos que cuenta. Intromisiones que no sé si quedan justificadas pese a que, como declara en p.421, haya tratado de escribir, con mezcal de estilos, al modo medieval, una memoria prenatal posible, la de mi generación y sus grandes relatos, hoy desacreditados.  Algunos ejemplos: aprovechando que Levi-Srauss y un par de amigos alquilan en la Martinica un viejo Ford, fantasea Juaristi que pudiera haber sido uno igual que el que tuvo su padre (de Juaristi, no del francés) y que adquirió en los años cuarenta en las subastas de las requisas procedentes de la Guerra Civil (323-4); a propósito de la pasión coleccionista a la que pudo dar rienda suelta Levi-Stauss a su llegada a Nueva York, aprovecha Juaristi para contarnos la suya propia cuando arribó en los años noventa él mismo a la ciudad acompañado de su hijo mayor (360-62); contando los inicios políticos del etnólogo francés en el socialismo belga de los años treinta, (83-87), se descuelga con las actividades editoriales del padre de una de sus cuñadas, exiliado en ese país, en los cuarenta y cincuenta, hasta culminar en la fundación de la editora católico-progresista Desclée de Brower, y poco más adelante, cuando se explaya ---que tampoco viene muy a cuento---con la escisión del PSB en dos fracciones, la flamenca y la valona, apostilla yo estaba allí cuando se consumó la escisión definitiva, en 1978 (....) y hablé de ella muy a menudo con Mario Onaindía. (...) Una década después, en 1987, inicié la transfusión de efectivos de la socialdemocracia étnica vasca (...) al PSOE (...) y Mario la completó en 1991 (...).  Hombre, tratándose de socialdemocracia étnica es lógico que se acuda al sustantivo transfusión; refiriéndose al Congreso de Intelectuales Antifascistas en la Valencia de 1937 saca a colación el de cuarenta años después porque dice, en el de 1987 la disidencia antibolchevique se vengó de las conclusiones del primero, pero da más bien la impresión de que es porque así puede citarse a sí mismo, junto con Ludolfo Paramio, Vázquez Montalbán y otros....apresurándose, por supuesto, a clasificarse entre los inclasificables (p.74).

domingo, 21 de mayo de 2017

LA CIUDAD DE LAS BOMBAS

'Apóstoles y asesinos', de Antonio Soler

Antonio Soler. Apóstoles y asesinos. Barcelona. Galaxia Gutemberg. 2016. 440 pp.

               Participando a la vez de la biografía novelada, del ensayo de interpretación histórica y de la crónica política, y teniendo siempre presentes los cánones y convenciones de la novela negra, hay que decir que esta Vida, fulgor y muerte del Noi del Sucre ---como reza el subtítulo---del escritor malagueño Antonio Soler cumple con creces las expectativas de un lector con un mínimo de exigencia, en la medida en que alcanza a urdir un relato de sostenido interés y eficacia y resuelto con oficio, consecuencia sin duda de haber manejado con notable habilidad los materiales de que disponía, tan atractivos  ---me atrevo a suponer-- y tan intrínsecamente novelísticos para casi cualquier narrador. Me parece que podría incluirse sin desdoro alguno en la gran tradición de la novela urbana barcelonesa, desde Vida privada, de Sagarra, hasta La verdad sobre el caso Savolta o las obras mayores de Marsé, aunque ya se sabe que todas las comparaciones son odiosas. Si bien me resulta obvio que Soler ha logrado evitar la fácil y torpe tentación del maniqueísmo en lo que respecta a los dos llamémoslos bandos en guerra---ni todos los sindicalistas o militantes obreros son aquí unos héroes ni todos los patronos, burgueses y policías unos canallas---,lo consigue solo hasta cierto punto en el caso del personaje principal. Digo esto porque tengo la impresión de que al final se le va un poco la mano con Seguí, al que, después de haber enriquecido en su espesor psicológico, en sus rumias y sus perplejidades, durante toda la novela, acaba pintando con brocha en exceso idealizadora y hagiográfica, y es poco verosímil un personaje tan de una pieza, una criatura que funcione siempre como dechado de todas las virtudes.

                 Con todo, Soler ha conseguido pintar un abigarrado fresco de la peligrosa y convulsa, pero apasionante y llena de vida Barcelona de las dos primeras décadas del pasado siglo, sobre todo de los años 1917-23, los de la generalización de la Ley de fugas bajo el reinado del siniestro tándem Anido-Arlegui. Un retablo en el que conviven ---es un decir--- burgueses, políticos corruptos, sindicalistas, policías,militares, matones, soplones, traidores, confidentes, arribistas, psicópatas, asesinos por dinero o por instinto y todavía algunas categorías más, y en la que la casi ininterrumpida sucesión de secuestros y asesinatos, consumados o no, y de conciliábulos y conspiraciones, nunca llega a aburrir ni a resultar monótono. Y esto por dos razones. Primera, porque Soler se mueve en varios registros, con una prosa nerviosa, seca, impresionista, sin apenas subordinación, casi barojiana, que predomina en la primera mitad de la novela, y otra de periodo largo, más rápida. movida  y atenta a los menores detalles y matices, con mayor presencia en la segunda, tal como ocurre en los memorable pasajes del magnicidio de Eduardo Dato ---pp. 305-11---, del intento de asesinato ( manipulado, esto es, organizado por él mismo como coartada para la represión posterior) de Martínez Anido ---pp- 376-385---o del funeral de Layret ---pp.261-66---, con las brutales cargas de la Guardia Civil, que asesta sablazos hasta al ataúd, el coraje y la serenidad de Nicolau D´Olwer y la salida de D´Ors, que asiste al cortejo y que, entre cínico y esteticista, comenta Qué marco más bello para este entierro patético. Pasajes, dicho sea de paso, que remiten casi de modo inevitable al cine de gánsters ---y de hecho Soler alude en más de una ocasión, sobreactuada e irónicamente, a Scorsese y Coppola--- Y segunda, porque el autor tiene la destreza de colocar, a modo de contrapunto de los fragmentos digamos de acción, otros en los que se da cuenta, con el tono pretendidamente objetivo de la crónica, de las vicisitudes y circunstancias del contexto sociopolítico y de la historia contemporánea, sea la huelga revolucionaria de 1917, las decisiones del gobierno o los congresos de la CNT.

                   Particularmente feliz es Soler en su capacidad para dibujar, a veces con un solo adjetivo, o con un quiebro caricaturesco, la silueta definitoria de un personaje; así, la cara de Layret era de pompas fúnebres, y el andamiaje metálico que llevaba bajo la ropa emitía, al caminar, como un crujido de barco; el aspecto de Seguí resulta grande, sonoro, con dientes de piano; la mirada de Lerroux vidriosa, de zorro disecado; el Barón de Koënning lucía una dentadura pangermánica; Milans del Bosch tiene ojos de matadero, la barba cuadrada, los bigotes formando un siniestro balancín, delgado, chupado. Por otro lado, a Pestaña se le describe con unos tintes que recuerdan los de ciertos personajes de Baroja: taciturno, nobilísimo, terco, con un punto de fatalismo místico (con qué cara, entre ingenua y escandalizada, debía contar, muchos años después del tiempo en que transcurre la novela, a Ángel María de Lera  ---pág.208---cómo vio, en el viaje que hizo a Moscú, y entre otras decepciones sin duda más dolorosas, a los delegados leninistas dejar los zapatos a las puertas de la habitación del hotel para que se los lustrasen los empleados). El autor no rehuye a veces el tono de animalización esperpéntica al describir (p.349), por ejemplo, el ambiente en las cárceles tras la restauración de las garantías constitucionales por el gobierno de Sánchez Guerra: los patios son un hormiguero sobre los que se ha posado un pie gigante. Los presos se encuentran y se dispersan en una agitación epiléptica, agitan las antenas, intercambian un mensaje (...)

             En fin, no puedo dejar de sentir cierta tristeza tras  leer esta historia de crímenes y sangre. Tristeza por la manera en que el anarcosindicalismo y la CNT acabaron devorándose a sí mismos y perdiendo todo su prestigio por la alocada deriva de su fracción más radical y fanática y por el patético final, casi cantado, dadas las circunstancias  ---y ellos parecieron haberlo intuido desde muy pronto---que encontraron los mejores,sobre todo Layret y Seguí. Pero no tienen mucho sentido, creo, en otro orden de cosas, las especulaciones de Soler, en las últimas páginas del libro, acerca de los derroteros políticos que hubiera tomado el Noi, de haber vivido, embarcado como estaba entonces en sus intentos de moderación de la CNT, de colaboración con la UGT y tentado además, habida cuenta de sus relaciones con Companys y otros políticos de la izquierda catalanista, por la entrada en la política parlamentaria. O en todo caso eso sería materia de otro libro.

        

viernes, 12 de mayo de 2017

LA GUERRA EMBELLECIDA


el volga nace en europa-curzio malaparte-9788490661765


Curzio Malaparte. El Volga nace en Europa. Barcelona. Tusquets. 2015. 368 pp. Traducción de Juan Manuel Salmerón.

                  Este fue el título que Malaparte puso a las más celebradas y conocidas de sus crónicas de guerra. Título que se explica según él porque, al contrario de lo que pensaba la opinión conservadora europea y enfatizaba hasta la saciedad la propaganda nazi, el bolchevismo no es un avatar más de las hordas asiáticas, sino que, como estandarte de lo que él llama moral obrera, constituye una ideología tan occidental como la vieja moral burguesa con la que está en conflicto y de cuyo resultado ha de depender el destino de Occidente mismo. Si, cuando fundó la ciudad, Pedro el Grande quiso que ésta fuera la ventana abierta a Occidente, hoy, con esta guerra, San Petersburgo, donde se amalgaman la santa Rusia de los zares y la Rusia revolucionaria, se ha convertido en el emblema de la modernidad, símbolo del triste mundo de las máquinas, del desierto mundo cromado de la técnica. Por otro lado, y pese al aparente carácter inconciliable de Fascismo y Comunismo, Malaparte intuye y a menudo deja caer implícitamente---al tiempo que una soterrada simpatía por los rusos, a los que cree depositarios de una especie de razón moral para la victoria ---no pocos paralelismos de fondo, tanto en lo que atañe a la disposición técnico-organizativa del Ejército como a la brutalidad totalitaria de su fachada ideología, entre los dos sistemas. Malaparte insiste también ----y a este respecto no deja de resultar significativo, aunque sea como anécdota, que Lenin se pasara, al parecer, sus últimos días dibujando máquinas y rascacielos (pág. 235) ---en que hay secretas concomitancias, casi inconscientes, entre americanismo y sovietismo, entre el capitalismo y la moral comunista, por su común mitificación del industrialismo y el progreso,  Algo que sin duda constituye el hilo conductor del libro y que hoy, cuando el comunismo ha desaparecido o se ha subsumido, mediante la globalización, en el único orden existente, sabe todo el mundo, pero que no era tan fácil de entrever en los años 30 y 40, tan atravesados por cegueras y sectarismos.

                 La primera parte del volumen, Por qué Rusia, recoge los textos escritos por el autor en la primavera-verano de 1941 atinentes al llamado Frente Ucraniano, el sector más al sur de los tres en que los nazis dividieron el inmenso territorio de batalla abierto con la invasión de la Unión Soviética, y la segunda, La fortaleza obrera, se centra en el asedio de Leningrado, donde Malaparte, acompañando a las tropas finlandesas, permaneció durante casi todo el 43. Las crónicas, publicadas en el Corriere della Sera, provocaron desde el principio la desconfianza de las autoridades fascistas italianas, que no solo las sometieron a una férrea censura sino que, por presiones también de los alemanes, acabaron suspendiendo su publicación y expulsando finalmente a Malaparte del frente. Solo verían la luz completas en 1951 y con el título que aquí aparece, que Malaparte decidió mantener por las razones más arriba expuestas y porque el primero en que había pensado, Guerra y huelga (no por las posibles resonancias tolstoianas, sino porque, según explica muy bien en el prólogo, los lectores conservadores hubieran establecido relaciones improcedentes entre aquellos dos conceptos),fue prohibido por la censura. Algún criterio editorial, que ignoro, ha hecho aconsejable publicar también , a modo de tercera parte del libro (pp. 263-364), la novela corta El sol está ciego, a la que al final me referiré.

               En cualquier caso resulta casi imposible discriminar hasta qué punto Malaparte medía sus palabras, pensando en la censura, y hasta dónde estaba dispuesto a contar simplemente lo que veía o creía ver, aunque al leer se tiene la impresión de que el autor ni habla de oídas ni se preocupa demasiado de los los prejuicios ideológicos. Un ejemplo: se esfuerza por poner de manifiesto cómo buena parte de la población civil soviética recibió ---al menos al principio--- a los nazis poco menos que como liberadores y cómo los soldados alemanes la trataron con respeto, puesto que llegaban incluso a pagar religiosamente a los campesinos el ganado y los productos agrícolas que necesitaban. Lo primero parece en general cierto pero lo segundo contrasta con lo documentado hasta la saciedad por múltiples historiadores y, de todos modos, los nazis, si es que alguna vez tuvieron aquel tipo de miramientos, pronto cayeron en las más brutales prácticas de aniquilación, de modo que,contra sus propios intereses,se acabaron enajenando,en un corto periodo de tiempo, si no el apoyo sí por lo menos la expectante tolerancia de millones de personas. Lo cual vale sobre todo para Ucrania,donde el nacionalismo y el odio hacia el régimen soviético estaban muy arraigados, ante todo  por el recuerdo de la violencia con que se llevó a cabo la colectivización forzosa que provocaría la terrible hambruna de 1932-33. Y otro, este más peligroso políticamente: en varias ocasiones Malaparte  se atreve a reproducir los elogios que algunos oficiales nazis hacían de la bravura de los soldados rusos y de la competencia técnico-organizativa del Ejército Rojo, algo que tenía que parecer intolerable al alto mando de la Wehrmacht.

              Si el libro es de lectura provechosa y entretenida no se debe desde luego a lo que se ha expuesto en el primer párrafo ---aunque en parte también--- ni a que se adecue o no a los llamados hechos históricos, si es que tal cosa puede llegar a ser alguna vez algo más que un trampantojo interesado. Su valor radica en que, gracias al ingenio verbal del autor y a su fina capacidad de observación, acierta a funcionar como artilugio literario. Malaparte es un gran narrador, y son sobre todo memorables sus descripciones. De tierras y paisajes, ya sea de las ondulantes llanuras ucranianas, a veces totalmente planas y a veces con leves ondulaciones que esconden pequeños valles, ya del dorado fulgor del trigo en la honda depresión del Dniéster, del laberinto mental, del desierto abstracto de los helados bosque de Carelia, de las mil tonalidades de colores que irradia al amanecer el mar helado del Golfo de Finlandia o del efecto fantasmal, como de vieja ilustración ajada o de una maqueta de yeso, que le sugiere Leningrado vista desde las avanzadillas de los búnkeres fineses. Y también de tipos y paisanaje: esos prisioneros soviéticos procedentes del Asia Central, desconfiados y taciturnos pero fascinados con todo lo que tenga que ver con la técnica y las máquinas, esos campesinos  ucranianos, poseídos por un fatalismo trágico y una religiosidad misticoide, esa cultivada y melancólica anciana Brasul, bien ahincada en su dignidad y carente de todo rencor.

                   Pero es en la metáfora en lo que Malaparte resalta como un virtuoso: la mancha de aceite del sol crepuscular, el rumor del trigo mecido por la brisa, como el frufrú de una falda de seda, la tenaza viscosa y elástica en que se convierte el barrizal de los caminos y muchísimas otras, como la visión de la cúpula de la catedral de San Isaac de Lenigrado ---antes se ha valido de dos versos de El mágico prodigioso de Calderón, que cita en un español aproximado---como una burbuja de aire dentro de una masa de cristal fundido (p.258). El afán metaforizador alcanza en algún caso (p.145) a urdir una especie de salmodia reiterativa, salpicada de frases en alemán, con la que intenta traducir la impotencia de los invasores, ahora de los nazis, pero en la que resuenan los ecos de la desastrosa campaña napoleónica, ante la eterna Rusia de los terribles inviernos, del polvo y del barro. Aunque hay que decir que de vez en cuando se deja arrastrar por una prosopopeya hiperbólica y del todo grandilocuente, muy cara a ciertos vanguardismos como el Futurismo y sus fantasías de poderío tecnológico: el despliegue de las columnas alemana le parece un inmenso taller ambulante, una interminable fábrica metalúrgica móvil, como si las mil chimeneas, las mil grúas, las mil torres de acero, las mil ruedas dentadas, los miles y miles de engranajes, los cientos de altos hornos de toda Westfalia y de toda la cuenca del Ruhr hubieran iniciado una marcha por las inmensas extensiones de trigo de la Besarabia (pág. 44).


               En ocasiones el autor se deja llevar por lo que podríamos llamar mitopoética de la guerra, algo muy peligrosos y con lo que resulta difícil estar de acuerdo, puesto que la hace aparecer poco menos que como atractiva (de ahí el título, no sé si muy afortunado, que se ha colocado a esta reseña). Cuando, con el primer deshielo, observa cómo el lago Ládoga descubre sus inquietantes misterios en las huellas de las caras de soldados rusos muertos, que la corriente del agua ha arrastrado, pero que han quedado, hasta que el sol de la mañana siguiente las derrita, como dibujadas en el cristal transparente del hielo, se siente conmovido hasta la raíz y abocado a una especie de turbia, pero a la vez fascinante, poesía. Escribe: la guerra, la muerte, tiene a veces estas delicadezas misteriosas, llenas de un sublime lirismo (....) la guerra tiene el cuidado de transformar en belleza sus imágenes más crudas (p. 245). Otras veces, en cambio, una serie de curiosas asociaciones de ideas le provocan muy interesantes y agudas aunque quizá menos comprometidas consideraciones, al comparar por ejemplo la idea de la muerte en la concepción del mundo del creyente y la del ateo comunista. Para el comunista el fin de la vida no sería un hecho moral, sino físico, mecánico, como una máquina parada, un Tánatos de acero cromado, un mundo vacío del que no cabe sacar ninguna conclusión porque no hay noción alguna de trascendencia. La visita a un pequeño cementerio de guerra soviético, con sus tumbas adornadas por un sol naciente rodeado de rayos, como una rueda dentada, con la hoz y el martillo en el centro del disco, le recuerda el patio de una fábrica después de una huelga fallida, triste figuración de la existencia como derrota, donde todo sugiere un nihilismo plano, una melancolía y una renuncia impresionantes, que contrastan con la seca poesía de la desnuda cruz luterana en las tumbas de los soldados fineses.

               Sin embargo Malaparte no se deja engañar por su propia retórica y es siempre muy consciente de la trágica inutilidad, de toda la bestialidad y el horror de la guerra, que al fin y al cabo, como sabe cualquiera que no esté del todo adocenado por el fanatismo patriotero ---esa madre de la patria, como de modo tan certero la ha apostrofado Ferlosio --- supone el más letal y catastrófico de los negocios humanos. Cosa que se deduce, más claramente que de El Volga nace en Europa, de la inconclusa y breve novela El sol está ciego, que, según confiesa en la Declaración necesaria que precede al texto, recoge sus experiencias como oficial en un regimiento alpino, en 1940, en el ataque a traición ordenado por Mussolini contra una Francia ya derrotada y ocupada por los alemanes.
             
               Publicada primero por entregas en la revista Tempo en el invierno del 41, fue destrozada por la censura, que suprimió algunos párrafos y tres capítulos enteros porque dejaban traslucir demasiado nítidamente el amor por Francia, el sentimiento de vergüenza por la campaña militar en sí y además una relación non sancta entre dos oficiales italianos. Esta es una petita guerra, con menos épica y multitudes que la otra y con apenas acción bélica, salvo un ataque artillero de los franceses y la respuesta de los italianos. El delgado hilo narrativo parece casi un pretexto para la descripción paisajística, en una serie de cuadros bien hilvanados,con la majestuosidad del Mont-Blanc como motivo reiterativo, visto como una especie de bestia a la vez asesina y protectora. Es evidente también que El sol está ciego representa una especie de descargo de conciencia, en el que no dejan de llamar la atención la insólita camaradería y deferencia con que los oficiales tratan a los soldados y la compasión por la mísera vida de éstos, notablemente en el tierno e inocente Carusia, el muchacho de origen campesino, medio enamorado de las vacas y que se pasea con un cencerro al cuello, obligados a jugarse la vida en una en una guerra estúpida---como todas---que no es la suya.

miércoles, 3 de mayo de 2017

ENSAYO DE ALTOS VUELOS


pensar y no caer-ramon andres-9788416748136


Ramón Andrés. Pensar y no caer. Barcelona. Acantilado. 2016. 220 pp.

                 Solo muy vagas referencias, pero muy elogiosas, de la obra de Andrés tenía yo antes de leer el presente libro, y ahora compruebo que no iban descaminados quienes me las proporcionaron. Un ensayista poco común en nuestros pagos. Armado de una profusa erudición ---sobre todo en los campos de la musicología y de la historia de las artes plásticas---y en posesión de una prosa pulcra y nítida, además de rica en esas digresiones y rodeos que aciertan a captar las asociaciones y correspondencias, a menudo no demasiado patentes, entre fenómenos heterogéneos. Se trata de un modo de pensar que podría calificarse de metafórico si se conviene, como creo que es el caso, en que la similitud estructural y simbólica que proporciona---bien manejada---la metáfora logra dar a menudo con la clave de interpretación de la fecundidad o del influjo de una idea o de una huella cultural, de tal modo ---y hay aquí múltiples ejemplos---que un poema, un cuadro o una composición musical, al tiempo que se iluminan entre sí, proporcionan  sentido---con frecuencia un terrible sentido--- a las vicisitudes de la Historia. Se incluyen en el libro una serie de muy pertinentes y bien escogidas ilustraciones en las que el autor va apoyándose para su argumentación.

                 Y es que Andrés no solo no descuida las consecuencias e implicaciones políticas de lo que dice, sino que los más de los ensayos aquí reunidos acaban adoptando un convincente tono de diatriba, al poner de manifiesto cómo  nuestra modernidad, a diferencia de los antiguos, ni acepta la muerte, ni el dolor, ni la textura esencialmente dramática de la vida, ni es consciente del pesado lastre ---a menudo no obstante vivificador---del pasado, y de ahí que hayamos venido a dar en estas sociedades tanto más adormecidas y pastueñas cuanto más arraigado está el mito narcisista de la personalidad individual y tanto más animalizadas cuanto más entregadas a las instancias tecnocráticas. Masas de ciudadanos, pues, que son víctimas satisfechas de la industria del espectáculo, es decir, del hastío (¿no lo calificaba ya Cioran de convalecencia incurable?) y  de las maquinaciones de un Poder cada vez más instalado y totalitario.

            Los diez textos aquí compilados, algunos de los cuales conformados como reseñas de otros libros (que a su vez hablan, como no podría ser menos, de otros), se refieren a asuntos en apariencia muy distintos pero quizá secretamente relacionados.Todos proporcionan preciosa información, pródiga en incitaciones culturales y fecundas analogías, enseñan no poco y dan mucho que pensar. Ya versen sobre la animalización de lo humano que provoca la civilización técnica o sobre el nihilismo que, al hilo de los últimos y extrañamente proféticos escritos de Nietzsche, el autor ve confirmado en nuestra modernidad, ya sobre el llanto de Dostoievski cuando se enteró en su helada penitenciaría siberiana de que Hegel había excluido a Siberia de la triunfal marcha del Espíritu Objetivo, concebido como Teodicea, ya se refieran al grito desgarrador por la tragedia del reciente pasado europeo que según Andrés suena en el Cuarteto de cuerda del músico judío polaco Witold Lutoslawski, ya a la universalidad de la calumnia y la maledicencia, a partir sobre todo de La calumnia de Apeles, el cuadro de Botticelli de hacia 1495 (aunque aquí Andrés se olvida, a mi juicio, de que a menudo el envidioso no es más que una invención de la imaginación paranoica del presunto envidiado, como recuerdo ahora que se demostraba en un estupendo artículo de Ferlosio, dedicado a un relevante prócer cultural de la época de la llamada Transición).

               Con resultarme todos muy buenos, los que me han parecido excelentes  son el I, el II y el VII. En el primero, A propósito de "Nuestro pan de cada día", de Pedrag Matvejevic, se explora, al principio con gran aparato etimológico y numerosas alusiones a las hambrunas medievales, luego desde fuentes literarias antiguas y cuadros del Renacimiento, cómo el hambre de los pobres ha sido coextensivo de la historia humana y cómo Occidente, ya desde los tiempos del Imperio, ha fabricado una ideología del derroche y del desperdicio, cuya miseria moral---también hoy, en que medio planeta se muere de inanición---constituye la siniestra contrafigura de aquella. En el siguiente, El cuerpo. A propósito de "Del natural", de W.G. Sebald, se intenta un pormenorizado análisis del llamado Retablo de Isenheim, una crucifixión del siglo XV obra de Matthis Grünewald, con incursiones posteriores en Rembrandt y en algunos médicos y anatomistas del XVI y XVIII, y pretende mostrar hasta qué punto la pintura de Grünewald, siguiendo a Sebald, se convierte en un autorretrato de la muerte (p. 47), que provoca  terror en la medida en que nos hace imaginar nuestra propia consunción, lo mismo que la larga iconografía de esqueletos, multitudes devoradas por la peste negra y cadáveres masacrados en los campos de batalla de los que tanta mano echaron El Bosco, Brueghel o Cranach, Justo en los mismos años, y no por casualidad, en que se iba gestando la idea del cuerpo como exhibición y se daban los primeros pasos para la conversión de la medicina, desde una relación de socorro y alivio, en un tratamiento mercantil con el enfermo-cliente.  

           
                Y en último de los citados, La escritura, la tierra. A propósito de "Noventa años después", de Joseph Brodsky, acaso el más hermoso del libro por la variedad y riqueza de sus incitaciones, examina los abundantes paralelismos, presentes ya en los albores de la civilización ---al fin y al cabo la Historia empieza con la Escritura---entre el hecho ---en su misma materialidad---de escribir y las faenas de la agricultura y el cultivo de los campos, para acabar concluyendo que la lectura y la escritura nos convierten a la postre en metáforas de nosotros mismos y abocándonos a un tipo distinto de conciencia e identidad, En efecto, las alegorías que vinculaban la lectura y la escritura con lo agrario, justificando nuestra condición de tierra pensante, son tan remotas como reveladoras y atraviesan la historia toda del pensamiento con múltiples referencias literarias e iconográficas, como demuestra Brodsky a partir de Marsilio Ficino y de El tesoro de la historia de las lenguas, que Claude Duret compuso en 1613. Un campo roturado casi posibilita una comparación natural con el libro y sus renglones, y evoca inevitablemente crecimiento, maduración y muerte. Pero ya antes los griegos habían llamado boustrophedón a la escritura con líneas que discurrían, alternativamente, de derecha a izquierda y al revés, tal como el surco en la arada. Brodsky intuye que si la escritura hebrea ---y también la árabe, la caldea, la siria y otras--- se lleva a cabo de derecha a izquierda es porque tendría su origen en el esculpido de la piedra, dado que el cincel se sujeta con la mano izquierda y el mazo con la derecha; en cambio, la sumeria y luego la griega y la latina se hacen en el sentido contrario porque, al utilizarse tablillas de arcilla blanca con tallo en cuña, el escriba mancharía lo escrito con la manga o el codo si colocara los signos de derecha a izquierda. También menciona Andrés, siguiendo en esto a Ivan Illich en su El viñedo del texto, que si Roma cultivó la lectura más que otras civilizaciones contemporáneas fue por influencia de la tradición judía, de ese pueblo que, al carecer de patria, hizo del libro, de la escritura, ya a través de la Torá, su verdadera morada. Siglos después Montaigne hablará del terruño de su conocimiento, y en sus Ensayos abundan las imágenes relacionadas con el cavar y la simiente.

sábado, 8 de abril de 2017

UN CUENTO TRISTE







Resultado de imagen de luis mateo díez la mirada del alma


Luis Mateo Díez. La mirada del alma. Madrid. Alfaguara.1996. 143 pp.

              Esta breve pero intensa novelita se ciñe en lo esencial a la historia que el narrador, un pobre desgraciado innominado, ya en la vejez y que vive en un sanatorio de enfermos difícilmente curables ---presumiblemente tuberculosos, aunque solo sea por aquello del tópico romántico----cuenta a dos compañeros de infortunio que le escuchan sin demasiado interés, el resignado y cínico Romero y el timorato y cobarde Crespo. Y la historia que les cuenta  y que se cuenta al lector no es sino la suya propia, la del narrador, más exactamente, la de la huella que han dejado dos miradas infantiles separadas por cincuenta años, por cuanto al final se nos viene a  se nos viene a revelar  hasta qué extremo lo contado por el primero resulta inseparable de lo que acabará, en una especie de comentario o contrapunto, contando Romero en el fragmento o capítulo cuarto y último..


               En una lóbrega y decadente pequeña ciudad provinciana, algo funambulesca y espectral, el narrador ha sido un aspirante a una plaza de empleado de Correos y luego oficinista bisoño cuya vida parece haber consistido en un precipitado de sordideces. Huérfano desde muy joven, a la salida de la adolescencia vive en una mísera fonda provinciana mientras recibe un insuficiente estipendio por catalogar los fondos de una polvorienta  biblioteca semiabandonada, al tiempo que sigue en una Academia los cursos de acceso a la Administración de Correos. Para más inri ha tenido que arrimarse, en busca de un mejor pasar, a la dudosa protección de unos tíos que lo humillan y desprecian y que no dejan de reprocharle su desaliño en el vestir y su poco aseado aspecto, típico al parecer también de su difunto padre.

                Nuestro antihéroe, que parece tener a gala su propio apocamiento e insignificancia, teñidos de hosca timidez y de misantropía, siempre ha resistido no obstante mejor los embates del hambre que los del deseo insatisfecho, torturas ---sobre todo la segunda---que lo han atormentado la mayor parte de su existencia. Y es que el hecho central de su vida moral, valdría mejor decir de su vida tout court, es el recuerdo de la mirada de cierta niña, cincuenta años atrás. Una niña cuyo perfil la oscuridad le impidió ver con claridad, que había entrado en una alcoba para dejar una toalla y una palangana, en cierta ocasión en que él  había resuelto al fin satisfacer sus instintos en el barrio de perdición de La Ceranda, por donde gustaba de merodear con la seguridad de que en la intención de mis paseos perduraba el atractivo de ese derrotero que me llevaría al pasaje sin que mi voluntad lo impidiese, como una meta inconfesable que una y otra vez iba alcanzando con creciente zozobra. De modo que, tembloroso y hechizado, es incapaz de resistir a la tentación de aquella penumbra que manaba del zaguán como un humo turbio.


                   A partir de ahí asistimos a la extraña e intermitente relación con esa mujer, Olfina de nombre, con la que ha compartido lecho por primera vez y con la que, si bien llega a  medio creer que ha encontrado el verdadero amor, eso que ha estado buscando y temiendo toda su vida, no deja al mismo tiempo de sufrir todo tipo de desencuentros y desplantes (no soy una mujer como tú quieres, le dice en varias ocasiones), puesto que ella juega perversamente con su pasión al irle dejando pistas (un pendiente con una perla, un pañuelo, una carta certificada) a modo de vías de salida pero que son en verdad nuevas encerronas. Nada sabe de ella al principio, aunque va descubriendo poco a poco, sin ser quizá muy consciente de ello, la oscura moralidad y el turbio simbolismo que constituyen el telón de fondo de su vida, su enfermedad del alma: la conducta imprevisible y el carácter hosco  y aparentemente imperturbable, la obsesión con la sangre, el fetichismo del pie desnudo y de las aguas de albañal y la abracadabrante manía---ayudada en esto por Doral, una especie de fámulo o alcahuete que comparte su ambigua fascinación necrofílica---de enterrar, después de matarlos, perros y gatos callejeros.


             La novela está escrita con suma corrección y puesta en un español casi siempre cabal, que sabe dosificar la mezcla entre los registros más coloquiales y los modos de empaque más literario, salvo quizá en el sistemático empleo a la inglesa de los posesivos ante sustantivos que denotan partes del cuerpo y que pierden así, como es sabido, su carácter contrastivo. No deja de llamar la atención, por lo demás, que el inicial entramado costumbrista-realista acabe sirviendo de envoltorio a una nouvelle trágica y romántica, casi de tintes góticos. Pero hay precedentes: me han venido a la memoria, mientras la leía, tanto Aura, de Carlos Fuentes, como Professor Unrat, de Heinrich Mann, relatos que se inscriben en la tradición del que nos ocupa al guardar sin duda vagos pero insistentes paralelismos con el texto de Díez, por cuanto abren una ventana ---indiscreta--- a los fondos más desasosegantes de la condición humana. Y también es de resaltar el decoro en el habla del personaje, la pertinencia y adecuación lingüística de su expresión, más certeras y lúcidas cuanto mayores parecen ser la deprimente chatura de su existencia y la mísera irrelevancia de sus rutinas: su irrupción en mi vida no podía acabar sin el daño palpable que promueven los hallazgos que trastornan no solo lo que vivimos sino lo que somos, esa alteración de la existencia que desvela la parte más oculta de nuestros anhelos.


            La mirada del alma es un cuento triste, casi tanto como una balada de suburbio, pero transido de una suerte de lírica acongojada, de esa conciencia del desarraigo y de la muerte que alcanza a transmitir una peculiar y turbadora poesía. Por eso creo que esa mirada del alma, a la que alude el título y que constituye también el leiv-motiv del relato, funciona, desesperanzada pero plausiblemente, como el más fiel retrato de nuestra condición, como alegoría de la imposibilidad de la felicidad.